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Me llamo Draco y soy un pequeño Beagle, pero no se guíen por mi tamaño, ya que mi espíritu de cazador ha hecho que todos los perros del barrio me tengan respeto. Deben de saber que soy muy inteligente y según mi ama Cecilia, mamá de Hectorín, sólo me falta hablar. Todo lo que hacen mis amos lo comprendo de inmediato.
El papá de Hectorín, el señor Héctor, me compró cuando yo era un cachorrito y he crecido (bueno no mucho) en el seno de esta maravillosa familia compuesta por el señor Héctor que ya les mencioné, su esposa, mi amita Cecilia que siempre está pendiente de darme de comer ¡cuántas cosas sabrosas! Y mi amiguito Hectorín de ocho años, que se me hacen muchos pues yo apenas tengo dos y dicen que soy adulto, en cambio de Hectorín dicen que es un niño. La verdad no lo entiendo.
Este día no se qué pasa pues se llevaron al papa de Hectorín en una ambulancia (cómo hacía ruido y me dieron ganas de perseguirla pero no me dejaron) mi amita se la pasa llorando y Hectorín no sale a jugar conmigo.

Levantarás los ojos, que habías mantenido bajos, y aunque ya habrás cerrado los labios, pero esa pregunta —volverá— vuelves a preguntarle ¿por qué Dios mío? Tú miras hacía arriba donde se encuentra el crucifijo —herencia de tu padre, católico devoto—, y en voz alta con una mezcla de decepción y esperanza, cuestionarás de nuevo a papá Dios —como te enseñaron en la doctrina a decirle—, ¿sí es tan joven por qué se enfermó del corazón?
Te moverás unos pasos para que la luz de las veladoras que has puesto al pie del crucifijo no te ciegue. Pensarás con tristeza que Héctor te dijo antes de casarse contigo: “mira Cecy, no quiero engañarte, desde muy joven dejé de creer en cosas sobrenaturales, llámame ateo si quieres, yo me considero librepensador”. Recordarás que sentiste un dolor en lo más profundo de tu corazón cuando continuó diciéndote: “si así me aceptas, te prometo serte siempre fiel pues estoy enamorado de ti”.
No te importará que él no tenga creencias religiosas, pues es el hombre más bueno que has conocido, excelente padre de tu hijo. Y ahora meditarás que tu esposo apenas de 35 años es herido por la fatalidad. “Es el corazón”, te dijo el doctor, su actitud era una mezcla entre aburrido y con prisa, “hay que operarlo, la verdad es una intervención quirúrgica muy peligrosa y debe prepararse para lo peor”.

—Señor Héctor, tanto a usted como a mí, nos gusta que nos hablen con la verdad así que pregúnteme sus dudas.
—Gracias doctor, aunque ya hemos platicado sobre mi enfermedad, puede explicarme en palabras sencillas la realidad de lo que tengo.
—Claro, usted de niño padecía amigdalitis en repetidas ocasiones como está en su historia clínica. La bacteria estreptococo que produce la amigdalitis también afectó su corazón dañando la válvula mitral, con el tiempo ésta colapsó, hay que quitarla y poner en su lugar una prótesis.
— ¿Qué probabilidades de curación tengo?
—Pues, por el grado de deterioro de su corazón las probabilidades como usted dice son pocas. Yo le doy el mismo consejo que a mis pacientes en estado crítico, tenemos un capellán que nos auxilia en el hospital, llámelo y arregle sus asuntos tanto espirituales como materiales.
—Gracias doctor, arreglaré mis asuntos materiales como usted dice, en cuanto a lo espiritual no creo en eso. ¿Cuándo será la operación?
—Mañana mismo —dijo el doctor extendiéndole el documento, donde Héctor autorizaba la operación, para que lo firmara— no podemos esperar más tiempo.

En la casa del ingeniero Héctor, la tía de Hectorín hace compañía a su sobrino. Sin embargo el niño sale al patio pues prefiere estar con su perrito Draco al que le dice:
—Yo quería ir al hospital, pero no me dejaron —abraza con cariño al animalito, y de repente sus ojos se alegran—, sabes qué Dracolin, salgamos por la puerta de atrás —el niño se levanta, se echa a correr y alegremente el perrito lo acompaña.
Las gentes se sorprenden al ver a un niño y su perrito junto a la humilde cruz que existe a la entrada de la iglesia, una iglesia pequeña y pobre.
—Diosito —solloza Hectorín, el Draco le mira con ojos de sorpresa— no te lleves a mi papito.
Hectorín no sabe cuánto tiempo ha pasado y de repente dice:
—Vamos a casa Dracolin, porque la tía se va a enojar si sabe que salimos.

En la sala de descanso de los médicos que está junto a los quirófanos dos cirujanos platican.
—Es sorprendente lo que pasó en la operación, desde el principio las cosas iban mal, el abrir el corazón el paciente se deterioraba y estuve a punto de suspender la operación pues ya estaba pidiendo pista rumbo al panteón —comenta el cirujano cardiovascular.
—Yo te iba a sugerir que le pararas, pues su presión se fue al suelo —dice el anestesiólogo.
—Pero de repente reaccionó el paciente y las cosas ya fueron fáciles, está intervención quirúrgica me va a proporcionar mucha fama, la verdad es que estuvo re-cabrona.

Si no fuera por el gato de la vecina que me pone mucho gorro —aunque me gusta perseguirlo, lo malo es que nunca lo alcanzo—, en la casa ya todos estamos contentos. El papá de Hectorín ya está bien. La otra vez el señor Héctor le dijo a mi amita y a su hijo: “nosotros tres, vamos a ser muy felices de aquí en adelante”. Pero está equivocado no somos tres, sino que somos cuatro.
Por más que le hago fiestas a Hectorín ya no me ha sacado a pasear como la otra vez.

Texto agregado el 13-11-2012, y leído por 190 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
23-11-2012 Un tierno cuento donde frente al ateísmo del papá está la fe sencilla e ingenua del hijito, su Diosito le hace le favor de devolverle a su papito. Tiene un final triste: no sacan a pasear al Draco. terryloki
 
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