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Inicio / Cuenteros Locales / el_mesiaz / Nosotros, los de entonces.

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Ella apoyaba los codos en la mesa de la cocina, sin ningún interés de estar cómoda, tratando de hablar mientras sus piernas se balanceaban en la silla, pero al mismo tiempo saboreaba su retaso de limón con sal (aun me pregunto cómo pudo gustarle esa combinación de sabores), me preguntaba también cómo hacía todo eso, de forma tan natural, ese momento privado de toda realidad, fue desde siempre un recuerdo muy suyo. Sus pequeñas manos siempre al compás de sus palabras, hablaban mientras yo la escuchaba sin escucharla, solo observaba su elocuencia profesional, tan atrayente, convincente, no importaba lo que decía, solo lo decía; yo con siete años, ignoraba la atracción natural de varón que tenia, empecé a entender o a suponer que esa niña con cierto parecido a una muñeca y con un gusto raro al limón con sal jamás saldría de los recuerdos de mi infancia. Nunca más la volví a ver.
Volviendo a mi terruño, ya con barba pobre y mente adulta tratando de ser nuevamente cobijado por su aire limpio y clima inocente, refugiándome de los golpes de mi nuevo hogar, por esta vez llameémosle Meró; hastiado de los dolores del amor y traiciones y demás sinvergüenzadas, llegué a esta tierra para salir por un tiempo del lugar que se cansó de mí y mis locuras de amor, salí para escapar sin llegar a encontrar algo, más bien nada, solo salir y no pensar más en las cosas que dañaron mi esperanza. El Primo, mi gran amigo, lo llamo así porque se ganó el título, El Primo; es de los tipos que tienen el alma llena del aire limpio de estas tierras, parco como las montañas, fiel confidente como una noche fría de invierno y más que todo un Hombre en todo el sentido de la palabra. Este gran amigo es clave en esta historia, quien por amistad (más bien por piedad) trató de curarme el alma con las mujeres que fueron paridas en estas tierras, serias y nobles por raza, inocentes y tranquilas por cultura e indómitas amantes por convicción, tan diferentes a las conocidas y saboreadas en Meró, estas que en los calores del clima dejaban sus aromas de juego y sutil aventura. Eso sabía El Primo que alguna vez fue cautivado por una meroniana y destrozado como una de ellas sabe hacerlo; encantado me presentó a una de sus amigas, las ganas hechas un letargo de emoción me llevaron a pensar que solo sería una noche más de diversión, como las otras que están en el estante de mis recuerdos furtivos.
Llegó la noche con su encantos, hasta ese momento extraños para mi, con su brisa fría y serena, el aire con sabor a eucalipto, hasta la tierra tenía otro aroma, que sin pensar en mis recuerdos existía y como si fuera un código secreto revelaba toda mi infancia a flor de piel, mis primeros ríos descubiertos, en esos días llamados mares, o el conquistar monstruosos arboles para someterlos con mi imaginación, y después refugiarme en la casona de fantasmas protectores llamada en ese entonces “hogar”. Todo esto cubría de añoranza a todo mi cuerpo y dejaba un suspiro de nostalgia como conclusión de un hechizo, esa noche no sería como las noches perdidas en mis recuerdos.
La noche había dejado su mejor aroma, uno frio y bárbaro, sin darme cuenta me encontraba solo, mi distracción que muchas veces era confundida por apatía siempre me daba esa clase de sorpresas. El Primo había ido por una chica de la que no esperaba mucho, según él era una hermosura, siempre decía eso de cada chica que conocía a una, anteriormente ya la había visto, no muy interesado, si bien era linda, yo ya tenía la experiencia de que la belleza no da más que belleza; lo poco que vi fue su sonrisa, tenía una radiante sonrisa.
