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Mago de apodos.
Por: Samuel Soto Bosques

Lo recuerdo viejo. Su andar era lento y cuando lo hacía su cuerpo se inclinaba a la izquierda, como si le pesara el costado. Su risa le humedecía los labios, tanto, que se apresuraba a secarlos con la manga larga de su camisa. Su sombrero de impecable blanco, ala corta inclinada al frente, le impartía un aire de gran señor. Su camisa y pantalón caqui le acompañaron siempre. 

Era mi abuelo Martín, un hombre que se distinguía por su timbre de voz fuerte. No sabía leer ni escribir pero albergaba en su interior un talento extraordinario. Su especial habilidad era poner apodos con la facilidad de quien toma retratos. El Mago de los apodos así, le despidieron el día que se marchó al otro mundo.

Nadie en el Barrio se libró del sobrenombre. Tanta era su habilidad, que una vez bautizada la persona, era el nombre con que lo llamaban. Mi apodo fue Calero y no fue hasta muy tarde, ya adulto, que recuperé el de Samuel. Era como si lo hubieran borrado. Así pasaba con todos. 

Nombres tan raros como Medalla, Lavasol, La Tuertita, Crema, Curio, El Topo, Medio Polvo, Buen Mozo, Yarca, Dulces Labios, Cortito, eran algunos de estos apodos que identificaban a personas de carne y hueso. Cientos de personas llevaban la tinta indeleble de su apodo. Nadie que conociera rechazó o enfadó con él.

Cierto día llegó a vivir al Barrio una familia desvinculada del resto de las conocidas. Provenía de un pueblo distante al nuestro. El jefe de esa familia, un joven de unos 40 años, llegaba de capataz a una de las fincas de caña en la vecindad. Todos los días pasaba montado a caballo frente a la casa del viejo en dirección al cañaveral sin detenerse, sin saludar, mirada fija en el camino. Parecía una figura de mármol. No pasó mucho tiempo sin que el viejo lo bautizara con el apodo de Figura. Tampoco pasó mucho tiempo sin que sus obreros hicieran causa común con el abuelo y comenzarán a llamarlo por el apodo.

La primera vez que escuchó su sobrenombre se inquietó y exigió lo llamaran Librado. Pero no se resistió mucho. Ya sabía de la fama del viejo. En cierto modo se sintió aliviado. El sobrenombre lo marcaba como miembro de aquella comunidad.

Más tarde, asimilado el apodo, saludaba a sus obreros:

- A trabajar, que llegó Figura!

Texto agregado el 07-11-2013, y leído por 1024 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
25-07-2014 Notable! ncnr
24-01-2014 Hay muchos "Figura" como el de este entretenido cuento. Acá les llamamos "Figureti". Felicitaciones por tu cuento y a la memoria de tu abuelo, que por lo que veo, era un genio. Clorinda
04-01-2014 Me hizo sonreír, en buena medida porque esto que relatas de tu abuelo aún se da en algunos pueblos, en sus poblaciones más añejas, y a veces hasta llega a los más jóvenes. Mi marido, por ejemplo, por ser nieto de zapatero, en el pueblo de su madre lo llaman "Zapato". Todavía hay quien lo llama así, aunque no tenga relación con nada más que con el oficio de su abuelo... ikalinen
19-11-2013 ¡Oh! Mágico abuelo, hermoso relato. PiaYacuna
09-11-2013 Cada cual tiene su manía y la de él, eran los apodos. Me gustó el cuento. elpinero
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