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Toda vez que me preguntan por mi profesión, yo simplemente contesto que soy músico. Tañedor de sicu, para más detalles, y Dios sabe que no me canso nunca de soplar con todos los bríos mi noble zampoña en cuanta presentación pública realizo. Ella, y esto lo prometo, a impedido todos estos años que yo, su humilde explotador, se haya caído de hambre por estas tierras lejanas en que ando metido.
Yo recién había salido del Sanatorio Mental de Chiclayo cuando me avisaron que un grupo de peruanos avecindados en la costa atlántica de Brasil requería de un zampoñero competente. Rápido no más me metí en conversa con otros dos que sabía estaban también interesados en ocupar la vacante. Nos juntamos en un barcito de la avenida Santa Victoria, y luego de lleno discutimos la cuestión. Debo confesar que yo estaba más preocupado de hacerla rápida por que no contaba con ningún dinero para pagar la cuenta . En fin, y ya yendo a los hechos, pude percibir en la plática que ellos estaban atascados en un dilema financiero que ellos mismos se inventaron : que cuánto dinero debían llevar, y tanto para recular en el caso que allá no fuese lo que esperaban, y como mandarían a sus famílias, y de aquel tenor inventaron cuanta complicación y media existe. Yo estaba fuera de eso. Por el contrario, después de haberme librado del manicomio no tenía nada que perder y si mucho por ganar al venirme para acá y de paso librarme también de los prejuicios en mi contra. Lo único que debía realizar antes de comenzar el viaje fue simplemente pedirle prestada dos veces su moto nueva a mi primo Leonidas. La primera vez para mostrársela a un gitano que siempre andaba interesado en fierros, y la segunda para entregársela y recibir el dinero que yo usaría para el viaje. Eso me costó partir. Bueno, eso y el odio de mi primo que yo supongo le durará hasta estos dias. Bueno. Quiero confesar que pasé algún tiempo...años tal vez, internado a la fuerza, a pesar de que yo nunca sufrí de alteraciones emocionales. Todo por alguna acusación infundada de mi primo Leonidas, el que estaba repleto de remordimientos, ya que de lo contrario él jamás me habría prestado dos veces su moto. Leonidas sí estuvo involucrado en el linchamiento del prefecto municipal de Chiclayo. En cambio yo no participé en nada de esa muerte. Yo supe que el ajuste de cuentas aquel se había verificado apenas unos minutos después de consumado. Por supuesto que yo también me sentí indignado al enterarme que el sujeto aquel que fue linchado se choreaba hasta el dinero destinado a la compra de remedios para los enfermos más desdichados de toda la comarca, y aplaudía también la revuelta popular que acabó con él. Pero definitivamente yo no participé del tumulto. Simplemente yo ingresé a la alcaldía nada más que para cerciorarme que el funcionario estaba efectivamente muerto y todo esto no se trataba de ninguna otra treta del desgraciado. Pero no. No había trampa alguna pues lo encontré todo despaturrado en el suelo con una cara de muerto imposible de fingir. Ni yo mismo me reconocí cuando sin pensarlo de había dado un puntapié en las costillas del muerto. Y luego otra vez y otra, y hasta que se me cansó el empeine le di de patadas al pobre infeliz, que ya no era más que un saco de carne. Y de esta manera fue que me encontró a mi solito la gente de la Policía Nacional y por cierto que me cargaron a mi el homicídio enterito. Evidente que los sabuesos comprendían que aquel ajuste de cuentas extremo no pudo haber sido cometido por una sola persona, pero para todos quedó mucho mejor y solucionado con que me culparan a mi de todo el entuerto, incluyendo también mis propios intereseses, gracias al tema de la imputabilidad a que me podia sujetar.
No guardo muy bien en mi memoria qué fue lo que le respondí a su señoría cuando me interrogó de sopetón en qué circunstancias exactas escuchaba yo en mi mente las voces aquellas que me azuzaban a ser yo quien salvara a la patria de los corruptos, dando de paso un ejemplo viril de conducta cívica, ni la orden definitiva que me dio Dios Nuestro Señor para ejecutar de una buena vez al alcalde de Chiclayo. Lo que si recuerdo fueron los ojos ladinos que me colocó el magistrado cuando me mando a comentar detalles de en qué idioma se había comunicado Dios conmigo. Era una falta de respeto, claro, y lo único que atiné para refutarle al juez fue argumentarle que yo hablo con Dios, pero que Èl no habla conmigo. El magistrado, conocido por su rectitud y minusiosidad en el desempeño de sus deberes, además de su mesura, levantó la voz y casi gritó :

- Conmigo sí que habla Dios nuestro Señor, dijo, y yo lo atiendo toda vez que puedo. Èl es mi único asesor, agregó, y Èl me está asesorando ahorita.
- Sí, su señoría, dije yo, con respeto y humildad, tal como había sido enseñado por otros presos. Ellos me advirtieron que los jueces detestan a los delincuentes que les cuestionan sus fundamentos. Sí su señoría lo dice, agregé.
- Y Èl no me cobra nada por las consultas, es una asesoría gratuita, terminó diciendo, y en seguida soltó una carcajada en la que mostró sus famosos tres molares de oro puro.

Nada más repetí la frase sí, su señoría. Yo no estaba nada animado a esas alturas , pues como siempre no tenía dinero para pagar nada ni mucho menos abogados, que son caríssimos, carecía de ellos, y los abogados gratuitos me atendían tan sin ganas, que en aquellos días ingratos me sentía completamente desprotegido. Recuerdo sin rencor el momento aquel en que ya se acercaba el momento en que mi abogado distraído había de presentar los alegatos de mi defensa en la primera audiencia, sentado a mi derecha dejó de escarbarse sus dedos, guardó el cortauñas en el bolsillo de su chaqueta, me lanzó una mirada desafiante y me preguntó:

¿ Quién tú eres ?

Yo le respondí que por supuesto era el acusado, y él me desafió :

¿ Tú ya pagaste mis honorarios ?

Vi sus ojos inyectados en sangre de modo que ya no le dije nada más, y me entregué al “que sea lo que Dios quiera”. Además de vulnerable, me llegué a sentir un grande ignorante en aquel procesamiento sempiterno. Me quebraba la cabeza procurando descifrar expresiones faciales y códigos legales que se desarrollaban en la plática para sondear qué rumbo estaba tomando la causa contra mi. No entendí nada. Solamente estaba avisado de que faltaba aún la presentación en autos del médico psiquiatra que me estaba tratando.Yo lo estuve vigilando todo el tiempo, y estaba durmiendo en un rincón escondido detrás de unos anteojos oscuros de sol. Dormía. Tamaña impresión me llevé minutos después cuando se incorporó para iniciar su exposición y se retiró los anteojos oscuros : sus ojos estaban completamente embadurnados de maquillaje de mujer. De inmediato dijo :

- Con su permiso, su señoría, pero he de subirme en esta mesa para que todos los presentes asistan muy bien a mi disertación.

