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Efecto Bogotá

De todas las maneras, de todos los modos que la gente le decía, nunca lo hizo, siempre luchaba en contra de sí mismo, tratando de negarse a la verdad que él sabia, aun así, se vistió de la esperanza sacada de un libro, cerró sus ojos, clamó un pensamiento al cielo, cogió el bolso viejo de su padre, y salió a las calles de la ciudad.
Tenía el libro en las manos, y mientras viajaba en el bus sonreía y miraba por la ventana las calles secas y tristes de la ciudad, pensando que sería él quien cambiaría la faz de la misma, que sería el quien deje la reflexión en este mundo.
Vio una anciana tratando de sostenerse y no caer en el traqueteo del bus, con entusiasmo se levantó de sus asiento, y se lo ofreció a la cansada anciana, ella no dijo nada, y solo se sentó; a él se le borró la sonrisa, trató de pensar en la forma más positiva, pero su otro yo le indicaba que ésta ciudad creaba gente de esta índole, llena apatía, que en su silencio gritaban con la mirada el orgullo vorágine que acallaban la voz humana de la cortesía. No pudo evitar dejar de mirarla hasta el punto de incomodarla y tener que alejarse para no caer en la tentación de meter su mano al bolso viejo y escuchar a su interior, y actuar como uno de ellos, claro, él era uno de ellos, lleno de malicias y mañas que la ciudad contagiaba, como subirse a la buseta y no pagar si no se da cuenta el chofer del colectivo, hacerse al dormido para no dar asiento a la mujer embarazada, mirar, ya no con deseo, sino con la más asquerosa morbosidad a mujer provocativa (o no) que pase.
Él sabía que era parte de esa mancha llamada ciudad, él sabía que no podía criticar más a esa gente, él era uno de ellos, contagiado por el estrés colectivo, manchado por algún vicio que él nunca se aventuró a decirlo, más bien callarlo y dejarlo en el más oscuro secreto, la vergüenza lo hacía padecer algunos delirios del infierno inventado por su abuela, ella decía, a modo relato y lección de vida, que sus padres son los culpables por parir en esta ciudad del demonio.

La sonrisa, obligada, salió de nuevo, volvió a coger el libro con ímpetu, recordando que este lo había salvado de la más oscura locura, tratando de escuchar el libro y no más las voces de esa gente que lo atormentaba y desanimaba; y en ocasiones obedecía y disfrutaba hacerlo, pero después la vergüenza lo atormentaba; ése libro le había dado a entender que la vida tenía que ser cargada de amor, un amor que por más que quería no podía entender, un amor que lo deseaba y haría todo lo necesario para tenerlo.
Volvió a sonreír, trató de salir de la buseta cargada de gente malhumorada, uno de ellos lo empujó, él, tratando ser más cortes se disculpó y salió de la buseta, con el libro en la mano se dirigió hacia la plaza Bolívar, tratando de recordar algún párrafo o historia de éste libro que le alegrara el día, mientras caminaba, vio a una mujer cansada de tanto pedir, cansada de ser una de las tantas que salieron de su pueblo para evitar más dolor de guerra y muerte; él la miró con ternura y fue, sin decir nada hacia ella para poder aportar con alguna moneda que le diera de comer, al sacar la billetera, no la encontró, volvió a buscarla, trató de recordar donde la había dejado, y de pronto, con la ira en la mente, con las manos empuñadas, con la sonrisa deformada en algún mascullo de grosería, recordó el empujón de aquel tipo en el bus y se dio cuenta que le habían robado.
Volvió a mirar a la mujer del piso, y se dijo a sí mismo, que ella en algún momento haría algo similar, todos en esta ciudad caen y se convierten en la parodia de un zombi mañoso. Miró a la mujer y le mostró su libro y le dijo: “éste libro te sacará de tu pobreza mujer”, ella le indico que no sabía leer, y el más furioso aun le dijo: “entonces que Dios de libre de esta ciudad”.

