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Inicio / Cuenteros Locales / carlitro350pajaritos / Fotocapítulo 41: Plan pluscuamperfecto

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Tengo las defensas bajas, dolor de pecho y tos. Mi psicólogo me recetó una mujer fácil cada 8 horas. Le pregunto si cualquiera sirve. Que sí— me dice —la composición química es la misma, puede ser genérica. No comencé el tratamiento porque mi psicólogo no sabe lo que necesito, además es un imbécil, piensa que mi corazón está deshecho cuando lo que tengo destruido es el Timo. Una glándula en el centro del tórax que duele al estar triste, palpita al emocionarse, te defiende contra la enfermedad, crece en la juventud y, si alcanzas la adultez indemne a las desilusiones, igual se atrofia hasta secarse y convertirse en una pasa.

Antes mi realidad era diferente. Como nunca sufrí desilusiones importantes, mi Timo se hiperdesarrolló. Ahora lo extraño. Pero cuando joven ignoraba su existencia, sólo sentía síntomas sin explicación. Recuerdo como una compañera me inflamaba el timo y, en consecuencia, comprimía la fluidez de mis palabras. Conseguí autoinvitarme a su casa. En la noche estaba ella y muchos primos como para hacer una pichanga de futból, más... yo, el invitado que no lo conoce nadie y al que nunca le dan un pase. De todas formas, mi plan “pluscuamperfecto” era sencillo: conversar, embriagarnos y pinchar.

El alcohol es útil para muchas cosas, por ejemplo, sirve para hacer evidente lo disimulado, para descubrir si en ella existía algún interés sacando chispas que no pudiera ver.

Había una ponchera y se les ocurrió Jugar a la pirámide. Mis tragos se los daba a ella, algunos, matizando, disimulando aun. A cambio recibía muchos tragos de los primos. Me querían embriagar, era evidente. Uno de los primos me desafió a rebotar una moneda en la mesa y depositarla más allá en un cenicero. ¡Tin… ¡Chin-chin! Le achunté a la primera: primo bebe. Fue suerte. Luego Carlos bebe un vaso al seco. Carlos bebe, y bebe muchas otras veces. Me aconsejaron rendirme, que el loco era experto, que me veía mal y menos podría acertar, pero se volvió un duelo personal. Cambié la moneda de 10 por una de 100 extraída de mi bolsillo: mi innovación recuperaría mi orgullo. Esta moneda requería más fuerza y se la di. Rebotó a la mierda y rodó por el suelo y luego tuve que buscarla entre sus pies mientras reían desde las alturas.


La ponchera se vació y naturalmente también necesité vaciarme. Cuando estaba en el baño esperaba escuchar las palabras que siempre oigo en las mañanas—. Carlos, eres genial, puedes conseguir lo que sea —. Pero ahora el tipo del espejo no me dijo nada, era un monstruo desalentador. Yo le sonreí con estilo, como siempre, y me devolvió muecas grotescas, psicóticas, mirándome fijamente varios segundos y conservando la gesticulación como un muñeco de cera, tan irreconocible y parecido al mismo tiempo.

El alcohol te jode los sentidos. Me acerqué al espejo y descubrí la verdad. Este espejo era sincero, demasiado. Revelaba las huellas de mis primeras espinillas de la pubertad, cicatrices de infancia, fiordos dibujando continentes, constelaciones de puntos negros de materia oscura. Para no descubrir cráteres lunares bajé la vista y, en un rincón, vi un tampón, entonces comprendí todo. Era evidente. ¡Era un baño de mujer! Tenía frascos multicolores, papel confort extra suave y un espejo de la verdad con una ampolleta híper lumínica apuntándote a la cara. Como yo no tengo hermana, el espejo de mi baño es bienintencionado y omite. En fin. Aproveché para peinar hacia adentro un pelo de la nariz que nunca antes había visto y… ¡A lo que venimos! La chica. ¡Nooo! ¡A lo que venimos! La meada.

Bajé el cierre, con la zurda mantuve abajo el elástico del bóxer; con la diestra empuño la Magnum, apuntando al wáter, doblegando su firme voluntad. Cierro los ojos, escucho el manantial oriental drenando en la laguna. Los pelos erizan, los músculos se relajan en secuencia, ceden uno a uno como dominós puestos en filita, comunican una ola de electricidad y paz, liberando cada resquicio de tensión dentro de mi cuerpo hasta chicotearme el tímpano. ¡Que placer!

Tal cadena de sucesos no acepta interrupciones, por eso cuando se cayó la tapa del wáter, siempre es tarde para detenerse, y regresé a la realidad en pánico, como despertar con un balde de agua fría. Esto sólo sucede en baños de mujeres. Cero empatía, cero conocimiento de la fisiología masculina. Si alguna conserva aún este cruel mecanismo medieval para que no olvidemos bajar la tapa, repárelo. Odio profundamente con todo mi ser las tapas de wáter que se caen. Son matapasiones, viles y humillantes.

Terminé de secar el piso y… ahora sí, ¡A lo que venimos! La chica. Salí del baño muy mareado, pero lleno de optimismo.


continuara...

Texto agregado el 19-07-2013, y leído por 116 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
29-10-2013 deshinibido desparpajo!, muy divertido adelsur
24-07-2013 muy buenoo!!!!! claudio_chichiani
22-07-2013 Tienes un estilo muy original de escribir :) aimara
20-07-2013 Exelente. La secuencia miccional jajaja me hizo morir de la risa. ***** biyu
19-07-2013 ...sin embargo, muestras y muy bien. Me gustó las estructura narrativa. Un abrazo. umbrio
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