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Voces de mi infancia

Todos los años, a principios de Septiembre, llegaba al colegio el hombre que tomaba las fotografías de curso. Era una tradición en la escuela y una alegría para los padres que luego mostraban orgullosos la foto a la familia y a los amigos, año tras año, para que vieran cómo “el nene” iba pasando de grado, recorriendo así un camino que muchos de ellos no habían podido completar. La mayoría eran inmigrantes, gente de trabajo, que había llegado buscando una vida mejor, y este país joven prometía prosperidad “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, como dice el Preámbulo de la Constitución que la maestra nos hacía memorizar. Para la generación de mis abuelos y de mis padres, la educación era el mayor legado que nos podían dejar, pero nosotros no entendíamos eso en aquella época y vivíamos la escuela como una tortura, un obstáculo que nos impedía jugar a la pelota toda la tarde en el potrero del barrio o ir a pescar al río a 10 cuadras de la casa. Así que, como no había más remedio que ir al colegio, tratábamos de pasarlo lo mejor posible, es decir, hacernos la rata de vez en cuando, escondernos en los baños para fumar, o hacer bromas pesadas al compañero que tomábamos “de punto” en la temporada.
Ahora, mirando una de aquellas fotografías amarillentas, rescatada de un baúl cuando vendí la casa de mis padres, vienen a mi memoria tantas cosas, tantas caras que ya no recordaba, mezcladas con emociones que hace mucho tiempo no sentía. Recuerdo muy bien ese día, un día de Septiembre como tantos, cuando nos reunieron en el patio para tomar la foto anual del curso. Debíamos formarnos esperando nuestro turno para ubicarnos sobre unas gradas de madera, con la maestra en primera fila y uno de nosotros sosteniendo la bandera con el escudo del colegio. Era todo un operativo que requería varias horas de organización, sobre todo porque nuestro interés era demorar lo más posible la vuelta al aula, así que buscábamos cualquier excusa para que la sesión de fotos se extendiera toda la tarde, desde pedir ir al baño con una urgencia incontenible cuando ya estábamos todos ubicados, especialmente cuando nuestro puesto estaba en la fila más alta, hasta mezclarnos con otros cursos para que tuvieran que repetir la foto una y otra vez. Las mismas estrategias se repetían todos los años, pero esta foto marcó un hito difícil de superar. Al contemplar nuevamente nuestras caras infantiles, me envuelven lentamente las voces de mis compañeros, ubicados uno junto a otro sobre las gradas de madera…

- ¿Vos crees que la maestra se dará cuenta?
- No creo, si está ahí parada hace como media hora para salir bien en la foto, ni se entera de lo que está pasando acá atrás.
- Bueno, pero igual tené cuidado, mirá que si nos pescan estamos fritos.
- Tranquilo, ¿vos sabés con quién estás hablando?
- Sí, ya sé, con il Capo di Tutti i Capi.
- E vero.
Giuseppe y Guido, carne y uña como decía la maestra, o uña y mugre como nos gustaba decir a nosotros. Ambos, hijos de inmigrantes italianos, Giuseppe hijo del almacenero y Guido del sastre, siempre organizando travesuras. Giuseppe se sentía “padrino” del grupo y como tal, reclamaba respeto y obediencia, a cambio repartía golosinas que sacaba a escondidas del negocio de su papá las que, a medida que pasaban los años, fueron perdiendo la inocencia, igual que nosotros, pasando de chocolate y caramelos a trago y cigarrillos.
- ¡Cállense, que van a arruinar la foto! Quédense firmes como yo, mirando fijo al frente.
- ¡Andá! Vos sos el que la va a arruinar… te voy a tapar esa cara de payaso con la bandera y tu papá no te va a encontrar en la foto…
- Dejalo Rafa, no te enganches.
El Rafa, Fito y Antonio, los tres chiflados. Fito, el estudioso, chupamedias de la maestra, hijo del abogado, creía que ese antecedente familiar lo convertía en un ser superior y como tal nos miraba con cierto desprecio, para peor, tenía suerte y siempre le iba bien en las pruebas. Ahora, a la distancia, reconozco que el chico tenía su mérito, pero para nosotros era puro favoritismo de la maestra para devolver las gentilezas y los regalos que la mamá de Fito se ocupaba de hacerle para cada ocasión especial: el día del maestro, su cumpleaños, el día de la Primavera y el día del porque sí. Fito era capaz de quedarse parado, firme y callado, casi sin respirar, todo el tiempo que fuera necesario con tal de salir bien en la foto, la que luego su papá pondría en un marco de cuero sobre el escritorio de su oficina. El Rafa era su antagonista, hijo del verdulero, o mejor dicho, del quintero que vendía las verduras de su huerta recorriendo las calles del barrio con un carretón. El Rafa era rudo como su padre, un tanto tosco, pero de gran corazón. Eso sí, no tenía paciencia con Fito y muchas veces Antonio, íntimo amigo del Rafa, debía intervenir para evitar una catástrofe.
- Isaac, ¿qué hace tu hermanito acá?
- No sé, se debe haber escapado del aula para espiarme y después ir con el cuento a mi vieja, me parece que sospecha algo.
- ¿Vos crees? Y si, tiene cara de botón tu hermano…
- ¡Vos no te metás con mi familia!
Raúl e Isaac, el Gordo y el Flaco, otra pareja despareja pero inseparable. El papá de Isaac vendía telas que traía por encargo desde la Capital. Isaac iba siempre al colegio con su hermano más chico, no recuerdo su nombre, para nosotros era simplemente el alcahuete, siempre espiando para ir con el cuento a la madre y así conseguir, tal vez, alguna recompensa. Estaba en los cursos inferiores, pero pasaba los recreos metido con nosotros, para desgracia de Isaac, que más de una vez quedó en penitencia por las denuncias del hermano.
- ¡Cortenlá! y pasen el pucho que se me está haciendo agua la boca- La voz de Ernesto, todavía recuerdo su timbre grueso y enérgico, era el mayor del grupo ya que había repetido dos años. Ernesto fue el encargado de iniciarnos en todos los “vicios” como decía mi mamá, y los “placeres” como preferíamos decir nosotros.
- ¡ Che, Guido, largá el humo que te estás poniendo violeta ¡ ¡no podés aguantar tanto! Te va a salir por las orejas…
- ¿Qué pasa por ahí atrás que hay tanto murmullo?
- Nada maestra, es que estamos cansados de estar acá parados, ¿falta mucho?
- Por favor señores, quietos, que voy a hacer la toma. A ver, el de allá arriba, extienda la bandera para que se vea bien el escudo del colegio - pide el fotógrafo tratando de terminar su trabajo.
- ¡Cuidado Flaco que tenés el pucho en la mano!- grita Antonio, anticipando el desastre.
- ¡Uy, qué olor a quemado! ¿qué es ese humo?
- ¡Flaco, Flaco! ¡se te está quemando la bandera! – gritamos todos, bajando las gradas a empujones. Y en medio de la confusión, el hermanito de Isaac amenazando - ¡Yo voy a contarle todo a mi mamá!

Texto agregado el 09-05-2013, y leído por 140 visitantes. (1 voto)


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