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Inicio / Cuenteros Locales / guidos / Cuento a diez dedos y una cabeza en discusión (Parte 2)

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“-¿Te casaste? Le preguntó la académica a su ex alumna.
-No, he tenido varios romances, pero no sé si es mi carácter, demasiado reconcentrado. En todo caso, no es un tema que me preocupe en demasía, porque pienso que algún día me llegará la hora de pisar el palito, je. Y usted, ¿se casó?
-Sí, pero lamentablemente me separé dos años más tarde.
-¡Que lamentable!
-Así es, pero fue para mejor. No nos llevábamos muy bien.

Ambas mujeres se separaron, no sin antes anotar cada una de ellas el teléfono de la otra, algo que siempre se hace, más que nada por simple formalidad."


-Ni fú ni fá. Harto aburrido tu cuentecito- masculló mi dedo anular derecho, siempre tan circunspecto.
-Se cree escritor y nunca he visto publicado nada suyo.-prosiguió el dedo índice.
-¡Se callan!-grité.


“En la misma época en que Perry se encontró con su ex alumna, comenzó a relacionarse vía Facebook con un señor semi calvo y barbado, a juzgar por su fotografía de referencia. A no dudar, el tipo era muy interesante, ya que había estudiado Antropología y hacía gala de un lenguaje chispeante y un humor a toda prueba. Transcurrieron varios meses antes que pudiese concertarse una cita. Las numerosas actividades de ambos dificultaban el anhelado encuentro”.


-Me muero de risa- carcajearon los pulgares.
-Se cree Corín Tellado- apuntaron a coro los dedos meñiques, burlándose como sólo puede hacerlo un par de dedos revoltosos.
-¿Realmente piensas publicar esto?- preguntó mi dedo anular.
-Así es- respondí categóricamente.
-Por tu sanidad mental, te ruego que no prosigas en tu empeño –respondió con ese tono de dedo comprometido.
-¡Ya! ¡Está bien! ¿Saben? ¡Termínenlo ustedes! Lo que es yo, mejor me voy a dormir.


Dejo en claro que lo que prosigue, no es en absoluto responsabilidad mía, sino de estos dedos desobedientes, insomnes o sonámbulos, ya no lo sé, que se apropiaron de mi historia y la escribieron a su reverendo gusto:


