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Estaba atardeciendo y el ejército de cruzados se encontraba afuera de la ciudad húngara amurallada, los capitanes se estaban preparando para recibir órdenes al mismo tiempo que los fundíbulos eran armados por los encargados. El asedio de la ciudad había estado preparándose desde el día anterior, cuando un ejército por parte del rey enemigo atacó al ejército cruzado invasor, sin embargo este ejército tenía planeado una asalto sorpresa porque sabían que iban a ser atacados, el resultado fue la victoria y la movilización hacia la ciudad enemiga durante la mañana. La batalla se había dado porque el rey húngaro se había negado a participar en la cruzada luego de que, aparentemente, un hechicero entrara en la corte y persuadiera al rey de no hacerlo, inspirado al mismo tiempo en fuerzas oscuras y hechizos prohibidos venidos de conocimiento sarraceno. Los sarracenos eran seres malvados que intentaban mediante cualquier técnica evitar que se uniera más gente noble y cristiana a la guerra, es por esto que los generales cruzados deciden invadir la ciudad para purgarla de todo mal de Lucifer.
Los fundíbulos estaban listos, las vasijas con aceite estaban siendo cargadas en sus hondas, las espadas estaban afiladas y los arqueros estaban apuntando. Nuestro capitán, un germano llamado Olaf, estaba en el frente cuando el grito de fuego salió del general que dirigía el ataque. El cielo se cubrió de fuego cuando se prendieron las vasijas y fueron lanzadas por los fundíbulos, era todo un espectáculo infernal, desde dentro de la ciudad se podían escuchar los gritos de los soldados, mujeres y niños que se aterrorizaban con el acto. A Olaf esto le parecía un sin sentido, destruir una ciudad con tanta gente inocente en vez de matar solamente al rey y al hechicero no parecía digno de un cristiano, no parecía digno de un cruzado, a pesar de esto el debía estar ahí o correría el riesgo de perecer ante la injusta inquisición, para él era injusta porque esta no obedecía los valores de amor hacia la humanidad, no parecía tener valores básicos cristianos, pero él estaba ahí, obedeciendo.
Un ejército de jinetes se aproximaba desde el sur, era una emboscada, los habían rodeado, pero el general cruzado no era tonto, el ya había llevado un ejército de jinetes que estaba en la retaguardia a pesar de que le habían dicho que iban a ser inútiles. Sin bacilar el los envió en contraataque mientras los arqueros también disparaban sus flechas a los caballos enemigos. Los jinetes caían en el camino siendo aplastados por sus propios compatriotas, era una carnicería y el asedio marchaba sobre ruedas.
Los hombres de Olaf debían ser los primeros en entrar a la ciudad luego de que un ariete, protegido por otros hombres del ejército, destruyera la gran puerta de la ciudad. La gran puerta calló y Olaf entró con su ejército arrasando todo a su paso. Él trataba de evitar que sus hombres asesinaran sangre inocente, pero el fanatismo los había segado, fanatismo apoyado por el general al mando que no se movía de su posición para entrar en batalla, para Olaf esto tampoco era digno de un cristiano y menos de un soldado, era un signo de cobardía porque todo soldado debería entrar en batalla cuando sus compatriotas lo hacen, pero el general seguía ahí, observando.
Cada vez estaban más cerca del castillo, que más que un castillo era una verdadera fortaleza llena de almenas, catapultas, arqueros y otros soldados, por esto mismo los soldados enemigos se deciden agrupar alrededor de la fortaleza.
Todo parecía tan extraño para Olaf, los soldados enemigos no parecían satanistas ni traidores, solo seguían órdenes, como todos, como él mismo, todos eran una pieza más en el ajedrez de batalla, no había soldado que se moviera sin la orden del alto mando, todos eran hermanos pero a la vez enemigos, nuevamente el sin sentido se repite.
Ahora los soldados estaban a las puertas de la fortaleza pero no podían entrar porque el ariete estaba en la entrada de la ciudad, no iba a poder pasar por las calles con el ancho del carro, para peor la fortaleza estaba lanzando aceite hirviendo desde la parte alta de su puerta, nadie podía siquiera acercarse, luego le prendieron fuego al aceite. La ciudad se estaba quemando. Ahora el sin sentido era más grande aún, sobre todo cuando se dio cuenta que en las filas enemigas habían sarracenos, cristianos, judíos, gitanos y otras naciones peleando juntas, se estaban hermanando y la cristiandad no lo estaba aceptando, Olaf era capaz de ver más valores cristianos de parte de los enemigos que desde los cruzados.
Trajeron escaleras y desde ellas subieron las murallas. Olaf junto con sus hombres rodearon la fortaleza hasta encontrar una alcantarilla, desde ahí entraron uno por uno tratando de pasar desapercibidos. Al entrar a la fortaleza se abrieron paso frente a todos los soldados enemigos, los cuales se veían rodeados por los soldados que entraban en escaleras y los que entraban por las alcantarillas. Olaf podía verlo, el castillo del rey estaba en frente y la puerta estaba abierta, solo era resguardada por unos pocos hombres. Olaf entró corriendo subiendo escaleras interminables y yendo de cuarto en cuarto buscando al rey hasta que lo encontró: estaba en una pequeña habitación con una mesa y su silla atrás de esta, estaba petrificado, no se movía, solo pestañeaba y respiraba, no había ninguna reacción. Para Olaf era claro lo que estaba sucediendo: el hechicero satanista sarraceno lo había petrificado y él daba las órdenes por el rey, ¿pero dónde estaba?.

