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Capítulo 5: “La Puerta de Nuestro Hogar Se Ha Cerrado”.
Liselot abrió los ojos aquella mañana extrañada por el vaivén que sentía en todo su cuerpo. Llevaban dos semanas a bordo del Evertsen y aún no conseguía acostumbrarse al lugar en que estaba y mucho menos a la época en que vivía en aquellos momentos.
A pesar de eso, no era muy difícil acostumbrarse. Hasta aquel momento todo había sido muy similar a la vida en el siglo XXI. No se había topado con ningún otro navío ni habían avistado tierra.
Como si eso fuese poco, Niek Van der Decken se había apresurado a sacar el navío del Caribe, pues quería evitar a toda costa un nuevo contacto con piratas.
Eso no había sido del todo difícil. Sus órdenes solían ser certeras y funcionales en la práctica, además de que no se había despegado mayormente de la cabina de mando. Contaba a su servicio con el Contramaestre Sheefnek, quien era muy déspota y se hacía oír con la tripulación a punta de castigos y órdenes estridentes. Y, además, la tripulación estaba asustada y preferían mantener sus mentes ocupadas en algo útil, como volver a casa.
Salió de la cama con la ropa puesta. Por seguridad su padre había decretado que todo el mundo debía dormir vestido. Se fue a la ventana y abrió la cortina.
-Buen número el que montaste ayer-le soltó burlonamente una voz femenina que la sobresaltó.
-¡Naomie!-dijo Liselot.
Efectivamente, ahí estaba Naomie mirándola divertida con una ceja enarcada.
-¿Sabes lo que ellos opinan de ti?-preguntó irónicamente Naomie.
-Que estoy loca y es por tu culpa-le culpó Liselot mirando al suelo.
-Oh, no, eso es por tu actuar-le dijo Naomie.
-Si actúo así es por tu culpa, pero no puedo evitarlo, porque soy así-le dijo Liselot.
-Pero te estás ganando a la tripulación de este barco-le informó.
-¿Eh?-se sorprendió Liselot.
-Consideran que eres divertida y están comenzando a creer que no estás loca. Pero ten cuidado, hay alguien que trata de ponerlos en tu contra y de causar la ruina de todos con tal de conseguir poder-le previno Naomie.
Liselot se volteó hacia la ventana para observar el profundo azul del mar, tratando de concentrar su mente y descubrir quién era el villano de su telenovela.
Cuando se dio vuelta para comunicarle sus planes a Naomie, pero se percató de que ella ya se había ido, algo nada nuevo.
Entonces decidió salir de su habitación para poner en marcha su plan.
-Hay trabajo que hacer-se dijo a sí misma.
Entonces cerró la puerta de su camarote. A pesar de ser una polizona era la hija del Almirante que comandaba la nave y no la podían dejar durmiendo en las bodegas ni lanzarla al mar para luego dejarla en esa época.
No tardó mucho en llegar al comedor del navío, el cual ya se encontraba casi vacío, pues todos habían desayunado ya. En las dos largas mesas metálicas, con suerte había cinco rezagados conversando entre sí, acerca de la extraña situación en que se encontraban y, por qué no, de la poca cordura de la hija del Almirante.
La chica se sentó en la mesa contraria a la cual estaban conversando los cinco remolones, luego de ir a buscar una taza de café y un pan.
-¿Quién? ¿La loca?-se escuchó decir entre carcajadas a una de las mujeres de la tripulación.
Liselot prestó atención y aguzó el oído graciosamente en dirección al lugar del cual provenían los comentarios.
-Sheefnek dice que esa chica perdió la razón hace mucho-acotó la misma mujer que había hablado segundos atrás.
“A lapp tapp tapp, kariri kariri dinn nande den nando”, comenzó a tararear Liss, en voz baja, la letra de la conocida canción Ievan Polka.
-El numerito de ayer es una prueba de su locura-dijo esta vez un hombre.
