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Tormenta en la nieve


Juan seguía dormido. Me volví hacia él y le escuché respirar. Salía de su boca un silbido suave y su aliento emanaba cierto tufo de alcohol. Cuando le dejé en la cafetería del hotel ya llevaba lo suyo, debió de acostarse tarde. Yo me había tomado un par de hipnóticos y no le oí regresar. Mirándole así, me arrancaba un deje de ternura, me venían a la cabeza recuerdos de otros tiempos más dóciles y alegres. Un escalofrío me volvió a la realidad. Instintivamente di un salto para coger la bata y me dirigí al radiador, aún estaba tibio. Eran casi las diez de la mañana. No abrí las luces, me bastaba con el punto de luz de seguridad. Sin pasar por el baño, me puse los leotardos y la camiseta, un par de calcetines adicionales, pantalones y jersey de forro polar y me cubrí con el plumas. Aún llegaría a tiempo para el desayuno. Di una última ojeada hacia la cama y lo escuché respirar más hondo. Cerré con sigilo la puerta y salí.

Entrar en el comedor fue un alivio, los fuegos bajos daban una deseada calidez. Volver a Zermatt no había sido una buena idea, pero la insistencia de Juan y la vaga esperanza de recuperar aquí un pasado perdido terminaron por minar mi resistencia. Yo odiaba la nieve, mi cuerpo no estaba hecho para el frío y su blancura me reverberaba en los ojos produciéndome jaqueca sí o sí, a pesar de todos los antimigrañosos del mundo. Le advertí que en la nieve no estaría mejor dispuesta, pero antes de argumentar Juan ya había reservado y pagado el viaje a Suiza. Un deseo irresistible de fumar me obligó a salir a la calle sin haber terminado mi primera taza de café. Una ráfaga de viento helado me golpeó la cara. A duras penas encendí el pitillo y sentí la bocanada fría en mis pulmones. No se veía a nadie por los alrededores, los tranvías eléctricos vagaban silenciosos como fantasmas vacíos de carga, la ventisca soplaba con fuerza y el aire de puerto llevaba de un lado a otro la nieve como si en realidad nevara. De repente volví a sentirme sola, sentía mi corazón tan aterido como los dedos. Un mastín pardo se acercó al quicio, sacudió su pelaje de la nieve sobre mí y se acercó a mis pies. Sentí como su humedad me calaba a través de las botas de pelo. Tanto la naturaleza animada como inanimada parecían haberse puesto en mi contra. Tiré con rabia la colilla sobre la nieve y regresé al interior. El café ya estaba frío y me levanté para servirme una segunda taza. Mirando el fuego todo parecía más liviano, hasta la soledad.

Hace seis años hubiera sido impensable desayunar sola, sin embargo aquí estaba tratando de contener la rabia y las lágrimas. No me consolaba estar llena de razón cuando le recriminé a Juan que su empecinamiento en regresar al mismo lugar en que nos conocimos no surtiría efecto. De nada servía regresar al punto de partida si nosotros ya no éramos los mismos. Antes el amor nos azotó con la misma fuerza que ahora la ventisca golpeaba las ventanas, pero en nuestro regreso los sentimientos eran tan grises como el cielo que amenazaba en desplomarse como una cortina de hielo sobre el Cervino. La cena de la noche anterior sólo había conseguido ahondar más nuestras desavenencias. A lo largo de la tarde paseamos rememorando aquellos primeros días en Zermmat hace ya seis largos años, en plena efervescencia de nuestro enamoramiento. Pareció por un momento que podrían dulcificarse las aristas de nuestra relación, cuando maravillados descubríamos que algún rincón en las calles, algún local, o alguna cafetería, había permanecido inmutable en nuestra larga ausencia. Aquellas pequeñas sorpresas nos depararon alguna sonrisa de complicidad, y nuestros cuerpos largamente ausentes el uno del otro se dejaban llevar en un acercamiento instintivo. Pero la nostalgia se desvanece como un copo de nieve sobre la piel y deja una huella fría en la calidez del alma. Tan pronto regresamos al hotel y nos dispusimos uno en frente del otro para cenar, se abrieron las mismas simas a todas luces infranqueables de nuestras vidas. Sólo la malta pareció caldear la gélida escena de la sobremesa. Juan como siempre parecía ausente, frecuentando ese mundo desconocido para mí que yo presentía como un enemigo anónimo pero temible. Le dejé solo, bebiendo hasta el amanecer.



