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Inicio / Cuenteros Locales / Ulises_Lima / La musiquilla de las tristes esferas

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Todo esto no le conducía a nada, a absolutamente nada. Se sentía frustrado. Solo, como si en medio de la calle él estuviera parado, en completa oscuridad, cinematográficamente, y un foco blanco y enceguecedor lo apuntara y destacara en un círculo perfecto los límites de su existencia. Se movía. Daba un paso adelante, atrás, a la izquierda y a la derecha, intentando ver si la luz, que pareciera que tuviera un sensor que le permitía seguir milimétricamente su desplazamiento, podía ser engañada y hacer difundir sus límites. Al final, terminaba nuevamente al centro, sin haber realizado movimiento real alguno, trabajo igual a cero. Decidió caminar hacia adelante, en busca de algo, en busca de un término de la nada. Caminó y caminó y nada encontró. Decidió cambiar de dirección, quizás las cosas al norte no estuvieran, puede que sí fuera al este, o al oeste, o al sur, o quién sabe. Nadie, probablemente nadie. Miro al cielo y tampoco encontró respuesta ninguna; sólo el foco que lo seguía incesantemente y aumentaba su temperatura al andar, como si lo obligara a estar quieto, a dejar de moverse y abrazar su soledad, como si le estuviera diciendo que ese era su destino y que no intentara cambiarlo, eso sólo le conduciría a la tragedia. Miró hacia abajo y el suelo era negro, de un negro menos negro que la oscuridad que lo rodeaba pero negro al fin y al cabo. Al rato, las horas, los círculos que caminó, las millas que pensó haber recorrido y finalmente eliminado se tendió. Respiró profundo, pensó, pensó, pensó… ¿en qué pensó? ¿En la vida que había dejado atrás al dar ese último paso? ¿En las ceremonias inconclusas, los tiempos perdidos, las heridas aún abiertas o los amigos perdido? ¿En que todo lo que no tenía él mismo se lo había ganado? Mas que importancia tenía ahora, en la vacuidad del espacio ausente en que se encontraba. “Qué más da. Alguien aquí me ha dejado. A alguien daño he hecho, o piensa que yo he sido, o simplemente es un psicópata y me ha dejado en este espacio penitente. Puede que esté camino a algún lugar mejor y me estén probando, ¿no? No, simplemente pienso esto para darme esperanzas, de que alguien más que yo tiene el poder de sacarme de aquí haciéndose simplemente su voluntad. Mierda. Mierda, mierda, mierda.” Y siguió divagando con las posibilidades infinitas que en su cabeza existían, sobre venganza, muerte, resurrección, reencarnación, nada, la Nada, todo, Él, Nadie, Todos, la ausencia, su presencia, los grandes espacios abiertos que el mundo le había dejado y él no había aprovechado, el cielo blanco y el suelo negro, tibio por la luz que lo rodeaba, cálido, más acogedor que la luz y la oscuridad y el peso que en el pecho sentía y se tendió de costado, a ver si así la luz era menos terrible. Se tendió luego de espaldas, y de guata, y se volvió a parar y los párpados siguieron su camino al cansar. Finalmente se tendió, con la cabeza ya vacía de tanto divagar, de las miles y miles de imágenes que su mente vio pasar.
