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Escuché a una señora decir a otros: –“¿Su casa? ¡Uhhh...! Su casa era un monoambiente, lleno de escritos y de libros. Yo no sé si eran muchos escritos y libros, pero para esa casa, seguro que sí. Eso le puede dar a usted la idea de la importancia relativa de las letras en la vida de ese hombre, y de la mujer que lo acompañaba. Si ese hombre tenía tanto espacio dedicado a sus escritos, en relación al resto de la casa usted ya se puede imaginar cómo sería en todos los aspectos, hacia el exterior también. Entraba usted y se encontraba con el perchero de pared, de madera y bronce, realmente antiguo, con dos camperas gordas, colgadas de él. De otro costado, una cómoda blanca, con todo lo que hay que tener a mano. De frente, usted se topaba con la biblioteca por la cabeza y con la mesa a la altura del estómago. Luego, si miraba hacia el otro lado, se tropezaba con una gran cama que casi ocupaba la mitad del ambiente. Si volvía la vista al frente, se topaba con más y más libros y escritos, amén de todos los que ahora, usted en el medio del ambiente, en el centro del hogar y sin trastabillar con la gran cama, puede admirar como una montaña que se le está por caer encima. Torrenciales cantidades de carpetas, con el nombre del libro que se encuentra allí, cuadros familiares y de Borges. También una sugestiva estatua en la que las espaldas de una mujer son aferradas por las manos de un hombre. Bárbaro. Usted puede contemplar infinidad de carpetas finitas llenas de más y más escritos y más libros. Si se quiere tomar un respiro, mire adentro del placard, pero abajo, donde verá ropas, no arriba, donde, si abre las puertitas, se encuentra con más y más escritos. Pero levante usted los ojos y verá que se puede escapar hacia el alargamiento que hace la habitación transformándose, de biblioteca en cocina: allí no hay libros, o sólo algunos de cocina. Igual si entra al diminuto baño, con calefón eléctrico y tanquecito. Ni piense encontrar un teléfono o un televisor en esa casa. No tienen, van a las cabinas de teléfono, leen los diarios en los bares y, cuando pueden, van al cine. Pero a él le da igual: es su bunker ¿Sabe? Mejor dicho, él vive dentro de su taller literario, aunque el término le queda muy chico”
Al terminar de escuchar a esa señora, yo supe que se refería a mí.

Texto agregado el 26-02-2013, y leído por 59 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
26-02-2013 ¡Qué diferentes espacios habitamos! En mi cuarto sólo hay tubos de óleos y ningún libro. Nunca los hubo. ¿Me perdí de algo' ZEPOL
26-02-2013 Bonita descripción del monoambiente de un escritor. elbritish
 
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