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Anduve por Capital en los días de los saqueos a los supermercados. Era el cumpleaños del amigo Manolo y almorzamos con su mujer y los tres chicos. A través de la ventana veíamos a los vecinos armados instalados en techos y terrazas, con brazaletes blancos, esperando la invasión de las hordas famélicas que, se comentaba, no sólo asaltaban los negocios sino también las viviendas. Sobre la casa más alta montaba guardia un vigía, provisto de un silbato para cuando divisara al enemigo. Manolo, preocupado, propuso salir a buscar provisiones en los pueblos chicos, donde seguramente no habría disturbios. Se puso una chaqueta cazadora y dijo: "En marcha". Se lo veía eufórico y pensé que los aperitivos de la mañana y el vino del almuerzo le estaban aportando su cuota de felicidad. El mayorcito preguntó: "¿Adónde vas?". "De safari", contestó Manolo. "Traé mucha comida", pidió el chico. "Mientras el gran cazador blanco viva jamás faltará carne fresca en esta casa", dijo Manolo. "Comida, comida", gritaron los otros dos chicos desde la puerta cuando arrancamos.

Tomamos la ruta y nos metimos en un par de pueblos apartados. No nos costó llenar las bolsas. También compramos carne y una damajuana de vino. Emprendimos el regreso al atardecer. En un cruce nos detuvo un patrullero. Uno de los policías esgrimía una Itaka de caño recortado. El otro pidió la documentación, nos ordenó bajar, nos palpó de armas. Vio las bolsas: "¿Y eso?" "Compramos algunas provisiones". "Boletas de compra." Manolo se revisó los bolsillos, buscó en el auto, pero no encontró los tickets. "Saqueadores", dijo el policía, "quedan detenidos". Se ubicó atrás: "Sigan al patrullero, las manos a la vista".

En la comisaría, un policía gordo y amable nos guió hasta un escritorio donde un sargento comenzó a escribir a máquina. Mirando la cédula de Manolo comentó: "Hoy es su cumpleaños". Se me cruzó la idea de que ese detalle tal vez nos volviese las cosas más fáciles. Pero el sargento sólo dijo: "¿A quién se le ocurre salir a saquear el día de su cumpleaños?". Nos señaló un banco: "Esperen ahí". Pregunté qué iba a ocurrir. Secamente me contestó que el oficial decidiría cuando llegara. Vimos pasar hacia el fondo nuestras bolsas con las provisiones. "¿Dónde está el preso Santoro?", gritó el sargento. "Fue a comprar cigarrillos", le contestaron. "Cuando vuelva decile que se ponga a cocinar." "Sí, señor."

El preso Santoro regresó y preguntó: "¿Para cuántos preparo?". "Hacé bastante, no importa que sobre, recalentado es más rico." El policía gordo giró hacia nosotros y nos dijo: "Santoro prepara unos guisos de puta madre, lástima que se nos vaya pronto". Hacía rato que oíamos un coro de voces que parecían de protesta, pero cuando la comisaría se inundó con el olor a guiso subieron de tono y comenzaron a reclamar comida. "Son los presos" nos informó el policía gordo, "hace varios días que acá nadie come." "Mis provisiones", se quejó Manolo. Volvió a aparecer el sargento: "Llamá al móvil dos, avisále que el guiso está casi listo". Minutos después oímos una sirena, una frenada y entraron cuatro policías más.

"Que Santoro les sirva a los presos", ordenó el sargento. Las protestas del fondo callaron. Más tarde, mientras todos comían, Manolo descubrió que tenia un agujero en el bolsillo de la chaqueta y que por ahí se habían escabullido los tickets, quedándose en el forro. Fue hasta el escritorio del sargento y se los mostró: "Acá están". El sargento dejó de comer y los revisó. Miró a Manolo muy fijo y lo retó: "¿Por qué no los encontró antes?". Manolo, enojado y envalentonado, subió el tono de voz: "Tengo los comprobantes y quiero lo mío". El sargento meditó y dijo: "Tendrá que presentar un escrito en Tribunales". "¿Cómo un escrito?" "Es el procedimiento". Manolo plantó ambas manos sobre el escritorio y echó el cuerpo hacia adelante. "Devolveme mi comida", gritó tuteándolo. También el sargento se había parado: "No te devuelvo nada, presentá un escrito". Las cabezas estaban muy cerca y se miraban fijo a los ojos. Me di cuenta de que el sargento no iba a soltar la presa tan fácilmente, lo tomé a Manolo de un brazo y lo aparté.

"Dejame probar a mí". "Que me devuelva mi comida", gritó. Me acerqué al escritorio: "Sargento, arreglemos esto pacíficamente, ya vio los tickets, la familia del amigo está esperando". "Es el procemiento", me contestó. Continué: "Hay tres chicos esperando". "Es el procedimiento." "Una anciana enferma está esperando." Vi de reojo el gesto de sorpresa de Manolo. "Una abuela de ochenta años, podría ser su madre." El sargento no dijo nada. Insistí: "Una anciana paralítica”.

Algo debió pasar en el corazón del sargento porque desapareció y al rato volvió con el policía gordo que cargaba nuestras bolsas. Quedaba menos de la mitad de lo que habíamos comprado. Manolo comenzó a protestar de nuevo. Lo calmé. "Lo único que falta” dijo “es que nos vuelvan a parar en el camino”.

El sargento, amable por primera vez, pidió que no nos preocupáramos, nos haría acompañar en cuanto los muchachos terminaran. Se fue. Le dije al policía gordo: "Ya que tenemos que esperar, ¿por qué no nos convidan con un plato de guiso?''. "Por favor, faltaba más". Nos guió a la cocina. Los policías cenaban en silencio. Nos sentamos y nos sirvieron. "Muy bueno", le dije a Manolo. En sus ojos hubo un desplazamiento de sombras, marcha, contramarchas y fundamentalmente, desolación. Le toqué el brazo para que sintiera que había un alma solidaria en las cercanías. Nuestra damajuana estaba sobre la mesa. “¿Gustan un vasito de vino?", nos preguntó el preso Santoro.

Nos precedió un patrullero con la sirena funcionado y en pocos minutos estuvimos en casa. Me despedí del policía gordo. "Gracias", le dije. "No es nada me contestó, si no nos ayudamos entre hambrientos, ¿quien nos va a ayudar?

Texto agregado el 29-05-2013, y leído por 61 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
09-06-2014 Oye, esto es un escrito de allguien con mente de lépero, cacreco, chusma, sinvergüenza, carebarro, basofia humana, excremento, crees que escribes pero nadie te comenta nada porque nadie gusta de tus estúpidas líneas sin sentido. Tu madre debe ser prostituta y tu padre un méndigo muerto de hambre, sólo ellos pudieron haber parido la mierda que eres, suicídate si puedes, pronto !!! poecraft
29-05-2013 "Acaradores" = "acaparadores" simasima
29-05-2013 Divertido, pero huele a realismo. Recordé a un italiano, compañero de cárcel cuando fuimos "prisioneros de guerra" en la dictadura. Fue uno de los tantos acaradores que contribuyeron a la escasez de alimentos en tiempos de Allende. Lo torturaron, hasta que se dieron cuenta de que era del bado de ellos. Sus ***** simasima
 
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