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I, as a man, do not exist. Alone, I am nothing but a failed breeze. It is everyone else's thoughts that make me who I am perceived as. It is their perceptions reflected into my perceptions that make up my mind. I exist in this world only because this world acknowledges me.

In belief we find persistence. In thought we find creation. In love... In love we find reason, demeanor, and purpose.




La luz de la luna es blanca. Sin embargo, al caer sobre los tejados, las paredes, los callejones, las calles empedradas, las murallas, las torres y los lejanos montes del horizonte tal luz se refleja azul. El azul descansa sobre el mundo cual manto callado de color, coloreado de sonido. Azul camina un hombre. Alto, paso lento, mirada baja. La capa marronazul larga le cubre casi todo el cuerpo flotando a apenas unos centímetros de las piedras azules del empedrado de la calle vacía. El camina con lentitud y silencio. Las casas a su alrededor, que a su vez están rodeadas de mas casa que a su vez están rodeadas del azul lunar que a su vez esta rodeado del negro de la noche, se mantienen silentes y tibias, con pequeñas familias mercantes durmiendo en su interior, guardándose, escondiéndose de los azules peligros de la noche profunda. La ciudad entera duerme, arrullada en el azul nocturno, pero nuestro hombre, cuyo azul no responde a ninguna hora necesaria del ciclo lumínico, camina, despierto.

Toda persona que camina, azul o sin azul, eventualmente llega a un destino. El destino de este hombre en particular, en esta noche en particular, es un edificio. Es un edificio imponente, de altas torres y gruesos muros, decorado con todos los detalles que los hombres de fe le pueden dar a aquel lugar donde, piensan, su dios reside o es adorado. Catedral seria el nombre mas apropiado. Las puertas son grandes, magnificentes y pesadas, diseñadas para que solo una mano divina pueda moverlas sobre sus gigantescos y oxidados goznes. Para efectos y necesidades de entidades más terrenales en la base de la batiente derecha hay una pequeña poterna, excavada en la muralla de la puerta misma. Nuestro hombre, que a efectos literarios es un hombre y no un dios, pasa directamente a la poterna. Levanta una mano, ahora envuelta en negro a causa de la sombra tremenda de la iglesia, y se oye un chasquido leve. La poterna gira sobre unos goznes aceitados pero viejos y se abre lentamente.


El hombre entra y rápidamente decapita el rayo de luz azul que intentaba colarse desde la ciudad hacia el interior de la nave de piedra y madera. Ahora sus pies pisan la oscuridad infinita. Más allá de aquel vacío de oscuridad negra, se extiende una batalla. Es una batalla eterna, tan eterna como lo puede ser una noche. Dos ejércitos, uno de estandarte negro y otro azul, disputan las amplias planicies de barrido baldosín. La batalla ya lleva su tiempo y las huestes están dispersas y confusas. Aquí, una columna negra ataca fieramente una columna azul, solo para ser repelida con fuerza. Mientras, en la retaguardia de aquella columna azul, otra columna negra se prepara a despedazar sus filas azules y nocturnas, solo para ser atacada de la misma manera por la columna azul inmediatamente anterior. Tal es la batalla que libra la oscuridad inmortal de los pilares y las vigas contra los haces de luz azul nocturna de los ventanales y los tragaluces de la catedral. Nuestro hombre, señor de la luz y la oscuridad, pasa por entre los ejércitos sin prestar atención a la ancestral contienda y se adelanta hacia el altar, al otro lado de la larga y oblonga estancia. No es el único altar en toda la habitación, puesto que aquella catedral tiene varias deidades a las cuales alimentar, pero si es el más grande y decorado. Una vez en frente, se inclina y enciende una vela. La luz trémula y amarillenta apenas si alcanza a rozarlo.