Despertó con frío. La luz se había apagado y no sabía cuánto había dormido. El tiempo que pudo hacerlo era claramente factor de hace cuánto la luz había dejádolo de encandilar, ya que también lo había dejado enfriar y, como ya todo lector debiera saber, al llegar a una temperatura mínima – producto de una baja en el metabolismo – el cuerpo vuelve a despertar. Así que ahora, además de encontrarse completamente perdido, se encontraba ciego, sin saber a dónde ir y con un frío creciente en su adormecido cuerpo, lo que, a fin de cuentas, no producía demasiados cambios desde la noche, hora, día, segundo anterior. Cabía, claro, la posibilidad de que se encontrara en una habitación dentro de una nave espacial que viajaba cerca a la velocidad de la luz, por lo que el tiempo podría transcurrir muchísimo más lento, y así envejecer, también, muchísimo más lento. Pasósele por la cabeza que quizás tuviera cáncer, en el pecho o alguna zona del cerebro que afectaba la zona en que los pulmones se encontraban causándole alguna dificultad para respirar y eso era lo que le producía esa sensación de pesar, que era incurable y que había pedido que se le pusiera en estado criogénico hasta que la ciencia y medicina avanzaran lo suficiente para que éste se pudiera extirpar, o algunos robots mecánico-biológicos, nano robots, fueran desarrollados y lenta pero precisamente extirparan el cáncer, trozándolo a nivel molecular para su rápida eliminación una vez expulsado del cuerpo. Y que la luz que había experimentado eran las fuertes luces de las instalaciones médicas, y ahora habían sido apagadas y el frío final estaba camino a alcanzarse. Pero todo eso parecía demasiado a una película de algún pretérito cineasta español. Por primera vez se percató que estaba solamente en ropa interior. Se le puso la piel de gallina. “Mierda. Debe haber alguna forma de salir de aquí. ¡Qué carajo estoy haciendo acá! No recuerdo haber tenido cáncer, tengo sólo 35 años. Sí, existen casos, como el de esa mujer del colegio que su hija murió a los 16 años de uno al cerebro, inoperable. Pobre mujer. No, a nadie, a nadie le he hecho un daño suficiente como para que me deje aquí, además, tendría que tener mucha plata para poder construir algo así.” Se comenzó a tocar el cuerpo en busca de algún elemento extraño. “Esto debí haberlo hecho ayer, cuando había luz, si alguien pudo construir algo así y hacer que una lámpara gigantesca, ese foco incandescente me siguiera con dicha precisión debe haberme puesto algún chip o algo por el estilo para ello. Pero no, reviso y reviso y encuentro encuentro nada de nada. Mierda, mierda… mierda.” Terminó de decir con menos esperanzas que al comienzo de la jornada. Se paró, notó que el piso alrededor suyo ya se había enfriado y comenzó nuevamente a caminar sin rumbo alguno, siguiendo algún instinto que no conocía, con alguna fútil seguridad, pero seguridad al fin y al cabo. Y esa seguridad le dijo que había que seguir una dirección y una dirección solamente y solamente caminó durante lo que le parecieron horas y horas y entre más avanzaba sus pies sus pies menos sentía y los callos que le salían se hacían cada vez más grande, pero ya no le importaba, o no sabía si debía importarle, importarle si no veía ni sentía dolor en ello. Se tocó la planta de los pies y sintió la flacidez en la piel, el líquido que había salido de las reventadas ampollas… la limpieza, esa asombrosa ausencia de polvo que sus pies tenían ningún sentido le hacían. Suelo alguno había pisado que tan pulcramente limpio hubiera estado. Anonadado, siguió caminando hasta que cayó sin fuerzas en el suelo glacial y el sopor llegó rápidamente a él, a ver si ahora se recuperaba, si la jornada que siguiera, la que siguiera a la que siguiera, o la que siguiera a la que siguiera a la que siguiera – ad infinitum –, había alguna luz al final del camino.
