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Capítulo 8: “La Muerte de Niek Van der Decken”.
Nota de Autora: Ahoi, chicos, hoy ando melancólica: llovió, y la lluvia me pone siempre de buenas. Aún así, decidí terminar con esto de una maldita vez y mandar todo el caminito a Mordor al relleno de trama e ir al grano (sí, soy Tolkiana, créanlo o no). Así que, pongan Lilium, de la genialísima soprano nipona Kumiko Noma, especialmente la versión en piano, saquen un pañuelo y prepárense para llorar, porque el capítulo se nos viene triste e irreversible.

En el cielo no se veía arrebol alguno, las nubes negras se arremolinaban las unas con las otras como una mezcla huracanada en el cielo oscuro. El sol desaparecía por el lado oeste disimuladamente, sin ningún alarde y a cada palmo que descendía hacia el mar, producía un palmo más de oscuridad.
Niek abrazó con aire ausente a su hija Liselot. Pensaba en dónde estarían Ivanna, Sophie y su mujer. ¿Los estarían buscando? Constantemente intentaba despertarse para darse cuenta de que todo era una horrible pesadilla y nada más, pero era imposible, todo era tan real como que los errores se pagan y muy caro.
Lo peor de todo era la ausencia de una vía para poder regresar a Ámsterdam del siglo XXI y el hecho de no haber encontrado un refugio seguro le preocupaba sobremanera.
Holanda les había cerrado las puertas por mera superstición; Inglaterra, porque consideraba deshonroso recibir un navío en el que viaja una madre soltera; Francia, porque la situación superaba su intelectualidad y porque no recibirían ninguna ganancia de dejarles entrar en el país, incluso con el armamento del Evertsen, Francia podía pasar a ser un reino en ruinas; España, porque el hecho de cerrarle las puertas a alguien proveniente de una de sus potencias enemigas los hacía sentirse los seres más felices de la Tierra; Portugal estaba tan mal económicamente hablando que mejor ni hacer el intento de tratar con ellos.
Definitivamente, la descripción de Holandés Errante le sentaba como guante.
-Ve al comedor a cenar, hija. Yo te alcanzo luego-ordenó Niek, encaminándose al puente de mando.
Liss suspiró inaudiblemente.
-Sí, papá-contestó y bajó.

FLASHBACK.

-La hora se acerca, Liselot Van der Decken-dijo una profunda voz femenina. A Liss le pareció que provenía desde tierra firme, en la lejanía.
Liss murmuró por lo bajo y se dio vuelta en la cama, presa de un profundo sueño que parecía disiparse.
Era tarde, de noche, podía percibirlo en el aire. No tenía ganas de despertar. Se sentía confundida. Su padre había perdido la última oportunidad que tenía de conseguir un buen refugio en el siglo XVIII. El ánimo en el barco estaba fatal.
-Sigue haciéndote la dormida, pero sabes que esto va para ti-la regañó aquella voz.
Liss parpadeó, sintiendo que sus ojos pesaban tres toneladas por lado. Se sentó semiinconsciente en la cama y miró a su interlocutora. La luz de la luna daba directamente en el perfecto y exótico rostro de Naomie.
-¿Qué haces aquí?-le preguntó.
-La hora se acerca, Liselot-dijo Naomie-.
-¿Ah?-preguntó Liss.
-Sé que todo parece negro, pero hasta en el más oscuro cielo ilumina una estrella-dijo Naomie-. Aquí tú eres su estrella, eres su única esperanza.
Dicho eso, Naomie se desvaneció en el aire, dejando a una medio adormecida Liselot más confundida que antes.
Sólo una frase se repetía en la mente de la señorita Van der Decken: “Eres su única esperanza”, y se desvanecía para regresar con más fuerza, como el eco en medio de una antigua y solitaria caverna, que así se sentía: sola en el vasto mar.
Y era verdad… ella era su única esperanza… ella era la única verdaderamente pirata y una pirata se entiende con piratas, con peligros, con los secretos del mar… con los miedos de su gente.

FIN DEL FLASHBACK.

Liss se sentó a la mesa. Ahora la gente no la miraba como una chica loca. Las palabras de Naomie por una vez habían sido ciertas: ella era la única esperanza de esa gente y la tripulación la respetaba como el único faro que les restaba en ese camino gris y tránsfugo.
Los comensales le hicieron una respetuosa genuflexión al verla llegar y siguieron comiendo.