Sin aguardar respuesta se encaramó de un brinco a una mesa de documentos, y fue ahí que declaró que existe apenas un pequeño biombo imaginario que separa a la realidad del delirio, una distancia ínfima, una actitud minúscula, y que en este caso que estamos tratando sin dudas habló más fuerte mi delirio y fue dentro de esta conducta que se desencadenó el crimen y esto lo confirma la obsesión del acusado, es decir, yo, de matar varias veces al mismo muerto. De modo, siguió, que no se puede acusar a un individuo de matar varias veces a la misma víctima, pues la muerte es una sola, como todos sabemos. Ahora fíjense bien en mi, continuó, y colocando sus manos en la cintura, igual como lo hace una mujer, dijo que no por que se coloque así las manos y tenga los ojos pintados quedaba convertido en una señorita.

- ¿ No les parece ?

Y se tomó sus testículos con las dos manos y dijo además, en voz alta y clara :

- Y no porque yo tenga estas pelotas necesariamente soy un hombre, ni mucho menos un macho – argumentó.

Por un instante se me ocurrió que se refería a mi.Y siguió con la cháchara, todo con la última finalidad de demostrar que todo en esta vida era relativo y nada, como comúnmente se cree, definitivo. Y el médico se animó, y dijo que iba a ejemplificar. A la gente aqui presente. Díganme :

- ¿ Quién de ustedes alguna vez no sufrió montones a causa de un amor no correspondido ? Pues vayan sabiendo que ese es un clásico ejemplo donde cualquier persona que se halla normal ya ha traspasado el hilo de la realidad y está viviendo una paralela, fruto tal vez de sus propias carencias. Entonces, estamos aquí frente a un mismo fenómeno, sólo que con consecuencias contrarias : aqui el villano no es el amor sino es el asesinato. Dejémonos de hipocresías : el acto de asesinar es tan humano como el de amar, y todo depende de las cirscuntancias para que los actos se desencadenen. Nadie niega que el difunto se expropiaba hasta el dinero que el gobierno mandaba para compra de medicamentos que necesitan los cancerosos, los deficientes renales, y por supuesto, los trastornados, es decir, no había dinero a que el prefecto no se diera mañas para echar mano, y el desgraciado nunca fue capaz de poner límites a sus apetitos - continuó discurseando.

Desde mi posición, alcancé a dar una mirada de soslayo a todas las personas que se encontraban presentes en la audiencia, y pude comprobar que todo eso y todo lo demás que expuso el médico, careció de cualquier relevancia, pues en verdad nadie lo estaba escuchando. Con plena certeza yo afirmo que todos y cada uno de ellos estaban tan abstraídos con sus propios asuntos, que no hubo quién estuviese dispuesto a acompañarlo en sus raciocinios. Fue una diatriba más que no encontró ningún asidero.

- Estamos todos juntos y estamos tan separados,-

Eso dijo al finalizar su alocución, sin que yo consiguiera detectar con certeza acaso el médico se hallaba desencantado. Tampoco me interesé en empatizar, pues dediqué todo el tiempo al intento de calcular cómo estaría oscilando mi situación jurídica. Nuevamente me sentí tan inútil en el arte de adivinar a los demás, que haste llegué a admirar la capacidad innata que poseen, por ejemplo, los timadores profesionales. Que sea lo que Dios quiera, pensé, y nada más espero que de la boca del juez sea pronunciada la palabra “interdicto”, de manera de dar un paso más para salirme por las ramas de todo este entuerto. Pude calcular que allí dentro de la sala de audiencias había unas cuarenta almas perdidas, en su mayoría sentadas, sin apuros, serias, com poca sangre en las venas, inexpresivas. Por un instante me inquieté al identificar entre ellas a esa mujer que le llaman la Tía, la que es contratada para llorar en los velorios. Pensé que quizás alguien quisiera hacerme un circo allí adentro para complicarme. Pero no, ella estaba impávida, haciendo quién sabe qué alli adentro y por mandato de quién. También me llamó la atención que el juez comenzó a quedar inquieto, roendo las uñas y cambiando la expresión de su rostro. La Llorona debió haber facturado muy bien en el velorio del prefecto, calculé, y se habrá librado de todas sus deudas, seguí imaginando, pues la noté tranquila y contenta, como está siempre todo aquel que no tiene deudas. Recuerdo que me vino uma premonición : algún día, muy lejos de aquí, me encontraría de nuevo con aquel magistrado, y ya no en calidad de acusado y juzgador, sino de seres humanos, simples, desnudos, desprovistos de cualquier ceremonia. Y ya su nerviosismo quedó en evidencia, sudaba su frente calva, miró la hora comenzó a alterar el orden de los escritos que estaban en su mesa de trabajo. Pidió silencio en la sala :

- Yo, dijo- en mérito a mis atribuciones especificadas en ley, y amparado en el poder que me otorga el supremo tribunal nacional, suspendo la sesión de inmediato. Además de suspender la sesión, me declaro incompetente en autos, pues han de tomar conocimiento todos los presentes que francamente me han terminado por aburrir de una manera que pocas veces me ha llegado a ocurrir. No se muestra entre los presentes uno sólo que haga acusasiones ni que quiera ver al acusado en la cárcel, y yo no estoy dispuesto a sentarme aquí a repartir sentencias sin que exista motivación alguna. Ni siquiera la viuda del prefecto sinvergüenza está entre nosotros, ni siquiera miembros de su partido. De manera que vamos quedando de esta manera. Buenos días a todos.

Y antes de que el juez se incorporara por completo, el médico psiquiatra le inquirió de qué hacía con “este loquito”, por cierto refiriéndose a mi, y su señoría le contestó:

- Tú eres el médico y tú tienes que saber qué hacer, que ni siquiera lo trajiste maniatado con camisa de fuerza. Y terminó diciendo : colócalo a dormir un par de meses, a ver si se le quita lo atarantado.

