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Inicio / Cuenteros Locales / heraclitus / La viuda negra (cuentos del Monje Loco 2)

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Amigos míos
Prepárense a leer una historia del mal pero con tintes románticos. Los adoradores de Belcebú también tenemos nuestro corazoncito, por ejemplo yo tengo una adorable mascota, una arañita con mala reputación: la viuda negra, que se come al macho después de aparearse.


Mi vida realmente ha sido cómoda, acaso porque nunca se me ocurrió creer en Dios. Sin embargo a los cincuenta años yo soy un tipo mediocre. He fracasado como contador de una gran empresa —que por cierto pertenece a mi mujer—, como amante, como esposo y como padre. De estos cuatro fiascos sólo me preocupa el último. Mis dos hijos al parecer se avergüenzan de su padre.
Hay cosas bellas en la vida y yo he procurado rodearme de ellas, debería vivir feliz alejado de las cosas del mundo como los negocios, los problemas familiares, el ruido de las ciudades y un largo etcétera que a un diletante de la belleza como yo, lo mortifican. Sin embargo no me dejan en paz como castigo a mis pecados.
Yo no tuve la culpa de nacer en una familia pobre pero eso sí muy religiosa. Todo sea por Dios decían. Mi padre que trabajaba como tinterillo de mala muerte en un juzgado por lo civil a duras penas mantenía a una esposa siempre enferma (aunque los médicos de la seguridad social decían que era una vieja hipocondríaca, pero ya saben cómo son los mentados doctores), y a dos hijos, mi hermana mayor que se fue de monja y yo. Por fortuna mi tío, hermano mayor de mi padre y padrino mío, me costeó la carrera de contador público en el Tecnológico de Monterrey, escuela de súper lujo que además de enseñarme mi profesión me aficionó a las cosas costosas: carros, mansiones, clubs exclusivos que con envidia de mi parte veía con tristeza que mis condiscípulos tenían.
“Javier —me empezó a decir mi jefe, que por cierto era dueño de múltiples empresas, y futuro suegro cuando le pedí la mano de su única hija— tú eres un muchacho sencillo y bueno (pero con gustos caros añadí mentalmente), no te imaginas el carácter de mi hija Lucia, ni yo que soy su padre la aguanto”.
Cuánta razón tenía el viejo. Al principio de mi matrimonio con Lucy (por cierto soy el único que se atreve a llamarla así, para los demás es la señora Lucia) todo fue como dice el lugar común: “miel sobre hojuelas”. Mi suegro me dio el nombramiento de subgerente de sus empresas y se puso feliz con sus dos nietos, que de inmediato para asegurar mi status quo le fabriqué a mi esposa. Por desgracia murió mi suegro y…
Decía al principio que no creo en cosas sobrenaturales, sin embargo ya empiezo a dudarlo, pues si hay un representante de Satán en la tierra, ese mérito lo tiene mi cabrona esposa. Nadie se imaginó que Lucia sacara el tino empresarial de su padre y no sólo eso sino que al tomar posesión de las empresas, éstas se fueron al alza. Mi suegro era benévolo con sus empleados y abusamos muchas veces de esta situación. Todo cambió con la nueva gerente, por principio de cuentas corrió a todos los subgerentes incluyéndome a mí e implantó una época de terror pero con mucha asertividad al grado tal que las acciones de la empresa ya están en la bolsa de valores.
Y en cuanto a mí ¿qué pasó? Tristemente pasé a ser sólo el semental de la señora, aunque por lo demás me dejó en paz, no siempre, pues es celosa en grado superlativo. Pero yo me refugié en mis libros, la música, el teatro y lo que hace agradable la existencia. Entonces ¿por qué esta angustia existencial que tengo en este momento? La respuesta por desgracia es muy sencilla: mi conyugue ha hecho de la vida de mis hijos un verdadero infierno y yo la verdad no sé qué hacer para ayudarlos.