-Cuéntanos un chiste-pidió una chica en un rincón de la mesa.
-No, baila algo, mejor-pidió un joven al lado de la chica que recién había hablado y que no dudó en darle un buen palmetazo en la nuca.
-¿Hacia dónde vamos?-preguntó un chico y todos lo miraron como un dios de la cordura.
-¿Qué vamos a hacer si no encontramos un refugio pronto?-preguntó alguien por allá.
-¿Son muy peligrosos los piratas?-inquirió una chica algo temerosa.
-¡Cuentos de vieja!-le gritó alguien del otro rincón.
Liss sonrió nerviosamente… ¡Vaya fama que tenía!
-¡Barco a la vista!-gritó alguien en la cubierta superior.
Sonó la alarma. Todos se miraron confusos los unos a los otros. ¿Qué rayos podía sucederle a un barco tan poderoso como el Evertsen? Liss se puso en pié lamentándose por tener que dejar la cena servida. Corrió hasta la puerta del comedor y subió las escaleras, tomando una ametralladora en el proceso.
-¡Liss! ¡Liss!-gritó Lowie, siguiéndola y cogiendo un arma para sí.
Llegaron a la cubierta y grande fue la sorpresa de ambos y todos aquellos que habían subido: Frente a frente, atacándoles, estaba L’Olonais, bajo el mando del intrépido, demoníaco y terriblemente temible Jean David Nau.
Y no sólo eso. Ahora en el casco del navío se contaban múltiples averías. ¿Cómo había podido dañarles? Nadie lo sabía. Sólo sabían que la batalla se presentaba más cercana de lo que ellos hubiesen pensado o imaginado jamás en sus vidas desde el día que nacieron.
¿Qué demonios conseguía Nau atacando a un barco más poderoso que el suyo? ¿Qué conseguía atacando específicamente al Evertsen? Nadie tenía ni la más remota idea, lo único que sabían era que de un ser tan avaro y violento como Nau no iba a estar conforme hasta ser la única estrella en el firmamento, pese a que jamás pudiese brillar al ser más negra que el propio cielo nocturno.
¿Quién le había indicado atacar al Evertsen? ¿Quién le había dicho dónde estaba el Evertsen? No tenían idea, ahí estaba el dilema, uno de ellos mismos era el traidor que se había ido de lengua con el capitán del L’Olonais. Pero… ¿cuándo y con qué propósito? Todo era un mar de incógnitas.
El cielo nocturno estaba completamente cerrado. Ninguna estrella les servía de faro, sino sus propias confianzas y virtudes. Liselot Van der Decken se arrimó a la barandilla sin saber que los presentimientos de su padre estaban a punto de ser ciertos cual profecía que se cumple fielmente ante lo dicho por el profeta, ni siquiera alcanzaba a figurarse la magnitud de éstos, ni lo que acarrearían en su propia vida ni en la de los cientos de tripulantes de ese navío holandés.
Niek salió del puente de mando.
-¡Quédate tú allí!-gritó escalerilla abajo saliendo alarmadísimo a la confusa cubierta principal.
Caminó un tanto y miró pasmado al horizonte marino. No se cansaba de ver aquella aterradora imagen, pese a haberla visto una y cien veces bajo cubierta.
-Mi Almirante-dijo Sheefnek cuadrándose frente a él-. Si me permite, a mayor cantidad de manos propiamente capacitadas para el mando haya en cubierta, mejor saldremos de ésta batalla.
-Como tu Almirante, te ordeno que te quedes bajo cubierta junto a un destacamento de los mejores timoneles del Evertsen dirigiendo el navío en el Puente de Mando-replicó Niek con voz suave pero decidida.
-Como ordene, mi Almirante-contestó Sheefnek apresurándose a obedecer la orden.
Sheefnek y los hombres bajo su mando no acababan de desaparecer por la escalerilla cuando todos los cañones del navío francés apuntaron al Evertsen, fijando en sus miras distintos objetivos: las antenas, la atiborrada cubierta, el casco. Y, ante la implícita orden de “Fuego”, decenas de balas se lanzaron contra el barco holandés dando en los blancos con una efectividad asombrosa, causando múltiples daños en el bajel del señor Van der Decken.
Y, sobre la misma, la situación se volvió a repetir.
Sólo entonces, Lowie liberó a Liselot de la prisión humana en la que le tenía confinada, apresándola entre su cuerpo y la pared.