Ya en los ajustes finales antes de venirme a Brasil, provisto del dinero proveniente de la venta de la moto, me entrevisté con algunas personas que conocían muy bien la ruta, pues o eran mercaderes o eran trabajadores temporarios que venían en la época de las cosechas. Todos me orientaron a hacer el curso normal de viaje por la carretera Paramericana sur, pasando por Chile y Argentina. Es más largo pero es mucho más seguro y expedito, argumentaban. De manera que una vez más yo no hice caso de mi sentido común, y entré para estas tierras por el lado boliviano. Me fui de noche de Chiclayo, y nunca pude imaginar que jamás volvería a ver la ciudad que me vio nacer.
Los motores se encaramaban hacia el altiplano bordeando unos acantilados tan altos y abruptos, que parecían como salidos de una feroz pesadilla, con choferes indolentes que no mostraban ni el menor asomo de apego a la vida, ya que dias había caído un autobus por ese precipício hasta el mismo río Sandia, que desde tanta altura aparecía apenas como un hilo trasparente que bien pudo haber sido de agua como de metal derretido. Pero era un río, y hasta ahí iría en caída libre o con suerte rodaría cualquier locomoción que apenas se topara con otra en aquel camino angosto e insólito. Entre los conductores vaya a saber uno qué tipo de códigos ellos manejaban para no embestirse unos con otros e ir directo al despeñadero.Por otra parte, los restantes pasajeros que viajaban conmigo constituían para mi toda una incógnita, pues más que pasajeros parecía una manada de muertos sentados yendo hasta Puno y Juliaca. Ellos no conversaban ni mucho menos reclamaban, tampoco comían ni precisaban de baño, ni tan siquiera los veía respirar, con el agravante que en esas latitudes el oxígeno que hay en el aire es bien más escaso que en el resto de los aires normales que uno conoce. Todos parecían gente sin sangre menos una mujer joven rubia y muy bonita que ya yo había advertido era la única que también venía interesada en el vértigo de los acantilados. De pronto, la vi incorporarse e ir hasta el asiento del conductor, con una gracia impresionante, pedirle al chofer que detuviera un instante el autobús. Qué Bueno, pensé yo, pues también aprovecharé para descender y orinar de una buena vez. Bajé y colocado ya en un lugar estratégico haciendo lo mío, dirigí la mirada hacia la joven linda que tambián había descendido , y la vi encaramarse a un peñazco que dio la impresión que ella ya lo conocía y lo había escogido de antemano, y desde ahí, sin dejar de sonreir y sin tomar algo de vuelo, nada, se lanzó al vacío. Me extrañé que pasaran los segundos y no se oyera ningún tipo de ruído, ni tan siquiera el “plas” lejano y agónico que se supone que se escucha, pero aún así no sentí curiosidad de asomarme a averiguar cómo había sido el desenlace. Solamente le dije esto al conductor atónito :

- Nunca imaginé que hubiera una muerte tan silenciosa.
- Tiene razón, señor, contestó él, hay suicidios que son bien más estruendosos.
- Tal vez esto que hemos visto con nuestros propios ojos que ocurrió, no ocurrió jamás, le dije -.
- Puede ser que esto que asistimos no aconteció jamás para para mi y para usted. ¿Cómo? , pregunté.
-Para su marido y para sus hijas este es un hecho que no podrán olvidar jamás.
-¿ Cómo ?
- Pues. Son aquellos que van durmiendo en las poltronas de atrás.
- Ave María Purísima, repliqué, y agregé : tal vez la linda rubia entonces haya sido una santa.
- Lo santo sería que mejor nos olvidemos de todo esto, propuso el motorista.
- Claro, contesté yo, haremos cuentas de que todo esto nunca aconteció, Mandémonos de acá que ni Dios lo permita las energías del drama pueden estar todavía aquí por entre las piedras. Vámonos.

A medida que el trayecto iba siendo vencido, el paisaje y los despeñaderos fueron adquiriendo cada vez proporciones más pavorosas. Suerte que llegó la noche y ya no se pudo ver más nada allá afuera. la falta de aire y el frío, eso si, aumentaron de una manera casi irracional, mucho más allá de lo razonable y prudente, lo mismo me sucedió con las ganas de no haberme ido jamás por esa ruta inaudita. Y venía a mi memoria aquella frase que yo mismo había buscado : “ la carretera Panamericana es más segura”. Pero no tuve el tiempo suficiente para arrepentirme de haber seguido mi propia intuición, pues al amanecer ya nos desplazábamos por una tierra plana con pasto verde aunque sin árboles, con lagunas blancas de sal, guanacos e índios ya absortos en sus labores, como si no hubiesen dormido la noche. Al final de la planicie, muy remotamente, se veia um relieve blanco que parecían ser volcanes.

- Ya estamos en el altiplano, dijo el conductor.
-! Ave María!, exclamé yo, usted no es el mismo motorista de ayer al atardecer.
- Claro que no, constestó...hacemos turnos...yo tomé el mando allá en Ayaviri...nuestra empresa cuida muy bien a nuestros estimados pasajeros, agregó, con tono algo servil.

Y yo examiné las poltronas de atrás : y vi cinco pasajeros, nada más que cinco, y ni rastros de la família de la sacrificada. Los pasajeros, todos ellos idénticos, uno al lado de otro durmiendo todos con la boca abierta y dolidos de frío.
- Claro, dije yo.

Y fueron pasando los kilómentros, un montón de kilómetros, y la frontera, y mucho más ciudades, y más pueblos y todavia más caseríos, y la gente parecía ser siempre la misma, réplicas unos de otros, sin ninguna expresión en los rostros, bien comportados, serenos, como recién salidos de una sesión de electrochoque, iguales, aunque con facciones distintas, por cierto, a la gente que uno podía ver por ejemplo en la plaza de Los Héroes en Budapest, donde alguna vez fuimos a tocar música andina acompañando al antiguo prefecto en visita oficial. De eso me acordé viendo a esta gente comida por el frio y por la falta de aire, como si no tuvieran ganas de vivir. Nadie me buscó ni con la mirada, nada de interactuar, ni pensar en algo parecido a salirse de madre. Las mujeres traficando sus mercaderías de aquí para allá y los hombres metiéndose hojas de coca en el buche y escupiendo saliva verdosa, algunos con una cara de idiota muy similar a la de cualquier cara de idiota que se puede ver en cualquier parte del mundo. Puede que tanto los originarios de esas tierras como a algunos inmigrantes posteriores les agrade y se hayan acomodado a vivir en esas latitudes, pero para mi bastaron pocos dias para que aquel mundo altiplánico se me tornara algo insoportable. Por supuestó que me marché, y solamente después de transponer El Chapare, amaneció en las ventanas un espectáculo todo llenos de árboles y rios, verde hasta el horizonte y bananeras con sus hojas limpias y brillantes, y entonces volvi a ser más armónico y a ser una persona con una suficiente cantidad de esperanzas en el corazón. Soy un hombre sincero, pensé, y sé que jamás volveré a hacer este camino de retorno, sé que existe para mi un mundo majareta en el que podré ser feliz. Fui muy conciso en la reflexión y esto resumí:

- Jamás volveré.

