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No sé cuanto tiempo ha pasado cuando me despierto. O si realmente me despierto, si es que alguna vez estuve dormida. Extiendo mis manos frente a mis ojos doloridos, para encontrar que no hay nada. Soy sólo una conciencia sin cuerpo, y por lo poco que entiendo todo esto, puedo llevar siglos siéndolo. Hay luz a mi alrededor, una porción de cielo grisáceo se abre frente a mis ojos. Cielo de amanecer, pienso. Y mas allá veo la copa de un árbol y aquí y allá pequeñas figuras ágiles vuelan de rama en rama . A lo lejos oigo el rumor de un río.De pronto siento frío y al alzar la mirada veo la imponente cima de una montaña nevada. Es hermoso y me conmueve, pero cuando estoy acostumbrándome a esta visión, soy jalada con fuerza hacia abajo. Caigo gritando, con una voz que no es mía y que es solo un insoportable gorjeo burbujeante que aumenta y aumenta de volumen y que no puedo detener porque no sé realmente si soy yo quien lo emite. Mi entorno se vuelve oscuro y opresivo, un viento horrible sube girando hasta mi ser, y choca con los espacios donde antes estaban mis miembros, el sonido ensordecedor del agua me distrae, pero hay algo mas allá en la lejanía, pequeños puntos de luz oscilan a metros mas abajo por donde yo me encuentro. Tardo un segundo en comprender que son antorchas y que si escucho con atención, oigo voces humanas. Hay una voz de mujer que cada cierto tiempo emite un plañidero gemido, teñido de pánico y urgencia. Pasan un par de segundos y ahí está denuevo, a lo lejos donde las lucecitas tiemblan y avanzan, describiendo una media luna entre la negrura. Y entonces entiendo que es mar. Mar de noche, y mas allá, en la playa, una mujer busca desesperadamente a alguien que ha perdido.
Una ráfaga me manda entonces con fuerza hacia arriba, describiendo círculos inconexos por sobre el agua negra, acércandome peligrosamente a las afiladas rocas de un ventisquero que no había alcanzado a notar. La pared rocosa está aquí y allí salpicada de un musgo negruzco al que trato de asirme cuando el viento me acerca, pero es inútil. No tengo un cuerpo con el que trabajar y se me vuelve desesperante tratar de ignorar la urgencia fantasma de mis nervios y tendones que ya no existen. Y justo cuando estoy por darme por vencida, lo veo. Está ahí sentado peligrosamente, en el borde del abismo, con sus delgadas piernas colgándo hacia el vacío. Sus enormes ojos azules parecen fijarse en mí durante un segundo, pero luego desvía la mirada y sé que no me ha visto. Su cabello rubio, casi blanco, cae en cascadas de rizos tras de sus orejas, y un mal observador podría creerse en prescencia de una hermosa niña de 10 años, pero yo noto lo tupido de sus cejas bajas, el hoyuelo de su barbilla. Una cierta expresión desafiante, a pesar de que está vestido con andrajos y tiene la cara sucia de lágrimas y tierra. Instintivamente sé entonces, que el plañidero lamento de la mujer, es su nombre. Estoy aguzando el oído para entender lo que dice pero una fuerza colosal me arrastra hacia atrás, hacia adentro, como si las células de mi anterior cuerpo hubiesen implosionado en si mísmas en un estallido colosal. Intento removerme, agitarme frenética. El niño rubio parece desintegrarse en el aire, junto a todo lo que lo rodea, como si se hubiese tratado de un dibujo que alguien hubiese arrugado frente a mí. Grito, no se por cuanto tiempo, siendo arrastrada a ese vacío que soy yo misma, y reboto en distintas escenas.Un largo camino soleado, y tengo sed, mi cuerpo duele, siento el sol inclemente brillar sobre mi cabeza desnuda, el cansacio mortal de la deshidratación en mis órganos, y luego es otra escena, estoy ebria, tropezando y cayendo sobre la masa inútil en la que me he convertido, vomitando de bruces sobre el suelo, sobre mis manos que son inusualmente grandes, bocanadas de aire me traen un nauseabundo olor a licor y el olor metálico de la sangre, la huelo mucho antes de verla manchar mis dedos, cayendo en gotitas sobre mis nudillos de hombre. Y luego agitada nuevamente en espirales de oscuridad, una vez subo, una vez bajo, cayendo o elvándome, para ser azotada a una realidad donde parezco tener mil cuerpos diferentes, aunque no pueda controlar ni uno de ellos.
