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-Firma el documento, Mitres Valenzuela y te largas de aqui, antes que anochezca. ¿Qué me miras con esos ojos de hiena degollada?. !Solo tienes que firmar esto. ¿lo entiendes o no?.

Mi padre se resistió a trazar su firma en ese papel acartonado. Ni muerto aceptaría ceder su hacienda, carros, ganado y las plantaciones de café a ese miserable. Matías perdió la razón cuando escuchó el no rotundo de mi padre quien arrugando el papel, lo arrojó al fuego. Ambos discutieron acaloradamente, empezando a forcejear uno contra el otro.

Años atrás Matías había sido el más cercano amigo de mi padre y su fiel contador hasta el día en que –inevitablemente- su amistad se volvió nociva. Era frustante para Matias vivir a expensas de un sueldito de media caña, confinado en la misma casita donde nació, sin poder avanzar.

Siempre vivió solo hasta que tuvo una aventura con Catalina, la empleada del correo central. Ella tenía una carita angelical cubierta de una piel color cafecito, sus ojitos saltarines bailaban siempre de alegría. Matias la llevó al altar aun cuando él no estaba convencido del todo. Convivieron solo un par de años hasta que la ilusión se le vino por los suelos con el nacimiento de Silvito. Matias no estaba para mantener a una boca más “no vale la pena que me sacrifique trabajando como un burro”, se decía. Por eso, los hechó de su casa hace muchos años atrás.

Ese domingo en que mi padre arrojó el papel acartonado al fuego, el asaltante, en cuestión de minutos, apuró cuatro disparos en medio de la sala. Las balas de su fusil traspasaron la frente sudosa y el tórax de mi padre.

Eso no fué todo. Cuando su corazón aún se aferraba a la vida, la furia contenida de Matías lo llevó a cortar las venas del moribundo con un cuchillo que extrajo de sus botas. Como si las manos de mi padre tuvieran la culpa de todo, fueron cercenadas y arrojadas a un rincón de la sala como si fuesen residuos de comida.

En la soledad de aquella estancia un llanto apagado alcanzó a gemir en medio del dolor y la penumbra “!qué horror dios mío, nunca vi tanta crueldad!” y salió con pasos furtivos, para internarse entre los cerros de Lomaverde.

Con el fin de evitar fuese llevado a un horfanato, Sildia, la nana fiel que cuidó siempre de mí, tomó el tren hacia la capital en donde nos mantuvimos alejados, a salvo de cualquier venganza en mi contra.

Estoy seguro que yo le recordaba al hijo que tuvo en sus años alocados de juventud y que lo encargó a la Ronca para que lo cuidara. Solo podia confiar en su única amiga. “Te lo encargo Ronquita, te buscaré apenas junte un centavo”.

Mi primer trabajo fué de archivador de la biblioteca del municipio, en la plaza de la ciudad. En las horas libres, especialmente por las tardes en que todos hacían la siesta después de la comida, me dedicaba a leer la pila de libros que mi jefa almacenaba en el diván. No me podía quejar, era un trabajo entretenido y no me daba tiempo para pensar en ese pasado turbulento que marcó mi adolecencia.

-Vengo a devolver este manual, jóven. ¿Dónde puedo encontrar crónicas de crimenes?

-Quizá estos libros le puedan servir. ¿Son para usted, señora?

-Son para mi hijo. Es criminólogo y siempre que pueda le ayudo a buscar los libros que me pide.

-Cuando guste que me visite. Tengo mas libros guardados en el diván.

-Es usted muy atento, jóven. Volveré mañana, espero me recuerde…soy Catalina, pero llámeme simplemente, Cata.

Por esos dias tuve noticias que la hacienda y los negocios saqueados a mi padre habían crecido como una nube de algodón. La jugada del asesino había salido perfecta, no hubieron culpables y el proceso terminó archivándose por falta de pruebas.

Matías tenía dinero a raudales almacenados en los mejores bancos de la ciudad. No tuvo escrúpulos para hacer creer a la gente que Mitres, mi padre, le dejó la posesión de su pequeño reino porque solamente confiaba en él.

-!No tenía a nadie, señores!. El único hijo que pudo continuar su obra era un engreído, un inútil, un pagadito de su suerte. El muy cobarde huyó en vez de enfrentar la muerte de su padre, asesinado sabe dios por quién!. Todo esto es mío, lo heredé de mi mejor amigo. -lo decía alzando la quijada y pegándose contra ese pecho inflamado de orgullo-.

El día en que Cata me presentó a su hijo Silvio, me pareció como si lo conociera toda la vida. Me impresionó la pasión que tenía por su carrera y su dedicación para investigar los casos que los juzgados penales le encargaban.

-Todos los he resuelto pero se me quedó uno en el tintero. Se archivó “el caso de las manos cortadas” porque no se llegó a encontrar al autor y no hubieron evidencias. ¿Porqué el juez tendría que gastar mas tiempo en algo que no tenía solución?

Conocer a Silvio me ayudó a despertar el interés por ese caso. !Era mi propio caso!. Decidí remover mi memoria tratando de hurgar aquel océano de recuerdos bañados en pesadilla. Fué muy difícil pero lo hice.