Hombres y mujeres se irguieron por igual. Alistaron sus armas y las pusieron en posición de ataque. Todos miraron al asombrado almirante con ojos anhelantes, rogándole la posibilidad de entrar en acción.
-¡Fuego!-gritó Niek.
Los cientos de tripulantes que estaban en la cubierta principal del Evertsen apuntaron los blancos de sus finísimas y modernas armas con una precisión sin igual hasta sus objetivos humanos que pululaban por la cubierta del L’Olonais.
Miles de balas de metralletas y armas por el estilo salieron volando con una fuerza sin par y fueron a dar contra los hombres de Nau. Algunas se perdieron en el agua y otras inflamaron los barriles de pólvora, iniciando un aterrador incendio en el bajel del capitán francés.
Vociferando sórdidas órdenes a sus asustados hombres, Jean David Nau giró el timón de su navío con aire maestro y experto, no en vano era el mejor y más temido marinero de los contrabandistas del Caribe del siglo XVIII. Llegaba a la conclusión de que no podía quedarse en un blanco tan fácil para el Holandés Errante mientras se incendiaba. Tenía que conseguir un navío y rápido… ¿qué mejor que darle de su propia medicina a aquel vil enemigo que se atrevía a hacerle frente?
Con el orgullo fuertemente herido y la mente completamente determinada, acercó su bajel al Evertsen sin cesar de gritar a sus hombres que disparasen.
-Mi capitán, ¿qué haremos con la pólvora?-preguntó un niño de aproximadamente catorce años, que no había tenido mejor idea que iniciar su vida pirata en aquel barco temido por los bandidos más experimentados.
-Les estoy ordenando que disparen, Garreau, ¿no alcanzas a hacerte una idea de lo que haremos con la pólvora?-le preguntó con aterrante sorna.
-Sí, mi capitán, pero lo más prudente sería mojarla para evitar que se propague aún más el incendio-contestó el niño.
Todo el mundo en el navío francés se paralizó por arte de magia al son de un disparo. Todos miraron al mismo tiempo hacia el puente de mando y lo que vieron los dejó helados: ahí yacía sangrante y agónico Jacques Garreau.
-¿Mojarla y permitir al enemigo que haga lo que quiera de nosotros? ¡No! Mejor quemarnos que dejar de disparar, estúpida alimaña-dijo con desmedida crueldad al chico que se retorcía de dolor.
Y, sin mediar más palabras, escupió al rostro del muchacho, quien miraba al mundo que se alejaba de su consciencia con los ojos muy abiertos.
Tras eso, descargó dos disparos más y había un cadáver nuevo en la cubierta del L’Olonais.
-Eso sucederá a cualquiera que pretenda desairarme y venirme con ideas estúpidas propias de alimañas cobardes-bramó mirando con un airecito desquiciado a sus asustados tripulantes.
Todos se miraron los unos a los otros.
-¿Qué esperan? ¡A trabajar, alimañas inmundas y sin cerebro, bolas de grasa buenas para nada! ¡Los destriparé uno por uno y beberé la sangre de vuestros corazones frente a vosotros mismos cuando estéis agónicos si merecemos perder esta afrenta!-gritó frenético y sus hombres hicieron un lado sus propios temores y dolores para complacer a su inhumano capitán.
De vuelta en el Evertsen, los vítores se multiplicaban de boca en boca. Todos celebraban la imprevista ventaja sobre el debilucho pero poderoso navío francés. Liselot Van der Decken y Lodewijk Sheefnek se miraron ansiosos. Ella, pese a todo, no paraba de pensar en cuántas vidas se estarían perdiendo en el otro bajel si ellos, con todo su armamento ya contaban con unas cuantas bajas y sus buenos heridos con los que cargar.
Apoyados en la barandilla, con las armas dispuestas, ambos muchachos esperaban la orden de disparar entre la horda de marineros listos para forjar una imprevista defensa.
-¿Torpedos?-preguntó Niek en voz alta.
-Listos, mi Almirante-gritó un hombre desde un sector de la cubierta.
-¿Lanza torpedos?-preguntó Niek de nueva cuenta.
-Listos, mi Almirante-gritó una mujer al lado del hombre que había gritado anteriormente.
-Ángulo de 35°-ordenó Niek.
-Listo, mi Almirante-gritó la mujer.
-Cincuenta torpedos por lanza torpedo del lado de babor sur-ordenó Niek.
-Listo, mi Almirante-gritaron el hombre y la mujer al unísono.
-¡Disparad!-gritó Niek a los torpederos.
