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Resplandecía el cielo de un azul marino intenso y claro, la brisa del mar hablaba del tiempo del verano, de playas, de arena, de música, de chicas en bikini, de ardor juvenil.
Un grupo de jóvenes estudiantes liceanos disfrutan del sol. Frente a ellos hay un barca de pescadores anclada a una cierta distancia. Difícil de calcular desde la playa, que se recorta al horizonte, ocupando parte del paisaje y visual del grupo. Éste es parte de un curso que transcurre algunos días al mar, disfrutando de las vacaciones. La mayoría son chicos y pocas chicas, pero entre ellas, y casi rodeándola hay una de excepcional belleza, una hija de los antiguos emigrados alemanes, Odette. Cuerpo mórbido, curvas bien marcadas, de un blanco suave, ya dorándose por los besos del sol. Cabellera rubia, ojos muy azules. Figura que contrastaba con las estampas criollas y morenas de la mayoría de sus compañeros de clase. La llamaban miss piernas, porque ganó un concurso en su Liceo, con este singular nombre.
Otro grupo de muchachos coetáneos, sin muchachas, porque estudian en esos liceos desafortunados no coeducacionales y, por lo tanto, sin la posibilidad de enamorase de sus compañeras de clase, estaban cerca del grupo de la miss. La observaban a cada instante con miradas de lobos sin manada. Recorrían con deseo esa piel y todos los secretos que ofrecían y regalaban a las manos del sol y al abrazo de la arena.
En los días anteriores algunos de entre ambos grupos habían hecho amistad, se habían emborrachado juntos, se habían enfrentado en pruebas de fuerza, de resistencia al alcohol y goliardadas de este tipo.
En el grupo de la miss se destacaba uno, más bien bajo, pero muy fuerte y musculoso. Un tipo simpático, algo fanfarrón, pero querido y respetado por sus amigos y amigas, que ríen y disfrutan de sus bromas. Está bastante borracho.
En el grupo de los lobos esteparios el jefe es un chico algo desgarbado, pero también fuerte. Fuertemente enamorado de la miss, pero sin haber logrado ni siquiera bailar con ella durante las noches bailables de la playa.

Los nietos rodean al abuelo y le piden les cuente alguna historia de su juventud. Aún los nietos gustan de escuchar las historias de los viejos, en las antiguas casas de campo.
“Está bien, ésta es una historia breve, pero que se me enganchó a los recuerdos...
Entonces, el jefe del grupo donde estaba Odette, dice mirando el horizonte y lanzando la idea al grupo:
-Me gustaría ir nadando hasta esa barca que está anclada al horizonte, alguien acepta.-Nadie acepta, era mi oportunidad para que la chica me mirase, finalmente.
-Yo –dije-, y me alcé tambaleando de la borrachera nocturna y de las cervezas mañaneras, equilibradoras del espíritu.
-Vamos, entonces, dice mi adversario, tan borracho como yo. Es que en esos años de juventud bebíamos como vikingos, quizás por qué motivos. Pienso por timidez, o por haber descubierto la fuerza arrolladora del espíritu del vino.
Comenzamos a nadar. En realidad yo no era un gran nadador, más bien modesto, pero la potencia de la irresponsabilidad y las piernas de Odette guiaban mi barca. El mar ondulaba apenas las olas. Era un día calmo. Nadábamos sin prisa, pero la barca de los pescadores siempre estaba en el mismo lugar, y el mar que nos separaba de ella, pareciera siempre expandirse más y más.
La cabeza comenzaba a darme vueltas en cada brazada, y un latigazo de miedo cruzó mi mente, pero no fui capaz de decirle a mi amigo rival, de regresar, esperaba que lo hiciera él, pero nada dijo.
Finalmente estábamos a poco metros de la barca, pero el borde era bastante alto, y Juvenal, así se llamaba, comenzaba a sumergirse y reasomar la cabeza, y yo también. Estábamos por ahogarnos, yo sentía el sabor salado del agua que bebía.
Ya debajo del costado de la barca, Juvenal me pone las mansos a forma de estribo. Apoyo el pie y con todo el terror del ahogado logro aferrarme del borde, pero no es suficiente. Los brazos son dos leños rígidos y pesados como plomo. No me obedecen.
Logro apoyarme en la cabeza de mi amigo y reunir la última desesperación, y me doy el impulso decisivo, mientras él se sumerge hacia el fondo. Yo era un campeón, por modo de decir, de la barra fija y mi cuerpo estaba acostumbrado a las flexiones. Creo esto me salvó, o nos salvó de ser derrotados por nuestra irresponsabilidad y por la borrachera.
En cuanto logré superar el borde caí como una piedra al piso, no tenía fuerzas para alzarme, pero logré hacerlo y ayudar a Juvenal. Alcancé a sentir los gritos y aplausos desde la playa, antes de volver a caer como una piedra al piso, y perder el conocimiento, o quedarme dormido.
Desperté con una voces, Era un bote de unos pescadores que venían a buscarnos. Uno de ellos nos dice:
-Casi se ahogan, cómo pueden ser tan recontra webones. Súbanse al bote, mierda!

Texto agregado el 24-11-2012, y leído por 283 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
10-10-2013 dedíquese a los cuentos señor remos muy muy bueno solo falto fuerza al final loselegidosdelsol
22-09-2013 me resultó algo difuso, lo que no está mal dado que, entiendo, la historia central está insertada en los recuerdos de un personaje; debe ser por el ir y venir del tiempo en que transcurre. disfruté todo el riesgo quilapan
13-12-2012 Quizá el cuento empieza desde la competencia, donde consigues una gran tensión. Una introducción breve le daría riqueza. Un abrazo sendero
12-12-2012 Qué buen texto, muy descriptivo, bien elaborado, matizado y entretenido, el enganche final es estupendo y muy criollo. nonon
27-11-2012 Mis cinco Pentagramas_5_ Juan_Poeta
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