Un agridulce recuerdo invocarás en tu memoria, cuando oíste a tu papá decirles a sus amigos —tú escondida detrás de la puerta—: “mi pobre hija Lucía no sacó la belleza de su madre, espero que sea inteligente”. Y lo peor fue que sucedió en tu fiesta de cumpleaños, trece años cumplirías en ese día. A esa edad llegarías a la conclusión de que eras una niña fea, pero te crecerías al castigo y aunque aún no tenias claro cómo hacerlo, pero dominarías a los demás. El poder sería tu meta desde entonces.
Sonreirás el día de tu boda, al ver la cara de envidia de tus compañeras de escuela por haberte casado con el muchacho más guapo egresado del Tecnológico de Monterrey, tu esposo Javier. Nadie negará que al principio, procuraras ser buena esposa y amorosa madre de dos hijos, ambos orgullo de tu padre, su abuelo. Tu hija con la belleza de tu madre —que tú nunca tuviste—, y tu hijo con la apostura de Javier. Pronto te aburrirías de este paradigma de esposa modelo.
Agradecerás tu buena suerte cuando se murió tu padre y pasaste a ser responsable de los negocios. Al principio por ser mujer pensaron que no serías eficiente. No te sorprenderá el éxito que has tenido. Nada de obsoletos pensamientos que tenía tu progenitor, como el honor, la palabra dada, la fidelidad y otras tonterías por el estilo. Los negocios son los negocios y la meta es ganar dinero no importa la manera de obtenerlo (desde luego todo legalmente).
Tendrás pensamientos encontrados en relación con tu matrimonio, Javier a pesar de sus cincuenta años aún es guapo y satisface tus ansias de mujer. Evocarás con disgusto tu affaire con tu instructor de tenis. Maldito macho, quiso imponerse. Desde luego lo pondrías en su lugar haciendo que lo despidieran del club donde tú eres la principal accionista. No, lo tuyo no son amores escondidos, lo que de verdad vale es el poder.
Pensarás con satisfacción que cuando Javier envejezca te divorciarás de él y lo mandarás igual que cuando se casaron: con una mano atrás y otra adelante. Mientras que disfrute su automóvil de lujo y su vida sibarita. Cuando seas libre te casarás con algún ricachón para acrecentar las fortunas. Y para tu sorpresa ya existe un candidato que coquetea contigo.
Tendrás que educar a tus hijos, hacerles ver el valor del dinero y de la posición social que ocupan. Te molestará que tu hijo se haya ido de la casa familiar —situada en lo alto de una colina en una zona exclusiva y cuyo único defecto es el camino para llegar a ella, sin embargo el panorama es precioso—. “Qué quería vivir su vida”, te dijo. Y lo peor, tu hija que quiere casarse con ese médico pobretón que acaba de terminar su residencia de medicina interna, en el hospital donde tú eres parte del consejo directivo y una de las mayores accionistas.

Javier juega maquinalmente su partido de golf de los jueves, aunque sonríe a sus amigos sus pensamientos están muy lejos. Su hija, su adorada princesita, le dijo llorosa y angustiada “papá tienes que hacer algo, el consejo directivo del hospital va a despedir a mi novio”, “y yo que tengo que ver”, fue tu respuesta. “Debes hablar con mi mamá, pues a mí no me hace caso. Por favor ayúdame”.
En el bar del club después de terminar mal que bien su juego de golf, solo, Javier, con una copa de whisky en la mano, por primera vez en su vida tiene un verdadero problema existencial. Es el mismo tiempo protagonista y antagonista, en un choque consigo mismo, ya no puede eludir su situación, ni dejar pasar el tiempo. Tiene que hacer algo. Pero ¿cómo? El siempre ha sido hombre de paz y tranquilo. Está consciente de que pronto Lucía lo dejará pues no deja de hablar del rico industrial entrado en años, sin hijos y que acaba de enviudar. Javier se da cuenta que entrará en lo que más teme en la vida: la pobreza. Ya su vida no tendrá sentido, sin dinero y con un mal empleo si bien le va.
Pero a lo mejor soportaría que Lucy lo corriera con cajas destempladas (según un lugar común muy socorrido), pero lo que le duele es su princesita, su hija, que su único pecado es estar enamorada de un joven bueno pero pobre. Algo hay que debe hacer, pero ¿qué?

—Me alegra que me hayas invitado a salir —dice una sorprendida Lucia y agrega—: este nuevo cabaret no lo conocía. Me gusta, es muy elegante.
—Mi amor yo sabía que te gustaría por eso te invite esta noche para que bailemos, cenemos y estemos contentos —dijo un atildado Javier.
—Pero, tú me conoces, espero que no te atrevas a llevarme la contra en el caso de nuestra hija —amenaza Lucía.
—Desde luego que no, tú bien sabes que en problemas familiares no me meto, lo dejo a tu buen criterio.
Una no muy convencida Lucía piensa “pobre Javier, nunca cambiará, cree que me va a enamorar otra vez. Esta noche será su despedida, ya mañana le diré lo del divorcio, por lo pronto que esté contento, le seguiré la corriente”.
La música suave y el ambiente agradable hicieron su trabajo, la pareja, feliz, bailó hasta bien entrada la noche. Las palabras salían sobrando, en su lugar las caricias y el ritmo lento del baile tomaron su lugar.

De regreso a la mansión de Lucía, Javier manejaba con cuidado, tomando las numerosas curvas con precaución. Una intrigada Lucía no comprendía porque Javier estaba tan contento y no era por los humos del alcohol, pues esa noche para su sorpresa Javier casi no bebió. Dejó que la suave música que provenía del fino estéreo del coche la envolviera y no quiso ya pensar.
Lucía, adormilada, fue despertada bruscamente por el vaivén del automóvil, se dio cuenta que Javier iba silbando e imprimía velocidad al vehículo tomando las curvas casi en dos llantas. Angustiada le gritó:
— ¿Javier qué haces?
—Ayudo a nuestra hija —fue la serena respuesta de Javier y apretó más el acelerador.
El elegante y potente BMW con facilidad rompió la valla de acotamiento y airosamente se elevó sobre el abismo. Él profirió una alegre carcajada. Ella un grito de terror…


Texto agregado el 01-05-2013, y leído por 189 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
24-05-2013 exelente, suspenso, un final inesperado y despierta interes a medida que lo vas leyendo. jaeltete
03-05-2013 Con un final sorprendente es el mejor cuento de humor negro que he leído en este portal. Felicidades. Terryloki
01-05-2013 Escrito con buena dosis bien proporcionada de suspenso. Pobre Lucy, perdón, señora Lucía. Una empresaria como muchas del capitalismo salvaje. En Chile hay muchos ejemplares. simasima
 
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