Son muchas cosas las que veo, antes de comprender que alguien está mostrandome esto. Y solo entiendo quién es cuando súbitamente soy dejada caer en un cuerpo agachado sobre un arroyo. Mi rostro se refleja vagamente en las aguas ondulantes y cristalinas. Mis enormes ojos azules, la masa de cabellos de un rubio plateado cayendo por mis hombros, mi demacrada hermosura. Intento retroceder asustada, pero este no es mi cuerpo y por lo tanto no puedo moverlo. Sólo estoy atrapada dentro de él, como si se tratase de una ventana endemoniada por donde puedo espiar al espíritu mayor. Porque todas las escenas, todos los cuerpos, son el cuerpo vivo, humano, que él tuvo alguna vez.
Paso por distintos estados de sorpresa y horror antes de que el cuerpo levante la rodilla de la tierra y se aleje por la orilla del arroyo con paso enérgico.Ha visto algo que ha llamado su atención. Siento mí sangre, su sangre acelerarse, el pulso galopar enloquecido, una sensación de maravilla inundando sus sentidos. Pero es suya, no mía, y solo soy una invitada en sus emociones hasta que veo a la mujer. Al principio no entiendo bien, pues hay solo un lado de su cara que se puede percibir tras el pelo cobrizo y largo mientras el espíritu mayor se le acerca. Es pequeña y delgada y sostiene apoyada en la cadera una cesta entretejida. El cabello cae en una trenza descuidadamente hecha con flores blancas sobre su menuda espalda. Una túnica sucia cubre su cuerpo, y ondea en el agua del arroyo, donde está sumergida hasta las rodillas. Se vuelve hacia mí sobresaltada y achica los ojos a la luz, parece reconocerme y sonríe. Y siento como en mi interior surge un alarido horrible, pues esa sonrisa, esa cara, la palidez de los rasgos y el cabello rojo que le cae por los hombros sobre los diminutos pechos, son míos. Soy yo, un poco mas delgada, la nariz describe un ángulo mas agudo y tiene el rostro lleno de pecas. Una poco sana palidez le inunda el rostro, los ojos cansados, la piel joven, pero a pesar de esas pequeñas diferencias reconozco que soy yo, una yo de hace miles de años, lavando hortalizas en la orilla de un río.
Hay un diálogo en un lenguaje que no entiendo y siento en las venas del cuerpo que habito, una punzada de ira y frustración. Oigo el tono casi visceral en el que habla el espíritu mayor finalmente y la sonrisa en la cara de la chica, que es mí propia cara, pero que no lo es, se torna desconfiada. Veo que la alarma se transforma en auténtico terror, y la cesta cae al agua con un pequeño chapoteo, y ella se vuelve y corre, intenta huir, saltando por el arroyo, formando un pequeño oleaje que se abre en ondas en el agua, antes de que mis manos de hombre, pálidas y blancas la alcancen por la trenza y la sometan. Mi corazón, el del espíritu mayor corre desbocado en su pecho mientras la arrastro a la orilla, ella se sacude y grita, en un idioma que no puedo entender, llorando, suplicando, tal vez.Forcejea contra mí salvajemente, gritándo, escupiendo. La arrojo sobre la gravilla húmeda con violencia. Y luego con el cuchillo de pedernal que ni siquiera he notado que llevo en la mano, rasgo su vestido desde el pecho hacia abajo. La piel blanquísima resplandece a la luz de la mañana, los pezones de un delicado color rosado, se erectan bajo el toque de mis demasiado grandes manos, el vello rojizo sobre su pubis, todo en ella hace que mi cuerpo de hombre se caliente y ruja. Ella grita cuando le abro las piernas de un tirón, puedo ver la piel rosa de su pequeña vulva y eso basta para que el cuerpo que no puedo manejar enloquezca. Siento un calor horrible en la entrepierna, donde algo caliente y palpitante intenta salir. Y lo veo, el falo grueso y pálido del cuerpo que habito, desaparece dentro del cuerpo de la chiquilla y ella da auténticos alaridos de dolor. Su carne me aprieta y cede ante mi embestidas. Es tibia y suave por dentro, y enloquecido de placer, recuesto mi cuerpo sobre el de ella mientras la penetro. Pongo mis labios sobre los suyos y sin previo aviso me muerde con violencia. El punzante dolor manda una oleada de adrenalina a través de mi cuerpo,y cuando la miro, puedo ver mi sangre manchando su boca, los ojos abiertos con una desafiante expresión de odio y asco en su rostro. Mi expresión. La abofeteo con fuerza, pero el desprecio no desaparece.Y entonces cierro mis manos alrededor de su garganta y aprieto, penetrándola aún mas fuerte. Ella se sacude, rasguña mis dedos con furia intentando liberarse de mis manos, con fuerza al principio, cada vez mas débil e inarticulada después.Hace sonidos horribles cuando trata de meter aire a sus pulmones y su interior me aprieta hasta hacerme doler el miembro. Tiene los ojos inyectados en sangre y bordeados de venas y púrpuras ojeras la última vez que me mira. Grito cuando el placer me arrastra, empujo dentro de ella, aprieto mas fuerte mis manos hasta sentir un chasquido seco en su cuello y eyaculo jadeando en su interior justo en el momento en que se le va la vida.