Todos sus interlocutores comenzaron a reír, algunos mirando adrede a Liselot, quien estaba al otro extremo, otros sin recalar en su presencia.
-¿La vieron bailar? Fue ridículo, juro que me dio vergüenza ajena-dijo el hombre en medio de carcajadas mal contenidas.
“¡Hey!, Nin nande den nando wara ribi diri biri den nando”, siguió cantando Liss en voz baja, tratando de que no hicieran mella en su ánimo aquellos comentarios. De hecho, se notaba que no estaban haciendo ni el más mínimo efecto en ella, pues su sonrisa destellaba y sus ojos tenían una mirada alegre, al son de su pié que bailoteaba al ritmo de la música bajo la mesa.
-No sé en qué estaba pensando cuando se coló aquí-dijo la mujer.
-¡Hey!-gritó Liss, llamando todas las miradas sobre su cuerpo-. Din nande den nando wara ribi diri biri den nando-continuó cantando, pero esta vez en voz alta y, tras lanzar lejos la silla y la mesa, se puso a bailar muy exageradamente la coreografía de la canción.
Atrevida e ingenua como sólo ella sabía serlo, se acerco bailando la coreografía hasta la mesa en la que estaban sentados, comiendo y mirándola, los rezagados.
Aprovechando un momento en el cual se alejó hacia el pasillo, comenzaron a hacer comentarios más burlescos acerca de la díscola joven.
-Y así dudas que está loca y merece que la encierren en su camarote…-dijo la mujer a un muchacho que había comido en silencio todo ese tiempo y que estaba al margen de los comentarios.
Por única respuesta obtuvo la absorta y embelesada mirada que el grumete dirigía a la muchacha, acompañada de una sonrisa impresa en los labios balbuceantes que trataban de seguir la letra de la canción. Miró hacia debajo de la mesa, donde vio que el pié del chico se movía de aquí para allá, al son de la música.
-Despierta, cabeza hueca-le llamó al mundo real la mujer.
El chico la miró como quien observa a alguien que le ha despertado del sueño más maravilloso de su vida.
-Mirabas a esa loca con ojos de huevo frito, ¿te comió el ceso acaso?-inquirió ella, evidenciando notablemente sus celos.
-La verdad es que esa chica es más genial de lo que creí… ¡Qué personalidad!-dijo el chico sinceramente.
No había acabado de decir eso cuando saltó de su asiento y, tratando de seguir la coreografía se acercó bailando y cantando a Liselot. La chica le sonrió pícaramente y lo llevó bailando hasta donde los cocineros entregaban las bandejas de comida.
Los cocineros, más livianos de prejuicios y más osados e indisciplinados que los marineros que viajaban en la fragata no necesitaron oír la canción dos veces. Armados de su batería de sartenes, ollas, cubiertos y platos comenzaron a percutir el tema, lo cual hizo que sonara aún peor.
Los encargados de la limpieza, en un arrebato de locura, se largaron a reír y, haciendo como que las escobas eran sus parejas de baile en un refinado vals, comenzaron a dar vueltas por el comedor cantando Ievan Polka.
Todos reían y aullaban como locos de contentos, relajados y tranquilos, distrayéndose de la realidad, de la cruel realidad que les perseguía. A excepción de un par de amargados que permanecían sentados y en gutural silencio, arguyendo ser más maduros que sus pares.
Todo fluía bien hasta que…
-¡¿Qué está pasando aquí?!-tronó la voz de Sheefnek desde las afueras del salón comedor-. ¡Todos inmediatamente a sus labores! ¿Creen que están en este barco para holgazanear? No ahora, no cuando tenemos a piratas cerca de nosotros y tenemos que volver a nuestra época. ¡A trabajar, flojos! Liselot Van der Decken, quedas encerrada en tu camarote hasta que lleguemos a nuestra época y a Holanda. Los que permanecieron sentados, por desleales, irán a pulir el armamento y los radares. Quienes participaron en este desastre, durante toda la travesía quedaran con la tarea extra de limpiar todos los camarotes y baños del barco. Y todos, con sus raciones reducidas a la mitad.