Luego reflexioné sobre otra cosa, ya más compleja : considerando lo taciturno de la gente en Los Andes...¿ será por eso también que la música andina es tan triste ? Y yo, que no practico el psicoanálisis pero sí la autocrítica pensé : y por mi parte, ¿ estaré fomentando la tristeza en los demás y en mi mismo soplando mi zampoña en aquellas tierras que estoy yendo ? Un pasajero que iba acomodado en las poltronas delanteras, cerca del motorista, se levantó, me miró fijo a los ojos y me dijo :

- De ninguna manera...nunca se cuestione de esa forma, pues usted no influye en eso. - -- Así me dijo : no desista y muera en lo suyo, remató.

Era un hombre muy pequeño, aunque bien proporcionado y dueño de una cara de alegría envidiable. Tanto, que más que con un enano yo lo asocié con un duende. Habló como si el hubiese sido un apóstol, pues además de sus ademanes de sabio y de calmarme en el acto, luego de vencer el rio Yapacani, lo vi desaparecer en un solo instante, como si en ese punto geográfico se hubiese acabado su juridicción. Nadie más lo había visto, nadie lo vió bajar, nadie dio razones.




Yo no participé de la pelotera que se armó con el maquinista del tren que nos llevaba hasta la frontera, y no tiré una sola de las botellas que le acertaron al antepatio de la casa de su novia. Yo nada más fui un testigo presencial, aunque en mi fuero íntimo les otorgaba un total apoyo a los revoltosos. El tren venía abarrotado de pasajeros, incluso en el techo de los vagones, pues se escuchaban clarito los zapateos de quienes se desplazaban por encima. En los pasillos también estaba entero ocupado por pasajeros sin asiento, durmiendo algunos, borrachos otros y muchos también esperando mansos el tiempo pasar hablando solos, abanicándose, cantando, coqueteando con otros. Una joven cubierta por una sábana, simulaba ir dormitando, pero uno que sabe de las cosas advierte que claramente ella se estaba masturbando. Un hombre mayor que iba más atrás hacía lo mismo. Como son las cosas, pensé, esa descarada algún dia se irá a casar y tendrá garantizado un marido loco por ella, pues los maridos adoran las descaradas. No vi a nadie con un libro en la mano, ni yo tampoco lo tenía. La incompetencia y la desprolijidad de los ferrocarrileros había rebasado todos los límites de lo prudente, y es por eso que el maquinista y su novia terminaron pagando los platos rotos. Una suma de negligencias terminó por perturbar el sistema nervioso de varios usuarios, aunque es justo reconocer que la gran mayoría no le daba ni pelota a tanta desidia, al punto de que yo me extrañé de lo manso que es el pueblo en los trópicos. Fue así : mis pasajes estaban marcados para salir el domingo a mediodía y el convoy terminó saliendo el martes a las ocho de la mañana. Ni siquiera daban explicaciones del insólito atraso en la estación. Solamente una pizarrra improvisada atribuía la demora a “ motivos de fuerza mayor”. Lo que no pudo ser de fuerza mayor es que a muchos vendieron más de una vez el mismo billete con el mismo asiento a pasajeros distintos, y los terminó ocupando quien había llegado primero según lo dictaminó un tribunal improvisado y básico nacido del sentido común de otros viajantes que se inmiscuyeron en cada uno de los casos de sobreventa, como si ya estuviesen acostumbrados a esa práctica. Los demás, o se iban a batallar contra los burócratas o se quedaban quietos acomodados en los pasillos. El calor y la humedad subían de una manera frenética.
El pequeño grupo de revoltosos, en su mayoría forasteros, se fue creando de manera espontánea y motivados de acuerdo a la experiencia sufrida por cada uno. Unos por el atraso sufrido, otros por la demora, el calor o simplemente por que ni siquiera el baño se encontraba operando.
En la última parada el convoy había salido de San José de Chiquitos a las ocho de la mañana. El tren venía despacio, muy despacio y todo arqueado haciendo una curva y penetrando el bosque interminable. Una curva que, desde mi posición en la poltrona, sacando la cabeza por la ventana sin vidrio, me permitia ver desde la máquina movida a diesel allá adelante, hasta el último vagón de carga allá atrás, a casi tres cuadras de distancia desde un extremo a otro. A las nueve de la mañana el tren se detuvo por completo en un pequeño caserío, Me parece que fui el único entre todo aquel montón de pasajeros inexpresivos que vio cuando el maquinista descendió de la locomotora por una escala lateral, caminó unos pocos pasos y luego se abrazó en un abrazo de amor con una mujer delgada que lo estaba esperando. Conversaron algunas cosas, y después entraron a una casita que tenía un antejardín, por lo demás bastante inútil y desproporcionado para el lugar semideshabitado. Pasó el tiempo, tal vez más de una hora, y nada del maquinista. No aparecía de vuelta. En el único almacén del caserío se acabaron las cervezas y algunos ya terminaron también por agotar su paciencia.

- !Termina luego, maquinista recaliente, comenzó uno a gritarle, y voló la primera botella al antejardín.
- ! Lacho de mierda !, le gritó otro, también rondando la casa.

Y yo me asomé al antejardín de puro curioso, pero sin gritar nada, y fue justo en los instantes que el conductor apareció por una ventana a ver qué tanto griterío era ese, y por supuesto al único que vio ahí perturbando fue a mi, vio la cara de menso que debí haber tenido con la pera apoyada en los tablones el patio. Pocos minutos después el maquinista salió todo desguañangado y más encima reclamando :

- Los motores de la máquina también necesitan de enfriamiento, me extraña que no sepan...y qué tanto alboroto es ese que recurren hasta la violencia...

