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Serían las ocho de la noche cuando en mi casa de la calle Hostos, sentí un repiqueteo en la única puerta frontal. Y dicho golpeo no respondía al código de alguien conocido, entonces mandé el peso de mi cuerpo al piso mediante mis dos piernas. Porque con mi mano izquierda sostenía el relato 'El viejo y el mar' y con la derecha empuñaba un lapiz para subrayar y hacer observaciones. Por supuesto estaba sentado y era en una de las cuatro mecedoras que habían en mi pequeña sala. Antes de haber dado el segundo paso mi cuerpo alcanzó la rectitud, pero la perdí al abrir: Ya que desde la oscuridad y en mis propias narices brotó la figura de un hombre con ojos endemoniados, mientras de su diestra pendía un machete delgado, desenvainado y finamente afilado.

Quién me miraba era un típico hombre caribeño, producto de una mezcla intensa de razas; un color canela en su piel, de pectorales y abdomen atléticos, el pelo corto y de visibles unidades gruesas, y que por su aspecto general parecía recién iniciado en la década que para él era de los cuarenta. ¿Ud. es Pedro? me preguntó con una voz limpia, pero con aire agresivo. Sí, señor. Le respondí, seguido por una invitación a pasar. Antes de volver a ocupar mi lugar, ya el hombre había escogido el suyo. Y lo hizo en el lugar más próximo a la puerta, al tiempo que recostaba 'el colín' sobre una pared perpendicular a su cuerpo, pero del lado de su mano derecha. En cambio, esa misma pared era de las tres concurrentes, la más distante al sitio que ocupaba yo y mi único posible escape estaba entre el 'hierro' y su brazo.

¿Es cierto que Ud. se opone a que los dueños de la madera se la lleven? Y la pregunta la soltó antes de que su trasero hiciera contacto con el fondo del asiento. Y la escuché sin mirar su cara, pues mis ojos estaban dándoles seguimiento al objeto de labrado largo y estrecho que acababa de ser arrimado al seto. Tanto que en su cabo pude leer la palabra 'Collins' que era el nombre de la fábrica que los hacía y de dónde el pueblo derivó el apodo para ese instrumento punzo-cortante. Ignoro el consumo en energía y tiempo que gastó mi cerebro para ponerme a tono con la idea central de la pregunta que aquel hombre, que no perdía ni el ritmo de mi respiración, me había disparado. Desconozco, además, cómo frente a ese ser humano de sangre tan tensa, compuse la historia que le conté.

"Yo crecí en un humilde bohío distante, más o menos tres cuadras de dónde estamos ahora, señor mío y que ya Ud. conoce. Y en mis casi treinta años de existencia, nadie me dijo quién plantó dos robles sobre el borde sur de nuestra propiedad. Supongamos que fueron mis bisabuelos, mis abuelos o mis padres, sin embargo, ni los primeros, ni mi recién fenecido papá, ordenó nunca el derribo de los mismos para convertirlos en mobiliario u otras cosas. Cuán sorpresa fue la mía, varios días atrás, al llegar a mi hogar paterno y encontrarlos 'roleados' sobre el suelo. Al indagar, la sorpresa fue aún mayúscula: porque se me dijo que un señor tuvo la frescura de haber pagado a uno de mis hermanos menores y no a un consenso familiar, veinticinco pesos por tan indeseable acción".

Por violación a la ley física de la impenetrabilidad admito haber captado el meollo del último cuestionamiento a que fui sometido, ya que mi casi total atención la consumía el alcance abstracto del radio, compuesto por el brazo y el machete, en caso de que se diera un trazo circular buscando mi cuello. Por ende ahora me niego a creer que le dije lo antes expuesto. Lo que sí afirmo es que ni él, ni los que vimos parcialmente la evolución de esos árboles, podíamos valorarlos. Ni que por manejar, en tiempo presente, esa porción de suelo éramos dueños de una parte del planeta, tampoco de la capacidad para, con el paciente uso de sus elementos, elaborar su fino maderaje. Y que sería menos posible que un extraño y por una suma ridícula, haya dispuesto de lo que nos había obsequiado la naturaleza.

¿Quiénes, señor mío, son los dueños de esa madera?. Con bien disimulada agrura me atreví a increparle. Entonces y por vez primera desde que se sentó, elevó el ángulo de su mirada mostrándome el fuego que desde las partes supuestas a ser blancas de sus ojos, se irradiaba. 'Los ebanistas que me la compraron para aserrarla'. Y la afirmación vino de boca de un ventrílocuo que evita cualquier movimiento de su cara, pero que en su caso, pretendía adormecer mis extremidades superiores con una especie de fuego balsámico. Dígame, mi querido ¿ud. puso en mano de un menor esos centavitos por los robles o por su tumbada?. 'Mire, Pedro, yo le pagué por las dos matas'. Fue cuándo y a sabiendas de que su madera costaba un mínimo de mil pesos, le dije, cuidando la entonación para que lo afirmativo no cruzara hacia lo interrogativo. Y...las matas eran de... "Bueno...y repentinamente le ví entrar en el campo dubitativo dónde la palabra 'bueno' no era parte de su archivo clasificado....mi trabajo es parte de su valor". Percibí que él había abierto un orificio y que no podía permitirme que lo cerrara, entonces me lancé: Imaginémonos que nos no interesa vender esa madera, ¿cuánto valdría su trabajo?. Inútilmente busqué sincronía entre su mirada y los sonidos que saldrían de su boca, porque cuándo respondió, ya sus ojos reposaban sobre el artefacto que le acompañaba. Y la cifra dada, al igual que la que dijo haberle dado a mi hermano, aúnque muy distantes, tenían la categoría de auditoría familiar en el momento que vivíamos.

Luego de haber sudado copiosamente ambos, el señor se fue. Entonces me descubrí corriendo como un chiquillo en la dirección de la casa de mi madre con un trofeo en las manos: cincuenta pesos que reforzaban la dádiba anterior, pero con la exactitud de que ese hombre y yo fuimos uno en un punto.




Texto agregado el 18-05-2013, y leído por 192 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
07-12-2013 Uno de los mejores cuentos que he tenido el gusto de leer en este rincón. Le envio estrellas desde la Isla del Encanto.****** reyabel2013
16-09-2013 Lo lindo de leerte es la forma en que tu historia atrapa. Felicito contamil
10-08-2013 Profundo planteamiento el suyo. Mis parabienes. ALBAdelROCIO1982
28-05-2013 Wow que buen escrito, esta es una de las razones del porque me gusta darme una vuelta por la pagina de los cuentos. Degustar de un buen escrito y mucho talento. Gracias por compartirlo. eutopia
22-05-2013 Yo diría simplemente "Buena tu psicología". za-lac-fay33
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