Apenas llegué a casa compartí con Sildia lo que me estaba ocurriendo. Yo no tenía a nadie mas que a ella, pero ella, en cambio, si tenia un hijo en el cual pensar. Lo había visitado varias veces pero el transcurso de los años congelaron sus sentimientos. Sildia se limitó a verlo cada vez que íbamos al pueblo a conversar con la Ronca,

-¿Y como andan las cosas por estos lugares Ronquita?

Ella no me respondió. Su semblante sombrío denotaba ansiedad. Me di cuenta que la Ronca tenia algo que decirnos pero carecía de la fuerza justa que empujaran sus palabras al exterior. Le ofrecí una copa de un licorcito de junco que ella se lo tomó de un sorbo. A la tercera copa se paró del sofa hacia la chimenea y mientras calentaba su cuerpo nos dijo:

-El domingo aquel en que asesinaron a tu padre quedé en encontrarme con Sildia en la iglesia. ¿No es cierto Sildia?. Ella tenía que entregarme unas hiervas cultivadas en tu jardin para calmar la fiebre de su hijo Angelito. Una corazonada me impulsó a desviarme del camino hacia tu casa y ver si podia encontrarla antes de que ustedes salieran a misa. Entré por la puerta de servicio, como no había nadie en la cocina, segui mis pasos hacia la sala. Fué allí en donde me detuve en seco al escuchar el intercambio áspero de voces.

-¿Llegaste a ver quién mató a mi padre, Ronca?

Tendría que ver a esa persona para reconocerla. Su recuerdo me resulta muy difuso todavía. Estoy perturbada pero te aseguro que estaré lúcida ante la policía.

De inmediato acudí al juzgado para que reabriera el caso. No había excusa para tenerlo archivado, !qué mejor prueba que la de una testigo presencial!. Me dieron una citación para el interrogatorio de la Ronca. Sería examinada por el juez y también por Silvio, en cuyas manos, afortunadamente, había llegado “el caso de las manos cortadas”.

El día de la audiencia llegué antes de la hora señalada ocupando el lugar destinado a la parte ofendida. Todos estaban presentes.

La Ronca esbozó con lujo de detalles la descripción del hombre que vió aquel día en la casa de mi padre. Conforme pasaban los minutos, su descripción se agudizaba más y más. Los recuerdos le venían a la memoria como un torrente de nieve frezca. Cuando terminó su declaración la Ronca se paró subitamente de su escaño y con el dedo acusador gritó en medio de ese silencio de cementario que reinaba en la sala.

-Es él, es él, el perito que tengo en frente mío. !Lo reconozco, él disparó a Miltres Valenzuela!.

- Bien, señora, ¿fué él también quien le cortó las manos a la victima con el cuchillo que tiene en frente suyo? –señalando el juez hacia la mesa-.

-No, señor juez. Las manos del cadaver fueron cortadas furiosamente por …por !Matías Moreno!
No había dudas. Silvió quedó acorralado. Su intención no había sido matar a mi padre, sino al suyo, a Matías por la sangre fría que tuvo cuando los arrojó sin piedad, a él y a su madre Catalina, del hogar. Los echo a la calle como si fueran dos residuos de basura. Silvio se confundió y le falló el pulso cuando vió que Matías y mi padre forcejeaban, uno para defenderse y el otro para atacar. Matias, aprovechó que otro le había ahorrado el trabajo de disparar a mi padre. Al día siguiente de este feroz incidente, se apoderó de los bienes, falsificando documentos con la firma de mi padre. En cuanto a Silvio fué otro que también sacó ventaja de la situación. Pudo seguir una profesión y vivir holgadamente con la mensualidad que Matías le daba a regañadientes, a cambio de mantener su boca cerrada.

Ambos cómplices hicieron el mejor de los pactos satánicos. El destino los había unido para ser tal para cual.

Padre e hijo fueron detenidos y llevados al calaboso de la placita de Lomaverde donde pasaron casi la mitad de sus vidas echándose la culta uno al otro. El impetuoso torrente de sangre los unió, a pesar de todo, en el lugar que ambos nunca imaginaron estar.
Después de todo, Matias fué un tonto. Hubiera sido preferible compartir un hogar junto con Cata y Silvito, en vez de estar en ese pestilente lugar del presidio.

Ahora que soy uno de los mas acaudalados de Lomaverde, miro el horizonte en donde yace la figura difusa de mi padre para decirle con gracia que su caso , !que su caso está cerrado!


Texto agregado el 09-02-2014, y leído por 255 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
07-04-2014 Me encantó tu cuento. Está bien narrado e hilvanado. Te felicito. elpinero
07-04-2014 te tomas tu tiempo y pum para arriba , bonito cuento, drama pasiones y miserias ocultas , un medio que aprecio duro y una sociedad que no apetece demasiadas cosas, lo bates bien agregando los toques necesarios y lo sirves en silencio , das un paso atrás y esperas. Muy buena cuentista eres, te felicito seguiré la lectura rulosodemonserrat
07-04-2014 Muy bien narrado, la historia impresionante. jaeltete
11-03-2014 Me encantó la historia y tu entretenidísima narración. Carmen-Valdes
26-02-2014 Excelente historia, bien contada con el estilo que te caracteriza. Un abrazo. sendero
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