Más tarde, el hombre todavia bravo solicitó la presencia de la policía cuando arribamos a la estación de Roboré. Conversó unos minutos con los uniformados, y luego vinieron hasta el vagón en que yo me encontraba. Me señaló con el dedo: ese es el sublevado, dijo.
La estación de policía de la ciudad Roboré está ubicada en un edifício simple, limpio y equipada con muy pocos muebles, y desde la ventana se puede ver el tren en casi toda su dimensión. Al menos el tren todavía no se va...tengo alguna posibilidad de librarme de esto, pensé. Dos policías uniformados habían tomado cuenta de mi, sin esposarme, y me sentí huérfano y desprotegido en aquel lugar remoto. Un oficial que estaba sentado detrás de un escritorio sentenció :

- Me redactan un oficio para la Clínica Pinel de Santa Cruz de La Sierra para evaluación, sentenció, y me mandan la solicitud de vuelta con el orate éste que que le gusta hacer revuelta donde no lo han llamado. Quiero ver qué tan violento es este forastero...y qué peligros representa para la sociedad...
- Sí, mi teniente.

Yo sudaba. Sentía las gotas descender por mi frente y caer en mi camiseta y luego evaporarse. Miré hacia el tren : todos los pasajeros, sin excepción, estaban asomados por la ventana mirando hacia donde nos encontrábamos, algunos de ellos riendo y botando espuma por la boca. Los veia clarito. Pero bien pudo ser solamente una manifestación mia de un acto de paranoia, pues es posible que todo ese gentío siguiera con su fiesta en los vagones, ajenos a mi suerte. El hecho es que, en aquel aprieto que me encontraba, yo tenia certeza de una sola cosa : no podia salirme de mis casillas ni mostrar ningún tipo de bronca, para no agravar aún más las cosas, aunque por cierto yo estaba absolutamente furibundo. Le hablé con mucha calma al oficial :

- Con todo respeto, mi oficial, le quiero preguntar, ¿ existe alguna posibilidad de acelerar la solución a este malentendido ? Esto, considerando que me encuentro sólo de paso y si Dios quiere salgo mañana del país.
- Escúchame una cosa...este... ¿ cómo dijiste que te llamabas ?
- Zampoñero, le contesté, me llamo Zampoñero.
- Bien, Zampoñero, repitió el oficial, dime : ¿ siempre vas por la vida tan apresurado ? ¿ Tenías que jorobar al maquinista y hasta agredir la casa donde descansaba sus molidos huesos ? Si eres un hombre tan ocupado...tan esclavo de la hora...tan importante... ¿ Por qué no elegiste una línea aérea que te trasportara ?

Reflexionó :

- Debiste haber sido más normal, haber entretenido tu cabeza con algo bueno, una muchacha, una buena conversa, una cerveza. No, no hiciste eso, sino que te pusiste con esa cara de loco que tienes a espiar al maquinista, a condenarlo, a jorobarlo...eso no se hace, ¿ sabes ?
Y me alertó :

- Ni mires el tren, ni te preocupes que se vaya...van a ir y van a venir trenes por toda la eternidad...

Fue entonces que lo vi : el Adivino, el duende ese que conocí depués del Chapare, estaba sentado en una oficina contigua desternillandose de la risa. Una cuchillada de aire helado me recorrió todo el espinazo, pues casi me voy de boca y le hablo al adivino, o quién sabe si me abalanzara sobre él como si fuese una tabla de salvación para salir del aprieto. Pero fui rápido y controlado, y me hice el desentendido, el que no lo había visto. A ver si el troglodita aquel no me interna de remate por hablar solo con nadie dentro de su destacamento policial.

- Mira, tú, zampoñero, en lugar de destacar uno de mis hombres a controlar el contrabando que llevan las cholas, me lo distraes para llenar un dossier destinado al psiquiátrico de Santa Cruz... ¿ no te parece un despropósito ?
- Dile que él sabe muy bien qué hacer- , me gritó el adivino desde adentro.

La cosa empeoró feo para mi, pues em esos instantes vi cómo el tren, largo y pesado, dejaba lentamente la ciudad de Roboré, y lo quedé mirando perplejo, incrédulo, pues con su partida había quedado abandonado a mi suerte en aquel pueblo perdido. Pensé en la frase que me había soplado el otro, y no la hallé una frase mala ni comprometedora.

- Usted sabe mejor que nadie qué hacer, mi teniente, sólo quiero reafirmarle que yo nada más me asomé al antepatio de puro intruso, y no usé violencia ninguna.

- Eso le dije.
- Ven aquí, me dijo el teniente-
Y tomándome del hombro me llevó a la oficina contigua, y ahí, en voz baja, me habló...

- Veo que te entiendes con el gnomo, me dijo.

Este teniente no es ningún pelotudo, pensé yo:
- Ya lo conozco, le dije.
- No hay lugar en el mundo que hayan más de estos duendes que en estas tierras... ¿ lo sabías ?
- No tenía la menor idea, le contesté.
- Pues ahora lo sabes, me dijo.

Y no había razón para que tal afirmación no fuese fundamentada, pues los bosques en esos parajes son interminables, y los pequeños sembradíos, algo que a ellos les encanta cuidar, están por toda parte. El resto es conocido : sólo los ve quien los quiere ver. La masa, el pueblo, claro, duda de la existencia de ellos, y se ríen cuando uno los nombra, por lo cual es mejor que ni siquiera sean alertados ni mucho menos intentar convencer a alguien. Y yo, claro, víctima de mis prejuicios, pensaba que más me hundiría ante aquel oficial si le hablaba de tales cosas inverosímiles. El Adivino dijo :

- Ya va a volver el tren.

Ahí yo dudé, pues nunca había visto volver un ferrocarril después de haber partido.

-La verdad es que el ferrocarril no ha partido, simplemente se ha desplazado unos kilómetros hacia el este para librarse de los dos últimos vagones, destinados para esta ciudad, cambiándose de carril. Va a tomar posición de partida desde la línea principal. Mañana estarás cruzando la frontera, dijo el teniente, de manera coloquial.
- Si Dios quiere, contesté yo, plenamente aliviado pues ya me iba. Adiós, Adivino, me despido de ti aunque sé que eso no se hace con ustedes que son microdioses que nunca se van.
- Aprendes rápido a cómo tratarme, ya que al menos no me formulaste ninguna pregunta, y mucho menos boba, repuso el duende.
- Y yo le contesté de manera rotunda : eso, jamás.

