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Escrito para el juego “El Texto Imprevisto”
Palabras obligatorias: HERMAFRODITA - RITMO - MAR - DORMIR - ODA


LA PLAGA
(idea original)


-Buenos días, Lucas
Dijo una aterciopelada voz femenina. La luz se había encendido automáticamente en el pequeño habitáculo. Lo había perseguido por todos los pasillos mientras avanzaba, calculando su recorrido y haciendo que su pálida tez y sus cabellos y cejas completamente canas refulgieran como si tuvieran luz propia.
-Buenos días, MERCMAID
El astronauta se precipitó dentro con paso acelerado –la gravedad de ese planeta era menor de lo que recordaba de la Tierra y le permitía moverse con una agilidad prodigiosa a sus casi setenta años-. Devolvió el saludo mecánicamente, sin ganas. Nunca le hizo gracia hablar con una máquina, pero sabía que era una señal que hacía que el navegador estuviera receptivo a sus comandos. El MERCMAID (Mechanics, Electronics, Resources and Crew Management Artificial Intelligence Device – o, dicho en cristiano, Dispositivo de Inteligencia Artificial de Gestión de la Mecánica, la Electrónica, los Recursos y la Tripulación) era una maravilla de la informática y la robótica que controlaba absolutamente todos los aspectos de la nave.
-¿Con qué desea trabajar hoy, Lucas?
-Tutéame, MERCMAID.
-¿Qué quieres hacer hoy, Lucas?
Últimamente se desconfiguraban algunas cosas. Pero eso apenas tenía importancia si lo que aseguraba Gunther en el mensaje que le mandó a su brazalete era cierto.
-Trae el último espécimen registrado por Gunther Shimada, GS00128
-En seguida, Lucas.
La música foxtrot comenzó a sonar. No todo estaba perdido con MERCMAID después de todo. Mientras cogía la delgada pizarra de grafeno y ésta le reconocía sus huellas digitales y el ADN de las epiteliales para autentificar su acceso al sistema, evocó aquel día que dio su información personal para introducirla en el ordenador que pilotaría la nave CENTINEL hasta la constelación de Orión; cuando estaba en la universidad, aquel ritmo le ayudaba a pensar. Ahora, casi cuarenta años después, las cosas habían cambiado, pero le reconfortó rescatar ese recuerdo de juventud…
Cuando localizó el informe preliminar en la base, lo trasladó con un gesto de su mano de la tableta a la pared luminosa, y ésta se tornó en una pantalla diáfana que mostró toda la información en mayor tamaño y detalle. Aunque la voz de MERCMAID citaba todo lo apuntado, él la leía para sus adentros con ansiedad. Necesitaba aprehenderlos él solo.

“Especimen GS00128
Fecha de registro: 05 de Marzo de 2.133
Hora de registro: 0317 GMT
Descripción: Muestra de tipo G, subtipo a determinar.
Peso: 45,375 Kg.
