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Clara Puranovic Antic es el nombre de la heroína de este cuento. Ella, se me ha aparecido en sueños para hacerme los reparos del caso. Está consciente que lo que escribiré no pasará a la posteridad, y yo creo lo mismo. Pero, me dice, con esa voz sin sonido de la gente de los sueños: “Creo que mi personaje tendrá que tener unas directrices que la emparienten más con la mujer inteligente y pujante que como la muchacha destemplada que pretendes definir”.
Le pregunto como es que sabe que la describiré de ese modo y ella hace un mohín de desprecio, gesto que tengo que traducir como un: “te conozco, mosco”.

Es de origen eslavo, de la antigua y desaparecida Yugoslavia. No diré su edad, porque creo que significaría otra aparición suya en mis telones oníricas para reprocharme la falta de delicadeza. No es una belleza exuberante, pero sí posee las cualidades de su raza, es alta, delgada, quizás excesivamente delgada, es de tez blanca y -para mis adentros- un tanto desabrida.

La noche que prosiguió a este comentario fue algo atroz. La fémina se me apareció de manos en cadera, gritándome a voz en cuello que soy un bastardo, que jamás se me debió ocurrir imaginarla, porque ahora no me dejará en paz. Le digo que uno miente mucho en esto de escribir, pero no se convence y continúa con sus pataletas. Desperté ojeroso y sin ánimo de hacer ninguna cosa.

Recuerdo que entre muchas barbaridades que dijo, me trató de voyerista, de poco hombre y de ser un petiso pretencioso. ¿Cómo sabrá tanto, me pregunto ahora? ¿No será que la humilde labor de los que escriben, es darles un hálito de vida a los seres que abandonaron este mundo y que nos acucian para que los recreemos? Creo haber dicho esto en alguna otra ocasión, pero el tema me comienza a dar vueltas en mi cabeza de nuevo.

“¡Nunca he estado muerta! ¡Tampoco soy un personaje real, pero tú te lo buscaste al elegir a una mujer de estas características! Para que sepas, la coquetería es un don inalienable de la mujer y aunque yo sea una ficción creada por la maldita imaginación que te gastas, pretendo que este principio no sea manoseado”. Esta arenga, me costó una noche de insomnio y ya no sé que hacer con este personaje que se me está escapando de las manos. Algo he leído de la obra “Seis Personajes en Busca de Autor” de Luigi Pirandello y creo que un poco de esto me está ocurriendo. Clara Puranovic es tan neurótica, tan rebelde e inmanejable que ya no sé que hacer con ella. Las damas de carne y hueso puede que nos hostiguen durante la jornada diurna, a lo más en las horas que preceden al sueño, pero, en las noches, nos permiten entregarnos al merecido descanso, nos desapegamos de ellas, aunque al despuntar el alba, ya las tengamos de nuevo fregándonos la existencia. Pero Clara es de una estirpe que no conocía y no pretendo que se plasme en alguien de carne y hueso.

Hace algunas noches, la mujer se recostó a mi lado y entre que me sacaba las frazadas, me soplaba las orejas y reía como una posesa, todo aquello para que yo abandonara mi proyecto de estamparla en un cuento cualquiera. Como las molestias han llegado al punto de provocarme alaridos de terror, recibiendo de paso las imprecaciones de mis vecinos, he resuelto dejar de lado todo y dedicarme a otra cosa. Pero, ¿Cómo la convenzo a ella que ya no la tocaré en mis escritos y que puede descansar el sueño de los personajes vírgenes?

Me he cambiado de domicilio, infantil iniciativa mía que persigue que la diabólica mujer me deje de una buena vez en paz. Intento fallido. Esta vez debí soportar sus risas destempladas sentada en mi cómoda, desafiándome a que la despiste si soy capaz.
Le grito que haré de ella una mezcolanza de bosta de caballo y pustulencias surtidas, la definiré como una bruja de piernas torcidas y aliento perruno, será la más atroz de mis venganzas y nadie ni nada podrá impedir que la gente se ría de ese engendro malhadado.
Ella, ha apretado sus cuadradas mandíbulas y sus cejas se han unido en un gesto que mezcla el enojo, el miedo y la impotencia.

Después de un rato, espacio indefinible dentro del rango de un vívido sueño, he escuchado un suspiro suyo, algo como el principio de un armisticio.


(Concluye).















Texto agregado el 11-01-2013, y leído por 139 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
07-03-2014 Eres único! voy al otro Carmen-Valdes
15-01-2013 Leída y dejé comentario en la continuación. SOFIAMA
12-01-2013 Pues creo que tu te lo buscaste hermano... ahora aguanta vara... ji ji ji un abrazo!!!!!! cinco aullidos oniricos yar
 
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