Quinientos torpedos salieron volando desde las avanzadas y precisas armas para ir a dar en el punto preciso en que Niek quería perturbar.
-¿Resultados?-preguntó Niek.
-Veinte barriles más han explosionado, aproximadamente cuarenta bajas más y serios daños en el casco a la altura de la cubierta C, mi almirante-contestó con voz firme y un tanto golpeada un hombre con un catalejo en la mano.
-¿Cotejáis?-preguntó Niek por radio hasta el puente de mando.
-Afirmativo, mi Almirante, los daños indicados por Bach son los mismos que puedo apreciar-se escuchó la voz socarrona de Sheefnek.
-Virad 45° al poniente. Punto de apoyo proa-ordenó Niek.
-A la orden, mi Almirante-replicó el contramaestre y se dispuso a bramar órdenes a sus hombres.
El Evertsen viró de tal modo que, cuando la polvareda se disipó del navío en llamas, se podía ver desde allí como una finísima uñeta, un blanco sin dudas muy difícil de acaparar y dañar, por ende.
Gruñendo maldiciones y juramentos, Nau, obstinado como sólo él podía serlo, navegó con sus velas medio quemadas hasta el Evertsen, forzándolas al máximo.
Varios de los paños se rajaron por completo y el barco quedó desestabilizado, a merced de la corriente marina. A eso era preciso sumar que las averías comenzaban a hundir su bajel.
A los gritos, bramó órdenes de desenganchar los maltrechos botes salvavidas y saltar hasta ellos para navegar hasta el Evertsen.
Obstinado como era, se hubiese quemado en el L’Olonais y a su gente con él, pero no podía dejar impune a aquel atrevido enemigo que le retaba implícitamente a un duelo a muerte, cara a cara, como los antiguos caballeros medievales.
Ese hubiese sido su fin. Las gentes de Niek, al ver la tripulación francesa tan dividida y desarmada, comenzó a dispararle uno a uno. Al ver que diez de sus mejores hombres habían caído, Nau dio la orden de que se volcasen los botes y los piratas nadasen hasta el Evertsen. Pero, sádico como era, dejó de señuelo y, por qué no, diversión a veinte grumetes. Jóvenes e inexpertos todos, no sobrevivió ninguno de ellos y ahora son parte de los muchos cadáveres que abundan en el idílico y misterioso fondo del Estrecho de Gibraltar.

A bordo del Evertsen todos celebraban la victoria sobre el navío francés. Sin embargo a Niek Van der Decken algo no le cuadraba y, en lugar de desaparecer sus presentimientos, la señal del mal fario crecía en su corazón.
Algo similar sucedía a Lowie, quien abrazó a una extremadamente feliz Liss contra su pecho.
Los gritos, vivas y vítores se vieron interrumpidos de súbito por el grito desalmado de dos docenas de hombres del Evertsen que se despedían así de la vida, con los cuellos rebanados.
Todos se volvieron y no hubo arma que valiese. Con el enemigo en su propio bajel, era estúpido utilizar los lanza-torpedos, era autodestruirse.
El metálico suelo del Evertsen se tiñó rápidamente de rojo, valuando así las vidas perdidas de sus propios hombres que desaparecían de la faz de la Tierra para siempre.
El efecto sorpresa duró hasta que Jean David Nau se encaró frente a Niek Van der Decken, ofreciendo un espectáculo y una alegoría a la bravura con su aspecto.
Por él, hubiese sacado su pistola y hubiese sido el fin de la situación. Pero, para qué alarmar tanto a la gente. Todos se habían lanzado a la pelea, nadie le quitaba su presa.
Desenvainó su lustrosa y sanguinolenta espada y descargó un brutal e irascible golpe sobre el cuello de Niek.
El Almirante del Evertsen detuvo el golpe con su ametralladora, sino, ese hubiese sido el fin del camino.
Y así, se inició una batalla de golpes en la cual ninguno de los contrincantes se atrevía a concluir el espectáculo y acabar con su oponente.
Liselot descargó, ayudada por Lowie, un culatazo sobre la sangrante cabeza de uno de los tripulantes del L’Olonais. Triunfante se giró sobre sí misma, sólo para presenciar una horrible masacre…
Conociéndola, se podría decir que con eso era suficiente para la pobre muchacha, pero lo que más le quitó el aliento fue la visión de su padre, al fondo de toda la escena, peleando a muerte contra un hombre que llevaba las de ganarle.