Quiso cambiar al mundo en la plaza Bolívar, se paró delante de la estatua de Simón Bolívar, pero se dio cuenta que el bronce del “libertador” bañado de excremento de ave con un verdor de otro mundo, era el monumento que éste pueblo le daba a quien les dio su libertad, dio una mirada a la plaza, vio que a nadie le importaba, que la gente solo pasaba.
Se sentó, tratando de contener la bronca e impotencia de saber que su misión sería más difícil, leyó unas cuantas letras del libro, nuevamente se obligó a reír y tratar de pensar que él sería quien salve a este pueblo.
Las manos sudorosas por la presión de la mente en constante lucha contra sí misma, soltaron el libro por descuido, más la mente, cargada de furia, no perdono tal error y con la mirada les dio a entender a las manos que después se encargaría de ellas. Aun sentando en los escalones del palacio de justicia, pensaba y pensaba mientras trataba concentrare en el rogar de las palomas por un poco de alimento a los turistas, nacionales o extranjeros, y pronunció sentenciando un poco de lo que pasaría en un futuro: “éstas son como mi gente”.
Sin dinero, con un poco de hambre y ya con el sol del mediodía fue en dirección a la estatua de color a excremento de paloma y verde añejo.

Y empezó a hablar con el corazón, dijo todo lo que su maltrecha mente le decía, queriendo buscar la inspiración necesaria para decir lo que no entendía bien, cerró lo ojos y solo se dejó llevar por las frases del libro, las trato de adecuar a la realidad de la ciudad que se comía a la gente, alzó las manos y sin miedo o vergüenza continuó, dando el mensaje que el mundo necesitaba, ese mensaje que revelaba las bajuras del pueblo, los menosprecios de todos los días, los odios, las mentiras, las muertes mentales, la sangre real de un pueblo que se podría en su propio letargo; estos este pueblo ya no veía esto con horror, sino como otra noticia más del día; una que venía después del futbol, y antecedía a la farándula.