-hola Olaf, como estás – dijo el hechicero apareciendo desde atrás de la puerta –
-maldito hechicero, ¡prepárate a morir! – respondió Olaf con la obstinación de un guerrero de fantasía.
-¿estás dispuesto a matar a un anciano como yo sin que antes te revele mi secreto?, por favor déjame decírtelo antes de morir, después de todo es mi último deseo, solo soy un anciano con ropa andrajosa, barba larga y mugre en el cuerpo, mírame, ¿qué daño te podría hacer yo?, solo quiero contarte mi último secreto.
-solo te dejaré hacer eso si es que no me hechizas con alguno de tus trucos maléficos –
-lo juro, no te haré daño –
-dime entonces –
-mira a tu general, está destruyendo todo, todos ustedes son esclavos de él, obedecen órdenes sin sentido, tú no eres más que un esclavo… -
-yo soy un hombre cristiano y libre – respondió Olaf con tono enfadado – soy un cruzado, un hombre noble y digno que busca la salvación –
-tú buscas cosas que te son inaccesibles sin un señor, eso tú te lo has forjado. Mira denuevo, cuando tu deseas algo recurres a tu rey, tu rey te dice que si o que no, es su decisión, todo es su decisión, tu eres solo un peón, te has convencido que eres libre porque la ideología de la cruz te ha dicho que serás libre en medida que obedezcas, serás libre en medida que no lo seas, ¿Qué tan ilógico puede ser eso?, y fíjate que no es tan ilógico, tu eres libre pero dentro de un cuarto pequeño, tú te mueves feliz dentro de ese cuarto pensando que eso es el mundo, incluso sabes que hay algo más allá pero te has convencido a ti mismo que está prohibido, eres libre para explorar cada guijarro dentro de tu celda, pero no serás libre para ver los árboles que hay fuera de ella –
-¿entonces como es que tus hombres obedecen a tu rey? –
-ellos lo obedecían pero el ya no existe, míralo, en realidad nunca existió, el era solo un reflejo del poder inventado, es algo de lo que nos dimos cuenta, el era solo un espejismo. En el momento que nos dimos cuenta y nos revolucionamos el dejó de moverse, no es un hechizo, cayó por su propio peso –
-sin embargo te obedecen a ti ¿acaso no eres tu el rey ahora? – dijo el noble cruzado.
-no, no me obedecen a mí, yo solo soy un representante de algo que se representa entre todos, lo que pasa es que sabíamos que este momento llegaría, que ustedes iban a venir a “liberarnos”, entonces necesitaríamos de un representante, entonces aparezco yo. Mira a los hombres de mi ciudad, son libres, se han despojado de sus orgullos y ahora viven en comunidad, sarracenos, cristianos, gitanos, judíos y otros han sido capaces de reconstruir esta ciudad, hemos avanzado juntos por el progreso. Los profesores que antes le enseñaban solo a los hijos de la nobleza ahora les enseñan a todos, ahora todos sabemos cómo construir un mejor futuro. Esto no es hechicería hijo, esto es libertad, tu gente es barbárica y no sabe que nosotros somos libres de explorar lo que queramos, en cambio ellos son libres de explorar su mundo, es por eso que no entienden el nuestro, sin embargo tú eres un libre en potencia –
-no sabes nada de mi anciano –
-lo veo en tus ojos, estás dudoso, has visto más valores cristianos en esta ciudad que en tu propio ejército, has descubierto la ventana de tu mundo y has visto el árbol, ahora solo te queda escapar, tienes que ser libre, lucha por la libertad, lucha por la comunidad, solo entonces serás libre de verdad – dijo el anciano, entonces Olaf se quedó mirando el suelo un momento y preguntó:
-una vez que sea libre ¿qué pasará de mi? –
-serás un loco, serás un hechicero, serás un satanista, serás lo peor de la humanidad porque eres libre, pero es justamente eso lo que te hace valer oro, serás libre, lo sabrás y lucharás por eso. Algún día todos serán libres y será gracias a tu lucha, porque eres pequeño en el universo pero toda pequeña lucha le da impulso a una mayor: a la lucha por la libertad –
-entonces seré libre anciano, seré libre para luchar por mis hermanos y por la justicia que tantas veces imploré – dijo Olaf antes de salir de la habitación corriendo.

Olaf se dio cuenta que los altos mandos no existían, solo existía la gente, la gente era toda igual en medida que fueran libres de verdad, no valía la pena seguir luchando por algo que no existe, solo vale la pena luchar por la libertad para el progreso, la libertad por la sociedad, la libertad por el amor.
Olaf corrió por toda la ciudad hasta llegar a la puerta en donde estaba el general, tomó su espada y lo apuñaló en el estómago y entonces gritó con euforia: “¡dios ha muerto!”.

Texto agregado el 20-06-2013, y leído por 112 visitantes. (1 voto)


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