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Hacía tres años, desde que iniciaron la residencia médica, que Asdrúbal López conocía a Carlos Puig y a Leticia Crivelli. Ni uno ni otra integraban el círculo muy estrecho de sus amigos. Tanto Asdrúbal como Carlos iniciaron la residencia de cirugía y Leticia (Lety para los allegados) la residencia de medicina interna en el hospital de especialidades de la ciudad capital. El origen de Asdrúbal era muy humilde, hijo de un obrero de la construcción (oficial de albañilería) y éste con muchos sacrificios había costeado la educación del hijo en escuelas oficiales, pero, para la universidad, Asdrúbal tuvo que estudiar y trabajar por lo que la carrera de médico le llevó casi el doble de lo habitual. Cuando fue aceptado para realizar la especialidad de cirugía era el de mayor edad, 34 años, en relación a sus compañeros que frisaban un promedio de 24 años. Esta diferencia generacional de 10 años ocasionó el aislamiento a que fue sometido tanto por sus compañeros como por los médicos de base, los instructores.
A diferencia de Asdrúbal, Carlos era el hijo de un prominente industrial y Leticia la hija del presidente municipal, ambos pertenecían a la mejor sociedad y desde luego con las mejores relaciones, por lo que los dos al terminar la residencia obtuvieron plaza en la ciudad. El jefe de la división de cirugía, el único que más o menos era amable con Asdrúbal le dijo que él sería enviado a tierra caliente, con un clima infernal y a una distancia considerable, donde podría realizarse como cirujano ya que había poca competencia, que mirara el lado positivo y considerara que iría a ayudar a gente con pocas oportunidades de ser atendidos por especialistas.
Con toda “la mala leche del mundo”, un compañero le informó a Asdrúbal que Leticia y Carlos se casaban y le preguntó si había sido invitado a la boda el día de mañana o a la despedida de soltero de Carlos esa noche. Él registró el dato como una noticia más de la diferencia generacional. Desde luego no había sido invitado. Nunca había pensado con seriedad en el matrimonio primero por su situación económica siempre precaria y segundo por abulia sentimental, aunque no estaba en contra de que las parejas se unieran y entraran en la lotería del desposorio con un 50% de posibilidades de fracasar. Allá ellos se dijo al peinarse enfrente del espejo que reflejaba la imagen de un soltero ya maduro pero disponible. No le dio importancia que no lo invitaran. Por otra parte se había comprometido a ir a la Casa de la Cultura donde un amigo suyo presentaba su primer libro de poesía.

