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En sueños

Hacía frío y estaba realmente cansada, lo único que deseaba en ese momento era taparme y perderme entre las frazadas…
El camino estaba borroso, por más que intentaba fijar la vista en el paisaje no podía, los detalles se me escapaban, aunque conocía cada lugar por donde el auto avanzaba.
Las serpenteantes luces anaranjadas de la autopista me adormecían, de a ratos venían a mi mente situaciones totalmente alocadas o ridículas. Con dificultad abría los ojos y veía mi cuarto, la televisión encendida con el volumen anulado o alguna voz lejana grabada en lo que fue del día.
Me acomodé nuevamente en el asiento, y otra vez lo regañe por no usar el cinturón de seguridad. Seguí cada movimiento de su mano buscando a ciegas el cinturón e intentando abrocharlo, murmuró algo bajo que no entendí, pero supuse sería algún reniego.
Después de un rato volvió a hablar, contó acerca de su día, la facultad y como lo enloquecía la época de exámenes. Estaba muy cansado.
Apenas sentía el ruido del motor o el camino, era como si siempre estuviésemos en el mismo lugar, pero al mirar por la ventanilla, el paisaje me decía que faltaba poco para llegar.
Me asustaba viajar de noche en invierno, el frío hacia de la ruta un lugar solitario. Le pedí que bajara la velocidad y como siempre me complació sonriendo.
Al parecer la calefacción del auto no funcionaba bien, llevaba rato encendida y sin embargo moría de frió. Tenía los pies helados. El parecía cómodo, el frío no le molestaba, a mi juicio estaba bastante desabrigado.
De a ratos desviaba la vista del camino para mirarme y sonreírme. Quería decirme algo lo sabía por la forma insistente en que buscaba mi mirada.
Hacía días que no nos veíamos. Habíamos quedado que esa noche él vendría a casa.
-No se que haces sentada ahí, se supone que voy camino a tu casa a verte. Dijo confundido. Yo simplemente me encogí de hombros sonriéndole y dije algo como “Solo te estoy cuidando”.
Volví a acomodarme en el asiento, estire las piernas y él comenzó a reírse de mi.
-Si tanto frío tenés, ¿por qué vas descalza?
-¿Descalza? –repetí.
Sin ningún aviso, el impacto fue terrible…
El grito mi nombre y yo el suyo al tiempo que su imagen se desvanecía poco a poco, de repente me encontré sentada en mi cama con los pies destapados, el brazo dolorido y la boca sangrando. La televisión seguía encendida.
En shock busque su nombre en mi celular y antes que yo pudiera decir algo él explico:
-Choqué, me dormí o algo así, estoy bien, pero… vos… te vi y ¿Te quebraste el brazo?, ¿verdad?
Me miré el brazo golpeado. Cuando logré salir del asombro llamé una ambulancia.
El doctor nunca me creyó que dormía y que no viajaba en auto.
Cuando la enfermera terminó y tuve un lindo yeso en el antebrazo izquierdo llegó él, sin un solo rasguño.
-¿Cómo no vas a tener frío tontita si seguís descalza? Fue todo lo que dijo mientras me abrazaba.

Texto agregado el 30-12-2012, y leído por 68 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
30-12-2012 Excelente. Muy bien narrado. rigoberto
30-12-2012 Qué buen relato, sobretodo por tu cautivante narrativa. Un abrazo!! gsap
 
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