Y las jornadas que siguieron distintas no fueron, la oscuridad y desconocimiento pleno seguían acechándolo y el dolor en el pecho seguía ahí, omnipresente, imposible de escapar ni de olvidar. Al fin y al cabo, con qué se podía distraer, qué podía escuchar, ver, oler en ese lugar que sus sentidos buscaba aplacar, suprimir y llevar a la locura. ¿A quién daño le había hecho? “Jorge, a ese tipo le quité el puesto en la pega pero porque el jetón no hacía nada de nada. Tampoco tiene el cerebro para planear algo así. Gustavo, ese hueón sí tenía los sesos, pero es demasiado bueno, espero, para lograr hacerme algo así. Romina, Romina Romina Romina, pareciera como si la repetición de tres palabras seguidas fuera a invocarla y ver si algo mágico pasa. Total, si esta situación ciertamente está fuera de los límites de la razón y la cordura. Claramente estoy perdiendo mi razón y cordura. Mierda. Me encanta esa palabra. Y tampoco he hecho mierda, otra razón para creer que quizás estoy en “crío-estado” o cómo se diga, congelado, y mi mente sigue viva sin saber qué hacer. Cerebro cojudo, ¿cómo no va a ser capaz de mantenerme soñando? ¿O será que cuando duermo estoy soñando, así realmente soñando, y estos son los momentos lúcidos que, al no poder abrir los ojos y mi cabeza algún error extraño tiene no puede llenar con una nueva realidad, no puede seguir soñando por quizás qué razón desconocida? Pero Romina, a ella le puse el gorro un año completo y puede haberse confabulado con esa mina, cómo se llamaba, qué importa. Bueno, con ella, para encerrarme acá. Quizás pueden haber contactado a alguien con las capacidades para hacerlo y encerrarme en este gran y vacuo espacio. Pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. ¿Quién más? Alguien, qué alguien. No, a nadie le haría esto, nadie que conozca por lo menos. A estos idiotas políticos que toman decisiones con una sonrisa, con una mano saludando a la gente y la otra en el bolsillo, contando los billetes que ganaron cagándosela sí los mandaría. A los pedófilos, asesinos y charlatanes que se cagan a familias completas también. A los dictadores que han asesinado a miles y miles de personas también. En verdad, podría ser una excelente cárcel aunque bastante costosa. ¿Cuánto espacio habría que tener para que todos ellos, miles, nunca se encontraran acá? ¿Cuánto será el área? Aunque claro, los costos de mantención una vez terminadas las instalaciones serían bastante bajos, quizás de construcción también. Un gran espacio, un gran galpón, con una sola luz que no deja de seguir a la persona, mucha pintura negra y harto concreto, de este que dejan liso. No, difícil no sería, de no ser por esa luz que me sigue perfectamente y que el suelo está completamente limpio, como si lo hubieran construido – no puede haber aparecido de la nada – y aspirado con una máquina poderosísima y sacado toda partícula por minúscula e individual que fuera, y de ahí cerrado herméticamente la habitación. ¿Será una habitación? ¿Será esta una de muchas habitaciones iguales, la cárcel que me estoy imaginando? ¿Habré cometido algún crimen tan terrible que mi cabeza decidió eliminarlo y ni siquiera en sueños ya me atormenta? No hay nada lógico, ninguna pista. Para tener un sistema de seguimiento tan perfecto la luz debe poder moverse por todo el techo sin ninguna dificultad, ningún punto puede ser inaccesible, ¿imanes? Es posible. Lo más probable. ¿Qué altura tendrá el cuarto, el edificio, galpón, construcción? No logró ver de qué porte es el foco, menos de dónde cuelga y su longitud. ¿Quién, cómo, cuándo, cuánto, por qué? ¡POR QUÉ!” Cayó nuevamente en un estado de sopor, como si lo hubieran desconectado o como si los pensamientos, que todo este rato habían sido hablados inconscientemente en un intento por mantenerse consciente, el grito final le hubieran quitado todas las pocas energías que le habían quedado.
“Esteban, lo cagué con la señora. Luego se divorció para estar conmigo y yo me fui de la ciudad, nunca me ha logrado encontrar y espero que siga así. Tampoco”.
“¿Sofía, Felipe, Juana, Simona? No, ninguno de ellos, ninguno. A nadie, a nadie… nadie”.
“Elisa, ¿dónde está Elisa? Ciertamente no acá. Tampoco”.
“¿Pedro, Juan y Diego? No, tampoco”.
“¿Romina? No, estaba descartada”.
Las jornadas así pasaron, los momentos lúcidos fueron desvaneciéndose y cada vez menos fue avanzando, menos se fue moviendo. El estar quieto le daba cierto confort, mantenía el lugar caliente y no gastaba energías, pero tampoco realizaba la – ya casi siempre – desmoralizante pero necesaria labor de darse esperanzas y caminar en busca de algo que le diera la posibilidad de escapar o si quiera de saber algo. El no hacerlo lo estaba matando, lentamente, de inanición y desconocimiento, lentamente. Tenía sed, tenía hambre, tenía frío, le dolía la cabeza, la espalda, las piernas, articulaciones, extremidades, el mirar, el no mirar, escucharse, el pecho, seguía con la incómoda e inescapable sensación del pecho, aunque ahora con tanto otro quejar a un segundo plano pasaba, pero ahí estaba, el pecho.