Medidas: Diametro – 178 cm / Largo – 224 cm /Ancho – 98 cm
Notas: GShimada – Lo he hallado en terreno pantanoso, semienterrado. Los apéndices parecen raíces, y estaba arraigado, pero abre una boca central y mueve otros tentáculos más robustos con precisión y soltura. No parece un tipo F. Lucas, si eso es realmente un bicho de tipo G, ¡tienes que ponerle mi nombre, que yo lo he encontrado, cerebrito!. Un “Guntherino”, o “Guntheriano”, o como te venga en gama… jeje…”


Eso no ocurriría mientras Lucas fuera el que lo analizara. Si era realmente un G, llevaría su impronta a como diera lugar. Desde que era un niño soñaba con aquello. Y supo que lo podría hacer realidad cuando, hacía cuarenta años, la sonda JUNIPER, enviada a un pequeño planeta con atmósfera de la constelación de Orión, mandó a la tierra información insinuando la existencia de formas de vida de clase A –Unicelular: Bacterias y Protozoos-. La noticia revolucionó el globo, y hubo las más variadas reacciones, partiendo de la más exaltada euforia: las religiones androcéntricas reforzaron la postura del hombre como hijo de Dios y Rey de la creación –al menos de la Tierra-; se convirtió en moda adaptar el sótano como búnker en caso de invasión, como lo fue en la segunda guerra mundial para convertirlos en refugios antibombas y en la tercera como cápsulas de aislamiento contra los contaminantes químicos y radiactivos.; géneros culturales y literarios perdidos en el siglo anterior por obsoletos, y convertidos en herramientas de estudio sociológico y antropológico sobre cómo en el pasado la humanidad interpretaba la evolución de las ciencias y la tecnología, resurgieron cual ave fénix de sus cenizas… Nada sería lo mismo. Y él, que tuvo que soportar las caras largas de sus padres y las burlas de sus amigos desde que les anunció que quería estudiar Biología Espacial, vio recompensado su esfuerzo y persistencia cuando recibió la carta que lo invitaba a ser parte de la expedición que se embarcaría en la CENTINEL para surcar el espacio rumbo a Orión para investigar el terreno de la manera que los drones y los rovers no podían hacerlo.
La puerta del habitáculo se abrió de súbito con un siseo.
-Buenos días, Aemilia.- Se adelantó el ordenador a saludar, desvelando al biólogo quién era su visitante
-Hola, MERCMAID. Hola, Luc. ¿Has visto lo que ha encontrado Gunther?- Era la doctora especializada en genética. Por sus áreas de estudio, trabajaban estrechamente y era de esperar su intromisión. Aemelia, a pesar de contar casi sus mismos años, seguía siendo una belleza exótica para su época. Su melena rubia y sus ojos como turquesas eran características recesivas casi perdidas. Además, el envejecimiento en el espacio no era el mismo que en la tierra. La falta de gravedad mantenía cierta lozanía en las facciones, y sólo se acusaba la edad en las líneas de expresión, más marcadas, pero no en la flacidez de la piel.
-Aún no. MERCMAID lo tiene que traer desde la exclusa de carga norte, y no es exactamente una muestra pequeña. Tardará lo suyo.- Explicó el biólogo mientras la contemplaba.
-Está bien. No olvides mandarme muestras de tejido a mi laboratorio cuando las tengas.
-Si, claro.
-MERCMAID, abre estos datos en la pantalla de mi unidad, por favor.- Dijo la mujer a la vez que se marchaba.
-En seguida, Aemilia.- Respondió el ordenador
Lucas la observó mientras se retiraba, e intentó recordar la primera vez que la vio. Fue en la convención en la que les presentaron la misión a Orión. Recordó que al principio se sintió especial, único, al recibir la invitación para formar parte de la expedición de la CENTINEL. Pero luego resultó bastante decepcionante cuando se encontró con cientos de jóvenes candidatos de todo el mundo con el mismo mensaje en el pabellón donde los habían citado. Aemilia le llamó poderosamente la atención entonces. Era notoria entre los demás. Quizás había sólo cinco personas rubias en todo el recinto, y otras cinco con ojos claros, pero ninguna tan bella…
