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Inicio / Cuenteros Locales / carlitro350pajaritos / Fotocapítulo 42: Venganza

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Salí del baño. Allá estaba ella, pero no estaba sola, conversaba con su primo, el de la moneda. No había puestos y me senté donde pude. Hubo conversaciones vacuas, olvidadas al instante, por eso a ratos ignoraba qué se conversaba. De pronto, la cosa no fluía, se acabó el Licor, los ánimos. Parecíamos esperar un chiste que ya no llegaría.

–Me iré a dormir –dijo un primo X.

El primo A bostezó, el B se levantó de la silla y el de la moneda miró para otro lado cuando lo miré. Luego ella me miró, y ahí quedé enganchado intentando descubrirla, pero su boca, su nariz, el color de sus mejillas, eran un conjunto que me desconcentraba para bien, hasta que la vi esbozar una sonrisa. El chiste era yo. Disfruté mi propio chiste. Me había vuelto evidente, mi rostro era un espejo sincero en el que ella podía verse deseada y muy bonita. Si yo estuviera en sus mañanas para verla como ahora, como estúpido, ella no necesitaría mirarse en otro espejo nunca más.

Mi pronóstico: todos a dormir, fin, hasta mañana. Mis neuronas yacían de guatita echadas en columpios, felices en cada vaivén, dejando colgar los brazos, arrastrando las patas en la tierra. Me sentía bien. No pensaba. Y no concebí con inteligencia que, si iban a dormirse y yo no, ella quizá se quedaría. ¡Puto alcohol y puto primo de la moneda! Pero sobretodo, el inepto era yo ¿Por qué tenías que curarte también hoy? Te has emborrachado tantas veces, por placer, por aburrimiento, vomitado para seguir, para apagarte ¿Qué costaba hacer las cosas bien? Pero había que cagarla y decir a voz alzada:

–¿Y si vamos a comprar? Pongo 2 lucas.

Me quedaban 100 pesos. Solución: hacer la vaca, recolectar el dinero y ser quién sacrificadamente va a comprar. Pero nunca contemplé reunir un monto así de miserable, tampoco que les antojaría acompañarme. A propósito, salí sin coger la chaqueta de la silla, recagandome de frió en la caminata hasta el negocio, para simular sorpresa. –Shuuuuu ¡Mi billetera… en mi chaqueta!

En cualquier caso, para mí, ninguna gota más. El viento fresco me mareó. Caminar hizo que las frutas del ponche, en mi estómago, colonizaran mi intestino, absorbiéndose en patota. Para separarme del grupo fingí anudar el cordón de mi zapatilla. Frente a mí, una larguísima vereda para recorrerla derechito, sin salirme; a los costados, el infierno. Caer al suelo sería inmolarse en la vergüenza, incluso siendo un sinvergüenza.

Avanzaba con cuidado, balanceando mi centro de equilibro. Ni el planeta tierra con su movimiento rotatorio dando frenazos repentinos, lanzándome con fuerza hacia la izquierda, consiguieron derribarme. Sin embargo, hacía trampa al afirmar la mano, el codo y el hombro, en la pandereta al costado izquierdo de mi vereda. Se acabó la pandereta. Ahora sin barandas. Un paso a la vez, muchos pasos en zigzag. Bailaba en la cubierta de un barco batido en la tormenta, demasiado concentrado en mis pies para advertir el espectáculo, y el público, allá adelante, en suspenso, deseando la caída.

Regresamos a la casa.Por fin. Bendito sofá, hecho a la medida de mis nalgas y el cansancio.

–Oye ¿Estás bien? –me preguntó ella, sentándose a mi lado.

–¡Fenomenal! –contesté del alma. Mi aspecto opinaba lo contrario: sin duda, una opinión superficial. Porque lo profundo, mi Timo, agradecía que estuviera cerca, para sujetar su rostro con ambas manos y dejarla quieta, para asestarle un beso, la llave que abriera su boca y la puerta para acceder a sus recintos. Le besé la ceja. No le achunté a la cerradura de sus labios y la puerta no se abrió, cerrándose, incluso, de brazos y de piernas, en mutismo. Hay que estar sano para encajar la llave en la cerradura al primer intento, y no lo estaba.

–Amiguito, despierte –decía alguien, mientras me sacudía el hombro. Era el primo de la moneda–. Arriba hay camas para dormir.

Dejé el sofá. Subí las escaleras, mareado, aun durmiendo. Me senté al bordé de la cama en completa oscuridad. Después de todo, era buen tipo. Por la deferencia, le di las gracias. Le dí la mano y me tomó el codo. Él Desabrochaba mi zapatilla. Le di el pie y me agarró las bolas. Reaccioné cuando el hijo de la gran puta estaba encuclillas masajeando mis testículos.

–¡Sale maricón culiao! –espeté, empujándolo hacía atrás, parándome con autoridad, aunque tuviera los bóxer y los jeans en los tobillos.

–Amiguito no haga ruido –dijo despacio, desde el suelo, con tono depravado.

Arranqué al pasillo sujetando los jeans y no veía nada, avanzaba palpando con la mano libre las paredes sin encontrar interruptores o pomos de puerta que se abrieran, la última puerta al final del pasillo también cerrada y apoyé la frente en la madera mientras con la palma golpeé varias veces pidiendo abrir la puerta, reclamando ayuda. Fue la inercia del espanto, la impresión. Razoné, entonces la calma vino.Abroché el botón. Tranquilo bajé las escaleras. Me tiré al sofá, a lo largo y con el culo hacía el respaldo. Razonaba. Mi reacción fue tonta. Denante fui pedrito gritando ¡El lobo! ¡Ayuda! ¡El lobo maricón me va comer! Debí molerlo a puños y patadas, reducirlo. ¿Y si él me reducía? Lucha cuerpo a cuerpo, apretones, abrazos de oso y llaves inmovilizadoras, y yo al suelo boca abajo con los jeans en los tobillos. Sentí asco con sólo imaginarlo.

Alguien baja la escalera. La luz de la cocina enciende e ilumina el corredor. Escucho ruido de cajones, de loza, de cuchillos y, luego, pasos cada vez más claros y cercanos. Me hago el dormido. Sé que está de pie, mirándome, dudando. Se fue. No me dijo nada, pero mi cabeza le escuchaba –amiguito no haga ruido –La repetición conservaba incluso la repugnancia audible. Me incorporé en el sofá y en la mesita había un sándwich servido y una gran cubeta. ¡El maricón conchadesumadre me compraba con un sándwich!

Me comí el orgullo y el sanwich, enojado. Me acomodé para dormir, sentía nauseas de ebriedad, por el recuerdo, por el sándwich. Lo vomitaría todo, le devolvería su cubeta llena, con su sándwich y los tragos que me dio. Lo arrancaría del sueño con un balde de frutas frescas lloviéndole en la cara. Mientras la náusea y los jugos gástricos preparaban la sustancia, dormí saboreando la venganza.

FIN

Texto agregado el 26-07-2013, y leído por 87 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
28-07-2013 Entretenido, sin mucha profundidad pero es precisamente lo que atrapa al final. Eres más bien un descriptor de emociones más que un narrador, y lo haces bien, con oficio. No quiero decir con esto que tus historias pasen a segundo plano, pero tu fuerte son esos diálogos internos que atiborras en tus textos. Saludos! dromedario81
27-07-2013 Gran cuento. Bien estructurado la historia muy creíble. un abrazo. umbrio
 
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