Algo escuchó. Los ojos se le dilataron, el tiempo enlenteció su fluir, los oídos se la agudizaron, todo su vello corporal se erigió recto, firme, y su cabeza volteó rápidamente en la dirección de donde pensaba el sonido había venido. Estaba alerta, sentía que efectivamente ahora podía, PODÍA, ver. Se quedó paralizado, sólo girando la cabeza en todas las dirección posibles a ver si ese elemento extraño, ese elemento ahora mágico, se materializaba y le daba alguna poca información, alguna salida, sí, ojala le diera alguna salida era lo que él estaba pensando lo cual fue rápidamente destrozado por esa homogeneidad que ahora sí podía ver. Y entretanto su cabeza nuevamente comenzó a maquinar con gran celeridad sobre las posibilidades: “Una puerta, sonó definitivamente como el crujido de una puerta al cerrarse y un pequeño clac”, secó, sepulcral y pequeñamente vasto, donde ese sonido casi mudo había sido el segundo acontecimiento certero que había experimentado desde el despertar. “O no, ¿qué más pudo haber sido? Una mala jugada, obviamente, quizás la habitación esté cubierta de parlantes por todos lados y quienquiera que esté mirando al otro lado de una pantalla, quizás hay una gran pared de vidrio ahumado hacia un lado por donde ellos me pueden ver, me están monitoreando para que no me muera, para que siga sufriendo hasta que se aburran, y quizás ahora se aburrieron, se había vuelto demasiado monótono, estaba comenzando a dormir demasiado y ya no hacía nada interesante. Qué cosa interesante puedo hace acá, aparte de poner caras de horror y angustia mientras divago y camino y me cansó y marcho y macho y marcho… bueno, se entiendo, y marcho sin rumbo en busca de los vidrios ahumados, de las paredes, de las grietas y la mugre que los suelos no parecen conocer. Quizás cada vez que duermo una máquina, blanca, completamente higienizada atomiza un compuesto anestésico para que duerma profundamente, limpia todo en rededor mío, me alimenta, me limpia, lidia con mis excreciones y desaparece, el efecto de este maravilloso medicamento y maravillosa máquina no dejan rastro alguno, y desaparece. Si no, no me explico la falta de marcas en mi cuerpo, mi falta de ir al baño y mi estado controlado de hambre que siento constantemente. Quizás, quizás…. Puede que efectivamente hayan abierto una puerta y lanzado a otro ser inconsciente dentro del purgatorio. ¿Qué pecados afligen a nuestra carne y alma, o falta de ella? ¿Quién juzga?, ¿dónde están las personas detrás de las cámaras, quién observa? ¿Hola? ¿Hoy sí me van a responder? ¡Vamos, dónde están las inyecciones, los sueros, los rastros de que me lavaron los intestinos!” Se derrumbó conscientemente sobre el piso, con las piernas cruzadas y siendo abrazadas, con su cabeza entre ella, en una especie de posición fetal incompleta, y se puso a llorar, o intentar llorar los pocos restos de líquido que le quedaban. Saboreó las pocas lagrimas que desparramó y se percató de su completo insípido sabor, cosa que no hizo otra cosa ponerlo que triste aún más.
Esa noche, esa siesta, esa fase de no vigilia tranquilo dormir no pudo, creyó sentir pasos por todos lados, en todas direcciones, como si la persona que había entrado se hubiera multiplicado muchísimas veces y lo hubiera rodeado y coordinadamente comenzara a caminar hacia adentro y afuera y clac, clac, clac con los zapatos que el sí tenía, o ella, y clac, clac, clac lo acecharan, pensaba, en intercalados espacios de semi conciencia, que ella, o él, quería hablarle y clac, clac, clac para preguntarle por algo que sí sabía y en sueños nuevamente le decía que no, tú tienes que saber, tú llegaste recién, a quién mal le hiciste, clac, a quién, dime, te hice yo algún mal, te dañé, te conozco de antes, no, clac, clac, clac no puedo ver tu cara, está iluminada pero sólo veo sombras, no, no sé nada, nada de nada, clac, llevo décadas acá y no sé, clac, nada, no envejezco, no te recuerdo, tú tampoco. No, no te vayas, respóndeme con palabras y no sólo con gestos, deja escuchar tu voz para saber que lo que escuché ayer no fue imaginación mía. Clac. Y la persona se retiraba sin decirle una palabra, sin esbozar sonrisa ni poder verle los ojos, el color de ellos, sólo oír el ritmo tranquilo y seguro de su respiración. Y sudando veía fervientemente a su alrededor si la persona estaba alrededor suyo. Otra noche se despertó con una cara frente a él y gritó fuertemente y luego todo volvió al vacío habitual, frente a sí nada material había. En sus períodos de vigilia se dedicó a buscarlo, gritó varias veces nombres que se le venían a la cabeza o gruñidos, sonidos de aves, buitres, palomas, sapos, lagartijas, el sonido de las hojas al caer en otoño o de las flores florecer en primavera. Gritó hola, chao, respóndeme, cómo estás, cuál es tu nombre el mío no lo recuerdo, tú sabes el mío, por qué no puedo encontrarte, cómo es que todas las noches tú llegas y sí lo haces, cómo es que duermes al lado mío y no me percató, por qué me acosas, por qué no me respondes, vamos, yo sé que estás ahí, respóndeme, dónde estás, no te encuentro, anoche vi tu cara pero no pude reconocerte, sé que también dormiste al lado mío, la zona de calor era más extensa que lo habitual, el doble, quizás el triple, estás con alguien, cuando llegues hoy despiértame, quiero hablar, algo, un hola cómo te encuentras mi nombre no recuerdo ojala tu sí recuerdes el tuyo, eres hombre, eres mujer, por qué no dejas un olor cuando me visitas en las noches, y muchas cosas más que uno puede imaginar.
