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La vida repone las mismas dolencias perdidas. Mañana será lunes otra vez y todo se habrá ido, pensó en la angustia de otro domingo de miedo. Maltratado por una soledad que conocía de memoria sus gestos, pidió otro café. Las gotas corriendo por los ventanales reflejaban los restos de otra lluvia pasajera. La humedad de los adoquines repetía el paisaje latoso de una ciudad cubierta por un manto prieto. El farol de la esquina, los bancos de la plaza vacíos de niños, las calles solitarias, los puestos de la feria durmiendo aún. Todo igual en otro domingo de espera.

Los truenos rasgaban la religiosidad de la mañana y por primera vez tuvo el temor de que si la lluvia volvía, no la podría ver, entonces nada sería igual y el resto de los días perderían todo sentido. No quiso pensar. Llamó al mozo con la mano levantada mostrando un cigarrillo entre los dedos. El mozo entendió. Se acercó y le ofreció fuego. El cenicero de a poco empezaba a recolectar otra vez las cenizas del único testigo que tenían los días pálidos de su vida detenida.

A pesar de los truenos, ahora cada vez más retraídos, la lluvia parecía no querer aguar con llovizna esa mañana de esperanza, entonces supo que ese domingo sería igual al de los últimos catorce años.

Goyeneche multiplicaba su voz arenosa por los parlantes de un bodegón que, a esa hora, empezaba recién a poblar sus mesas. Miró impaciente por el ventanal el puesto de flores. Sus puertas de un verde descascarado, continuaban golpeando la espera, aunque sabía bien que su impaciencia sería sólo una angustia breve. Miró su reloj, veinte minutos lo separaban de su agonía.

La plaza empezó a respirar con el correteo de los primeros niños. Los puestos, uno a uno, reabrían sus puertas. Los minutos caían. Los pasos de los primeros transeúntes indecisos giraban la feria. La plaza de Rosario Norte revivía. Apresurados, los turistas reelegían su arreglo. Todo empezaba otra vez. Los bailarines en las esquinas, las primeras orquestas sobre la calle Callao, los niños correteando por la humedad de los adoquines, las primeras fotografías sonrientes de los viajeros, los bares arriesgándose a sacar sus mesas a la acera, otros a la calle, las parejas comprando flores, caminando de la mano vacilantes por la variedad de las ofertas, los payasos vendiendo globos en forma de perros, de jirafas, los cajones de los títeres, el olor a maní tostado, a flores recién cortadas, a humedad de madera añeja. A barrio de un solo compás. Pichincha volvía a ofrecer su fiesta en otro domingo de perros.

Sentado en el mismo bodegón frente a la plaza, junto a los ventanales empañados, no pudo ocultar el temblor de sus manos ni la bruma de sus ojos cuando ella abrió su puesto de flores. Ella ya no era la de antes, es verdad. El tiempo había rebalsado sus formas y su pelo antes de eterna lluvia negra, hoy lucía sólo los restos de lo que alguna vez fue en los calambres de las canas teñidas y gastadas. Aunque sus ojos seguían mostrando el más hermoso verde agua, su rostro marchito y ajado descubría el paso escalonado de los años. El la veía acomodar las flores de su puesto, siguiendo un ritual que ya pisaba una década y media, desde que la fatalidad los volvió a poner cara a cara y ella ya era ese recuerdo encarnado y él, otra víctima de un amor que se quedó ciego. Ese día del último cachetazo de la casualidad ella fingió no reconocerlo. El lo supo en el instante mismo en que ella rechazó el encuentro en el lenguaje oculto de la mirada, en la parvedad de unos ojos abiertos sin parpadear y en el encadenado de unas palabras que no dijeron nada.

Se disculpó por la dolencia inesperada de la derrota y se marchó en silencio con el corazón cayendo al abismo en el que caen los hombres olvidados. Jamás volvió a su puesto de flores, ni una sola vez; pero vio pasar su vida entera desde los ventanales de un bodegón que le sirvió de auxilio, sin que ella se diera por observada una sola tarde en los años en que él la acechó desde el silencio lejano del amor perdido.

Vio crecer a sus hijos correteando por la feria, vio como los domingos del tiempo le despintaban la cara, vio con amor desflorarse los bordes de su figura arrinconada por una vejez que ya tenía delineado el camino; hasta fue testigo involuntario en el desgarro de una viudez temprana que terminó gastando su alegría. Y ahora, en el último descanso de la vida de los dos, era todo lo que tenía. Lo único que sostenía su vida era ese recuerdo de ella en las primeras locuras sin nombre cuando los dos se entregaron a la seducción violenta de una juventud de ardores, de la que ella pudo salir, y en la que él aún estaba anclado negándosela al olvido.

Los vendedores ambulantes levantaban los paños, los payasos volvían a ser ellos mismos, los bailarines ya se habían marchado, las orquestas enmudecieron, los niños se fueron todos. La plaza volvía a acurrucarse entre las sombras.

El farol de la esquina se encendió cuando ella cerró las puertas de su puesto de flores. “¡Hasta el domingo mi amor!”, lloraron otro domingo sus labios en el más absoluto secreto. Inmóvil detrás del ventanal, en la misma mesa que ocupó desde esa mañana, la vio marcharse con los pasos cansados entre los adoquines de las calles. Hasta que desapareció por completo. El quedo con la mirada extraviada en la esquina donde ella se evaporó, sus manos temblaron en un suspiro que duró un siglo. Despegó su camisa pegada al respaldo de la silla por la humedad, tomó su bastón para ayudarse en el equilibrio, se colocó su saco dominguero de perfume rancio, dejó la propina para el mozo y se marchó con los pasos pesados, como no queriendo hacerlo, mirando el suelo, empujado por la voz asmática de un Goyeneche insistiendo por enésima vez en el bodegón de su angustia, con el tango “Como dos extraños”.

“Me acobardó... la soledad... y el miedo enorme de morir lejos de ti… qué ganas tuve de llorar, sintiendo junto a mí… la burla cruel, de la realidad…”

Texto agregado el 06-12-2012, y leído por 110 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
04-01-2014 Ufff... gracia a dios que ya pasó, que angustia... stracciatella
07-12-2012 Para mi gusto,buen texto.Un contenido de nostalgia y melancolía que lleva a seguir leyendo.Me gustó edu485
06-12-2012 Relato tristísimo pero lindo. LiliumAeternus
 
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