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Inicio / Cuenteros Locales / carloel22 / Bahìa de los Vientos.

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A primera vista, refleja un universo quieto. Al acercarse, sobre cada centìmetro florecen pequeños microclimas, millones de partículas agitadas por el viento.
Más allá al otro lado de la playa, un mar sediento intenta abrazar la arena seca. Olas enfurecidas se aferran a todo lo que encuentran por no retornar al forno del averno.


Los primeros europeos en llegar a estas tierras, fueron unos pocos soldados que acompañaban a Juan de Garay, segundo fundador de Buenos Aires, en una expedición al sur del río Salado en el año 1582.

Garay describió esas tierras como fértiles, y destacó la riqueza ganadera que presentaba la zona.

En 1748 el inglés Thomas Falkner misionero de la Compañía de Jesús, reconoció la necesidad de construir un puerto en la desembocadura del río Quequén Grande para una mejor comunicación entre la costa y el interior de la provincia de Buenos Aires.

Fue fundado el 3 de agosto de 1854. Durante muchos años perteneció al partido de Lobería, hasta que en el año 1979, el gobierno militar en funciones resolvió anexar esta ciudad al partido de Necochea.

Ese universo de dunas vivas se perfila hacia el sur. Médanos que se entremezclan con pasturas y recubren acantilados. En esa parte de la bahía en que la playa se ensancha hasta alcanzar 80 metros. Allí, donde el agua que baja de los campos en busca del mar se desliza por los paredones de piedra, aparece la solitaria forma fantasmal de un barco encallado meciéndose a expensas del mar y el viento.


Sobre el océano uniforme con su manto acerado, un viento da paso a la tormenta enfurecida y bestial; todo se aúna para cubrir un punto diminuto con formas de silueta.
El ocaso lo tiñe, le proyecta sombras. El cielo se cierra, jadea, se balancea con fuerza, azotando sin piedad su furia con forma de tormenta.
El punto con forma de escultura, brama, se retuerce, contonea, se agita, arde, vibra, se menea intentando conservar el fuego.

Bahía de los Vientos un ámbito donde lo prohibido, ilegal, clandestino, se hace real.
Un fondeadero de invierno donde lo censurado habita cotidianamente bajo un halo de misterio.

Cabello azabache, piel morena, pechos, cadera, vientre , ombligo y una profunda curva que tapa el vello, marcan el cuerpo. La pequeña cicatríz bajo el vientre marca la inocultable huella de algún nacimiento.
Entrelazado fuerte a los cuarenta de ella quince años desnudos, virgenes, temblorosos, de enmarañados cabellos.
Se respiran, se muerden, se rasguñan y humedades tibias bajan desde sus alientos.
Se besan... cara, ojos, nariz, mejillas, el lóbulo de las orejas y suavemente descienden. Se humedecen cuellos, contornean, se detienen, respiran instantes, recuperan calor, aliento, aroma, forma para seguir descendiendo.
Ella oculta mejillas y boca entre vientre y piernas.
El se resiste, se niega, rechaza, pero la pasión descontrola.
Ella vuelve a bajar, transpira, se humedece, acaricia, muerde, besa, arquea, vibra, enrojece, bebe y se detiene, enlaza sus cabellos; se alza levemente, inspira. La humedad viscosa, espesa y caliente que lleva entre los labios se desprende, la moja, desciende y ese particular calor le entibia los pechos.
El juego recomienza.
Se muerden, pellizcan; se beben, acarician; piden, entregan; besan, susurran, arquean rasguñan y vuelven a morder.
Labios, lenguas, humedades, espacios sedientos, mutilados de pasión saciándose y participando del juego.

El ahora es quien desciende.
Humedece sienes, frente, cejas, párpados, mejillas, orejas, cuello, axila, brazo, mano, dedos, pechos, cintura, para detenerse en un ombligo ardiente, tembloroso, palpitante.
Espacios violados, centímetros robados, límites rebazados entre vientre y piernas para detenerse eternamente en la concavidad palpitante, desbordante de fluídos tibios para urgar, beber, humedecer, oradar, hasta provocar la explosión final.

Se contemplan, miden, estudian, se abrazan desnudos, licenciosos, desenfrenados, húmedos y ardientes. Se buscan, conducen, seducen, arden, trepitan, conquistan, gimen, ahogan, agitan, deliran , tiemblan, vibran, grita, aullan, enloquecen y al final se estremecen.

El exige , ella cede.

Transita el camino inverso sobre el cuerpo de ella.
Vientre, cintura, ombligo, pechos, dedos, mano, brazo, axila, hombros, cuello, cabello, labios... abiertos, contorneados, palpitantes, rozarlos ahogarlos y verter fuego.

Ella replica, .
Palpa, busca, olfatea, digita, araña, muerde, golpea, pellizca, desgarra, para finalmente invadir, ocupar, urgar, relamer, saborear y beber el sabor a El.
Gira transpirada, sumisa, se abre, muerde la arena, eleva su cadera, se ofrece de espaldas.
El abre, humedece, tantea, separa, se monta, apresa sus cabellos y como un animal desenfrenado orada, ultraja, rasga sin piedad el orificio que se ofrece.
Un grito lascerante de hembra herida, opaca la furia de la tormenta.,



La bahìa de los vientos los ve partir.
El se coloca el blazer azul de secundario y monta a su bicicleta.
Ella conecta el celular y mientras sube a su Nissan azul, le avisa a su marido que en una hora tendrà lista la cena .

Junto al camino de tierra entoscada que une Quequén con Costa Bonita el pintoresco esqueleto de un barco encallado cada semana es testigo del encuentro.

Texto agregado el 09-12-2012, y leído por 160 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
23-04-2015 Mañana lo volveré a leer para degustarlo aún más. Me pareció exquisito!!! MujerDiosa
10-01-2013 ***** Shou
23-12-2012 Muy buena narración. elbritish
09-12-2012 Es de buen gusto, el describir el espacio geográfico y mejor es, lo tenue del paso a lo trepidante de un encuentro. Y todo, cómo si fuera un maridaje entre viento y bahía. Te felicito. peco
09-12-2012 Me gusto VAN mis 5 estrellas elflaco
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