Por cierto que no quise agregarle que a veces ellos son microdiablos también, cuando raptan a las jovencitas en las sendas perdidas de los campos para puro llevarlas a los laberintos de espinas que ellos tienen. Y son de espinas para evitar que las raptadas se escapen. Y sólo reaparecen en sus casas cuando ya tienen el crío metido en la barriga. Hubiese comprado una antipatía inútil. Y me imagino que todos ustedes ya tendrán más o menos clara la opinión de que yo no soy ningún atarantado. Deshaciendo en libertad el mismo camino que ya había hecho como detenido e imputado, pude ver que nuchos pasajeros habían perdido todo respeto a nuestro viaje, y se hallaban diseminados por el pueblo. Unos jugando dominó en mesas prestadas, otros bebiendo y otro más pasado estaba abrazado y hablándole en voz bajita a un poste de energía eléctrica. Los más jóvenes, no pudiendo sofocar sus hormonas, se sentían perdidamente enamorados y atacaban a las muchachas con recursos seductores que ya francamente bordeaban la violencia, locos por llevarlas a los matorrales, atormentados por desnudarlas, por recorrer lo que ya sentían que sería de ellos, y muchas de ellas, con esas bestias atracándolas, es natural que ya poco a poco quedaban sin fuerzas para resistir y cedían medio aturdidas hacia alcanzar algún rincón escondido. Al final de cuentas, es lógico que Dios creó el placer para ser compartidos por ambos, y que aquello no puede, ni remotamente, ser un acto de alguna naturaleza pecaminosa. Eso sólo podría sostenerlo un bobo. Y aunque este que es un raciocinio tan tan simple nos hallamos demorado siglos para entenderlo. Eso pensé, no para pensar algo sino que por pensar no más, y luego, tras un cartel mal escrito en el muro de una casa que ofrecía bizarramente algo así :

“ Se escuchan problemas a $ 20 “.

Vi algo que nunca había visto : aunque de manera un tanto discreta, dos hombres se propinaban caricias con la misma vehemencia que las otras parejas y sin que nadie se inquietara. También pasó una pareja discutiendo en que la mujer reprochaba el comportarmiento infantil del compañero, y más allá vi un hombre joven, alto que en lugar de anteojos usaba dos lupas de colegio amarrradas con un alambre, y discutía acaloradamente con nadie, y lanzaba patadas certeras a ese nadie que tenía al frente. Luego otra vez pensé por pensar : me parece que los chiflados de acá son diferentes a los que yo ya conozco. Yo voy a conocer el manicomio de acá. Rápido desistí, claro, de la idea, pues de ninguna manera quería que por algún error me ficharan o algo por el estilo.

- Jamás te precipites en un juicio.-

Eso me dijo el Adivino, que apareció de la nada, más luminoso que nunca, caminando derecho hacia el bosque al otro lado del sistema de rieles. Instintivamente lo seguí.

- Aquí en el trópico conocerás un mundo diferente del cual no querrás salir jamás, vaticinó. Pero te costará acostumbrarte a la incompetencia y la flojera, declaró.

Lo seguí siguiendo y él no se opuso. Pasó por una montonera de durmientes que estaban apilados al lado de un tamarindo y por una parte que no tenía ningún sendero, entró al bosque. Detrás de él por supuesto que entré yo, sin medir cualquier consecuencia. Penetramos a otro mundo, un universo que así a las primeras se me antojó que era un planeta distinto. Había llovido hasta hace poco, y las hojas, verdes y brillantes, formaban laberintos de colores intensos e inverosímiles. La vida brotaba allí groseramente, en cada rincón había un insecto distinto, un parásito nuevo, gusanos fosforecentes, y en cada hoja un caracol, una hormiga colorada, un hongo en reproducción, en cada pedazo de suelo un tatú, un grupo de mariposas coloradas, una culebra de colores. Bajamos una pequeña cañada, cruzamos un estero pasando por un árbol caído que servía de puente, subimos una ladera y recién ahí fue que los vi : personas de carne y hueso acostadas en hamacas, otras moliendo arroz, las de más allá tomando baño en el estero de agua pura. Hombres y mujeres despeinados, unos con la mirada perdida, otros cantando canciones de amor, otros hablando simultáneamente mientras hacían sus labores, y lo hacían con tanta dedicación, que ni siquiera se percataban de nuestra presencia.

- “Dicen que estoy loco, por que no te quiero, Magdalena”, cantaba uno que tenía la dentadura podrida.

Una mujer trepada en una rama daba carcajadas de una manera bastante ordinária y de algo que nadie más que a ella podría causarle gracia y esa sí me miraba, aunque no tuve certeza si era de mi que se reía. Un cabezón sentado en una silla de ruedas, gordo panzudo y con la cara producida y con aspecto de bobo, pareció que me mostraba figuritas religiosas. Después yo habría de saber que no, que ellos no se importaban conmigo ni con nadie que no fuera ellos mismos.

- “Miguitas de ternura, yo necesito, si te sobra un poquito, dámela a mi”, cantaba una mujer bonita y delgada que estaba colgada de los cabellos en una rama de guayabo, como lo hacen las artistas de circo.
¿ Has reparado que los pacientes psiquiátricos allá en la ciudad desaparecen por lo menos una vez al año ? Así me preguntó el Adivino.

Y luego me explicó el motivo de aquel ambiente sombrío:

- Pues muchos de ellos vienen para acá, otros prefieren la playa o la montaña para descansar y para estar locos sin ser incomodados, para olvidarse unos días de aquellos que obstinadamente intentan enderezarles el juicio.
- Oye, Adivino, le dije, yo estoy bastante halagado de conocer todos estos...misterios, vamos a decir así, pero francamente quisiera alejarme un poquito de este mundo que no es el mío, y que vaya a saber por qué razón la vida se está encargardo de meterme usando diferentes ardides.

Vi un hombre gordo y de cabellos blancos en el suelo, con las rodillas en alto, masturbándose en la más absoluta intimidad. Ahí ocurrió algo que me hizo entrar em pánico. El adivino se detuvo, dió media vuelta, me miró a los ojos y dio un salto hasta la altura que yo pude abrazarlo para que no cayera, y cuando me acercó su cara para algo que me pareció un intento de besarme me dijo en susurros :

- Tu puedes negarlo, pero tú sí estás loco, estás re loco y todos lo saben.