A media mañana la ventisca amainó. Las calles comenzaron a repoblarse y reapareció el trajínar de gentes con bultos, tablas de esquí y de snowboard sobre los hombros, disponiéndose en respetuosas colas esperando al tren cremallera que subía hasta el Gornergrat., otros se dirigían hacia el metro alpino, y los más jóvenes hacían su espera en las telecabinas. Juan seguía durmiendo con absoluta indeferencia hacia mí. Dolida y aburrida, me calé la braga de lana y me eché a las calles. Abandonada en Zermatt, de regreso casi contra mi voluntad a los orígenes de una historia rota, la soledad se hacía más infranqueable. Crujía la helada nieve bajo mis pies, sucia y quebrada por los primeros viandantes. Me acordé de Roberto, inesperadamente lo echaba de menos, aunque en estos instantes echaba de menos hasta el mastín que me había salpicado la ropa hace unas horas, cualquier brazo que sujetara mis pasos inseguros y mi vulnerabilidad hubiera sido bien recibido. Recordé a Roberto en Madrid, junto a mí, en los días más trágicos de mi vida, su calidez, su capacidad de escucha, su paciencia infinita. Me sobrevinieron unas ganas incontrolables de verle, de contarle como el mundo de su amigo y el mío, se estaban desmoronando. Podría llamarle, sólo tres horas me separaban de Zurich. Mis pensamientos volvieron al lugar que tan obsesivamente visitaba desde hacía dieciocho meses, el embarazo, el parto prematuro, el quirófano... Sentí un dolor intenso recordando cómo Roberto me explicaba que mi hijo había muerto. Juan ni se atrevió a darme la noticia. Allí me faltó su primer abrazo y apareció la primera grieta en lo que hasta entonces había sido un sólido camino de felicidad. Sin duda fue un golpe duro para ambos pero su cobardía sólo añadió más dolor a un sufrimiento que parecía insoportable. Una ráfaga heladora me despertó de mi ensimismamiento.

Zermmat fue quedando vacío. La mayoría de las gentes se habían desperdigado por las innumerables pistas de esquí y los que habían quedado estaban refugiados en los comedores de los restaurantes. Yo no tenía hambre. Las campanas de la Iglesia tocaron las tres. El frío me calaba hasta los huesos y el aliento se había convertido en una fina capa de hielo por la parte de la braga que cubría la boca. También el Matter Vispa estaba cubierto por el hielo. El sol del mediodía apenas había conseguido abrir una pequeña grieta central por la que se veía transcurrir una hebra líquida de agua cristalina. Aterida di por terminado el paseo, Me desvié de la calle central y entré en un bar. Un pedazo de queso y un vino cargado me sirvieron de comida, Llamé a Juan tres veces y no obtuve respuesta. Bien pudiera haberse levantado y haberse ido a pistas. También era probable que siguiera dormido. La melopea debía haber sido monumental. La primera noche de nuestras vacaciones sólo había servido para constatar que los nueve días restantes iban a ser un infierno. Pensé como se sentiría Juan en la frustración de este viaje de retorno a Zermmat que con tanto ímpetu e ilusión había preparado. Me empezó a ganar la tristeza y un sentimiento de culpa por no ser capaz de volver a amarle, por no poderle encontrar ni en los recuerdos más felices de nuestra vida. Antes de desmoronarme traté de centrarme en la situación y en las posibilidades. Yo ya le advertí que este viaje sólo retardaría lo inminente. Las duras palabras, los reproches, la enumeración de nimios detalles interpretados subjetivamente desde la maldad (ambos buscábamos dónde agarrarnos para no ver que ya no quedaba nada entre nosotros parecido al amor), nos colocaron en una situación irreversible, disculparnos sólo sería una cortina de humo, mejor sería rescatar lo poco que ya quedaba de dignidad y disponerme a iniciar un nuevo camino. No quería volver a verle, no quería posibilitar que ningún gesto, ninguna pose cotidiana pudiera darle la oportunidad al miedo, a la inseguridad que me embargaba cuando romper de cuajo con el pasado se avistaba como la única posibilidad de rescatarme. Decidido, no me quedaría en Zermmat, Llamé a Juan y otra vez me apareció el buzón de voz como única respuesta. Dejé un mensaje cortante en su móvil, le indiqué que dejara mi equipaje en recepción. Cuando hubiera organizado mi viaje de regreso, recogería las maletas y regresaría a Madrid. Un frío paralizador me penetró hasta la médula. Me volví con furia creyendo que algún despistado había entrado al local sin cerrar la puerta. No fue tal, la puerta estaba cerrada a cal y canto, la gélida tarde parecía más tibia que mi corazón. El sonido del móvil revolvió el vino en mi estómago. Con los dedos temblorosos acerté a escuchar el mensaje de voz. En un francés gangoso el recepcionista me avisaba que ya estaba dispuesto mi equipaje para ser recogido “sin problemas” en las próximas horas. Parecía que Juan tampoco estaba dispuesto a encontrarse conmigo.