Las respuestas eran nulas.
Otro chirrido de puerta, sí, era una puerta y venía desde adelante. No vio ninguna luz, ningún cambio en la iluminación, nada más que podría asegurarle que efectivamente habíase abierto una puerta o no era un juego de su imaginación para intentar mantener el poco nivel de cordura que le quedaba o efectivamente la habitación podía emitir sonidos desde cualquier ubicación de la habitación. Se lanzó a correr tan rápido como pudo con sus ya debilitados músculos, durante un buen rato, hasta que se cansó, hasta que paró de correr pero seguía sintiendo el impulso de sus piernas para seguir avanzó y así lo hizo y nuevamente nada encontró. Las siguientes noches sintió el clac-clac, clac-clac de zapatos que pensaba ahora eran con tacos, de que esta vez era una mujer, que sí tenía zapatos, la que había sido arrojada a la habitación, y escuchaba cuchicheos y se le calentaba la oreja y pensaba que de él hablando estaban, chismeando, que lo estaban pelando, que se reían de él a sus espaldas, porque claro, ellos tenían las respuestas y él no. Ellos estaban sufriendo las mismas incomodidades, el mismo seguimiento invisible de luces constante, pero ellos sabían por qué estaban ahí, quién los había estado esperando acá dentro, cuántos más había, quizás en la habitación habían cien, doscientas, 3 personas más igual que él, ignorantes y sin zapatos y por lo tanto que no emitían sonido alguno al caminar y que nunca se habían encontrado, con la misma ausencia de privilegios. No como esos dos nuevos, esos dos privilegiados con conocimientos y con zapatos, que podían hablarse, acostarse al lado de la gente y despertar para dejarlos sintiendo una sensación aún más profunda de soledad y de abandono, con dolores en el pecho y una ausencia severa de memoria, severa y creciente de memoria. Los detestaba.
Muchas más veces escuchó la puerta y un nuevo tipo de zapatos. Estaba claro, él había sido uno de los últimos seres en entrar a ese extraño universo, era un ser de clase inferior, un ciudadano de segunda categoría, quizás de tercera, o cuarta. Quizás más adelante entrarían personas que podrían sentarse, que, al momento de estar cansados una cama emergía prestamente desde el suelo para darle la comodidad que deseaba, ellos incluso sabrían cuánto tiempo habrían de estar ahí. Tal vez hubiera seres inferiores, con los ojos vendados y las manos atadas, o con unos lentes completamente oscuros, inquebrantables e imposibles de quitar, quizás hubiera ahí gente encadenada, de cien años pero mantenidas jóvenes sufriendo hasta que sus pecados fueran expiados, sus culpas fueran saldadas y sus errores perdonados. O puede ser que un conjunto de personas, personas avanzadísimas de las que nunca nos percatamos mientras vivíamos, miraban tranquilamente cómo avanzaban los acontecimientos del mundo y se hayan tomado la molestia y la paciencia, para su entretención, de formar una sociedad de castas desde un comienzo y vayan en un tiempo más a prender las luces, liberarlos, y ver qué pasa, filmarlo, hacer un documental y exhibirlo a ver si ganan un óscar subterráneo. Quizás la puerta nunca fue abierta, quizás todos los sonidos habían sido generados por un conjunto de parlantes. Eso, por otro lado, también estaba claro.
