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-¡Tengo la solución compadre Mario para que salgamos de la pobreza!
-Cuente po´compadrito Lucho y sáqueme de esta duda que me corroe el corazón.
-Cajas, compipa, cajas, enormes, con papel de regalo y todo, con cintas de colores y tarjetas. Cajas de todos portes, mientras más grandes, mejor. Y sobre todo… vacías.
El compadre Mario abrió tamaña tarasca, sin querer creer lo que escuchaban sus oídos.
-¿Vacías, dijo usted?- preguntó, con el asombro pintado en el rostro.
-Exacto, po´compadrito. Mire usted lo que le voy a explicar.
El hombre, greñudo y andrajoso, se acomodó en su poltrona regalona, que era ni más ni menos que un simple tarro cubierto a modo de tapiz por una tracalada de tiras. Está demás decir que Mario y Lucho eran dos hombrecitos de la calle, con ínfulas de filósofos, payasos y escritores. A decir verdad, no se destacaban en ninguna de esas facetas, pero, al contrario de tantos de estos personajes zarrapastrosos que pululan por doquier, ellos tenían pretensiones mayores. De allí que Lucho se lo llevara pensando todo el día buscando la fórmula que los elevara a la categoría de ciudadanos respetables.

-Mire usted, compipita, haciendo un detallado análisis de lo que está sucediendo en la sociedad actual y considerando las variables que ejemplifican ciertas actitudes de algunos segmentos ciudadanos, puedo concluir que la gente se deja llevar por la marea de los acontecimientos y es como si la ciudad fuese un océano repleto de especies, unas más gregarias que otras. En vista y considerando, pienso que la gran mayoría de la gente pertenece al rubro de las sardinas. Y otros, que son los menos, pero más poderosos, son los tiburones.
-Parece político, compadre Lucho.
-Es que todo es política en la vida, mi queridísimo. Pero no me saque del tema. Lo que yo deduje de toda esta cuestión es que tenemos que ser delfines.
-Usted tendrá cara de delfín, po´, yo no.
-No me está entendiendo, compipa. Lo que quiero decirle es que tenemos que ser divertidos e inteligentes, como esos animalitos y en esta marea revuelta, sacar jugosas ganancias.
-¿Vendiendo cajas vacías?
-¡Ni más ni menos! Mire usted, en el transcurso de mi observación de estos especímenes, me he podido percatar que cuando se acerca navidad, todos se vuelven locos, se sobregiran y además, piden préstamos para recontra girarse, se encalillan y le quedan debiendo hasta a su abuelita. Pero, existe otra especie, que es la de los cicateros, los que contemplan todo de lejos, con reserva. Esos, además les gusta aparentar, no gastan grandes sumas, pero su deseo es que los demás piensen que chapotean en piscinas repletas de billetes. A ese segmento está dirigido mi objetivo.
El compadre Mario no paraba de asombrarse.

-Mire usted, nos plantamos en cualquier lugar, bien arregladitos. Mi ex mujer podría prestarme un ambo de su padre fallecido, que era un mastodonte, pero con unos ciertos remiendos, puedo ajustarlo a mi talle de torero cesante. A un compadre que es modisto, le pido otro para usted y así, bien pinteados, nos dedicamos a ofrecer esa mercadería opulenta, exclusiva para fantoches de poca monta.

-¡Lo que es el libre mercado, cumpa!

Así lo hicieron y después de varios días consiguiéndose cajas de todos tamaños, especialmente las que sirven para proteger cocinas y refrigeradores, se lanzaron a la tarea de preparar los “regalos”.

Cuando todo estuvo listo, se ubicaron en una esquina concurrida, y comenzaron a vocear su producto:
-¡No quede mal ante los demás! ¡Cajas, cajitas y cajotas para el gusto del cliente!

Y aunque parezca increíble, su mercadería fue arrebatada por la gente. Nuestra sociedad está repleta de individuos que les gusta aparentar, son las sardinas del consumismo, como le explicaba el compadre Mario a su amigo Lucho.

En vísperas de nochebuena, y agotado todo su stock de cajas encintadas, los dos compadres se fueron a un buen restaurante a celebrar tan brillante iniciativa y a brindar por tiempos mejores. Tenían sus bolsillos hinchados de dinero. Pero, a pesar de esta prosperidad caída del cielo, convinieron que no tenían el menor interés de pertenecer a esa fauna extraña que es el hombre.

Por lo tanto, compraron un montón de juguetes y después los fueron a repartir en las poblaciones de los extramuros.

Compadre Lucho, tome. Este regalito es para usted.
-¡Yaaa! No me venga con bromas pues cumpa. Entre gitanos no nos podemos ver la suerte.
-Ábralo compadre. Con confianza.
Así lo hizo Lucho y se encontró con un lindo retrato de su madre. No pudo menos que poner cara de circunstancia, unos lagrimones se le escurrieron por los surcos que circundaban sus ojos y luego abrazó fraternamente a su compadre.
-Gracias compadrito. Me tocó el alma.

Esa noche, las estrellas titilaron dulcemente sobre las testas de estos entrañables amigos…










Texto agregado el 21-12-2013, y leído por 114 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
27-12-2013 Cajas vacias, que ocurrencia, muy lindo relato, simpático. jaeltete
21-12-2013 Un negocio brillante. stracciatella
21-12-2013 Ahhhh, ¿vendemos cajones vacios cumpita?, bueno les ponemos algo para calmar la conciencia...¿vale? Cinco aullidos con iniciativa yar
 
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