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Cuarenta y dos años después, el recuerdo, pero sobre todo la imagen, vuelven a asomarse entre mis sueños y a morder mis huesos. De nuevo está presente el río Tulijá y por supuesto Salto de Agua. También están allí los amigos de la secundaria, y los calores, y la humedad de aquellas temperaturas rondando los cuarenta grados. Debe haber sido algún sábado por que recuerdo que era aun por la mañana. Difícilmente entre semana podríamos andar nadando en el río a esas horas. Aunque tengo que aceptar que de vez en cuando las pintas de la escuela nos obligaban a refugiarnos en esas aguas. Nuestros juegos y nuestra diversión interrumpidos de pronto por la presencia de un niño, encargado de llevar la recua de bestias a que retozaran y bebieran agua de aquel río.
-Había un señor que se metió a bañar y aun no sale. Dijo
Y entonces a cual más entre empujones y gritos, en el afán de ser el primero en llegar al sitio señalado.
El Tulijá es un río caudaloso, de aguas verdes claras, lleno de rápidos y de pozas. Cálido y amigable siempre. Una que otra vez traicionero.
Nos zambullíamos ansiosos en aquella búsqueda. Elevábamos exclamaciones ante algún indicio o alguna sospecha.
Aquí, aquí
Y por allí íbamos.
Aquí, aquí
Y vuelta para el otro lado.
Uno de los amigos se alejó entonces del grupo. Se hundía y emergía en uno y otro punto. Finalmente levantó la mano y señaló en silencio un sitio.
Avancé con enérgicas brazadas hasta donde él se encontraba, y sin dar ningún respiro, con un movimiento de mi cintura y mis piernas, me hundí río adentro, me impulsé aun más con dos o tres brazadas. Mi rostro estuvo a nada de chocar con aquel rostro. En aquella claridad del agua verde y limpia pude ver perfectamente la boca con los labios entreabiertos, la dentadura blanca, las enormes fosas nasales, los ojos indescriptiblemente abiertos y fijos, los cabellos moviéndose uniformes con el ir y venir del agua. Con el mismo impulso enérgico que llegué, di la vuelta y con dos o tres patadas emergí a la superficie. Un intenso zumbido aprisionó mis oídos. Desande lo nadado, caminé como autómata, tomé mi ropa, me calcé los zapatos. Y sin mirar atrás subí hasta la calle que me llevó directo a casa. Detrás, los gritos de mis amigos llamándome.
Dos horas más tarde vómitos y vómitos. La angustia de mamá al enterarse un rato después de mi visión bajo el agua, y la noticia del ahogado. Doña Mamerta, nuestra vecina y amiga. Dirigiéndose a mi madre: -Carlotita, el niño tiene espanto de muerto. Y entonces, aún azonzado por la impresión y débil por tanto vómito, aguanté estoicamente las barridas de la cabeza a los pies con ruda y albahaca, y aspersiones de aguardiente que desde su boca, doña Mamerta hacia llegar a mi rostro. Se combinaban además los padrenuestros, avemarías y credos.
A la hora de la comida mi padre llegó además, acompañado del medico del pueblo y de su enfermera. Canalizaron mis venas con un suero y pasaron entonces soluciones para contrarrestar la deshidratación.
A pesar de esta combinación de remedios durante las siguientes dos o tres semanas, el temor al cerrar los ojos era encontrarme de nuevo aquella cara, aquellos ojos abiertos, aquella boca, aquella dentadura blanca, aquellas fosas nasales, y sobre todo, aquellos cabellos que flotaban y se movían al ritmo en que corría el agua.

Texto agregado el 04-06-2013, y leído por 163 visitantes. (0 votos)


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