Hasta que un día vio una luz al fondo, claramente moldeada como si una puerta hubiera sido abierta. No hubo sonido alguno, simplemente estaba mirando en la dirección correcta en el momento correcto. “’Mierda, quizás cuántas veces esta puerta, u otra, se abrió y yo no me percaté.” Pensaba mientras corría en esa dirección lo más rápido que podía cuando, a la par, veía cómo la luz iba lentamente desapareciendo, como si le quisiera jugar una broma, hacerle un “¡Ole!” y dejarlo deprimido una vez más. La puerta se cerró completamente. Siguió corriendo hasta que súbitamente chocó contra una pared y cayó al suelo, inconsciente. Al poco rato despertó y tras un par de segundos inmediatamente recordó qué había pasado. Se incorporó y frente a él pudo ver una pared, negra, completamente indistinguible del piso vista a más de la distancia que abarcaba la luz que lo rodeaba y que por ello permitía ver el ángulo en el piso, ya que la pared parecía absorber la luz, siendo completamente opaca. Comenzó a tocar la pared. Arriba, abajo, a la altura de los pies, del estómago, a dar pequeños golpecitos como si estuviera tocando la puerta, a ver si había alguien al otro lado que decía: “¿Si?, ¿quién es?”. “¿Cómo que quién es? ¡El hueón que has tenido encerrado por meses, por años! ¡Abre la puerta ahora! ¡AHORA! ¡Por la mierda, AHORA!” Nadie respondió, pero sí una manilla encontró. La giró lentamente, intentando no hacerse las gigantes expectativas que al momento de encontrarla ya se había hecho, a ver si nuevamente el mundo no se le venía abajo, y por lo demás cabía la probabilidad que por vez última, quebrándose finalmente lo que le quedaba de sanidad, y la manilla giraba más de 3 grados en sentido horario y no estaba cerrada con llave y podía escaparse.
Giró. Abrió. Entró.
Al otro lado del dintel un largo pasillo pobremente iluminado lo recibió. Tenía las paredes tapizadas de un papel mural de diseño antiguo, rojizo y que se caía aquí y allá a pedazos. Las lámparas una vez bellamente ornamentabas se ubicaban a ambos lados de las paredes, entre dos puertas y sobre una mesita con un mantel, florero y flores nuevas, graciosas, bellamente agrupadas y de vivísimos colores, secuencia que se repetía hasta donde su vista alcanzaba. Todo, en ese lugar, parecía ser un extremo. Miró al suelo y era de una alfombra con diseño de panal, naranja, rojo y café, que, como era de esperarse, también se extendía hasta donde su vista alcanzaba, en una simetría abismal, demasiado exacta, bella y precaria a la vez. A su derecha había un triciclo de plástico pequeño de color azul y ruedas negras. Lo tomó y comenzó a caminar hasta la primera puerta a mano derecha. Dejó el triciclo en el piso. Miro hacia atrás, su puerta estaba al final, o principio, del pasillo y era igual a la que tenía ahora en frente. Volvió hacia a ella, por si acaso, por si aparecía alguna razón que lo hacía querer volver allí. Pero no había vuelta atrás, la manilla ya no giraba. Estaba atrapado en un nuevo espacio.
No desesperó, no miró alrededor suyo en desesperación, no. Sólo repitió, calmada, terriblemente consciente, el movimiento recién efectuado para corroborar la situación. 1 grado, 2 grado, 3 grados, stop. Efectivamente, la puerta había sido cerrada con llave y no había orificio alguno para haberla introducido desde dónde estaba. Quizás estaba en otro lugar, lejano, o era electrónico, o quienquiera que lo estuviera viendo podía hacer magia y cerrar y abrir la puerta telepáticamente, o con alguna invocación mágica, o qué importaba. ¿Qué importancia tenía que la puerta no le permitiera entrar nuevamente a donde había pasado ya tantísimo tiempo, incómodo, con hambre? Ahora podría haber quedado atrapado en otro lugar, con hambre, un poco más cómodo – el piso era de alfombra –, un poco, o harto, más variado y seguramente también entraría esa máquina muy tecnológica e higiénica a mantenerlo con vida, de alguna de las puertas, de muchas puertas, de SU puerta.
