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Una tarde calurosa de Marzo, Narda se armo de valor para visitar a una vieja pitonisa llamada Victoria, subió con determinación la vetusta escalera de madera de la vieja casona.

Entró a la pequeña sala de recibo, percibió un olor a sándalo y flores. No había nadie. Solo escuchaba la voz de la vieja Victoria que susurraba una serie de letanías y conjuros en la habitación de al lado. Espero por espacio de media hora, cuando finalmente salió presurosa una dama alta y bien vestida.

Victoria invito a entrar a la joven mujer y cuando la vio, su poderosa intuición desarrollada a lo largo de tantos años le indico que su búsqueda había llegado a su fin. Lo supo de inmediato…..era ella. Comprobó una vez más que el destino toma formas diversas…caminos y atajos extraños….muchas veces incomprensibles. Caminos que nunca entenderemos. Le pidió que se sentara y le contara todo.











Esto que ofrezco a vuestra merced, es la historia de don Pedro Mendoza y Solórzano, natural de la ciudad de Lima nacido por los años de 1710. Se cree que inició sus estudios en la ciudad de Arequipa y luego los continuó en la ciudad de Lima en el colegio San Martín, uno de los centros de estudio principales de la orden Jesuita de aquella época.

La procedencia de su familia se hallaba en ámbitos de modesta categoría social, por lo que sus padres insistieron en que siguiera la carrera eclesiástica, cosa que don Pedro no acepto. Contaba solo unos veintitrés años cuando entró a formar parte de la corte virreinal. Fue cosa de la diosa fortuna, pues tuvo la suerte que lo escuchara recitar uno de sus versos Don Diego Rosas de la Puerta, un español muy rico, dueño de tierras y cientos de esclavos. Muy aficionada a los certámenes y fiestas que se organizaban en la corte de Lima y fue precisamente allí donde después de escucharlo Don Diego quedo maravillado como un mozo de tan corta edad fuese tan buen poeta y versificador.

En efecto, don Pedro a sus veintitrés años tenía hechos muchos poemas, comedias, autos y otras obras sueltas. Por lo que fue tomado en gran estima y grande aplauso por Don Diego, quien lo cobijo bajo su sombra protectora y en poco tiempo pasó a depender económicamente y socialmente de este noble español. Incluso llego a viajar con él a la madre Patria allá por los años de 1733.

Al cabo de pocos años don Pedro se convirtió en un cortesano, docto en letras humanas, ciencias y buen versificador. Nuestro buen don Pedro era hombre de muchas luces y erudito ingenio.









Narda era una bella mulata de unos 20 años que vivía en un callejón de la Avenida Grau, poseía unos bellos ojos color miel, una cintura cimbreante y caderas invitadoras, propias de las morenas de su edad. Estudiaba en una Universidad estatal y compartía su tiempo entre ayudar a su madre en la casa, la universidad y su deporte favorito: el voleibol.

Fue en el cumpleaños de Susana, su mejor amiga que conoció a Alberto, un hombre muy apuesto, no se parecía a ninguno de los jóvenes que Narda frecuentaba. Serio, casi taciturno. De hablar suave y comedido, pero muy seguro de sí mismo. Eso impresionó a Narda, cansada de la conducta bulliciosa y vulgar de los chicos de su barrio.

A ese encuentro sucedieron muchos más: en parques, cines y cafés. Una tarde mientras paseaban a lo largo del malecón del río Rímac, Narda, contemplaba al río hablador, cuando de pronto, sin mediar palabra, Alberto le estampó un lento, larguísimo y casi imperceptible beso a lo largo de su brazo desnudo que se apoyaba en el muro. Fue ese momento en que Narda sintió que Alberto tenía poder sobre ella, el poder de requerirla cuando quisiera y dónde quisiera. Desde ese instante jamás pudo decirle que no. Aquella misma tarde Alberto se llevo a la cama a una Narda deslumbrada y perdidamente enamorada. Sucederían luego infinidad de encuentros. Nadie le había hecho el amor como él ni le habían prodigado tanta ternura después de hacerlo. Algo que le llamó la atención es que Alberto nunca deseaba compartir con nadie, solo él y ella. Jamás compartieron ni con la familia ni con amigos. Solo los dos.







