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La princesa resbaló desde el vientre de una flor azulada una mañana de primavera. Un viejo campesino la vió rodar desde las entrañas de una especie de cala acampanada para posarse sonriente sobre el monte. Era hermosamente azul, tanto, que el tono de su piel reflejaba la luz del sol y teñía todo a su alrededor, tanto que era también azul hasta su misma sombra, tanto que el color de su piel camuflaba su desnudez, y podía recorrer el pueblo con sus pezones al aire y su sexo exhibiéndose sin que brotase ni un pensamiento malsano de los viejos morbosos y los adolecentes de urgentes necesidades.

Su aparición fue un suceso en el pueblo, los primeros en amarla fueron los niños que se le acercaban curiosos y pasaban sus manos por su cuerpo azul tratando de pintar sus dedos y haciéndole cosquillas. Luego la amó el pueblo entero, que cayó rendido ante la belleza mágica de la princesa, una belleza cándida que invitaba a creer en el mundo y a ser mejor persona.

Por bella la llamaron princesa, aun sabiendo que toda princesa debía tener, como requisito indispensable, un Rey que la extrañara, un castillo que recorrer y un reino que la reclamase como suya. Y esta joven de curiosa piel sólo reclamaba como propio el arbusto de flores azules de donde surgió aquel día y en el que se acurrucaba a pasar las noches, cuando todavía aparecían.

La princesa azul sembró magia en el pueblo, que la amaba de forma unánime e incondicional. A cada paso, tras la huella de su piecesito germinaban repentinos brotecitos de flores azules que pronto se alzaban convirtiéndose en inmensos arbustos. Y como gustaba de corretear por cada rincón muy pronto el pueblo se tiñó de tanto azul que parecía un espejo del cielo. El Sol, la lluvia y el viento visitaban la montaña para apreciar a la hermosa jovencita y traían consigo alimento para las tierras, que retribuyeron el detalle pariendo frutos gigantes y jugosos que fueron reconocidos como los mejores en muchas leguas a la redonda.

Poco a poco se fue esparciendo la leyenda de una Princesa Azul de cuyos pasos germinaban flores, que atraía sol, lluvia y viento en un pueblo fértil que tenía el color del cielo. Llegaron turistas, se construyeron plazas y posadas con grandes ventanales para ver a la princesa azul mientras jugaba con los niños y preñaba la tierra de flores azules.

Pero al igual que la luz, que necesita de la oscuridad para existir, la abundancia requiere de la miseria, la dicha, de la desdicha. ..Comenzaron a llegar al pueblo los lamentos de comarcas vecinas, que ya casi no eran visitados por la luz del sol, y el viento trajo el eco del llanto de aquellos campesinos que maldecían a esa princesa desconocida cuando veían agonizar sus plantas endebles de flores lánguidas y veían morir animales y sus niños de piel blanca que perecían de tristeza, tras una vida llena de tanta noche.

El tiempo fue transcurriendo. Debieron ser muchos días, pero no había forma de saberlo, porque desde hacía mucho el Sol había decidido no mudarse de esas tierras azuladas y el pueblo vivía un día eterno. Los pobladores comenzaron a extrañar la noche y sus cuerpos cansados perdieron la noción del tiempo. La moneda mostró su otra cara y a la par de las flores fue germinando y propagándose el odio colectivo sobre la muchacha azul. –Hay que matar a la princesa que tanto mal ha traído a este pueblo! Lo que comenzó como un susurro se extendió como una enredadera que metió sus ramas en el alma de los pobladores, y los alcaldes de otras tierras vieron la oportunidad de acabar con su miseria y camuflaron de solidaridad su interés.-Hagámoslo hermanos, dijeron, vayamos por ella y acabemos con el suplicio de este pueblo cansado.

A oídos del Sol llegó el rumor de un atentado, y el astro protector, temiendo por la vida de su musa azulada envió a su primogénito a rescatar a la princesa. Llegó como una centella de fuego, encandilando a todos con su brillo enceguecedor, chamuscando flores, secando riachuelos y tostando la tierra. Convirtiendo árboles en carbón, flores en ceniza y trastocando colores hasta convertir al pueblo en un manto gris. Tomó a la princesa y la montó en su espalda marchándose lejos de esas tierras a las que nunca más regresaría.

Y se fue la princesa, embuída en una inmensa tristeza, sin entender nada de lo sucedido. Viajando colgada del cuello del hijo del sol, quien la llevó hasta el cielo, lejos de la maldad de los hombres.

Cuenta la historia que de cuando en vez el recuerdo de esos días tristes visita el corazón de la princesa, que desde lo alto llora recordando a los niños curiosos que hurgaban en su piel y extrañando al pueblo que una vez la amó. Cuentan que sus lágrimas son gotas de lluvia que salpican el mundo y que en el lugar donde cae una gota brota una hermosísima flor azul de ilimitada belleza y exquisito aroma.

Y muy lejos de allí, en un pueblo de ceniza en el que habitan hombres de corazón gris, hay una fiesta patria en la que se celebra la solidaridad de los pueblos que expulsaron con valentía a la princesa maldita del día sin final.

Maracay, Febrero de 2013

Texto agregado el 10-02-2013, y leído por 215 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
15-02-2013 Un cuento bellísimo, me dio mucha ternura. te felicito! silvimar-
13-02-2013 Es un buen texto no sè porque no lo presentaste ha? Saludos.- rhcastro
11-02-2013 Un cuento lleno de imaginación y muy bien redactado. Enhorabuena! ***** graju
11-02-2013 Excelente! hubiese sido un duro contrincante tu cuento. Me pareció precioso y te felicito. Un beso y todas mis estrellitas azules. Magda gmmagdalena
 
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