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Casi que no me importa la estructura, si eso se llama así, pongámosle armazón, pongámosle acuerdos, pongámosle cosas que pasaran antes de. Me importan en la medida en que obstaculicen, me limitan en la medida en que me faltes por ello. Puedo planear mil palabras, trazar prioridades o entablar un pacto súper restrictivo con mi más instruida consciencia (todos tenemos muchas y buscamos siempre la más conveniente), pero todo eso también será un pretérito en el mismo instante en que traslades tus manos a los mías, en el mismo momento en que te hunda la nariz en el oído y vos te quedes ahí, con los ojos cerrados y las cejas tuyas tan sensibles a las hondonadas de besos, y todo sea sinestesia y nada más. Cuando te agarro a vos descubro que, en el fondo, siempre me he acercado a medias a los hombres, ya sea porque erigí barreras o porque ellos lo hicieron, que me he controlado, que me he guardado partes, que me he quedado quieta cuando quise moverme y que me he movido impelida por la moral de la complacencia. Y vos te das cuenta, lo captás sin razonarlo, entrecerrás los ojos y puedo verte sentado en un pupitre, callado, obediente, carente de todo lo que desconocías. Entonces me pregunto por qué me viene esa imagen tuya de niño, si yo no he estado durante tu infancia, si apenas te conozco de unos meses y no tenés una personalidad infantil. Por qué. Por qué cuando te beso sé quién fuiste. Por qué.

Y vos decís que soy un iceberg, y yo sé que soy un iceberg. La nocividad de lo que guardo me hace soltarlo apenas a las personas enguantadas para esto y de forma dosificada, para que no me rebote. Hay una incredulidad defensiva en el oyente, que se manifiesta cuando una realidad ajena lo pone en riesgo de hacerle analizar la propia. No confiaba en vos porque vos también lo hacías, la subestimación, el descreimiento, la puesta en duda del criterio ajeno. Al principio, lo recuerdo, iniciabas una charla de fines exploratorios que terminabas zanjando con una broma, mera cobardía tuya, puro temor de ir más hondo a donde ni siquiera debiste asomarte. Ni siquiera. Y no lo digo por la charla, ni por el iceberg, lo digo por esto otro. Esto de ir a mis sillones a buscar el olor que tu piel dejó en mi casa, esto de saltar de la cama para ver tu mensaje, esto de saber, con exactitud, lo que vas a decirme y cuándo. O sí debiste, qué se yo, igual el resultado es el mismo.

Texto agregado el 05-01-2014, y leído por 142 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
24-06-2017 Estás en el punto exacto de la escritura, donde todo es significativos, desde un olor, hasta esa sensación bien honda después de escribir el poema nelsonmore
24-06-2017 Nunca pongas barreras, deja a un lado los miedos, pues este texto es una lección de humildad y creatividad como pocos lo suelen hacer, cinco estrellas y te seguiré leyendo nelsonmore
07-01-2014 Tienes frases tan contundentes que lo tu las haces ver literarias. me gusta el paseo por tus letras. umbrio
05-01-2014 La timidez me aguanta, es como un garfío que me saca de donde quiero estar. Rentass
 
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