La charla que se les dio fue dura, y por las conclusiones a las que llegaron, supo por qué habían llamado a tantos profesionales. Se les informó que la excursión tardaría al menos treintaicinco años en llegar a destino, y otros treintaicinco en volver, sin contar el tiempo que estarían estudiando el planeta, que esperaban que no fuera inferior a cinco años. Presentar una misión de setentaicinco años de duración a gente que rondaba la treintena, y sabiendo que a consecuencia de la contaminación y la degeneración de los alimentos masificados, la esperanza de vida era inferior que en el siglo anterior, sólo significaba que se estaba planteando un viaje sin retorno para quien decidiera apuntarse. Por eso, de los cientos de biólogos como él, (e ingenieros, médicos, físicos, astrónomos, matemáticos e informáticos) sólo unos pocos echaron su solicitud para participar. Los justos para tener una lista de primeros candidatos y suplentes, sin muchos terceros suplentes. Aunque todos eran académicamente muy competentes, psicológicamente no se podía decir lo mismo. Quien no tenía carencias afectivas que no lo ataban a la Tierra o lo empujaban fuera de ella, tenía una desmedida ambición capaz de arrancarlo de su hogar y los brazos de sus afectos con tal de que su nombre pasara a los anales de la historia. Él mismo reconocía que pertenecía al segundo grupo, y sabía que había preparado las maletas ignorando los llantos de su madre y los llamamientos de su padre a que recuperara la cordura... Por suerte, los seleccionadores no pudieron ser muy quisquillosos a la hora de elegir, y eso ayudó a que pasaran por alto ciertos traumas o personalidades conflictivas. Y aunque Lucas era el segundo de una lista de dos entre los biólogos espaciales, como la primera candidata tenía un soplo de corazón y asma, fue descartada en las pruebas físicas. Después de todo, no había que olvidar que quien abordara la CENTINEL debería esperar una vida entera en el espacio, soportando condiciones no del todo saludables, por lo que la fortaleza corporal era importante. Así, el grupo estuvo configurado en apenas quince días: cuatro mujeres y cuatro hombres, todos de distintas disciplinas. Luego vinieron meses de entrenamiento y pruebas astronáuticas, pero eso fue otro cantar…
Finalmente se abrió la pequeña portezuela de la izquierda y unos brazos mecánicos colocaron con inmenso cuidado un bulto sobre la mesa que se hallaba del otro lado del cristal de observación del laboratorio. .. Lucas se llevó una mano a la boca y casi se le empañaron los ojos, atónito por lo que se hallaba ante él, apenas separado por una ventana. Aquella criatura (si se podía llamar “criatura” a esa oda de la locura) era simplemente extraordinaria... y la materialización de sus sueños como científico, como biólogo, como persona que persigue una meta hasta conseguirla… Se admitió que había desconfiado de Gunther y pensado que le estaba tomado el pelo tras dos años de infructífera búsqueda en la superficie del extraño planeta verde. Además, no era la primera vez que le mentía con asuntos que le afectaban. Todavía se despierta por las noches pensando si Alexei es de verdad hijo suyo. Los que organizaron la misión los reunieron el día anterior a la partida para darles unas peculiares instrucciones: esperaban que, en tanto tiempo de convivencia y aislamiento, surgiera alguna pareja y que incluso nacieran hijos durante la travesía. Dieron permiso expreso a los tripulantes para relacionarse entre sí libremente, pues de esa manera se garantizaría la llegada de alguien con vida en el retorno de la CENTINEL. No era necesario que la esperada prole fuera de expertos navegantes. Existía un programa en la configuración del MERCMAID que traería automáticamente la nave a “casa”, garantizando así la vuelta con bien a la Tierra. Y gracias a esto entendieron por qué se calculó todo (provisiones, vestimenta, medicamentos...) contando el doble de los pasajeros que realmente viajaban. Y, aunque hubo cierta tirantez y rechazo al principio por lo que resultaba una imposición morbosa, al año de estar viajando, ya fuera por la soledad