Después de esperar un momento, decide encender otra. Y a esta la arranca de su pequeño lugar junto a sus hermanas durmientes y la levanta en su mano, con el resplandor amarillento y trémulo mucho más cercano a su cuerpo. Luego camina hasta el centro de la nave y coloca la vela en el suelo, en punto justo donde se unen el azul y el negro. La vela ahora proyecta su propia fuerza, sus soldados de estandarte amarillo que desesperados forman un circulo para defender la fortaleza de cera de las embestidas azules y negras. Entonces nuestro hombre, de un azul incorruptible, espera. Aguarda. Sentado sobre la columna azul que ataca la luz amarilla de la vela, existe esperando. Entonces, el otro hombre entra. Viene de más adentro, de las entrañas húmedas del antiguo monstruo de piedra y madera. Cierra la puerta de servicio por la cual entró y luego camina, pasos rápidos, hacia el altar central. Observa la vela con su cara negra de oscuridad y luego mira a nuestro hombre, azul, y a su vela-fortaleza sentados en la mitad de la habitación. Baja la mirada un momento y luego se encamina directamente hacia él. Las ropas que lleva son negras, color clerical, y junto a su cintura se tambalea un estoque de plata, con empuñadura de cuero ennegrecido y vaina de caoba lacada. Sus manos son blancas, igual que su cara, pero la oscuridad les arrebata la blancura. Se detiene a un par de pasos de el hombre azul, justo en mitad de la hueste negra proyectada por el pilar largo y robusto que sostiene el tejado por sobre ellos. El hombre azul, nuestro hombre, se levanta a su vez. Es mas alto que el negro y su mirada se dirige hacia los negros agujeros que tiene por ojos. Musita una oración. El negro completa. Su casa, sus reglas. Ambos hacen una reverencia. Acero y plata se desenvainan.


Luego viene la danza. Azul contra negro. Negro contra azul. Azul sobre negro. Negro sobre azur, en un campo de gris. Destellos de plata contra fuerza de gris, viejo. Las fuerzas de la luz amarilla retroceden y cargan mientras los dioses de la luz azul y negra se debaten sobre ellos. La danza es sutil. Las hojas apenas si se rozan. Los cuerpos, un pequeño y robusto y otro alto y delgado, se mueven y esquivan, ora en círculos, ora intercambiando pilares y haces de luz. Los pies espantan el polvo de los baldosines y, súbitamente, resbalan. El azul queda fuera de postura, sin equilibrio. El negro aprovecha y carga, estoque en ristre, herida de arma punzante en el pectoral izquierdo. La sangre del azul se derrama, azul. Riega el suelo y humedece los baldosines. El azul levanta la cabeza y mira al negro, sin emoción ni apariencia. El negro aprieta y retuerce, la plata se hunde, orificio de salida a través del omoplato izquierdo. Entonces el negro levanta la mano de la espada gris y, primer tajo, rebana brazo del estoque. El negro muerde con fuerza y se tambalea hacia atrás, brazo cortado desde la altura del codo. El brazo restante, rigor mortis, se aferra a la empuñadura encuerada. Azul, paso al frente, tajo segundo, horizontal, rebana cabeza. Cabeza cae, todavía unida por pequeños filamentos. Cuerpo negro choca con suelo, fuerza del impacto rompe toda conexión cuello-torso. Cabeza rebota y rueda, dientes apretados; rigor mortis.


La poterna se abre y un hombre azul sale al azul de la luz blanca de la noche. Su pecho azul sangra azul y en la mano azul lleva un estoque de plata en vaina negra. La poterna se cierra, adentro de la catedral brilla el vinotinto sobre los baldosines negros. Hubiera sido carmesí azulado, si no hubiera vivido toda su vida de sangre derramada en la oscuridad. Nuestro hombre azul camina, alto, paso largo, mirada baja. Voltea una esquina y sigue, dejando tras de si un rastro de sangre azul azulada. Sus ojos brillan blancos y su boca no existe. La luz de la luna es blanca. Sin embargo, al caer sobre los tejados, las paredes, los callejones, las calles empedradas, las murallas, las torres y los lejanos montes del horizonte tal luz se refleja azul. El azul descansa sobre el mundo cual manto callado de color, coloreado de sonido. Azul camina un hombre. Y rodeados de azul brillan blancos sus ojos, en la negra, negra oscuridad.

Texto agregado el 14-09-2013, y leído por 50 visitantes. (0 votos)


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