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ÁLVARO BEDOYA: Un Rebelde Con Causa. Primera Parte


(...)" De allende se devolvió,

Con veintiún años cabales,

Gratos recuerdos dejó,

Al pueblo y a los rurales...

(El corrido de Arnulfo González)


La bruma se fue disipando con la llegada de los primeros rayos de sol, dejando al descubierto la casa finca en las laderas agrestes de la vereda El Naranjo. El dueño ni lo notó porque estaba ensimismado en el ritual de miércoles y sábados: guardar en la caja de madera los cuchillos utilizados para tasajear la carne que vendía en la galería municipal. Por años la mecánica había sido la misma, afilarlos en la mañana, ponerlos en la caja ordenados por tamaños, tomar el desayuno en el corredor observado por su esposa, despedirse con un "hasta mañana por la tarde". Pero ese día dos cosas no fueron iguales: dejó un cuchillo inmenso, que más parecía un machete. Tampoco besó a la mujer a guisa de despedida. Cuando ella le preguntó acerca del cuchillo, la miró con frialdad: "ese lo voy a guardar pa'matar un cerdo".


Álvaro Bedoya, nació en Buga, pero desde muy chico fue a vivir junto con su hermano donde la abuela en Dagua. Sin la autoridad paterna creció a su libre albedrío, no paso mucho tiempo en escuelas, trabajaba en lo que saliera, y nunca tuvo un empleo estable. De mediana estatura, ojos claros, cabellos castaños y de porte elegante, ademas muy simpático y afable con la gente. Un muchacho bromista, que se ganaba el afecto de quienes lo trataban y era bastante afortunado con las damas. De hecho fue por mujeres que empezaron sus problemas, en Chicharronal, la zona de tolerancia del municipio. En una de las rondas policiales, Álvaro se encontraba en la cantina "Noches Musicales", departiendo con amigos y varias de las mujeres del local, uno de los agentes le había echado el ojo a una de ellas, pero como ocurría cuando Álvaro estaba presente, los demás no existían para las chicas. El uniformado se desquitó pidiéndole papeles de identidad a Álvaro, que todavía era menor de edad. Se formó la bronca cuando trataron de llevárselo a la estación de policía y pronto fue asonada. Los condujeron a los calabozos y allí Álvaro protagonizó la primera de sus incontables fugas. Cuando la policía se retiró, con un trozo de alambre, abrió la reja del patio, la de la salida y todos lo camorreros, amparados en la oscuridad, atravesaron el rio hasta la pesebrera y se hicieron humo. Álvaro se granjeó la admiración del pueblo y la inquina de las autoridades.


El carnicero montó en su caballo, lo hizo caracolear mientras daba dos vueltas al corral, pasó cerca de los horcones que sostenían el balcón, en el ultimo se inclino para recoger el morral donde tenia la caja de los cuchillos, y cabalgó loma abajo sin responder la despedida de la esposa. Un poco más adelante aminoró la marcha y ya sin testigos dejó aflorar la rabia, el rencor, la sed de venganza que lo envenenaba. Un rosario de palabras soeces lo acompañaron hasta que divisó la carrilera y la estación ferroviaria. Cruzó el puente hasta la carretera principal, dejó el caballo amarrado en los rieles del embarque de ganado y se dirigió a la fonda, saludó de mano a los presentes, la mayoría colegas.


Muchos meses pasó Álvaro escondido en las montañas, y cuando pensó que los ecos y las implicaciones de su fuga se habían adormecidos, empezó a bajar al pueblo en horas de la noche, visitaba la casa de la abuela, los vecinos, y tomó tanta confianza que hasta se permitía el lujo de volver a Chicharronal para alegría de tertulianos y anfitrionas. Parecía que para las autoridades la fuga, que ya había entrado en el folclore popular como una hazaña, era solamente la travesura de un adolescente imberbe. Pero no pensaba lo mismo el policía de la escaramuza. Un sábado en la madrugada una redada lo capturó y esposado fue recluido en el calabozo. Hasta el lugar llegó la romería encabezada por la abuela, familia y todos los amigos para ofrecerle su apoyo. Redactaron memoriales abogando por la libertad, pero no había lugar para un perdón. Los delitos eran graves: asonada y fuga de presos. Por la experiencia de la primera vez, lo mantuvieron en el recinto minúsculo, aislado de los otros huéspedes, sólo la abuela podía verle cuando le llevaba algo de comer. El calabozo estaba en el fondo de la cárcel, a la vista de los policías de guardia, la reja, asegurada con llave, cadena y candado. La parte posterior, tenia una ventana pequeña para permitir un poco de luz y ventilación. Cinco días después de su arresto, golpearon en la celda para despertarlo a la hora del desayuno. El calabozo estaba vacío, los barrotes de la ventana ligeramente arqueados y un letrero en la pared: "vuelvo a la hora de la merienda, jajaja".


Al calor de unos cuantos aguardientes el carnicero pareció olvidar el plan que tenía en mente. Quizás las cosas no fueran tan serias o ciertas. Tal vez solo rumores, chismes, envidias. Rodeado de amigos, compartiendo las vivencias y afanes de las horas previas a los sacrificios, sintió una serenidad, una paz que lo reconfortó. Abandonaron la posada entre risas, palabrotas y palmadas. Se detuvieron a mirar los ejemplares en el embarcadero y les llamó la atención un novillo de estampa fiera, con grandes cuernos. Uno de los presentes apuntó " mas peligrosos que los toros son los cachos", y soltó una risotada, que se multiplicó, mientras miraban al único que no celebró la ocurrencia. Se quedó, helado, incapaz de moverse. El grupo siguió su camino hasta los caballos donde se dispersaron. El carnicero llamó a su ayudante y le dio instrucciones precisas: " andate para el pueblo, sacrificá las reses, separá los encargos y el resto lo llevás a la galería. La venta no la consignés, me la traés." Sin esperar la pregunta respondió " Yo tengo una vuelta que hacer."