o simplemente por una necesidad física, empezaron a surgir los primeros amoríos –y las primeras animosidades-. Él estuvo especialmente ligado con Sarayu, la experta matemática. Era de ascendencia india y sus facciones y formas eran muy armoniosas. Lucas se sentía inmensamente atraído por su sensualidad y delicadeza. Mas nunca establecieron una unión seria, puesto que ninguno de los dos tenía el impulso de formar una familia... Sin embargo, otros sí desearon formalizar su situación y, a los seis años de iniciado el viaje, Antoine, el ingeniero aeroespacial, y Myriam, la doctora en física nuclear, se casaron, protagonizando así la primera boda cósmica. Tres años más tarde tuvieron a Gea, la primera niña nacida en el espacio (y descubrieron que no había nada más engorroso que un parto en gravedad cero…). La llegada de la bebé tuvo efectos extraños en las otras tres mujeres de la nave. Sarayu se distanció del biólogo y se volcó más en ayudar a su compañera con los cuidados de la niña. De esa manera apagó sus propios instintos. Y Ling se aisló de manera enfermiza, hasta casi desarrollar un TOC (transtorno obsesivo-compulsivo). Sin embargo, Aemilia tuvo la pulsión contraria, y fue la compañera habitual de Lucas en esa época. La cercanía en los experimentos que llevaban a cabo hizo posible el roce para llegar a la intimidad. Sin embargo, se suponía que la blanquísima eslava era la pareja del informático, Stephen. Cuando se quedó embarazada, la pareja rompió su relación sentimental –seguramente por las infidelidades de ella, aunque Steve jamás se mostró rencoroso con Lucas-. Unos días después de la ruptura, hablando del asunto con Gunther, éste se sinceró y le confesó al biólogo que se había acostado en repetidas ocasiones con ella, y que era posible que aquello fuera la causa de las fricciones entre la ucraniana y el norteamericano. Lucas se sintió menospreciado y usado por la promiscua Aemilia, y reveló a su vez, despechado, que él también había tenido relaciones con ella. Al contrario de lo que esperaba, vio estupefacto cómo, en lugar de ofenderse, su compañero afroasiático simplemente se echó a reír, exclamando un “menuda zorra” cada veinte segundos durante todo lo que duró aquella conversación.
De esta manera, un año y medio después de la primera niña espacial, vio la luz el primer niño espacial, Alexei. Fue el único parto que asistió Lucas, pues como biólogo era lo más parecido a un médico, y la parturienta le dio todo tipo de instrucciones entre contracción y contracción. El pequeño oficialmente se consideró hijo de Aemilia y Steve, aunque nadie tenía certeza de quién era el verdadero padre de los tres. El hecho de que se pareciera a ella, tan rubicundo, hizo que, en lugar de implicarse, tanto Gunther como Lucas se alejaran. Sin embargo, a medida que Alexei crecía, Gunther resultó una compañía más insidiosa que la conciencia, al remarcar rasgos en el muchacho que bien podrían ser hereditarios, y más propios del biólogo que de él mismo o de Stephen.
Tiempo después, el mismo Shimada admitió que le había mentido sobre sus supuestos deslices con la médica… Lo que llevó a Lucas a pensar que quizás también le mentía al comparar sus narices y sus orejas con las de Alex, pero ya no pudo dejar de darle vueltas al asunto.
Sin embargo, ahora tenía ante sí lo que necesitaba para evadir su mente de esos pensamientos. Después de décadas errando por un universo más infinito que el más vasto mar, empleando las horas en estudiar y dormir al finalizar la lista de experimentos encomendados desde la Tierra para aprovechar la larga travesía, todo cobraba sentido sólo por ser el primer hombre que analizaría un ser extraterrestre de tipo G: Metazoo (Animal). Abrió en su pantalla de grafeno portátil la aplicación de las herramientas y se puso manos a la obra.
-MERCMAID, registro de voz.
-El registro de voz se activará tras la señal, Lucas.- Inmediatamente, sonó una armonía redonda, grave, como proveniente de una flauta de cristal. Entonces, el biólogo respiró profundamente y comenzó a hablar.
