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Son alrededor de las once con treinta minutos de la mañana del viernes 2 de abril del 2004. Estoy acostado con los brazos en cruz, en una cama de la unidad de cuidados intensivos coronarios. Hay mucha gente en derredor mio, una enfermera ha pinchado la vena que corre de la tabaquera anatómica de mi muñeca hacia el dedo pulgar izquierdo, supongo que aquel pinchazo ha sido violento, sobre todo porque el adormecimiento y el dolor de algún nerviecillo que se cruzó en el camino, han perdurado hasta estos días. -¡Muestra para las enzimas!,- ha dicho y al mismo tiempo ha pasado los tubos conteniendo una espesa sangre de color rojo-oscuro. Estoy totalmente desnudo, cubierto solamente por una bata que alguien, -cuidando mi pudor-, ha tenido a bien cruzar sobre mi cintura. El brazo derecho canalizado y recibiendo soluciones y medicamentos trombolíticos que al ir corriendo por mis venas, parecieran tizones encendidos. El pecho y las piernas conectadas a monitores con cables, chupones o sanguijuelas. El ruido monótono y agudo del monitor sobre mi cabeza, justo a mi izquierda. La mirada inquisitiva del Jefe de la unidad, y de dos o tres médicos especialistas hace que yo mismo vea hacia la pantalla. Aquello parece carrusel de caballos desbocados, el sube y baja mas espantoso que pudiera asomarse a mi mirada. Esos gritos que se dicen con los ojos. Y la nebulosa tranquilidad que ha llenado mi espacio. – Por cualquier cosa- ténganlo listo. En referencia absoluta al choque eléctrico inminente del desfibrilador 200 joules de entrada. Y así lo pienso: aquello debe quemar lo suficiente.

Todo comienza entonces a pasar como una película ante mis ojos. Particularmente mis hijos y la lejanía ante sus juegos, mis hermanos y mis compromisos, mis amigos, ¿en dónde estoy?, ¿qué es lo que he hecho? Todo el camino andado. Sé del orgullo que represento en mi padre, sé también del inmenso amor en los ojos de mi madre. Ellos se han puesto en minutos a la tarea de conseguir un vuelo. Supongo la angustia en sus rostros. Sin más llegaran a mi lado 5 o 6 horas después de aquel mismo día. Los segundos van pasando lentos. Mi mente absolutamente lucida se cuestiona si está o no a mi lado, el Cristo al que día a día clamo. Milagrosamente el monitor entra en reposo, el reflejo eléctrico de mi corazón y su trabajo comienzan a dibujar trazos rítmicos, acordes, aun acelerados. Se ha preparado ya la sala de intervencionismo, el cateterismo cardiaco demostrara después, lo cerca que estuvimos de que aquello terminara en catástrofe. Las arterias y arteriolas colapsadas. Cual sacacorchos enroscados sobre si mismos. La cama empujada por cuatro o cinco camilleros, y médicos. Mi gesto adusto y serio. Evidentemente estoy en un pasmo, aparentando una inmensa tranquilidad ante los ojos ajenos. Y allí esta ella, mágicamente presente entre aquel barullo. La descubro, y sin que nadie mediara una palabra, dejan que se acerque hasta rozar mis manos. Se ve hermosa a pesar de su miedo. Los labios temblorosos y pálidos, los ojos húmedos, las pupilas inmensamente dilatadas. Todo estará bien, le digo. En el mejor afán de demostrarle que a pesar de todo, la sartén aun la tengo por el mango. – ¿Le puedo dar un beso?- pregunta ella a nuestro amigo cardiólogo. Los camilleros hicieron caso omiso, y siguieron empujando hasta perderme en la tenebrosa y fría sala. En mi mente su cara y su leve sonrisa sobreponiéndose a cualquier temor…

A nueve años de distancia la otra orilla se atisba ya en el horizonte, se asoma y día a día se acerca impetuosa, hasta ponerse literal, a tiro de piedra. Del cómo veo mi camino es algo que tengo con tanta certeza justo a partir de aquella mañana del 2 de abril; y que ahora mismo no solamente se vislumbra en mi mente, si no que comienzo ya a saborearlo. La medicina y en concreto la cirugía Ortopédica, la formación académica y el trato cotidiano con alumnos de posgrado, la asistencia a congresos, las conferencias, los artículos escritos, y particularmente la sonrisa agradecida de pacientes, en breve se quedaran para siempre prendidas en mi alma. Atrás quedaron ya, a partir de aquel evento, las guardias en urgencias, los viajes intempestivos apoyando cirugías de amigos y extraños en ciudades ajenas, las eternas semanas en las que se ligaban una tras otra, jornadas de sábados y domingos. Dejare colgada mi bata blanca, no la quemaré como había pensado en algún momento, simple y sencillamente estará allí, en el ropero de siempre para poder voltear a verla y revivir en la memoria el camino andado.

Abriré sin duda alguna la puerta de la escritura, no ya la eternamente novia, si no aquella que me obligue a buscarla y amarla como a la esposa, que me obligue a enamorarla y envilecerla como a la amante, que me obligue a acariciarla agradecido y que me lleve a emputecerla también agradecido.

Aquella mirada de angustia en el rostro de Laura, trocada con el paso de los años en encendidos colores en su paleta, aparecerá de vez en cuando en la memoria para señalarme que aun estoy vivo. – ¿le puedo dar un beso? Le digo a veces en broma. Te hubieras lanzado sin pedir permiso. Total ya estaba convenientemente conectado y sobre todo con el desfibrilador listo.
200 joules de entrada, suficiente energía para revertir un beso.

Oscar Martínez Molina

Texto agregado el 01-08-2013, y leído por 166 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
01-08-2013 Si, que buen trabajo. Tus textos merecen mi respeto. Un abrazo. Mildemonios
01-08-2013 Muy bueno. filiberto
 
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