Fue, claro, una ofensa gratuita y una provocación que de la cual no pude identificar su orígen. Bien pude haber reaccionado de una manera inconveniente. Pude haberme zafado de él tomándolo de los brazos para soltarlo de mi cuello y luego haberlo lanzado con ira al suelo de hojarasca, gritándole qué te has imaginado, enano de mierda, que me agredes en cuanto yo te brindo mi amistad y mis respetos. Pero nuevamente fui experto y no caí en esa. Me hice el que ni siquiera había escuchado, y lo coloqué delicadamente en el suelo, como si él fuera una señorita. Ahí pude notar y reconocer que estaba una mujer que en la ciudad pedía limosna a los turistas, y que para impresionarlos cuando llegaba a un local simulaba que buscaba restos de comida en los tarros de basura, y después de hacer aquel papel de lástima es que les estiraba la mano hasta la altura de las narices para que ellos, conmovidos, le dieran dinero. Eso lo sé por que después yo la vi muchas veces pidiendo en la calle. Vivía de eso. Bien, aquella mujer había observado toda la escena, obviamente sin ver al duende, por que ella, claro, por su condición no tenía condiciones de verlo.

- Ese es el demente que le propina zurras a los enanos invisibles.

Eso hubiera dicho después la inescrupulosa mendiga de mi. Sin duda alguna. Eso le contaría los demás.
También yo reconocería, mucho tiempo después y en otra parte muy lejana, a uno que le decían el Exterminador, pues su trabajo era exterminar baratas por toda la ciudad con un veneno infalible. Me explicaría que él eliminaba baratas profesionalmente por que estaba pagando un karma: el de haber participado en el principio de los tiempos justamente en la creación las baratas. Ese orate también se estaba acariciando el pito, solo, sentado en la banda de la cañada y de rodillas. Lo hallé un hombre interesante pues no me miraba con cara de desesperado, como lo hacían los otros. Entonces fue que el duende me sacó de mis observaciones y me propuso algo inesperado para mi : vas a dar rienda suelta a tu alma de artista, me dijo. Quiero que hagas una presentación con la zampoña un poco más tarde. Y te estoy pidiendo que toques hasta reventar tus cachetes, pues has de saber que no hay nada que convoque más a los enfermos mentales que la música andina. Es necesario reunir a todos los que están por aquí en estos campos de Dios.

- ¿ Puedes ? Me preguntó.

Bajamos otra cañada y de inmediato la volvimos a remontar. Arriba había un bosque alto y húmedo, donde vi un matapalo, el árbol que camina, y que más parece una araña sideral. Apareció no sé de dónde un hombre menudo, semicalvo, solícito, y sin decir água va, me preguntó si yo conocía a un tal doctor Monasterio, de una ciudad cuyo nombre no logré identificar, pero que bien pudo ser Cochabamba. Yo le contesté que no, que nunca había escuchado hablar de ese doctor. A él no pareció importarle si lo conocía yo o no, pues me dijo en seguida que estaba así de perturbado por causa de él. - - Vea bien, agregó, yo me aborrecí mucho con él a causa de su arrogancia, Del modo que me trató, con la manera que me mandó a los dos grandotes a dominar para inyectarme esa porquería de tranquilizantes. Ese carbonato de lítio me deja mal, lerdo, sin voluntad. Por eso odio a ese doctor. Y lo enfrenté, no crea que no : ! Usted no es ni más ni menos que nadie ! - Lo apunté con el dedo y proseguí : al fin y al cabo, usted está tan trastornado como cualquiera de nosotros. Así mismo le dije. Total, nadie está libre que se le echen a perder los relojes, ¿ No está de acuerdo ?

- Por cierto que concuerdo, le contesté yo, ni leso que fuera.

Mire que me iba a poner a discutir con él, de ninguna manera, pues. Sus gesticulaciones aumentaron, se fue inquietando a medida que hilvanaba los pedazos de sus recuerdos. Juntó una línea de exposición en su cabeza, y siguió adelante :

- Pues muy bien, prosiguió el hombre, - mientras el adivino sentó en el suelo de hojas a escuchar la plática -, a mi me gusta ser honesto y confesar de vez a mis amigos que a mi me internaron por un incidente que aconteció a raíz de que sin decir agua va le acerté un palo en la cabeza a un cretino que no me quiso comprar un reloj de arena traído desde la China. Se lo vendo baratito, le dije, pues andaba muy mal de finanzas, pero él no quiso ni saber precio ni mi presencia ni nada, es decir que fue grosero conmigo, y hay pocas cosas que yo odie más que, primero, les personas que no les gusta comprar nada, como los mentados evangélicos, y de segunda, las personas maleducadas, como el idiota ese. Nada le costaba hacer un chequecito y punto... ¿ No le parece ? Me preguntó -.

Yo le iba a contestar que tal vez esa no es la manera más efectiva de ejercer comercio, pero, claro...opté por consentir, pues no era el momento de hablar de técnica de ventas.

- Pues el cretino se obstinó en no comprarme – continuó narrando el hombre - . Peor aún...comenzó a reclamar de mi presencia. Ahí la cosa empeoró, ahí fue que perdí los estribos y le di un palo en la cabeza por burro, antes que aparecieran y que me agarraran dos orangutanes que me entregaron a la policía y después me llevaran al hospício por decisión del juez. Y puede creer que yo jamás sufrí de alteración mental alguna, aunque sí puedo identificar el orígen de mi destino. Resulta que había uma cosa que me gustaba hacer, y que poco a poco fue poniendo a mi familia todita en mi contra. Mejor dicho, algo que no me gustaba hacer, y se trata que simplemente era salir a la calle. Simplemente no me agradaba ausentarme de casa. No era fobia ni habían rasgos antisociales, era nada más que eso : me gustaba quedarme en casa. No demoró em que me comenzaran a tratar de anormal y también ya se esbozaran las primeras burlas hacia mi. Comenzaron a rumorear cosas, en circunstancias que nada más era eso : a mi no me gustaba salir de casa. Parecía que ellos no lo creían, entonces comenzaron a suponer cosas. De eso sacó su tajada el doctor Monasterio, que me comenzó a tratar por orden de mi abuelo. Hasta me llegó a decir que él también había sufrido ese problema cuando era muy joven, nada más que para ganar mi confianza. Yo siempre fui fiel a lo que yo deseaba, de manera que le di guerra al doctor. Yo quería quedarme en casa y en el futuro hasta trabajar allí. Comenzaron los medicamentos y los exámenes con electrodos colocados con una pasta blanca en el cuero cabelludo. Amenazado con electrochoques y otros procedimientos más radicales, reconozco que comencé a ceder en mis posiciones para no agravar aún más las cosas. Ser me ocurrió declarar que ahora me estaba sintiendo mejor y curiosamente, ahora con ganas de salir de casa. Fue peor el remedio que la enfermedad y la cosa para mi empeoró : el doctor se animó al sentirse un triunfante dueño del diagnóstico, y comenzó a ensañarse conmigo, a darme más medicamentos, a mirarme con cara de “ te voy a doblegar, pacientito, y lo estoy logrando”.