Abrió los ojos y bajó los brazos, esos brazos cayeron como dos robles vencidos por el viento, nadie estaba con él, nadie lo miraba, todos estaban sobrecargados de sí mismos, sin espacio para pensar en nadie más. Se retiró de esa plaza triste, más triste que la misma derrota plasmada en la cara del hombre que “cambiaría al mundo”.
Esta vez, sin importarle tal, abrazó el libro y dejó caer unas cuantas lágrimas, luego se enjugó las mismas y se dirigió hacia la carrera décima, con la tristeza prendida a él, no podía entender cómo esta gente rechazaba las buenas palabras de su libro, cómo ellos no querían cambiar la mala vida que llevaban, sus miserias prendidas en la cara, su malicias dejadas en las calles, sus miedos impregnados en los ojos, él veía todo, él sabía que su gente, estaba sufriendo como él sufría, como sus miedos, sus vicios lo consumían, sus voces lo atormentaban, las culpas del pasado lo obligaban a tratar de arreglar el presente a tratar de decir al mundo, por más que ellos no lo entiendan, que él sí era bueno, que sí era un hombre arrepentido, que si quería olvidar los males y las voces que lo hacían un infeliz hombre.
Recordó nuevamente sus porqués e intento volver a la plaza, pero ya se encontraba en la estación Jiménez con una inmensa masa de gente invadiendo las calles, entonces nuevamente sin pensar más, sacó su libro del viejo bolso, vigilando bien a las manos para que no saquen otra cosa, era así con ellas, tenía que verlas de cerca para tener problemas después, a veces no podía controlarlas.
Levantó el libro, cerró los ojos y clamo nuevamente lo que su corazón entendía del libro, lloró para tratar de dar más impresión, trató de invitar a las personas de la Jiménez que se unan a él, a su cambio que le ayudaba a estar cuerdo, pero, nadie se le acerba y las miradas de risa u otras de lastima se alejaban en cuanto encontraban la mirada de él, pero no se rindió, caminó por toda la avenida, habló con la mujer de los chicharrones, mientras ella atendía a la numerosa clientela que se molestaba por la distracción de la su “chicharronera”; tuvo que retirarse por el desprecio de la gente; pero de pronto un hombre frágil, delgado y lánguido se le acercó y le dijo: -usted, hombre, no me puede sacar de mi miseria, porque usted tiene la misma miseria que tengo, y no veo que la cure, ¿Por qué no se da un tiro y nos deja en paz? O mejor, ¿Por qué no nos salva a nosotros primero?-. Y se fue con una sonrisa macabra y maldiciendo al pobre hombre que solo quería ayudar.
No pudo evitar la bronca que salía de él, ese anémico hombre no vio el cambio en sus ojos, la vida que llevaba, solo sentenció su destino con sus palabras.
Era cierto, no podía cambiar al mundo con el amor solamente, nadie, en estos tiempos, se anima a escuchar palabras de un pobre hombre que solo quiere que la gente esté mejor.
Estaba enojado, muy enojado, pero también sentía lastima de sí mismo, de la basura que corría por su mente, por las voces que llenaban sus pensamientos, por las manos que no se controlaban, por esa gente viviendo el solo infierno, nadie era feliz, todos estaban podrido y él, solo él no podría hacer nada, ¿o sí?-del bolso viejo, saco la 22 que tenía, la que las manos siempre quisieron sacar, buscó al lánguido viejo, llegó hasta la avenida Caracas pero nunca lo encontró, no estaba en ningún lugar, le pareció imposible pues parecía que caminaba muy lento, de todas maneras, empezó a hacer caso al lánguido viejo, y con placer empezó a disparar a todos los de mirada triste, liberándolos del infierno que vivían, nadie quería escuchar, nadie quería salvare, entonces él ayudaría y liberaría a quien pudiese.
Las manos empezaron a hacer lo suyo, ellas sabían que él se encargaría de hacer esta oportunidad posible, y disparaban a casi todos; la muchedumbre salió como pudo de las calles.
Ya nadie se encontraba por las calles, solo unos cuantos cadáveres alrededor de él, pero de pronto, sin sentirlo, encontró al viejo lánguido al frente de él, y se dio cuenta que las voces habían vuelto, y que los rostros imaginarios lo seguían y lo transformaban en un ser que no conocía.
El raquítico viejo miró los cadáveres y le dijo: -¿continuamos?-. Él se dio cuenta, ya muy tarde que nuevamente había caído en lo mismo; que las voces siempre estarían ahí, que el viejo, la niña, la señora, o quien sea le diría que haga lo que a él le gusta hacer, no lo soportó más, metió el cañón del arma a su boca y con la última bala sobrante disparó.
En la agonía del disparo, en el suelo manchado de sangre, sin haber muerto todavía, vio al viejo acercarse lentamente y éste le dijo: -Nos vemos allá-.


El Mesiaz

Texto agregado el 14-05-2013, y leído por 170 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
15-05-2013 La vida en las ciudades, contrario a lo que pudiera pensarse por ser lugares llenos de gente, está llena de soledad. Solo que es una soledad acompañada, pero no menos quemante y angustiante. Hay que aprender a vivir con ella y resolverla. El personaje de la historia ni aprendió a vivir con ella ni pudo resolverla. Saludos. Azel
14-05-2013 Un texto tremendo, fiel reflejo de lo que ocurre actualmente en muchas otras ciudades y capitales del mundo. Deja una honda angustia. Excelente.***** MujerDiosa
14-05-2013 La soledad, no esta en un libro, esta la libertad, de los hombres para cambiarla.. establecer, principios... pero se golpean la turbias culpas, en todos los sitios de soledades, el libro tiene luz , los hombres en movimientos, aquí, desde una ventana, solo atesoran sombras, una loca dimensión de infortunios atesoran. se buscan miradas de tan lejos... Juan_ Juan_Poeta
14-05-2013 Has plasmado una realidad difícil de esconder y has descrito cada detalle de tal forma, que se te mete en el alma y sientes ese dolor de impotencia del personaje de tu historia. Es así como lo dices: él era una parte de esa mancha llamada ciudad. Creo que vaciaste tu corazón en estas letras. Un abrazo, amigo. SOFIAMA
14-05-2013 Muy buen cuento que lamentablemente refleja una triste y cotidiana realidad! Te felicito, me sorprendiste gratamente, mis muacks al cubo y mis********* nanajua_
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