-Cinco de Marzo de 2.133, 0349 horas GMT. Iniciamos estudio de la muestra GS00128 con el análisis visual. A primera vista, aparenta ser una enorme vaina bicolor. No se aprecia ningún movimiento. Tiene una hendidura longitudinal en la parte superior, con una más pequeña, trasversal, aproximadamente en el centro. La parte superior es de un color cenizo más claro que en su parte inferior, que es negra. De la parte inferior nacen una especie de apéndices blanquecinos no articulados y de dudosa funcionalidad, excepto la de mantener a la criatura anclada a la tierra. En los extremos se pueden apreciar otros tentáculos, más gruesos, tubiformes y con estructura de aros semejante a la de los gusanos de tierra. Tanto éstos como los inferiores penden inertes. No se aprecian ojos ni mucosas de ningún tipo… Su apariencia simétrica a través de su eje longitudinal es un paso adelante a la hora de calificarlo como tipo G. La superficie de la vaina es porosa, aventuraría a decir que ósea, como una especie de exoesqueleto. Las extremidades sin embargo son de tejido blando, quizás cartilaginoso. Procedo al escaneo para estudiar la estructura interna de la muestra. MERCMAID, transcribe y guarda. Mantén activo el registro de voz.
Escaneó el cuerpo cilíndrico que descansaba sobre la mesa. La última vez que había hecho algo parecido, fue para ecografiar la incipiente tripa de Gea. Como era de esperar, y siendo los únicos dos jóvenes de la nave, la hija de Antoine y Myriam y el hijo de Aemilia (y quizás suyo), terminaron relacionándose y, sin esperarlo siquiera, la muchacha terminó embarazada a sus veintidós años. Nadie los recriminó, ni siquiera durante aquella época de su vida en el que la llamada sexual de la adolescencia los tuvo entretenidos como conejos por donde quiera que se cruzaban en la nave. Se criaron como hermanos, pero muy conscientes de que no lo eran, y tras hacer las delicias de los ocho vejestorios con los que viajaban durante su infancia, se cobraron con su conducta libertina consentida el aislamiento al que los habían condenado al traerlos a la vida en la CENTINEL. Lo inundó una angustia extraña al pensar que aquel chiquillo que se desarrollaba en el vientre de la joven podía tratarse de su nieto… Cuando nació el pequeño Orión, sintió por primera vez el impulso de enfrentar a Aemilia y preguntarle si Alex era hijo suyo. Pero no lo hizo.
No tuvo tiempo de arrepentirse ni de amedrentarse a sí mismo. El escáner del ser apenas duró unos segundos. Y su asombro ante lo que reveló no tenía comparación con nada que experimentara antes. No sabía por dónde empezar. El GS00128 mostraba una estructura interna compleja, pero no podía adivinar las funciones de los órganos. Era fascinante y completamente indescifrable para él. Mil cosas rondaron su cabeza para demostrar si aquella cosa era un tipo G, o sólo una planta más. O un punto intermedio entre uno y otro, lo cual tampoco era nada despreciable como descubrimiento. ¿Tendría pulmones? ¿Respiraría? Y si lo hacía, ¿cómo llevaba los gases al interior del organismo? La atmósfera del planeta, escasa en O2, hacía casi imposible que fuera un ser Aerobio… ¿Cómo sería su reproducción? Para ser un Metazoo, debía reproducirse sexualmente, pero… ¿cuál era el género de lo que tenía delante? ¿Tendría dos gametos como los conocían? ¿Sería hermafrodita o partenogenético? Y sobre su nutrición… ¿Sería heterótrofo? ¿Herbívoro, carnívoro, omnívoro…? ¿En qué lugar de la cadena trófica se encontraba, si es que había algo así en ese mundo cenagoso? Tanto había soñado con un encuentro de ese tipo, que verse paralizado por las dudas le resultaba de lo más frustrante. Se dio cuenta de que llevaba cerca de diez minutos sin decir ni una palabra para el registro.
Tal impotencia, lo llevó a tomar la decisión de diseccionarlo con el bisturí de plasma y obtener las biopsias que tenía que mandar a la genetista.
-MERCMAID, activa el bisturí de plasma.
Lucas se colocó los finos guantes con sensores, dio una palmada para activar la señal entre ellos y el brazo mecánico, que ya se había aproximado a la vaina. Con los movimientos de sus manos guió el aparato con delicadeza, hasta ubicarlo sobre la línea central.