No fue por mala educación que al hombre lo dejé hablando solo. Lo que sucede es que el Adivino me aclaró que para él era completamente indiferente e irrelevante si yo lo escuchaba o no, que el hombre podía continuar la conversa solo y sin ninguna incomodidad, como de hecho ocurrió. Eso yo lo vi pues me fui alejando de su voz sin que hubiese nada en su ritmo ni en el sonido de su murmullo que demostrara alguna alteración.

Como si se tratara de una maniobra de índole militar, la operación Música Andina comenzó a las seis de la mañana. Un escenario improvisado, más un charanguero y un tecladista que pusieron a mi disposición me acompañaron en la ejecución musical. Comenzamos con “El condor pasa”, y luego con “Llorando se fue”, y seguimos y otras, incluyendo melodías evangélicas y otras católicas, como “Jesucristo está pasando por aqui” o aquella que dice “ Escrito por el dedo de Dios”. Demoró más de lo previsto, hasta llegué a pensar si no estaríamos haciendo un papelón ejecutando esa música en aquel paraje insólito, pero como a las ocho de la mañana comenzaron a llegar los primeros pacientes, como hipnotizados aunque a la vista bastante desconfiados. Venían desde los más diversos puntos del bosque, incluso uno que seguramente se vino como los macacos por los árboles, bajó desde un matapalo, desencantado con la lentitud con que el árbol caminaba. Aquel era un orate originario de los Estados Unidos. Luego algunos se reirían de él, le dirían:

- “ Ese es un árbol. Es el árbol que camina y no es una jirafa. Por estas tierras no hay jirafas”.

Pero muchos de ellos venían sin ganas de reir, sin ninguna voluntad ni alegría, nada más como si hubiesen sido rendidos por la música, como atontados por el litio. Nuestro guitarrista apareció muy atrasado y lo hizo como un caballo desbocado, masticando alguna cosa verde y luciendo una frondosa cabellera. Se nos antojó que era argentino. Y lo era, de Buenos Aires, para más detalles, de Quilmes, para quienes conocen. Después supimos también que llegó allá a partir de un mandato de su padre hecho muchos años atrás. Su padre llegó a aseverar que nuestro guitarrista era un anormal, como ya lo sospechaba. Una tarde de sábado, en víspera del sagrado asado familiar del día siguiente, nuestro guitarrista le declaró a toda la familia : después de mucho estudiar las virtudes de ese régimen, se había vuelto vegetariano. El padre se enfureció y le brillaron los ojos :

- ¿ qué es esa porquería ? Eso preguntó gritando.-

Y al enterarse de la respuesta perdió momentáneamente el juicio, pues relacionó esa opción con alguna perversidad erótica primero, y con un estado de perturbación, después. Pero nuestro guitarrista insistió en que no comería jamás cosas muertas, como le gustaba decir. De manera que con el tiempo las diferencias se acentuaron pues para su padre esa era una elección para él insuperable.

- O sea que te vas a saborear un repollo mientras nosotros comemos como la gente normal los domingos : ¿ qué van a decir tus tíos ? ¿ Y nuestros amigos ?

Pasó una nube negra mandando agua por unos pocos segundos, y el bosque fue invadido por un silencio espectante. A causa de aquello se postergaron todas las historias.Se dice que hubo una reunión de evaluación colectiva con los pacientes. Llegaron guardias serios vestidos de blanco para prevenir ysometer a algún agitado, si fuese necessário. Por cierto llegaron médicos y hasta reporteros. Nosotros permanecimos ajenos a aquel desorden, y pensamos que acababa la presentación, de modo que nos preparamos para retirarnos. Ahí fue nuestra peor sorpresa :

- ¿ dónde creen que van? , nos dijo uno de los guardias, acompañado por otro.
- Es hora para nosotros partir hacia la frontera, refutamos. Primero queremos tener el alta médica de ustedes aquí en la mano, por escrito. Les hicimos saber que nosotros no éramos pacientes, y los guardias dijeron así, risueños :

- Sí, claro. Sanitos son ustedes...equilibraditos.

Uno de ellos sacó un paquete de cigarros que había dentro de una bolsa de género, revisó la calidad del produto, olió por fuera su aroma a tabaco rubio, como queriéndonos cebar, y luego nos lanzó el paquete hacia nosotros, sonriente como un hombre queriendo engañar a un niño. :

- Fumen, dijo, y cállense la boca.

Los otros tres músicos no parecieron darle mayor relevancia al episodio, incluso uno de ellos se agachó para recoger y aprovechar el atado de cigarrillos, como si fuese un paciente más entre todos los otros. Por mi parte ya me ligerito me di cuenta que una vez más, otra vez, de nuevo sin habérmelo propuesto y como si fuese uma maldición que me seguía me veía en la situación de tener que autocontrolarme para evitar que empeoraran las cosas. Fui calmo y educado:

- Señores guardias, les comuniqué, sin dejar de reconocer que este de aquí es uma colonia encantadora muy bien ubicada em este bosque maravilloso , creo que aquí hay um engaño, pues al menos yo no soy ningún paciente psiquiátrico. Ocurre que después de un episodio ferroviario yo llegué acá acompañado por el duende aquel que está sentado allá bajo aquel mango de allá, y junto a estos tres, músicos todos, hice, hicimos, vamos a decir así, un recital de beneficiencia para colaborar en la convocación de todos los pacientes. Nada más, ni nada menos que eso, y dada la situación, ha llegado el momento de partir.

Juro ante Dios que no reparé que había caído a causa de mi propia plática. Me lamenté de haber sido descuidado y que una sola palabra largada entre toda la maraña de palabras me había complicado. Quedé helado a causa de mi propio descuido :

¿ Duende ?

Eso preguntó el único guardia que me había prestado atención. Sonrió algo, y me dijo: vas a necesitar de varios remedios, los que necesitas para no andar viendo duendes, y este de aquí, y deslizó suavemente su mano hacia su zona genital, como para estudiar mi reacción, o para estimular la suya, eso yo no lo sé, pero se desvió y tocó levemente su laque, sólo para mostrármelo :

Texto agregado el 11-05-2013, y leído por 62 visitantes. (0 votos)


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