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Inicio / Cuenteros Locales / carlitro350pajaritos / fotocapítulo 44: flatulencia emocional.

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Era de madrugada. Me fui a dormir a la carpa, ella había ido minutos antes. La encontré hecha un bulto dentro de su saco de dormir, grueso y apto para resistir el Himalaya. Sólo veía el gigante capullo, por eso cuando me acerqué para hablarle en tono bajito, no sabía si interactuaría con su rostro o con sus pies. Creyendo adivinar su orientación, me recosté al lado. Sentí el hielo pese a enfundarme con mi capa de cebolla y anhelé un poco de calor humano.

Iniciaría con la caricia de rigor ¿Un juego de piernas? Restringidos por nuestras respectivas vainas éramos inútiles como 2 peces en la arena, y lanzar una pierna, era arrojar mi aleta sobre la suya. Un preludio carente de toda sutileza. Resolví ser directo.

–Oye, quiero besos –Aquel fue mi jab, mi interacción con el saco.

–Pero eso no se pide –dijo el saco, desde su interior.

Empleó un tono tan pesado, que el saco ahora era de boxeo y osciló de vuelta impactándome con fuerza en plena ñata. Me lanzó contra las cuerdas.

El silencio apenas era perturbado por las olas de la playa. Cualquier cosa habría servido para comenzar de nuevo, pero nos quedamos quietos, sin palabras. Quizá debí sumergirme en la oscuridad, guiarme por instinto, imitar la vocación de un espermatozoide alcanzando el ovulo, sin que vainas o un saco Himalaya 3000 herméticamente cerrado se interponga. Yo era un ser pensante, algo más que un espermio de cola larga. Pero por lo mismo ponderaba, discernía la presencia o ausencia de señales. No quería hacer el papelón de ebrio bruto. Una charla en cucharita bastaría.

También era posible, bien posible, que mis palabras fueran el zumbido de un mosquito interrumpiendo sus intenciones de dormir. Y pensé “pero que tipa más fría me ha tocado”. Y seguro ella pensó “pero que tipo más ebrio me ha tocado”

De milagro descubrí la orientación de su cabeza. Pero no fue un milagro, había asomado la nariz allá en el otro extremo. Invertí mi posición. ¡Hurra! Una ventana, una cercanía mínima, un puente levadizo aparecía entre nosotros. Me acerqué dispuesto, pero el puente se derrumbó antes de cruzarlo. “Estay pasado a copete” fue la demoledora frase. Como si yo no lo supiera, como si ella no hubiera estado conmigo en la fogata. OK, los tragos para mí, agua; para ella, salmuera. Pero eso, ella lo sabía. Yo también.

Retrocedí como un resorte. Quedé boca arriba, frustrado y pensando. Entonces sin querer dije el nombre del chiste, el título de la obra, porque con este tercer acto era evidente adivinar. Rompí el silencio a lo Shakespeare y hasta con pausa intermedia, “Sin amor… no hay nada”. Me avergoncé al instante ¡Que porquería de frase! Shakespere correría a beberse una garrafa de cicuta.

Me interpeló enseguida. ¿Qué había querido decir? Ni yo sabía. Entonces razoné en voz alta, trazaba ideas y motivos, para entender la causa de aquella flatulencia emocional. Comencé un monólogo latoso, sin filtro y automático. Si quería dormirse, la dormiría.

De lo que dije, recuerdo fragmentos, piezas de un puzle que con suerte encajarían. Obtendría un cuadro, un Picasso de lo que significaba decir eso.
La primera pieza trataba sobre un día, sobre una fiesta, semanas atrás.

Texto agregado el 12-09-2013, y leído por 85 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
23-09-2013 Dominas tu estilo, los símiles son acertados una vez más, la anécdota otra vez es mínima pero cada línea es como un látigo, Saludos! dromedario81
13-09-2013 Muy bueno Carlos. Se puede vivir la narración. biyu
12-09-2013 Muy bien escrito. Eso de los sacos...hay tela por donde cortar. Saludos. elpinero
 
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