-Jean David Nau, capitán de L’Olonais-susurró al reconocer al contrincante de su padre.
-Liss, no te quedes dormida, ¡lucha por tu vida!-le gritó Lowie, batiéndose contra dos hombres que lo triplicaban en tamaño.
-Tengo que ir con mi papá-le gritó ella, principiando a correr torpemente por la cubierta inundada en sangre, con su ametralladora en la mano.
-¡No, Liss, no!-le gritó Lowie y descargó dos disparos a cada marinero, derrumbándolos en la cubierto. De inmediato comenzó a correr tras ella. La defendería hasta la muerte, ese fue su pensamiento y nunca se imaginó que esa promesa era para siempre, para la eternidad…
Liselot y Lodewijk corrieron por toda la cubierta, descargando un par de culatazos y disparos por aquí y por allá hasta que llegaron al lugar en el que se batían a duelo Niek y Jean, sin tener tiempo ambos mandamases de apuntar y disparar para acabar con ese enojoso asunto.
Liselot hizo puntería y disparó, con tan mala suerte de que Nau se movió justo cuando la bala iba a impactar en su cuerpo. Ambos contrincantes se voltearon.
-Liselot…-murmuró Niek, aterrado y sorprendido, mirando a la determinada muchacha que aún no bajaba el arma y al valiente joven que la seguía, cuidándole la retaguardia.
-¡Cuidado, papá!-el grito de Liselot rasgó el aire pesado de la cubierta del Evertsen.
Un dolor lacerante, eso sintió Niek. La espada de Jean David Nau se había incrustado contra la frágil carne de su costado derecho. Cayó pesadamente, sintiendo que aún podía vivir una vida que se despedía de él, que le deseaba un buen viaje hasta el otro barrio.
-¡Papá!-gritó Liselot, dejándose caer junto a su padre y acunándolo contra sus rodillas.
Lowie hirvió literalmente de la rabia que le bajó y sin medir consecuencia alguna pateó al estilo karateka la mano del Olonés, quebrándosela y obligándole a soltar la espada.
Le dio un puñetazo y aprovechó el tiempo en coger la espada. Sin piedad alguna, y con la rabia y el dolor reflejados en sus ojos, incrustó el arma en el costado derecho del capitán francés.
-Papá, no te mueras-rogó Liselot, llorando a mares.
-Liselot, ya eres una mujer-musitó Niek, acariciando la mejilla izquierda de su hija.
Un desgarrador grito de un ensangrentado Lowie rasgó el aire etéreo de la escena familiar. Liselot levantó la cabeza y vio a su mejor amigo en el suelo a merced del hombre que estaba causando la agonía de su padre. No lo dudó dos veces y, levantando su ametralladora, disparó al pecho del Olonés, quien cayó pesadamente al suelo, dejando libre a Lowie, quien se puso de pié y corrió hasta los Van der Decken. Se paró al lado izquierdo de Liselot, unos pasos por detrás de ella, guardando un respetuoso silencio por el hombre que moría y el alma agónica de la muchacha.
-Papá…-musitó Liss, abrazando contra su pecho a su maltrecho padre.
-Ya puedes defenderte sola, hija-le comentó Niek orgulloso.
-¿Qué será de mamá, de Ivanna, de Sophie y de mí si te vas?-preguntó ella con cierto tono de reproche.
-Estoy seguro de que podrás cuidar de mi familia, hija… tienes las agallas para hacerlo…-susurró él.
-Pero sin embargo no soy tú, papá… sólo tú podías hacer ese trabajo bien… Yo hablo con los árboles, los animales y veo a Naomie a cada rato, cuando ustedes no la ven-se auto malogró ella.
-Perdóname por dudar de tu cordura, hija… me quise negar que, pese a que estabas madurando necesitabas el amigo que en casa no tenías y necesitabas sentir tu propia vida. Siempre fuiste lo más importante para mí…-susurró él entre sus últimos estertores de muerte.
-Te amo, papá-lloró ella.
-Y yo te amo, hija-prometió él-. Por favor, dile a tu madre que la amé desde siempre, que perdone por favor mi ausencia cuando vosotras erais pequeñas. Dile a Ivanna y Sophie que siempre las voy a amar y que perdonen el padre ausente que fui y lo poco que ayudé a su madre cuando ellas necesitaban un papá que las cuidase-lloró él.
-Día tras día lo haré, papá… no olvidaré esta promesa, aunque la tenga que anotar en todas las paredes de la casa-dijo ella.