Todos se quedaron mirando los unos a los otros, pasmados y enojados.
-¡Ya escucharon, a trabajar!-tronó.
Tras eso, cogió a Liss del brazo izquierdo y la jaló fuertemente hacia el pasillo. La insultó y regañó cuanto quiso durante el trayecto, pero eso sólo avivó la fiereza con la que Liss trató de ayudar a esa gente, todos necesitaban distraerse en esos momentos, en especial con un jefe como Sheefnek.
Abrió la puerta del camarote y la arrojó dentro sin ceremonias. Liselot chocó su cadera contra la cama y cayó torpemente al suelo. El golpe dolía y un par de lágrimas brotaron de sus ojos.
-Disfruta tu estancia, loca, alborotadora-concluyó de insultarla y cerró la puerta finalmente.


Cinco horas después…
El sol se escondía por entre los tejados de la ciudad portuaria de Ámsterdam del siglo XVIII. Las mujeres se tapaban con sus abanicos para no doblegarse ante el brillo del astro rey que se ocultaba tras los tejados café instalados por sobre las bellas y elegantes construcciones de fachada blanca.
Los carruajes rompían el brillo del astro luminoso sobre los adoquines de las calles y el guardia del puerto con sus negras y lustrosas botas hacía sonar las podridas tablas del muelle.
Las risas y las músicas eran la melodía a cuyo ritmo se movía el jolgorio de la capital holandesa.
Pese a principiar ya la noche, el capitán y su escolta revisaban los bergantines mercantes y hacían rodar muelle abajo, hacia las intrincadas calles, toneles y toneles, cajones y más cajones, llenos de mercancías.
El dinero fluía con rapidez.
Los corsarios bajaban de sus bellos veleros, tras sabotear la Armada Española, la Inglesa, la Francesa y la Portuguesa, en medio de risas estridentes y lacerantes maldiciones con rumbo a las tabernas portuarias. Esperando la compañía de las mujerzuelas y el ron, queriendo narrar la leyenda del Holandés Errante, historia que ni sospechaban dejaría de ser igual.
Con el rostro amurrado y los ojos ad portas de liberar lágrimas, se abría paso por el muelle un hombre de edad madura. Caminaba a paso rápido, parecía llevar malas noticias a donde quisiera que fuese.
Se ganaba todas las miradas con su caminar seguro y su vestimenta moderna, casi del futuro.
Niek Van der Decken llegó al entablado del muelle y con los ojos llorosos miró al astro rey que se escondía en el horizonte. La culpa y la desesperación se leían en su rostro desencajado.
Respiró profundo y, sin levantar ninguna sospecha por parte del jefe de la guardia ciudadana, nadó por entre los veleros y subió hacia su navío ayudado por uno de sus grumetes.
-¿Por qué trae esa cara, mi Almirante?-preguntó el cínico Sheefnek fingiendo cándida sorpresa.
-La puerta de Holanda, su hogar, se ha cerrado. No queda fe ni esperanza en estas tierras para nosotros-confesó a la tripulación agolpada en cubierta A.
Una sombra se escabulló del tumulto sin ser vista, con fiera decisión, en dirección a la escalerilla que conducía a los interiores de la nave.
-¡Liss! ¡Ábreme la puerta! ¡Liss!-gritó Lowie, con un urgimiento extraño en él.
-Estoy atrapada aquí, el contramaestre me encerró aquí-gritó la llorosa voz de Liss desde el otro lado de la puerta.
-Maldito bastardo, condenado hijo de puta-masculló Lowie más para sí que para Liss-. Espera, Liss, te sacaré.
Liselot, alarmada, comenzó a llorar desesperada desde el otro lado de la puerta. Lowie así lo percibió y se aprestó a calmarla.