Cargué las maletas que llevaban el peso de una vida y decidí bajarme hasta Täsch, sólo estaba a quince minutos en el electrobús. La idea de poder encontrármelo de frente o en alguna cafetería me ponía los pelos de punta. Había tomado una decisión y pasaba por no volver a verle en mucho tiempo. A la llegada a Täsch me encontré más relajada, por fin tenía un plan que llevar a término y el mero hecho me calmaba. Me instalé en una pensión modesta desde cuya cafetería se veía la avenida principal del pueblo. Con unas copas de vino me dispuse a pasar la tarde mientras gestionaba el viaje de vuelta a Madrid. Al fondo se divisaba la gran explanada de aparcamientos. Todos los turistas que llegaban a Zermmat estaban obligados a dejar el coche en aquella gran estación, los electrobuses eran los encargados de distribuirlos desde allí hasta las diferentes aldeas alpinas del Valle del Cervino .El crepúsculo llegaba a la glacial tarde de abril. El sol opaco y frío parecía escaparse de las cubiertas de los miles de coches ocultos por una densa capa de nieve. Los últimos en llegar todavía lucían las capotas multicolores. Los coches se cruzaban en distintas direcciones. Los que salían con los techos blancos, los que llegaban con la capota descubierta. Me fijé por casualidad en un mercedes ocre recién aparcado. Me acordé de Roberto saliendo del subterráneo de la calle Princesa de regreso a Zurich, cuando ya comenzaba a sentir la sima hacia la que se dirigía mi vida. El conductor se apeó del coche y se dirigió al maletero. Increíble. ¿Eran mis deseos de compañía o era Roberto quién descargaba las maletas? Pensé que por fin el destino rompía una lanza por mí. Dejé sin pagar la copa de vino sobre la mesa y con el plumas sobre los hombros, sin sentir el aire glacial, comencé a caminar apresurada sobre las calles sin perder de vista el aparcamiento. Conforme me acercaba veía más nítida recortarse en el paisaje lo que ya sin duda era la figura de Roberto. No pude gritar su nombre, la rapidez de la caminata me había dejado sin resuello. En dirección contraría, feliz y sonriente Juan se acercaba hacia él. Tal vez Juan había tenido la misma idea que yo unas horas antes, reconfortarse con él en el inicio del inhóspito camino de la ruptura, ¿o acaso él ya sabía de su llegada? Escondida bajo un soportal contemplé su largo abrazo, un abrazo que se prolongaba de forma inusual. Juan comenzó a apartarse. Entonces Roberto sonrió, cogió la cara de Juan entre sus manos, y largamente, le beso en la boca.

Texto agregado el 03-11-2012, y leído por 261 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
03-11-2012 La encrucijada del personaje ante la ruptura, que se disecciona con una prosa certera para mostrarse como un viraje irreversible en el propio destino. Gatocteles
03-11-2012 Como todo tu trabajo, prosa certera y penosa en este caso. Trata de leer "Sobre amores" que subí hace un par de días. Creo que allí podrías encontrar alguna explicación. No al hecho del cambio de tu marido en el cuento a su amor por Roberto, sino a lo que les sucedió por tratarse de un amor no incondicional. 5* sugonal
03-11-2012 BRILLANTE!!!!!!!!!!! el inesperado paso de una ruptura a una nueva vida (aunque ajena) es sencillamente... BRILLANTE... seroma
 
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