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Ese hombre, Guillermo Enrique Hudson, tenía una manera extraña de recordar lo que había olvidado totalmente. De entre 226 especies de pájaros criollos, diez se le habían vuelto borrosas y a una la había olvidado hasta no valer la pena de ser siquiera mencionada. Por el canto recuerda 154, ya que ha perdido la melodía de 7, y 31 se han vuelto confusas y difíciles de organizar en los archivos de la memoria de un país que recuerda sonoro y colorido. Allá lejos y hacía tiempo, ese hombre había trazado, en la tierra de su paraíso infantil, mapas de vuelo que se extendían hacia los cuatro puntos cardinales, de asentamientos establecidos de acuerdo a las estaciones, de materiales para nidos que iban desde la crin de caballo al papo de cardo. Sin sus observaciones y sus acuarelas no habría cielo argentino. Es por eso que a Guillermo Enrique Hudson, hijo de norteamericanos, nieto de ingleses, se le podía decir “Guille” o “Quique”.

Es posible recordar lo que se ha olvidado, pero no saber aquello que ocurrirá con lo que se recuerda. El cabecita negra forma parte de las 154 especies recordadas por ese hombre y preciosamente descriptas y clasificadas por él. ¿Es por su paulatino pero indeleble avance sobre las ciudades, por su canto monocorde pero pegadizo y su costumbre de andar en bandadas que ese nombre se impuso con malevolencia para nombrar a los hombres oscuros de esa entidad llamada pueblo? ¿No era más certera la palabra tordo para aludir desde el desprecio a los de piel oscura en lugar de que esa palabra nombrara algo totalmente opuesto: gentes de diploma, generalmente blanca como canarios? ¿O nombrar a aquellos hombres por la cabeza aludía al encono provocado por lo que sobresalía cuando éstos se calzaban el traje de ciudadano integrado, considerado inmerecido por la gente como uno?

Ese hombre, Guillermo Enrique Hudson, murió ignorando dos cosas: que había contribuido a una analogía injuriosa y que, en algún momento de la historia, los argentinos nombrados como pájaros serían cobijados en la jaula protectora de unos brazos a los que durante mucho tiempo les faltó –como a las especies recordadas borrosamente– la nitidez de la forma y el acabado humano de las manos.

Texto agregado el 17-10-2013, y leído por 68 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
25-12-2015 Esta manera de narrar, abriéndose paso entre datos y recuerdos de diversa índole, para armar una historia que descansa precisamente en la fragilidad de sus contornos, es uno de los grandes recursos para construirse un mundo propio, poético, pleno de posibilidades e indestructible. quilapan-
09-06-2014 Oye, esto es un escrito de allguien con mente de lépero, cacreco, chusma, sinvergüenza, carebarro, basofia humana, excremento, crees que escribes pero nadie te comenta nada porque nadie gusta de tus estúpidas líneas sin sentido. Tu madre debe ser prostituta y tu padre un méndigo muerto de hambre, sólo ellos pudieron haber parido la mierda que eres, suicídate si puedes, pronto !!! poecraft
 
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