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A propósito de nada, de pronto saltó de la cabeza de mi madre un recuerdo sabroso de esos que da gusto escuchar. Debe haber sido a raíz de una pregunta mía, en la que intentaba comprender por qué algunas personas son apodadas con nombres risibles. Me parece que escuché decir que alguien se llamaba Cecilio, un absurdo o una chochera trasnochada de los padres para rendirle homenaje perpetuo a alguna dama de la familia que portaba ese epónimo. Satisfacción para los padres. Horrendo estigma para ese cristiano que llevaría sobre sus espaldas dicho baldón oprobioso.

Aquí entró a tallar mi madre. Me comentó, con la parsimonia que le han otorgado los años, que llevar ese nombre no era nada del otro mundo. Y para muestra, un botón, de esos antiguos, de hueso y abolengo. En el trabajo de mi padre, una conocida empresa de transportes, hoy desaparecida, estaba a cargo de dos jóvenes arrogantes –uno más que el otro- que trataban a sus empleados como si fuesen sus lacayos, denostándolos y obligándolos a realizar faenas ociosas, o encaramándolos en puestos rimbombantes para humillar al destituido. Ocurrencias que el más truhán de los dos celebraba a mandíbula batiente.

Mi padre, hombre laborioso y poco dado a entrar en rencillas, pasaba casi desapercibido en dicho taller, pero, sin ser un real protagonista de los hechos, era testigo privilegiado de cada suceso. Una tarde apareció un muchacho desgarbado, de apariencia que lo emparentaba con cierta gente del sur, un campesino de tomo y lomo, lo que fue ratificado por los burlescos jefes en cuanto el hombre abrió la boca. Dijo llamarse Juan González, nombre y apellido muy comunes, por lo que el jefe más burlón optó por rebautizarlo como Margarito. El campesino, sólo atinó a sonreír, con esa bondad sin malicia de los huasitos jóvenes, intuyendo acaso que los jefes siempre tienen la palabra y si se trataba de comer, era mejor hacerlo sin discutir nada.

Y así, Margarito para acá y Margarito para allá, el muchacho corría de un lugar a otro para cumplir con todas las labores asignadas, ya sea trapeando el piso, limpiando el interior de los buses o sirviendo para cualquier otro mandado que se les antojara a los jefes.

-¡Margarito! Anda a comprar este repuesto, ¡Margarito! Límpiame de nuevo la oficina que nadie se limpia las “patas” cuando entra.
Y el muchacho obsecuente y con una sonrisa en los labios, aguantaba las bromas de sus jefes, en el bien entendido que no había mala fe en todo eso.

Pero, una tarde cualquiera, ingresó al taller un quiltro manso de rostro simpático, buscando algo que comer. El Margarito se apresuró a llenarle un plato con comida sobrante del almuerzo y ante tan buena vianda, el perro comenzó a aquerenciarse con el lugar. La gente también se acostumbró con ese animalito tan manso, pero de ladrar ronco cuando algún otro perro se cruzaba por el portón. Quizás esa característica suya fue la que determinó que el Marcial, el jefe bribón, adoptara al can, ordenando que se le construyera una casucha a la entrada del recinto. Desde ese momento, sería el guardián del taller. Pero, el espíritu festivo del jefe se permitió otra licencia: el perro se llamaría también Margarito, para humillación del campesino y para ocasionar las risas destempladas de los otros trabajadores.

Desde entonces, cuando el jefe llamaba a grandes voces: ¡Margaritoooo!, llegaban al instante muchacho y perro, ambos esperando expectantes, el muchacho, alguna orden y el perro, alguna caricia. Esto se repitió por unos buenos años hasta que la desgracia se ensañó con el pobre muchacho. En efecto, realizaba cierta tarde en su humilde vivienda una precaria instalación eléctrica, sin tener los conocimientos técnicos requeridos, y una mala maniobra lo electrocutó. Allí quedó tendido hasta que lo encontraron algunos vecinos que acudieron a averiguar que había ocurrido. Su funeral fue realizado en medio del pesar de la gente, que aprendió a estimarlo y valorarlo. Allí llegaron también los jefes, quienes pagaron para que tuviera una sepultura perpetua.

El perro, acaso ignorante de todo, pero algo triste, dejó de comer varios días, pero el hambre lo acució a abandonar esta especie de luto y muy pronto volvió a ser el que era, taciturno, amable y de ronco ladrar. Un buen tiempo después, el perro desapareció del taller y muchos dedujeron que seguramente andaba en celo y que pronto regresaría. Pero, ello no ocurrió y los jefes se resignaron a su pérdida, ya que, tal como había llegado, se había ido. Sin manifestarlo, el jefe Marcial se veía algo apesadumbrado. Acaso porque se había aquerenciado con el malogrado muchacho. O porque echaba de menos al simpático perrito.

Transcurrió un largo año sin que hubiese luces del animal. Hasta que una tarde, luego de un largo viaje, uno de los buses de la empresa que venía de Concepción ingresó al terminal. Tras la larga y agotadora travesía, los pasajeros descendieron del vehículo con paso cansino y rostros adormecidos. Cuando bajó el último pasajero, el chofer se disponía a mover el bus hacía el garaje para la correspondiente mantención, cuando una forma familiar apareció en el umbral y descendió con parsimonia por los peldaños. Era Margarito, el perro, que regresaba después de una larga inasistencia, siendo recibido con grandes muestras de alegría, después que los empleados y operarios se recuperaron de la sorpresa.

Cuenta mi madre que el perro vivió una larga vida y que poco antes del golpe militar partió de este mundo, presintiendo acaso los aciagos días que se avecinaban para nuestra patria…

















Texto agregado el 07-05-2013, y leído por 110 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
07-05-2013 ¡¡ Que buen texto hermano !! lo disfrute ampliamente, como todo lo tuyo. Saludos a miss Marple. Cinco aullidos para "Margarito"... el can. yar
 
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