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Inicio / Cuenteros Locales / remos / 8. Conejos y lechuzas

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Tendría yo, por ese entonces, unos quince años de edad. Es la edad en que comienzan a morder inquietudes extrañas, misteriosas, y de muy agradable naturaleza.
Para un adolescente campesino, más que interpretarlas, se las vive a fondo, como los conejos que corren sobre el trébol en las noches de luna, y siempre atentos al silencio blanco de la lechuza, que puede mandarlos, con anticipo, hacia la transformación de sus veloces y vibrantes materias biológicas. La muerte llega, podríamos decir, con la pálida complicidad de la luna y las golosas flores de los tréboles.
Digamos que los conejos y las lechuzas me intrigaban mucho por esos años. Era como si yo viera en estos seres antagónicos, dos universos por explorar. Sin embargo, pero no llegué demasiado lejos en estas observaciones e inquietudes naturalistas.
Este cambio de ruta en mis investigaciones, que pasaron hacia otros intereses, sucedió un verano mientras caminaba solitario por un sombrío, húmedo y perfumado sendero que costeaba la falda de un cerro muy espeso en vegetación nativa.
Yo andaba en busca de flores de copihues y de maqui. Los copihues (Lapageria rosea) son unas maravillosas lianas que se enredan y dejan caer desde los árboles en los rincones más frescos y húmedos del bosque nativo. Sus flores a forma de estilizadas campanas vegetales, son de un color rojo encendido, aunque raramente también las hay blancas.
Descubrir estas flores en el frescor de esos bosques, que el no conocerlos, como decía Neruda, equivale a no conocer este planeta. Decía que descubrir en esos bosques las flores encendidas de los copihues constituye una emoción única, y todo chileno, y no sólo, debería experimentarla al menos una vez en la vida. Me viene de decir.
Bien, andaba yo, como decía, caminando por esos senderos en busca de las llamaradas rojas de los copihues, que alegran el corazón, casi siempre acompañado del canto particular de una pequeña avecilla llamada chucao (Scelorchilus rubecula), propietaria de un canto muy particular e inolvidable, breve, vibrante, simétrico, sobretodo profundo, que deja la impresión de que provenga de un enorme pájaro tropical, un tucán o algo así. El chucao, que es muy difícil de poder observar, sin embargo es una ínfima avecilla, pero su canto retumba con toda su armonía, como una cascada de fresca melodía, desde los humedales más impenetrable del bosque. Si lo sigues, él siempre se va alejando del intruso. Quizás sea el protector de los copihues.
La experiencia adolescencial de caminar solitario en medio al bosque nativo, es una experiencia que está fuera del tiempo cotidiano. Pertenece al mundo de los sueños, o de la magia, me viene de decir.
A un cierto punto del recorrido me encontré con una bifurcación del sendero. Claro, no sólo los senderos de Borges se bifurcan, sino también los de un simple joven campesino que camina por campos y bosques terrenales.
Seguir derecho, doblar. Tomar una o la otra dirección. He aquí el dilema. Me aparté de la ruta principal y emboqué la bifurcación. Después de un breve trayecto aparecieron unas rústicas tranqueras que lo cerraban al pasaje de animales, seguramente. Me apoyé a esas trancas de rústicas maderas de bosque a contemplar el espacio abierto que se abría.
Pude observar, casi escondido entre la frondosidad de los grandes árboles la punta del techo de una casa, desde donde se alzaba la serenidad del humo. El sol de la mañana era agradable y comenzaba a entibiar con el calor de su luz ese agradable espacio de verdor.
La observación desde la tranquera fue muy veloz, porque ya un pequeño perro rojizo salió a mi encuentro ladrando amenazadoramente. Me tranquilizó su dimensión, pero más aún la voz que lo llamó. La chica quinceañera, o más o menos de mi edad. Estaba sentada en medio a la hierba.
Al parecer recogía algo, tal vez frutillas silvestres, o flores amarillas, imaginé quizás por qué. y que yo vi en ese instante. Estaba sentada entre la hierba, mientras recogía unas flores silvestres y amarillas. Vestido rojo escarlata, una cinta azul recogía su pelo negro en un moño juguetón. Me regaló una sonrisa espontánea, y nos saludamos.
Durante ese verano, muchas veces regresé hasta esa tranquera y aprendí a regalar casi todos los copihues del bosque, siempre acompañado por el canto del chucao.

Texto agregado el 26-06-2013, y leído por 360 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
10-10-2013 maravilloso cuento de os mejores que he leído una bella descripción del paisaje del sur de chile de las sensaciones del sentir de la paz que otorga la tierra... y que mejor y mas bello regalo copihues loselegidosdelsol
20-07-2013 Hermoso y muy bien narrado, un placer la lectura =D mis cariños dulce-quimera
12-07-2013 Un afortunado "cliqueo" me permitió disfrutar de tu relato. emece
26-06-2013 Que bello relato de aquellos tiempos tan memorables; fluidez en el lenguaje, con cierta envidia sana por la pluma alta que te acompaña. ***** nonon
26-06-2013 Una narración muy ilustrativa y bien organizada para contar un episodio que marcó una vida. Me gustó. elpinero
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