-Tranquila, Liss, ya casi te saco. No pasa nada, te necesitamos-susurró Lowie, mientras se maldecía internamente por no guardar en un lugar seguro sus herramientas.
Finalmente, tras encontrar su ganzúa en uno de los cien mil bolsillos de sus pantalones, malogró la chapa hasta conseguir que la puerta se abriese sola.
Liselot sonreía radiante, tal como su amigo había previsto que sus palabras surtirían efecto. Aún así, en su mirada había un dejo de miedo que alertó al instinto del muchacho.
-Escucha, Liss. Tu padre viene con malas noticias desde el Palacio. Espera, no te alarmes-dijo al ver que el rostro de la chica se ensombrecía-. Te explicaré en el camino a qué me refiero. Ahora necesitamos tu buen ánimo, tu fe. Por favor, Liselot, no caigas ahora. Tú conoces ésta época mejor que ninguno de nosotros, no hay un mejor plan que el que salga de tu cerebro, pero necesitamos que mantengas la calma de todos-le explicó el chico tras abrazarla.
La chica no necesitó que le repitiesen la situación ni una ni mil veces, sonrió, esta vez segura de sí misma y miró a su amigo a los ojos.
-¿Sabes dónde están?-le preguntó.
-Para que lo supieses, los buscaría hasta el fin del mundo-le contestó.
La chica no necesitó saber más y, prestamente, se colgó del brazo de su mejor amigo, dejando que éste la guiase hacia el rumbo que quisiera darle.
Cuando llegaron a la cubierta, un montón de gente estaba agolpada alrededor del puente de mando, cuchicheando entre sí completamente asombrados y alarmados desde el dedo chico del pié hasta el último de sus cabellos.
A Liselot, la imagen de su consternado padre dando un discurso a su gente acerca de cómo el gobernante de la Holanda de la época le había cerrado todo refugio, todo alimento, toda ayuda a su navío errante hasta que consiguiese volver a su época, la fue a recibir de boca.
Antes de que la estupefacción hiciese mella en su amiga, Lodewijk la empujó rápidamente a través del tumulto y se hizo paso en medio de la aglomeración.
Cuando llegó hasta el puente de mando con la chica, el padre de ésta y el mismo Contramaestre Sheefnek se quedaron mirándola asombrados, siendo éste último el primero en reaccionar.
-¿Tú, mocosa? ¿Cómo conseguiste huir?-le preguntó Sheefnek, olvidando un pequeño detalle.
-¿Huir?-preguntó el padre de Liselot anonadado.
Los ojos de la muchacha se pusieron acuosos de inmediato y, antes de que ella estallase en llanto y todo el plan se fuese al fondo del mar, Lowie se adelantó un tanto.
-El Contramaestre Sheefnek la encerró en su camarote esta mañana-sentenció el joven.
-Y supongo que tú la ayudaste a escapar-dijo Sheefnek firmando su sentencia de muerte.
-Cielo Santo, ¿cómo fue usted capaz de hacerle eso a mi hija?-preguntó Niek levemente enfurecido, mirando con ternura a su retoña.
-La muchacha es una alborotadora, mi Almirante…-dijo el contramaestre dejando la frase inconclusa.
-Alborotadora o no, merece respeto. No es nuestra prisionera de guerra como para dejarla cautiva en su camarote-dijo Lowie, defendiendo a su amiga.
-Un “mi Contramaestre” hubiese sonado mejor en esa frase, señor-dijo Sheefnek socarronamente-. Y a los alborotadores-continuó clavando incómodamente su mirada en Liss-, se les aparta del grupo. No olvidéis que por esta muchacha, muchos han tenido que pagar un castigo por el desorden de hoy en el desayuno-siguió alzando su voz hacia los oyentes.
-Apoyo la moción levantada por vuestro hijo, mi contramaestre-opinó Niek.
-Sin embargo, la muchacha está loca, no es de ninguna utilidad para la tripulación. Solo es capaz de causarnos problemas-dijo, clavando su filosa mirada en su propio hijo, quien ardía de ira y deseos de defender a la muchacha que tenía al lado.
