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Uno de los aspectos que ha caracterizado desde siempre al chileno, es su buen humor, el que aflora con mayor vitalidad en las desgracias y en los instantes adversos. Considerando que el golpe de estado fue una verdadera adversidad para muchos, si no para todos, no es mi intención reseñar acá los cruentos episodios que conformaron esta odiosa etapa de nuestra historia, ya por todos conocida, sino los entretelones de la misma, plasmada con las graciosas situaciones que hicieron menos dolorosa esta larga transición.

No había transcurrido una semana del golpe, cuando los compañeros de trabajo ya comentaban en corrillos lo que habían escuchado en un arduo y peligroso correveidile.

Las escaramuzas entre el ejército y los resistentes, se transmitían en breves bandos, sin más pormenores que lo estrictamente necesario. El resto de la información se imaginaba más bien, estimulada por el constante tartamudeo de las metralletas, que resonaban en distintos lugares de la ciudad. O bien, sintonizábamos la onda corta, para escuchar las radioemisoras foráneas, que nos entregaban información, ya no importándonos si era verdadera o errónea, sino información al fin y al cabo.

-¿No saben lo que pasó en El Bosque? (comuna del sur de Santiago) – nos preguntaba un colega, con vivos ademanes, haciéndonos creer que tenía información privilegiada.

- No – respondíamos nosotros, ansiosos de saber que ocurría en los extramuros. - ¿Qué pasó?

- ¡Pasó que vino el Lobo y se comió a la Caperucita Roja! – remataba con una risa destemplada.

Otro, llegaba corriendo azorado y nos contaba que habían detenido al suplementero, un señor que nos repartía los periódicos y que lo iban a fusilar.

Nosotros, pánfilos, caíamos una vez más en la trampa. - ¿Y de qué lo acusan? – requeríamos, con el alma en un hilo.

- Lo sorprendieron vendiendo La Patria (periódico de izquierda que dejó de venderse tras el golpe). ¡Plop! –repetíamos, igual que en los chistes de Condorito.

Y así, los mocasines de Allende, con relación a la desaparición de los cordones industriales, los chistes alusivos al almirante Merino y su reconocida afición al trago, y tantos otros episodios que inspiraron a los ingeniosos a crear pancartas humorísticas, tan necesarias en una época en que la angustia era un estado permanente, nos permitieron sobrellevar este jirón oprobioso de nuestras vidas, que la historia de Chile no debería olvidar jamás.

La última:

-¡Los militares acaban de llegar a nuestra oficina!

¡Nooooooo! ¿Y a qué vienen?

- No sé, sólo supe que unos son de la marina, otros son de la aviación
otros guardias nacionales y oficial en formación
– finalizaba cantando y bailando de manera muy festiva el graciosito…












Texto agregado el 14-11-2012, y leído por 136 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
20-11-2012 La verdad es que yo no lo viví así, pero tienes razón, el sentido del humor ayuda mucho, permite enfrentar la realidad en bies. Buena la talla de "lo que pasó en El Bosque", más bien tragicómica. loretopaz
14-11-2012 Que manera de hacer historia amigo; me encanto y el sentido del humor permea todoooo. Un abrazo!!!! 5 aullidos yar
14-11-2012 buen humor para épocas en que se reía poco. Me gustó lo que escribiste, le da un manto de insensata candidez a convivir con el horror. Un beso y mis estrellas. Magda gmmagdalena
 
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