-Corta.
La imperceptible luz azulona del bisturí tocó a la criatura y, al instante, ocurrió algo escalofriante. La cosa emitió un chillido distinto a todo lo que el biólogo había escuchado en su vida.
-¡Ya!- Ordenó Lucas por encima del chirrido ensordecedor del extraterrestre, pero éste ya se encontraba irritado, despierto, contrario a como lo había observado hasta el momento. El ser rodó sobre sí mismo, agitado, y entonces abrió la abertura central para que asomara de su interior una esfera roja, semejante a un enorme ojo que le dirigió una mirada escalofriante. Los tentáculos de los extremos se agitaban cual látigos y los apéndices inferiores, que le parecieron inútiles como barbas en un primer instante, resultaron ser cientos de pequeñas patas reptantes que proporcionaron al ser una movilidad ágil y rápida. Se movió por el interior del recinto, golpeándose contra las paredes violentamente, sin parar de aullar.
Era tal el escándalo, que Aemilia y Sarayu ingresaron en el laboratorio.
-¿Qué ocurre, Luc?- Preguntaron al unísono, alarmadas, imponiendo sus voces al saludo automático de MERCMAID y al escándalo de la criatura
-Está cabreado. Pensé que estaba muerto e intenté diseccionarlo; fui un idiota. Debemos esperar a que se calme.
-¡No tiene pinta de que vaya a calmarse! ¡Hay que acabar con esa cosa antes de que dañe la CENTINEL!- Argumentó Sarayu, nerviosa.
-¡No, no podemos hacer eso! Hemos venido hasta aquí para esto.-
-¿Pero a qué coste, Luc?- Intervino Aemilia con frialdad. –Sarayu tiene razón, hay que activar la deflagración.
-¡No! ¡No pienso renunciar a esto…-
Justo en ese instante, la criatura se lanzó contra la ventana supuestamente indestructible, y escupió un líquido ambarino. El cristal comenzó a derretirse…
-Dios mío…- Musitó Aemilia. A una velocidad indescriptible, se abrió un agujero en la pantalla y un nuevo esputo dio en medio de su pecho. No tuvo tiempo de reaccionar. Aquel líquido ácido, corrosivo, abrió un agujero a la altura del esternón como si lo derritiera, y la médico cayó como fulminada.
-¡Mierda!- Exclamó Lucas, cogió un extintor que estaba camuflado en la pared y se puso a descargarlo contra la criatura mientras gritaba -¡Sarayu! ¡Vete y cierra la puerta!
Sarayu no pensó en nada a la hora de salir, sólo cumplió la orden que le dio Lucas con desesperación. Los remordimientos sólo le afectaron una vez estuvo fuera. Pero al volverse y ver que su antiguo amante se desplomaba, quedando su cráneo sin rostro frente a ella, descomponiéndose hacia el interior, se sintió espeluznada. Y más aún cuando uno de los tentáculos asomó por entre la nube de gases del extintor. Impulsiva, cerró la compuerta violentamente, apresando el tentáculo sin piedad, y dio un manotazo al mecanismo del cierre hermético. Pero aquella cosa seguía emitiendo el fluido corrosivo, y estaba debilitando la estructura del suelo y la portezuela.
-Maldita sea…- Se dijo para sí, mientras salía corriendo, cerrando cada una de las compuertas y activando todas las alarmas que halló a su paso. –¡MERCMAID, da la alarma! ¡Avisa a la tripulación! ¡Aisla el laboratorio de Lucas García y todos los demás a medida que se evacúen!-
A pesar de sus órdenes, y alertados por el escándalo, Stephen y Antoine accedieron a la zona de estudio por el ala contraria, y sobreseyendo las órdenes previas de Sarayu, abrieron manualmente las compuertas… Cuando se dieron cuenta de lo que ocurría, ya nada pudo salvarlos de GS00128.