La fiesta, que aún estaba vacía, con la música estridente y lejana a mi interés, pero de pronto me fue absorbiendo poco a poco, mi desazón fue aliñado por el ritmo candente, invitando a mi cuerpo a experimentar el placer de jugar con la música, las piernas se movían solas - pensaba que solo ocurría en las películas animadas- y como todo buen latino me deje llevar por la música, música que llenaba el alma y la dejaba con magia, si, esa magia que solo la música da al cuerpo y en el paladar.
De pronto llegó El Primo con la susodicha, ya estaba animado, muy animado por la diáfana noche y ritmo que impulsaba mi cuerpo a ser un astro mas del manto negro.
Ellos entraron, no describiré al primo, aunque fuese importante en la historia, lo que sí puedo decir es que ella entro, la noche y la música la hicieron aun más bella de lo que era, aunque curiosamente tenía un cierto parecido a muñeca, con sus ojos tiernos y los movimientos inocentes, me atrevería a decir que ella había sido desempaquetada recientemente y yo inconscientemente buscaba algún rosón escondido.
Entró por el salón iluminado, tenía unas enormes ganas de darle un titulo; a cada persona le pongo un titulo, según lo que esa persona represente en mi vida, a mi mejor amigo lo llamo El Largo, hombre fuerte de pensamiento y largo de entendimiento –entre otras cualidades físicas-, nunca sabrá que lo llamo así o a mi mejor amiga, Chiquitita, ese poderoso titulo lo saque de un dicho de mi madre: “los mejores perfumes se hacen en frascos chicos, al igual que los mejores venenos”. Ella tenía que tener un titulo, y al momento de ponerle uno ella se adelantó, uno que mi corta imaginación nunca lo hubiese pensado, un titulo que tenía su propia historia y espacio para crear una nueva era y que al solo nombrarlo todo el cosmos le rendiría pleitesía, claro, todo en secreto. Elena fue su titulo y casualmente su nombre.
La música y el baile nos regalaron la oportunidad de que nuestros cuerpos se entendieran bien, su excelente sincronía jugaba con mi arrítmico y nervioso cuerpo, mientras sus ojos incansables penetraban a los míos y me dejaban desnudo y desamparado en su mirada; en ese momento pensé que alguna vez la había visto, no en este mundo, tal vez en algún mundo que no fuese este, lo importante es que Elena había llegado en el momento perfecto de la noche, era como un conjuro milenario de estas tierras de antiguas historias, y recién había comenzado la noche…
Al salir a respirar el aire sereno de la noche, solos, con el paisaje como escenario, la luna iluminando las siluetas parecidas a monstruosos arboles – que ganas tenia de conquistarlos- y el aroma a tierra inocente, contagiaron el genio de ella, y como si entendiera que su esencia pertenecía al escenario de luna, empezó a soltarse y hablarme como solo una Elena podría hablar. Sus manos juagaban con sus palabras, y su sonrisa me quitaba un suspiro disimulado, su elocuencia me envolvía, hasta ahora no recuerdo bien de qué hablaba, pero sé que yo respondía, pues su elocuencia me hipnotizaba, cómo relataba la pasión por sus gustos, su música, -que también por azares de la vida fue también mía- la hacía olvidar que era una Elena y se convertía en un ser volátil y eterno, como la música. Uno de sus pies jugaba en silencio a balancearse, no sé si se daba cuenta, pero para ella era primordial para sentirse cómoda, lo que decía, lo decía ella, Elena; de pronto, sin imaginarlo soltó una frase que me despertó el alma:”no puedo creer que no te guste el limón con sal”.
Fue en ese entonces donde fui sometido por los recuerdos de mi infancia, y cuando ella descubrió que éramos nosotros, los de entonces.





El Mesiaz

Texto agregado el 20-02-2013, y leído por 144 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
08-03-2013 Esa frase, esos recuerdos... muy lindo. glori
04-03-2013 es curioso la fuerza que tienen los sabores y los olores nos trasladan en 0, a paisajes ya olvidados. elisatab
 
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