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De casas bajas y turismo pluricultural, hay un mundo donde la gente almuerza con la puerta abierta y todas las semanas se reúne en asamblea, para pensar. Por sus tiras, pequeñas callecitas de tierra, habitadas de perros sin correa, hombres sin auto y mujeres sin botox, los niños sin play-station, corren, gritan y juegan, todos limpios, todos sucios, mientras el almacenero charla con el cliente. Pero no de sus productos: de su familia. El rotisero, eso sí, muchas veces se queda sin nada para vender. Y entonces ofrece un poco del guiso que cocinó en la casa. Porque ahí, no se ha perdido la costumbre de compartir. Unidos hasta la muerte, los vecinos reparten los gastos de cada funeral, cuando la economía anda mal. Y los nombres de las calles no aluden a milicos, ni genocidas, sino a hombres y mujeres que entregaron sus vidas, aun en la vejez, pensando en los que vendrían después. Qué utópico, qué lindo, qué maravilla… ¡Bienvenidos a la villa!

Tras las sombras del cinematográfico Elefante Blanco y los ficticios informes de los noticieros, blancos también, la cultura villera hace alarde de una buena vida, que jamás se dio por vencida. Pues aquí, no se negocia el derecho a sonreír. Quien haya creído que, en la pobreza, sólo se vive mal, pobrecito: en la puta vida conoció el carnaval.

No hace falta estudiar en La Matanza, y ni siquiera en Harvard, para advertir que los barrios obreros corremos con desventaja, pero acá nadie compra la Forbes para hacerse la paja. Porque nosotros soñamos vivir mejor, no cambiar nuestra pobreza por la pobreza de Fort. Desde ya, no tenemos shoppings, ni piscinas, ni canchas de tenis, ni casas de sushi, ni tapados de piel, ni limusinas, ni personal trainers, ni paseadores de perros. Pero tenemos ferias, pelopinchos, potreros, polladas, animales con piel, colectivos humanos y perritos emancipados. Por ahí, no pasa la felicidad, ni la seguridad, ni el progreso: Dalmasso y García Belsunce tenían todo eso.

Apenas son aderezos, como la mayonesa, que jamás esconde la verdad de la milanesa, ¿no? Además de repartirla, deberíamos repensar la riqueza. Y guarda con el buzón, si escribe la televisión, porque ninguna cámara acompaña a los gendarmes cuando no entran por orden de allanamiento, sino para cubrirse del viento, con el mate y las galletitas que algún vecino les convidó. Así se nutre, la industria de la desinformación: donde el capital es la muerte, el silencio se hace fuerte.

¿Todo anda fenómeno, en las villas, entonces? Las pelotas, las pelotas andan fenómeno porque acá no responden a ningún mercado. Van y vienen, por el piso o por el aire, libres, como el fútbol las soñó. Pero, por supuesto, hay cosas que no andan bien en el presente. Y bien pueden explicarse contando los años de un Estado ausente. Tal vez, sea ésa la diferencia: en todos los estratos sociales, se vive bien y se vive mal, pero las razones de nuestra de miseria, nosotros, las podemos explicar. Cada problemática villera parte de una plataforma que no es la indignidad, sino la desigualdad. Aunque hay droga, armas y delitos, como en todos los centros urbanos donde la exclusión se les va de las manos, las asambleas poderosas jamás piden mano dura, ni que vuelva la dictadura, porque todos sabemos perfectamente que no tenemos una desventaja natural, ni genética, ni moral: tenemos lastimaduras de la injusticia social.

Omitiendo ese detalle, desde la comunicación comercial, el villero suele ser el villano, con la misma liviandad que cuestionan la democracia del pueblo cubano. Pero así como jamás interpelan al bloqueo económico que impide juzgar los verdaderos resultados de la Revolución, tampoco cuestionan el sistema de la crueldad, que riega las raíces de la inseguridad. Tal vez por eso, Fidel se vio obligado a recordar alguna vez que “calidad de vida es honor, es dignidad, es la autoestima que cada pueblo tiene derecho a disfrutar”. Y entonces, si fuéramos capaces de ver al Elefante gris, como es, advertiríamos que la mala vida nos toca a todos, antes o después.

Qué culpa tenemos las villas de esa lógica falaz, si no elegimos un Estado ausente, jamás. Aun en la extrema necesidad, sin nuestras cloacas, con sus olores, no hemos confundido precios con valores: acá, el grueso de la gente no vive encerrada, ni paranoica, ni alterada. Y sabe muy bien que intentar salvarse solo,... no sirve para nada.

Texto agregado el 17-10-2012, y leído por 99 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
18-10-2012 Con muchas faltas ortográficas, temas sencillos, clichés, repeticiones que dan lástima leer, un escrito sin alma pero sí con muchos errores, mejor busque trabajo vago poecraft
18-10-2012 Wuau, !me encanta tu villa!! me parece un lugar maravilloso donde vivir, no por sus lujos, sus paisajes, !!POR SUS SUPERVIVIENTES!! QUIERO IR AHÍ Y CONOCERLOS A TODOS. elisatab
 
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