Un murmullo comenzó a esparcirse por entre la tripulación agolpada en cubierta. Primero despacio, luego más fuerte, hasta transformarse en una conversación a gritos. Todos planteaban su acuerdo a Sheefnek, quien les había comprobado la locura y la torpeza de Liselot Van der Decken miles de veces en la travesía. Además, por su culpa, muchos estaban pagando un injusto castigo.
-Al menos Sheefnek no ha perdido la razón. Ahora ni el Almirante tiene un rasgo de autoridad. ¡Míralo! Está acabado. Además, su amor y culpa hacia la loca de su hija lo corroe-acotó la mujer del desayuno al grumete.
-Eso, se llama amor paternal-acotó el chico enternecido.
-¿Amor paternal?-preguntó la mujer con sorna-. Sheefnek es la autoridad ahora, a menos que quieras que la loca guíe el rumbo de este barco.
-Esa chica no está loca, que sea alocada es algo muy distinto y Sheefnek, él no es más que un aprovechador que está sacando lo mejor de esta penosa situación-comentó el grumete.
-¿No está loca? Por favor, entonces, ¿a qué se debe el numerito de hoy en el desayuno? Recuerda que por eso debes limpiar mi camarote y comer la mitad-le dijo ella agriamente.
-Pero no puedo negar que gracias a eso me distraje y me divertí como desde antes de pisar este barco. Si necesitamos actuar con lucidez, primero necesitamos tener la mente libre de presión. Y, el culpable es el amargado de Sheefnek, nadie más-dijo el chico, obteniendo un bufido de la dama por única respuesta.
En el puente de mando, nuestros cuatro protagonistas se miraban los unos a los otros como esperando a quien lanzaría la estocada primero.
-Muy bien, muy bien-dijo Sheefnek, ganándose el silencio de todos.
-¡Escuchen!-se alzó la voz de Liselot-. Gracias-sonrió dulcemente-. Sé que están cansados y que esta noticia les ha caído peor que un… un barco sobre la espalda, pero no pierdan las esperanzas. Primero que nada, ésta época tiene sus reglas propias y yo las conozco, puedo compartirlas con quien quiera aprenderlas: no puedes difamar la fe, ni parecer una leyenda viviente, sólo atraerás miedo a tu alrededor y nadie te ayudará, creerán que eres el demonio. Si queremos apoyo, debemos parecer como ellos. Un lugar que de seguro nos ayudará es Inglaterra, son los más racionales y abiertos de mente de esta época, ellos están en contra de la piratería, pero tienen como un millón de corsarios en el Caribe, te alías a ellos y tienes escolta gratis, son curiosos y seremos la monada para ellos. Debemos navegar a Inglaterra. Sean optimistas, por favor. ¡Hagamos algo! Todos los días, de cinco a siete de la tarde, veré en el comedor a todos aquellos que quieran conocer esta cultura. Además, no podemos estar tan tensos, chicos-sonrió-, taller de baile coreano después de almuerzo hasta las cuatro en la cubierta B. Tras mis avisos, Contramaestre Sheefnek la tripulación es suya-retrocedió unos pasos.
Sheefnek se acercó furioso.
-¡Muchacha insolente! ¿Cómo te atreves? La tripulación será siempre mía-rugió ante la sorpresa y susto de Liss.
-Sheefnek, compórtese-ordenó Niek-. Reunión de jefes de secciones en el puente de mando. Dispersaos, marineros.
Mientras todos se dispersaban, el grumete se acercó a su acompañante y le dijo:
-Sheefnek ha perdido la razón-.

Nota de Autora: No me asesinen!!!!! No era mi intensión tardar tanto en publicar!!!!!!!

Texto agregado el 11-08-2013, y leído por 115 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
18-08-2013 Bien!!!, me a parecido facil de leer y entender, me gusta el personaje Naomie XD morgund
 
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