Resignado, pero tranquilo, volvió a la puerta donde había dejado el triciclo. Giró la manilla y abrió fácilmente. La observó detenidamente, tocó el suelo desde la frontera de la habitación, sin atreverse a entrar, sin atreverse a quedar encerrado en una que se veía igual a la que había salido, pero chica, harto más chica. “El suelo está limpio. Hay una lámpara que me enfoca y el resto de la habitación se ve negra, pero gracias a la luz que está atrás mío puedo ver los bordes. Es chica, es bien chica. Mi habitación no puede haber sido tan chica, ¿o sí? O me mantenían drogado por alguna sustancia que nunca detecté y simplemente imaginaba que me movía grandes distancias, que los espacios se alejaban, que había gente que llegaba y dormía conmigo, y por eso nunca había nuevo olor. Nunca nadie puede que haya entrado a mi cuarto, que haya estado todo el tiempo sólo, completamente sólo y sigo sólo y seguiré sólo, sólo, sólo, sólo, sólo, sólo, solísimamente sólo.” La cerró y salió, tranquilo, con el alma en un hilo, con lo que le quedaba de cordura a punto de caerse de la punta de una roca que había sido erosionada con el paso del tiempo y que ya no le dejaba mucha área para apoyar dicho peso, precipitándose a una nueva levedad. Se dio vuelta y tomó el triciclo, fue a la puerta de enfrente. La abrió y era exactamente igual a la anterior. Repitió el ejercicio un par de veces, con unas crecientes ganas de subirse al triciclo, de ponerse su polerón rojo y jardinera y sentarse en el triciclo y andar a toda velocidad por esa larga y angosta carretera. Abrió otra más y cerrada. Otra. Abierta. Roja. La misma idea, la misma lámpara y suelo y paredes y porte que las anteriores, pero todo rojísimo, como si una neblina ensangrentada hubiera cubierto la habitación y era lo único que se viera. Si hubiera estado en esa habitación seguramente ya hubiera estado muerto hicieran lo que hicieran. Hubiera o no purgado sus culpas, hubiera o no andado con zapatos con tacos y sabido el tiempo, corto, que le quedaba, hubiera muerto por falta de sueño, de sueños. La cerró y abrió una decena más de habitaciones iguales, hasta que encontró una con una persona en el centro de la habitación, dormida, flaca hasta los huesos, que parecía muerta pero que respiraba muy, muy lenta y apaciblemente, como si ya se hubiera resignado a la muerte y sólo la estuviera esperando. “¡Hola!, ¿cómo te llamas?”. No contestó. “¡Hola!, ¿cómo te llamas?”, dijo ahora gritando. No contestó. Tenía la necesidad de hablarle, de tener contacto humano y escuchar alguna voz que no fuera la suya. De preguntarle tantas cosas, pero no se atrevía a entrar, tocarlo. Zamarrearlo a ver si despertaba y le hacía caso. Empezó a dar el paso pero el miedo lo detuvo. Gritó una vez más y no hubo respuesta. Cerró la puerta. ¡CLAC!. El cerrojo había sido echado y la lámpara se apagó. Retrocedió dos pasos, pensando que podía haberlo matado, que acababa de matar a un ser humano, fuera o no inocente, lo había matado. No había muerto por una decisión propia, autónoma, sino por su propio miedo, porque no se atrevió a entrar y hablarle, “¿por qué, por qué no entré a hablarle? Ahora está muerto y no puede contestar nada. Murió porque tuve miedo, por mi indecisión, porque podía quedar nuevamente encerrado con él pero esta vez en el rojo. No, no debía hacerlo, ¿cierto? Tomé la decisión correcta. Velé por mí, por mi sanidad, mi integridad y salud, por mi vida. No ha muerto, sólo han apagado la luz para dejarlo dormir y cerraron la puerta para que no se escape. Yo no tuve la culpa y ahora no tengo como saber si lo que hice tenía – tuvo – algún efecto.
Se dio vuelta y la puerta que enfrentaba tenía una ventana cuadrada a la altura de su cabeza, podía observar desde afuera con seguridad, pero se horrorizó. Dentro, esta vez en una habitación completamente azul, como si el color del mar hubiera estado presente en todas las partículas que componían aquella habitación, se encontraba un sin número de personas juntas, mirando hacia el frente, inmóviles, completamente juntas, pegadas como sardinas, sin hacer sonido alguno. No se movían, sus ojos estaban inmóviles y se veía como todos juntos respiraban al mismo ritmo. Sus caras estaban demacradas, sudaban, el pelo se les había caído y sólo podían observárseles las cejas y las pestañas. Había algunas mujeres, niñas y unos cuantos niños. O eso creía él mientras observaba algunos huecos en la masa homogénea de gente que ebullía lentamente detrás de esa pequeña barrera física. Puso su mano en la manilla y comenzó a moverla. Estaba abierta. Se detuvo. No la terminó de abrir. Simplemente retrocedió hasta topar con el triciclo, se subió a él, y se alejó lo más rápido que pudo de aquella visión, de ambas visiones, de ambas ausencias de acción que podían haber tenido tanto impacto como la realización de una. Al fin y al cabo, el no hacer, seguía siendo una decisión. Cabía la posibilidad de que si hubiera abierto esa puerta toda esa gente hubiera sido liberada de sus sopor y hubiera escapado a alguna realidad un poquito, poquitito mejor.