Al escuchar a su amigo que leía sus poemas, Asdrúbal no sabía el porqué no asimilaba nada de lo que oía, no comprendía el misterio de las metáforas. Estos escritores —pensó— ni ellos mismos se entienden, no cabe duda que son prospectos para mis amigos los psiquiatras. Después de comprar el libro con paciencia esperó que el autor firmara los libros de las personas delante de él, mientras su amigo le ponía una dedicatoria al libro de poemas de pronto sintió en la nuca una mirada insistente, se dio vuelta y encontró, a pocos pasos de él la mirada de Leticia Crivelli. Le hizo con la mano un saludo amistoso y se acercó a felicitarla por su próxima boda. Leticia lindísima resplandecía en su sonrisa, lo recibió con una mirada de alegría. Asdrúbal le preguntó por Carlos. Allá estará, dijo ella, en su despedida, ojalá no me lo estropeen mucho, ya ves que los amigos a veces se propasan y más los médicos. Carlos es muy sensato, respondió Asdrúbal.
En el brindis de honor después de la presentación del libro, hablaron de la luna de miel (en las paradisiacas playas de Cancún) y de lo generoso que ha sido el papá de Carlos al regalarles una linda casita, pero lo mejor fue el haberles equipado con todo lujo sus consultorios particulares.
Sin motivo aparente y a pesar de lo animada de la reunión, Leticia le preguntó si podría llevarla a su casa ya que se encontraba muy fatigada con tantas emociones. Desde luego Asdrúbal de inmediato accedió a sus deseos. Con mezcla de satisfacción y orgullo le abrió la puerta de su carro nuevo a la dama, dio gracias que por fin tenía algo de que presumir. Al preguntarle la dirección de la casa de los papás de Leticia, ésta casi en un susurro le dijo que deseaba conocer donde vivía Asdrúbal y que le gustaría tomar una taza de café en un departamento de soltero por lo que terminó diciéndole que sí sería mucho pedir que la llevara ahí. ¿Ahora?, fue la pregunta del perplejo Asdrúbal. Sí, ahora contestó ella con voz firme. Ya no dijeron nada y Asdrúbal se limitó a conducir.
El apartamento de Asdrúbal aunque pequeño estaba decorado con la sobriedad de un soltero, nada sobraba ni nada faltaba, desde luego se notaba la falta de una mano femenina que le diera alegría y vida al lugar. Ella entró decidida casi con ferocidad y al preguntarle él si quería ya el café, le respondió que mejor una copa para agarrar coraje mientras se quitaba el abrigo y los zapatos y se sentaba en el sofá. Él fue a buscar el whisky, vasos y hielos, pero sin darle tiempo de preparar los tragos ella le pidió que se sentará a su lado. Ya no se sorprendió de la sugerencia y de inmediato se acomodó junto a ella. Al hacerlo ella le tomó la cabeza y juntando los labios se dieron un largo y liquido beso.
Sin hablar ella se paró y él procedió a desabrocharle el vestido, éste resbaló al suelo, no llevaba sostén así que sus magníficos senos fueron recibidos por unas hambrientas manos. El hombre la tomó en brazos y la llevó al dormitorio. Desnudos los dos, él comprobó con sorpresa que el magnífico cuerpo que tenía delante aún no había sido estrenado. Leticia aguantó lo mejor que pudo a pesar del dolor de la desfloración la primera embestida, por fortuna gracias a la gentileza del varón que con experimentada dulzura le dio al vaivén de los cuerpos ella al final pudo gozar en parte. Lety, por Dios, yo no sabía que eras virgen, eres lo mejor que me ha pasado y quisiera saber por qué musitó Asdrúbal.
Leticia esperó que Asdrúbal preparara los tragos y con mirada de gata satisfecha, ella y su galán brindaron con alegría. No pasó mucho tiempo para que los dos pletóricos de satisfacción volvieran a hacerlo y ahora todo fue mejor, ella con mínimo sufrimiento gozó el paraíso del orgasmo, lo mismo que Asdrúbal. Ahítos quedaron. Después de un tiempo ella dijo que tenía que irse, se duchó junto con Asdrúbal. Terminaron de vestirse.
Ya en el carro, rumbo a la casa de los padres de Leticia, ella acarició una pierna de Asdrúbal y comentó: estuvo estupendo, te doy las gracias, ahora te preguntarás por qué me entregué a ti. Desde luego no tienes porque decírmelo respondió él con gentileza. Ya sé —dijo ella— pero de todos modos te lo voy a decir. Quiero a Carlos y aún no nos hemos casado así que no siento que le puse los cuernos. Ya mañana será otra cosa. Carlos es muy sofisticado y siempre me ha tratado de puritana, de mojigata, de monjita. Además me resistía a llegar virgen al matrimonio y que mi marido fuera mi amo y señor por haberme desvirginado, así que quiero que él sepa que no es mi descubridor, que no es mi amo.
Asdrúbal no salía de su asombro y con una sonrisa picara le preguntó: ¿y se puede saber quién es tu descubridor, quién es tu amo? Ella soltó una alegre carcajada al oír el tono presumido de Asdrúbal: tampoco tú, mi amante de una noche y que te vas muy lejos, porque no me negarás que, después de todo, fui yo la que te usé, muy agradable por cierto, lo reconozco, pero te usé.

El automóvil devoraba kilómetro tras kilómetro, la carretera parecía eterna rumbo a tierra caliente, sin embargo Asdrúbal con sus pensamientos no se daba cuenta del tiempo ni de la distancia. La imagen de Lety, la suavidad de su cuerpo aún estaba presente en su memoria, sin embargo ya no era Lety, sino Leticia Crivelli de Puig. Y él, un macho mexicano burlado y después de esta agridulce experiencia un soltero convencido.

Texto agregado el 05-12-2012, y leído por 180 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
31-12-2012 Me encantó como describes esta historia y el toque de macho-hembra que le das a los personajes. Te felicito. elpinero
06-12-2012 Genial. 5 * Terryloki
 
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