Desde muy joven se entregó apasionadamente a los estudios literarios y científicos. Sus conocimientos de las ciencias naturales, matemáticas, astronomía y alquimia le granjearon una gran reputación. Dícese que aplicó sus conocimientos de arquitectura en la refacción y mantenimiento de las bóvedas de varias iglesias, como la Capilla Mayor de la Catedral, La Iglesia de Nuestra Señora de La Misericordia y la de Nuestra Señora del Rosario, bóvedas construidas de mampostería de ladrillo con mortero de cal. También se lo vio muy ocupado entre los anaqueles de aquella primera botica- abierta el año de 1551 de Nuestro Señor por el Arzobispo de Los Reyes: Fray Jerónimo de Loaisa, con la que se inicia la preparación de las recetas en el Hospital de Santa Ana de los Naturales- poblada de barretas de maderas de color dorado. Entre frascos azules conteniendo redomas valencianas, almireces de diferentes tamaños, espátulas hechas de oro fino para evitar impurezas, decenas de peroles de cobre, alambiques, cajas para píldoras, frascos con culebras y serpientes conservadas en alcohol, embudos de latón, una balanza con pesas de plata. Gozoso entre el olor de medicinas: trozos de mirra, cálamo aromático, nuez moscada, adormideras, bayas de laurel, aceites de manzanilla, de alacranes, de mostaza, de azahar, etc.









Narda se fue enamorando perdidamente de Alberto, lo urgía verlo con mayor frecuencia cada vez, esto termino produciendo en Alberto un creciente aburrimiento. Cada vez inventaba una excusa para no verla. El trabajo, los estudios, sus padres ancianos a los que tenía que atender. En fin, una y mil razones para dejar de verla. Y así se fue alejando de ella. Poco importaban los ruegos o las bravatas que Narda le armaba. Hasta que un día simplemente dejo de llamarla. Estaba inubicable, no contestaba su celular y lo negaban cada vez que llamaban a la casa de sus padres. Narda cayó en una profunda depresión. Dejo la universidad, se encerró en un mutismo total. Ni siquiera el deporte le interesaba más.









Don Pedro era muy dado en sus pocos ratos de ocio a pasear por los campos que rodeaban Lima, era un diestro jinete y en las tardes calurosas del verano limeño, le placía refrescarse en las pozas que acumulaban las aguas del canal o río Sulco, una de ellas era su preferida: la poza conocida como “San Tadeo”. Fue allí precisamente que nuestra merced vio por vez primera a una joven y bellísima india: doña Juana, hija del curaca del Señorío de Sulco, don Francisco Tantachumbi, quien ostentaba el título de Cacique y Gobernador, dueño de grandes sembríos de maíz, frutales y alfalfa. Orgulloso al igual que otros indios ricos de hablar un buen castellano y poseer buenas cabalgaduras. Edificador del Cabildo y la Iglesia de Santiago Apóstol. Doña Juana era una india joven de 20 años, famosa por lucir la belleza propia de una princesa Inca y era además la concubina de un rico encomendero español, Don Miguel Alfonso de la Torre, poseedor de una renta de 18 mil pesos al año, dueño de otras granjerías tales como, cultivos cercanos a su encomienda de coca y caña de azúcar. Criador de ganado, y por si fuera poco, constructor de molinos, trapiches e ingenios. Don Miguel estaba a los 58 años de su edad y a duras penas podía complacer los ardores de su joven amante.