Le toma varios minutos al espíritu mayor recuperarse del esfuerzo. Dentro de su mente, intento llorar, pero sus lágrimas no me pertenecen, y solo permanezco absorta en mis enloquecidos pensamientos y distraída por el sonido atronador de su corazón acelerado.
Luego abre los ojos y mira a la muchacha, aún echado sobre ella y dentro de su cuerpo. Ella tiene la cara desencajada en una mueca espantosa, los labios azules, los ojos desorbitados. Una pena terrible viaja a la garganta del hombre que habito. Descubro asombrada que llora. Llora con los labios pegados a la piel nívea del vientre de la chica, da horribles alaridos de dolor mientras la palpa, la toca, la sacude como si quisiera despertarla. Se aparta de ella y observa sus manos. Repentinamente se dobla en dos y vomita. Temo en un momento que se arroje al río y yo deba morir dentro de él, con él. Cuando se calma, coje a la chica en brazos como quién haría con un bebé y se la apoya en el regazo, le limpia la tierra del rostro, le cierra los ojos y le quita las hojas secas y los guijarros del cabello.Torpemente cubre su cuerpo con lo que queda del sucio vestido, le limpia la sangre que le corre por los muslos hacia abajo, le frota los blancos pies descalzos.
Se queda así durante algunos minutos, con la chica muerta apretada contra el pecho, y los labios apoyados en el rojo cabello. Luego se levanta y la deposita lentamente en el agua. El pelo de ella, se suelta de la trenza mientras se hunde y ondula alrededor de su cabeza pálida, como si hubiese cobrado vida en el agua, como una multitud de serpientes cobrizas.
El agua se la lleva finalmente cuando el sol ya está muy alto en el cielo.
Es una mañana rústica y hermosa cuando el espíritu mayor emprende la huida. Hace largos tramos corriéndo bajo las noches inclementes y las gélidas madrugadas, sin más pausas que para beber el agua sucia de los charcos que han dejado las últimas lluvias. Siento como si fuera mía la fatiga que lo embarga cuando trepa presuroso una de las caras mas rocosas de la montaña, hasta que encuentra una cueva donde ocultarse. El hambre y la deshidratación han hecho presa de su cuerpo. Después de un par de días en el escondite está tan afiebrado y perdido en sus divagaciones, que hasta se alegra cuando la horda del pueblo viene a buscarle entre antorchas y palos.
Y la enfermedad le protege de sentir en la carne los latigazos, quemaduras y cortes que le propinan durante días antes de llevarle nuevamente a la montaña. Es sólo un cuerpo lánquido que muchas manos sostienen para meterlo en un enorme hoyo en la tierra. Sólo dejan fuera su sanguinolienta y magullada cabeza. Lo escupen y lo golpean un rato, hasta que finalmente se marchan.
La noche es fresca y benevolente para nuestras heridas. La luna brilla redonda y enorme sobre el pico rocoso de la montaña como si en cualquier momento fuera a estrellarse contra él y romperse en pedazos. La idea hace reír al espíritu mayor. Se ríe a carcajadas durante minutos interminables, y el sonido de su risa arranca ecos fantasmagóricos a la montaña.
Luego lo invade la calma. Cierra los ojos cuando los pétalos de nieve empiezan a caer, haciéndo remolinos a nuestro alrededor.
Ni siquiera se le acelera el corazón cuando los lobos se acercan con las babeantes fauces abiertas a arrancarle la cabeza.

Texto agregado el 22-07-2013, y leído por 129 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
23-07-2013 Distinto y distinguible. Un escrito de esos que no son fáciles de encontrar. Lo leí y parecía que miraba un cuadro, no muchas veces me pasa eso. Te felicito fritanga
23-07-2013 Se toma poco respiro. Sí, es admirable. umbrio
23-07-2013 . Sabes darle rítmo a tus escenas. Vértigo puro. Se toma respiro umbrio
23-07-2013 Tus letras me impactan. Las imágenes se suceden unas a otras sin pausa como el agua de una catarata que se descuelga ruidosa, espumante y peligrosa sobre mi limitado cerebro que trata de no sofocarse ante el torrente rápido y oscuro de tu fantasía. Me haces sentir como un insecto que hace esfuerzos por apartarse del desnivel que provoca el salto de agua, y que apenas puede sacudir sus alitas para contemplar la belleza implícita en tus renglones. Admirable. ZEPOL
 
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