La conmoción causada por la fuga llevó a las autoridades a una persecución implacable, pero el mito de Álvaro crecía entre la gente. Un día era visto en El Rucio, una noche en Zelandia, otro día en El Piñal, siempre eludiendo el cerco policial.Se contaban decenas de escapes, reales o ficticios. Gozaba del silencio y protección del pueblo. Pero su afecto por la abuela, por su casa lo llevaron a descuidarse. Una madrugada, policías vestidos de paisanos lo capturaron cuando abandonaba el hogar. Esta vez no quisieron correr riesgos y sin mucho preámbulo dispusieron su traslado a la cárcel de Villanueva(ahora Villahermosa)de Cali. El viernes, día de la remisión no cabía un alma mas en la estación del ferrocarril. Todos se habían volcado para despedirlo. Subió esposado al vagón de primera clase, flanqueado por dos policías armados. Por petición suya y del pueblo se le permitió permanecer en la plataforma para que pudiera decir adiós. La S gigantesca que forma la vía férrea a través del pueblo lo vio saludar a las multitudes que se agolparon para desearle buena suerte. Era un poco mas del mediodía cuando arribaron a Cali. Los policías se esposaron al reo, caminaron fuera de la estación a buscar un taxi que los llevara al mayor centro penitenciario del Valle. Álvaro les pidió que entraran a uno de los cafetines de la zona, pues quería ir baño. Les ofreció comprar café y pandebonos. Aceptaron cautivados por la pasividad y las buenas maneras del detenido. Entraron al café. Uno de los policías revisó el local, constató que no había vías de escape y dio el visto bueno. Se sentaron, pidieron lo prometido, Álvaro reiteró su deseo de ir al baño. Le quitaron las esposas, uno de los uniformados se quedo junto a la puerta del servicio. Adentro Álvaro silbaba una tonada popular mientras destapaba el tanque del sanitario. Removió una de las varillas del mecanismo, y con ella logro desprender el vidrio de la claraboya. Soltó el agua, subió a la abertura, de ahí al techo y a la calle. Una vendedora de chontaduros lo miro asombrada, Álvaro le pidió silencio con el índice en la boca, ella le mostró un zaguán en la vecindad y por allí desapareció. Cuando los policías salieron con las armas en la mano, la mujer les dijo que lo había visto correr hacia la estación. Detrás de los policías salieron los otros clientes y la mesera del café, cobrando el importe de los tres desayunos. En horas de la tarde, Álvaro estaba de vuelta en Dagua, su leyenda engrandecida, dos policías suspendidos y el dueño de un cafetín sin saber a quien cargarle la voladora de los clientes y uniformados.



Las horas se arrastraron en la cantina, pero el carnicero no miró ni una sola vez el reloj. Las sombras que caen sobre el rio Dagua eran la medida precisa del tiempo. Mas temprano había compartido con algunos conocidos, pero ahora estaba solo. Pagó el importe de lo consumido, se despidió de los conocidos, abandonó la fonda. Desamarró el caballo y emprendió el largo camino de regreso a casa.



El mito creado alrededor de Álvaro, su porte elegante, los modales finos, el buen humor y masculinidad irradiada, lo hicieron irresistible para las mujeres de cualquier condición o edad. Siempre encontraba en su eterna fuga una cama caliente donde pasar la noche o el día. Era protegido, escondido, apoyado económicamente y... amado hasta el delirio. Sus amantes se desvivían por atenderlo, pero Álvaro donde se sentía a sus anchas era en la finca de un carnicero en la vereda El Naranjo. La esposa del propietario había perdido el sentido de la realidad y el corazón por el renegado. Los negocios del marido lo mantenían mucho tiempo fuera de la finca y Álvaro tenía todo el tiempo del mundo. Se instaló en el rancho, que estaba convenientemente ubicado: inaccesible por la parte alta y con una excelente visión del caserío y el camino. Álvaro siguió visitando a la abuela y amigos de la vecindad. Siempre aparecía cargado de productos de la finca y los repartía generosamente. Pero la recompensa por entregarlo era una tentación, y una tarde llegaron dos policías a detenerlo. Sin inmutarse los hizo pasar con lo mejor de sus modales. Pidió ver la orden de captura. Los agentes no la tenían. "Lo siento caballeros," dijo. "Sin esa orden no los puedo acompañar." Los policías se miraron desconcertados. Álvaro ofreció la solución. "Vaya uno por la boleta, y el otro espera acá.". Le pidió a la abuela que prepara café para el gendarme, mientras él se ponía los zapatos y se cambiaba la ropa. Mostró al agente donde estaba la ropa. Seducido por la amabilidad, se relajó mientras de la cocina llegaba el aroma del café. Otra vez en fuga, Álvaro abrió la puerta de la habitación disimulada por un armario. Arrimó riéndose donde su vecina doña Rosa, le entrego algún dinero para la abuela y le pidió la bendición. La vecina, le espetó "Ay Álvaro!" Cuando es que te vas a ajuiciar?" Con la mas bella de las sonrisas le contestó: "No se preocupe doña Rosita, cuando cumpla veintiún años, me entregaré, pagaré el servicio militar, buscaré un trabajo, me casaré y usted será la madrina.". Pero Álvaro Bedoya nunca cumpliría veintiún años....



La semana próxima segunda parte: Las Dos Muertes de Álvaro.

Texto agregado el 30-10-2013, y leído por 129 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
14-11-2013 Hermosa historia...toda una leyenda...esperemos el final. Saludos felipeargenti
 
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