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El despido

El despido

Me imaginé una lombriz cuando asoma su cabeza: nadie sabe el tamaño que tendrá. La misma incertidumbre me jaló en el trayecto. Mi corazón se sacudió en un remolino hidráulico, como en el centro del “dagadá”. Vi que la gente me miraba con cierta extrañeza, como presintiendo una debacle. Reconozco que entonces mi aspecto no era el mejor.

Cuando entré a su oficina la colección de pequeños búhos y diminutas lechuzas de la estantería dieron cuenta de su forma de ver el mundo. Me habló de la lealtad con la misión de la empresa; del reglamento interno de orden higiene y seguridad; de la causal de término; del respeto y la puta madre que lo recontra parió. Finalmente me mostró las imágenes donde aparezco encima de la señora Sara.

En sus ojos, las afiladas hojas inquisitivas lanzaban destellos de furor. Ese furor que da el miserable poder de algunos. El poder a escala, el pequeño, el que todos anhelan. Ese del ciudadano promedio. Y doña Sara con los pies sobre mis hombros, tendida de espaldas sobre el escritorio con los ojos blancos y los senos desparramados. Y doña Sara apretando sus nalgas con la ayuda de estas dos manos mientras la penetro. Y doña Sara con mi néctar esparcido sobre el rostro y el líquido viscoso saliendole por la nariz. Y él frente a mí moviendo nerviosamente su bolígrafo. Y él subiéndole afanosamente el sonido al televisor para escucharme gimotear. Y él haciendo hincapié en el malestar de la familia de doña Sara y amenazando con llamar a los pacos. Y yo impávido mirandolo a los ojos esperando el desenlace, oliendo su miedo.

Estaba próximo a cumplir los dos años de antigüedad en ese trabajo. Primeramente hice las veces de chofer pero terminé por aburrirme. Soy de aquellos que prefieren la velocidad. Con el tiempo asumí responsabilidades de administración e inclusive llegué a percibir los pagos por algunos servicios. Más de alguna vez acomodé flores.
...........


No sé cuándo ni cómo le cercené el cuello. Sólo recuerdo la calentura de la sangre bajando por mis brazos y sus ojos. Las pupilas se le dispararon hasta perderse quedando apenas una superficie gris gelatinosa. Su tullida mano empuñaba el finiquito. Con la formidable base de onix de un trofeo que adornaba su oficina le hice mierda la nuca.

Antes de salir escribí en el libro de condolencias. Dejé estampada mi letra solidarizando con los familiares de doña Sara, a quien -dicho sea de paso-, volví a acomodar en la urna. Antes de salir escupí el cuerpo de mi jefe. Antes de salir me persigné.

Nunca más volví a trabajar en una funeraria.

Hoy manejo un furgón escolar.

Texto agregado el 27-12-2013, y leído por 183 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
27-09-2014 me gusta ese tono vulgar del texto, no sé por qué todo el rato me acordaba de las canciones de Chico Trujillo, que por lo demás, me encanta. No se huele la muerte, se siente lujuria y un aire tibio que atrapa, como todos tus textos. FaTaMoRgAnA
10-03-2014 la weá asquerosa, bien escrita eso sí jajjaja libelula
27-12-2013 Fue un plaser leerte. Felicictaciones. esclavo_moderno
27-12-2013 tiene su gracia, pero la pierde en las formas (solo es una opinión, la mia, no tengo otras) elisatab
 
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