-Estoy seguro que llevarás este navío a buen puerto y que volverás entre honores a casa, como la genialísima Almiranta Honorífica Liselot Van der Decken-intentó bromear Niek, pero las lágrimas se le salieron a raudales-. Creo en ti, hija.
-¿Por qué tanta fe?-preguntó ella.
-Porque siempre fuiste la luz de mi camino, tal como Ivanna, Sophie y tu madre-contestó él.
Liselot rompió a llorar a mares, más de lo que había estado llorando hasta ese preciso instante. Detrás de ella, silenciosas lágrimas corrían por el rostro de Lowie.
-Lodewijk…-se dirigió Niek al muchacho Sheefnek-. Liselot tiene una misión: devolver este navío hasta nuestra época, velar de mi familia y de esta tripulación. Tú también tienes una, mi muchacho: cuidar de Liselot. Protégela, que ella aún no madura al nivel que tú lo has hecho y necesita de ti. Por favor, protégela.
-No necesita pedirlo por favor, señor Van der Decken… Usted sabe que fue un padre para mí cuando más lo necesité y que no me atrevería a dejarlo pidiendo algo sin cumplírselo… Cuente con mi palabra. Liselot estará cuidada por siempre, veré de ella día tras día, recordando que no es sólo mi deseo éste, sino que es una promesa que le hice a usted aquí y ahora-prometió Lowie.
-Confío en ti, mi muchacho… Te quiero, Lowie-dijo Niek, con las lágrimas rodando por la camiseta de Liselot-. Dios me está llamando, mis muchachos… recuerden que los amo y que cualquier acción que cometí, buena o mala, fue con afán de protegerlos.
La respiración de Niek se volvió más pesada y su piel más fría, a medida que eso sucedía, sus ojos se perdían en la lejanía del infinito, que era hacia donde él tenía su siguiente rumbo. Su mirada se perdió más y, tras eso, sus ojos se cerraron.
-Papá…-llamó Liss, sin querer perder las esperanzas.
La piel de Niek se volvió un témpano y la respiración desapareció. El aliento de la vida lo había abandonado por siempre.
-¡Papá!-gritó desgarradoramente Liselot y se abrazó llorando a mares al cuerpo yerto de su padre.
Lowie se acercó a pararla, sólo consiguió hincarla en una rodilla y un montón de gritos y lamentos rogándole dejarla ahí para la eternidad.
Liselot lloró sobre el cadáver de su padre y Lowie, sin poder soportar más aquella desgarradora escena la paró con fuerza y la abrazó contra su pecho. Acarició la cabeza de su mejor amiga, mientras le susurraba al oído dulces palabras de falso consuelo, de un consuelo que él sabía irreal y que jamás vendría a por ella.
-¡Vaya escena!-gritó Sheefnek al llegar.
Lowie levantó la cabeza y Liselot mostró su rostro lleno de lágrimas. A su alrededor se congregaba toda la tripulación del Evertsen observando un respetuoso minuto de silencio en honor de su fallecido Almirante.
Pronto sabrían que habían ganado el combate y que pocos de los tripulantes de L’Olonais habían conseguido saltar por la borda, llevándose al cadáver de su capitán con ellos.
Sin embargo, el rostro de Sheefnek estaba furioso y, en sus maneras, se delataba que esa furia era por el triunfo, lo cual muchos atribuyeron a su perenne inconformidad.
-¡Llévense el cadáver de Van der Decken, mañana se oficiará el funeral!-bramó.
-Es Almirante Van der Decken-le corrigió su propio hijo.
-Está muerto-le corrigió.
-Aún muerto tiene más rango que tú-soltó el irreverente Lowie para distraer a Liselot de las lágrimas que la frase “está muerto” habían gatillado en ella.
Sin mediar más palabras, ambos muchachos dieron una última mirada cargada de dolor y pesar al cadáver de aquel hombre que había sido su padre y se encaminaron hacia los camarotes a llorar su desgracia.
Sheefnek sonrió para sí. Lo había conseguido, lo tenía todo. Como la más alta autoridad a bordo del navío, ahora el Evertsen, el poderoso Evertsen estaba a su cargo, a sus pies, a su servicio… ¿Qué más podía pedirle a la vida?
Se sacó el sombrero ante aquel hombre que yacía muerto y le había considerado su mejor amigo, para encaminarse al puente de mando ciegamente feliz.

Texto agregado el 23-09-2013, y leído por 104 visitantes. (0 votos)


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