Perry, acicalada como para asistir a una fiesta, pero intentando parecer sencilla, aguardaba en el lugar prefijado, esto es, la esquina de Earth con Marte. Faltaban cinco para las seis de la tarde, pero para no parecer ansiosa, dio la vuelta para regresar a las seis y diez, hora convenida para la cita.
No hizo más que voltearse y encontrarse con un hombre joven y alto que se aproximaba con un ramo de rosas rojas, detalle que le permitiría reconocerlo.
Perry pensó que el señor habría sufrido algún inconveniente y ahora mandaba a su hijo, o sobrino para que le entregara las flores y las excusas.
-¿Eres tú?-preguntó el tipo, sonriendo alegremente.
Perry, alelada, asintió con su cabeza.
-Soy Alex. Sé que debes estar muy extrañada, pero siempre ocupo el nombre y la imagen de mi abuelo Justin Palmer, un tipo muy erudito y al cual siempre admiré.
-La mujer sonrió sin disimular su desconcierto. Se encontraba con un hombre un tanto menor que ella en circunstancias que aguardaba a un tipo más experimentado y por supuesto, un tanto mayor.
Superado este primer incidente, ambos se dirigieron a un lugar discreto para cenar y conversar. Perry se dio cuenta que Alex era un hombre fascinante, de un humor muy inteligente y sobre todo elegante y sofisticado cuando debía serlo. A todo esto, se agregaba una gentileza exquisita que cautivó a la mujer.
Hablaron y rieron de todo hasta que comenzó a oscurecer. Alex la llevó a su casa en un taxi y prometieron volver a verse.
Algo de aquel hombre le resultaba familiar, no sabía precisarlo, pero algunos gestos, su porte, no lo sabía a ciencia cierta. ¿Pero, que importaba? Se felicitaba a sí misma por la buena suerte que había tenido esta vez y que esperaba que se mantuviera.
Alex llegó de improviso a su casa, esta vez luciendo cabellos rubios. ¿Qué sucedía? Una vez más se sintió desconcertada.
-Perdona querida, es parte de mi ser. Me gusta ser camaleónico, es como un juego.
-Me temo que algún día te desconozca del todo y no te abra la puerta.
-Eres un amor, querida mía.
El individuo conquistaba con facilidad a Perry. Era demasiado irresistible en sus detalles, con ese humor tan suyo, siempre radiante y aquel sesgo de clown que lo caracterizaba.
Transcurrieron varios meses. El romance entre ambos se mantenía con ciertos altibajos. A veces aparecía el hombre con una barba frondosa y otras con una cabellera negra y larga. Esto provocaba resquemor en la mujer, que ya no sabía a qué atenerse.
Una tarde que regresaba de su trabajo, se encontró una vez más con Fanny, su ex alumna. Se dirigieron a un café para conversar de sus novedades. La muchacha pronto partiría a Europa a especializarse en microcirugía, así que en el fondo, esta era una despedida.
Hablaron de esto y lo otro. Fanny se había comprometido con un francés y ambos partirían a La Sorbonne a realizar sus post grados. Perry le contó a su ex alumna de su romance con el estrambótico Alex.
La chica se quedó pensativa. Algo le parecía que no cuadraba en todo este asunto.
-¿Y usted me dice que le gusta aparecer de las maneras más extravagantes?
-Así es. Eso me tiene vuelta loca y ya no sé qué pensar.
-Es muy curioso y tan…
La chica no terminó la frase, pero su ceño fruncido preocupó en demasía a Perry.
-¿Tiene usted una fotografía de su novio?
Perry sonrió y buscó su celular. Allí conservaba diferentes estampas de aquel hombre, cada cual de la manera màs estrambótica. Al ver las imágenes, la chica pareció aterrarse.
-¿Qué sucede queridita por Dios?
-El es… es Alan, mi antiguo novio. Lo reconocería aún disfrazado de oso. ¡Oh, mi querida profesora! No sabe usted con quien se ha involucrado.
Perry se alarmó. -¿Qué estás diciendo? No puede ser. Aunque, pensándolo bien, siempre he tenido esa sensación de haberlo conocido
-Él es un hombre peligrosísimo… creo que… intentó asesinarme. Yo no se lo conté antes porque es algo que quería borrar de mi mente. Pero, acá está y ahora usted es su nueva presa. ¡No podemos permitir eso!
La profesora intentó recapitularlo todo. Esa gentileza extrema, su buen humor y sus cada vez más reiterados disfraces. Y terminó también por asustarse.
-¿Qué puedo hacer? Jamás ha sido violenta conmigo. Comprenderás que no puedo sacarlo tan fácilmente de mi vida.
-No lo ha hecho, pero pronto cambiará, pretenderá que usted le siga el juego, que también cambie de indumentarias, que haga cosas estrafalarias. Yo tuve suerte y alcancé a huir de su lado. ¿Pero usted? Más adelante, ¡Oh Señor! aparecerá el verdadero criminal que es, la castigará sin miramientos, la encerrará días enteros hasta transformarla en un harapo. ¿Eso quiere para usted, señorita Perry? ¿Eso quiere?
La chica se arrojó desesperada a los brazos de su ex profesora. En sus ojos se dibujaba el pavor más extremo. No cabía la menor duda que habían florecido esos horribles recuerdos en su cabeza y se podría decir que ese mismo miedo la paralizaba. Las dos mujeres trataron de buscar a tientas algún atisbo de solución.
Al final. Perry resolvió que actuaría del mismo modo que lo había hecho, sin despertar sospechas en el individuo. Fanny le rogó que escapara ahora que podía, pero era indudable que la profesora estaba cegada por la pasión.

Esa noche, la mujer aguardó la llegada de su amante. No podía negar que estaba enamoradísima del tipo, pero le contrariaba esa extraña personalidad suya. De todos modos, su corazón estaba alborotado, no quería reconocer que temía. Y, extrañamente, eso tornaba su amor aún más fascinante.
Llegó Alex, el mismo de siempre, ataviado de cualquier cosa. Ella lo besó con pasión y se amaron durante toda la noche. Total, era viernes y eso permitía ese delicioso relajo.
Nada sucedió en los días y meses posteriores. Todo parecía ir viento en popa. Perry dejó de lado sus tibias aprensiones y supo tolerar las excentricidades de su amado.

Esto, que parece el fin, no lo es tal.

Cierta noche, apareció Alex vestido de negro y con una expresión dura en su rostro. Perry le preguntó que le sucedía y él le respondió con dureza: -No lo sé.
Avanzó dos pasos y la atrapó entre sus fuertes brazos. Ella entrecerró sus ojos, pero él, lejos de besarla y acariciarla, extrajo un pañuelo de su uno de sus bolsillos y la amordazó. Luego, le ató las manos a la espalda con una de sus corbatas y la arrojó sobre la cama. La mujer recordó las palabras de Fanny y se aterró. Alex se acomodó a su lado y comenzó a acariciarla, pero eso a ella no le produjo placer. Intentó deshacerse de sus amarras pero él, con voz dura, le instó a quedarse quieta.

(Como mis dedos se entusiasmaron con la historia, el final lo dividí en dos partes. El próximo sí que es el término de esta trama).

































































Texto agregado el 08-11-2013, y leído por 97 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
12-11-2013 Comentario en el 3. Un re abrazo, mi buen Guidos. SOFIAMA
10-11-2013 Va bien la historia. Entretenida. biyu
09-11-2013 Ahhhhh... auuuuu!!!!, eres genial hermano, hasta me olvide del asunto de los dedos -muy gracioso por cierto-. Esta técnica que desarrollas aquí es nueva para mi, creo te la robaré... ji ji ji. Cinco aullidos aleccionados yar
 
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