Tras un buen rato se detuvo. Las puertas habían comenzado a cambiar de forma, de ancho, de largo y altura. Algunas parecían congeladas, otras al rojo vivo y ninguna de las dos se atrevió a tocar. Seguía casi completamente desnudo y no podía arriesgarse a sufrir las inclemencias del clima, de quemarse ya sea por excesivo calor o excesivo frío. Habían otras que parecían más normales, que contaban con una bella ornamentación, tras las cuales se escondían paisajes de belleza indescriptible, paradisíacos, con una playa de blanca arena y cristalinas aguas, otras con los majestuosos Andes nevados a la lejanía y rodeados de una verde vegetación y cientos de otros paisajes que él nunca llegó a ver, porque tras dos intentos de entrar en ellos, completamente seducido por la calidez que la habitación emitía, al poner un solo pie en ella quedaba completamente negra y la puerta comenzábase a cerrar. En otras observó antiguas iglesias decoradas con gárgolas ya llenas de telarañas, añejas en su gloria y descuidadas, dejadas a los designios de la naturaleza, tras la muerte de un dios largamente olvidado y muerto por eso mismo. En otras observó cómo un agujero negro devoraba una estrella, cómo un cuásar hacía explosión, como una supernova esparcía su enceguecedor brillo por todo el universo y en algunas volvió a observar un vacío aún más absoluto que en el que se había encontrado. Frío, inhóspito, como si ahí aún nada hubiera sido creado, ni si quiera el aire. A ninguna de estas habitaciones, claro, se atrevió a entrar.
Harto ya de no encontrar algo lógico, plausible, sin poder encontrar la salida, se subió al triciclo y comenzó a andar como caballo desbocado, sin ver qué había a su alrededor, sin ver que en un momento las puertas desaparecieron así como también los maceteros pero no el repetitivo entramado tricolor de la alfombra. Luego las cosas comenzaron a volver a la normalidad, a la forma que tenían en un comienzo, a las puertas idénticas y papel tapiz rojo. Había, esta vez a su izquierda, un triciclo de plástico azul y ruedas negras y en la pared del fondo, una puerta con una manilla que no tenía orificio para insertar la llave.
Se bajó del triciclo – “Volví a casa. Segura, sana, sin reales sobresaltos” – y abrió la puerta y al entrar vio que la habitación era completamente blanca y una agradable melodía inundaba la habitación. Al centro, y desde el techo, unas grandes esferas se iluminaban alternadamente al componer la melodía, y se sintió atraído y relajado, exento de preocupaciones y lleno de cansancio. La música lo atraía, lo hipnotizaba, lo hacía feliz como nunca había sido. Avanzó lentamente hacia el centro de la habitación hasta que topó con algo, vio hacía abajo y había una pequeña estatua de un conejo. Sin darle importancia, sólo queriendo estar más cerca de las esferas, de sus pasteles colores y cálida sonoridad la rodeó y siguió avanzando. Plácidamente chocó una, dos, tres, diez y más veces hasta un punto donde no pudo seguir avanzando. Ya completamente perdido en sus sentidos, se quedó parado, embriagado. Había dejado de pensar. Al rato sus manos y pies se comenzaron a endurecer, luego el resto de sus extremidades, su estómago, su pecho, su corazón y él, ahí, inmóvil, embriagado por la musiquilla y dejó de existir, alegre. Con una sonrisa en el rostro.
Las esferas siguieron sonando, alumbrando y cambiando rítmicamente de color, mientras abajo, con calma y deleite, miles de personas, mascotas y diversos animales siguieron escuchando su eterna canción.

Texto agregado el 04-01-2013, y leído por 181 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
29-05-2014 Nunca hemos salido del valeroso Lihn quilapan
 
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