Por esa razón decidió visitar a Victoria, para que trajera de vuelta a su amado Alberto. Para que le explicara porque la había abandonado. Victoria realizó un antiguo rito aprendido hacía muchos años, conocimiento que se había trasmitió de padres a hijos, un ritual que se perdía en el tiempo, hasta la misma época de los Incas: el famoso Katipac o adivinación por medio de las hojas de coca. Desplegó su unquña (manta en forma cuadrada), coloco en la parte superior una moneda y saco un puñado de hojas de coca escogidas, como lo hubiese hecho siglos atrás un Chaman Watuc y realizo su rezo:

Mamallay coca willaykullay allinchu manachu

Quispirukullanka . Mamallay qampa sutiyki qallaykusac







Quiso la Diosa Fortuna o la malhadada suerte que Don Pedro y doña Juana quedaran perdidamente enamorados el uno del otro. Fueron testimonios de sus apasionados encuentros los campos que rodeaban la Lima de entonces. Ambos sabían que nunca contarían con la aprobación del padre de Juana y peor aún si se enterarse Don Miguel, ambos corrían peligro de muerte, pero más pudo el amor que la razón. Se vieron a escondidas durante varios meses. Hasta que Don Pedro pensó que lo mejor sería raptar a Juana y llevársela consigo al lejano Potosí, allí tenía conocidos y podrían empezar una nueva vida juntos. Pero faltando pocos días para llevar a cabo semejante empresa, aconteció el gran terremoto de Lima del año 1746. Murió casi la mitad de la población de Lima, entre ellos Don Pedro, Juana lo busco inútilmente durante semanas, jamás lo pudo encontrar. Incluso aprendió el antiguo y sagrado arte de leer las hojas de coca de una tía materna. Todo fue en vano. Logró vivir hasta los 49 años y siguió amando a don Pedro hasta el final de sus días.







Fueron varias sesiones las que tuvo con la adivina, le pidió una foto de Alberto, una prenda y al término le dijo: “Querida niña, Alberto tiene otra mujer. En realidad es casado y tiene hijos. El también te ama, pero no quiere hacerte daño, por eso se ha alejado de ti”. Narda, sintió que el mundo se le hacía pedazos. No lo podía creer. En ese instante odió a Alberto con toda su alma y maldijo la hora en que lo había conocido. Victoria la consolaba diciendo, “Es el destino, querida Narda……los grandes amores son los que nunca se realizan……solo quedan como una hermosa promesa...….siempre……¿No te das cuenta?…..el que se enamora menos en una relación……termina dominando la relación, porque al sentir menos, le es fácil dejarte…..olvidarte”

Narda la escuchaba con atención-. Entonces Victoria empezó a contarle que descendía de aquella india: Juana Tantachumbi y como ella, sufrió penas de amor, pues se enamoró de un amor imposible. Victoria le confesó que el espíritu de su antepasada Juana, vagaba por los campos ahora convertidos en la gran urbe de Lima. Y además agregó que su poder adivinatorio le venía de ella, una mujer que desarrollo ese gran talento. Por esa razón insistió una vez más:

“Querida niña, ese hombre no es para ti. Te va hacer sufrir, aunque te ame. No está destinado para ti. Así se lee en las hojas de coca, déjalo ir”

Además añadió “Aunque no lo creas, esa supuesta pérdida te ha permitido hallar algo más grande……. El dolor y el sufrimiento te ha abierto una puerta más grande”

“Ya soy vieja…no tengo hijos……y soy heredera de un gran poder…poder que me ha llegado desde hace muchos años atrás…desde Juana Tantachumbi. Tenía que encontrar una mujer joven como tú…consumida por una inmensa pena de amor…te enseñaré todos mis secretos y conjuros……y te prometo que lo harás volver…y te rogará…y ya no importará…porque habrás adquirido tal fuerza y sabiduría que te parecerá poca cosa…ven mi pequeña Narda…..no tenemos tiempo que perder”

Algo que jamás se enteraría Narda es que Alberto nunca existió, solo fue un hechizo, un encantamiento. Fue la excusa que la condujo a Victoria, nada más.

Texto agregado el 19-01-2014, y leído por 277 visitantes. (0 votos)


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