Sarayu había recogido a Orión y se había aislado en la sala de mandos. El silencio era asfixiante, y sólo se rompía con la respiración rasgada de la científica. El niño, de cuatro años, la observaba con sus inocentes ojos castaños.
-¿Qué te ocurre, Sarayu? ¿Por qué tenemos que estar aquí encerrados?
-Nada, no pasa nada, Orión… No pasa nada…- Masculló la mujer, mientras terminaba de afilar una barra metálica que pretendía usar en contra de la bestia. Sabía que el pequeño era consciente de parte de lo que pasaba, pero no quería preocuparlo más de lo necesario. Ella había escapado por los pelos, había encontrado los escasos restos de Alexei cuando salió a buscar alimentos para ambos. Estudiándolos, supo que aquella criatura lanzaba jugos gástricos y digería a sus presas de forma externa antes de engullirlas. Los humanos debían ser mucho más débiles que los habitantes de aquel terrible planeta, puesto que se descomponían casi al instante. Seguramente era preferible que te alcanzara en la cabeza o el pecho y te matara de la misma manera que si te pegaran un tiro a quemarropa, a que te alcanzara en un brazo o una pierna y ver y sentir con impotencia cómo te desintegrabas…
-MERCMAID, ¿la criatura todavía está a bordo?
-Sí, Sarayu
-¿Dónde?
-En el bloque 5, zona del gimnasio.
No quería preguntar delante del niño, pero no pudo reprimir la pregunta.
-Recuenta las formas de vida que detectas a bordo.
-Tres, Sarayu.
Hasta hacía poco habían sido cuatro. Myriam también había aguantado en los dormitorios, pero la cosa la alcanzó. La deflagración ya no era una opción, pues la infraestructura interna estaba comprometida y podía matarlos de toda manera.
Sólo tenía dos alternativas: Esperar a que viniera a por ellos y los devorara, o defenderse. Y tenía claro que no moriría sin pelear, por ella y por el pequeño.
-Orión, escúchame bien.- Le dijo antes de marcharse, hincándose de rodillas para estar a su altura. –Voy a intentar defendernos, pero no sé… no sé si lo conseguiré, cariño.- Con rapidez y precisión, configuró el reloj de su brazalete para que sonara una pequeña alarma cada diez minutos. –Toma.- Le dijo, entregándoselo. –Cada vez que suene, pregúntale a MERCMAID cuántas formas de vida hay. Si responde “dos”, pregúntale por mí. Si te responde que estoy bien, espérame, porque volveré a tu lado enseguida… - Se quedó sin voz. El niño, suspicaz, preguntó lo que ella no se atrevía a pronunciar
-¿Y si dice que no estás bien?
-Entonces, ordénale la deflagración…- A la anciana se le cayeron las lágrimas. Prefería que el niño pereciera sin sufrir, pero no sabía si aquello era lo mejor. La impotencia era infinita. Maldijo a Lucas por no terminar con la criatura a tiempo...
-¿Y después?- Insistió el pequeño. No tenía consciencia de aquello a lo que se enfrentaba
-¿Después?- Reaccionó Sarayu, enjugándose las lagrimas. –Vuelve a casa. Sigue el protocolo de emergencia y vuelve a la Tierra, a nuestro verdadero hogar… ¿Recuerdas el procedimiento?
-¿Un, dos, tres?
-¡Sí! El un, dos, tres… ¿me lo cantas? –Ella inventó la canción para Gea y Alexei, y se la había vuelto a enseñar a Orión, para que pudieran regresar si algo les pasaba a los demás.
-¡Un, dos, tres, / a casa volveré! / Pon un dedo / en el tablero, / da dos veces / “aceptar”, y tres / al botón grande / hay que darle.
-Bien, Orión… ¿lo recordarás?
-Sí, Sarayu.
-Buen chico.- Le dijo, besándole la cabeza mientras se ponía de pie con dificultad. Le costó dejarlo solo, pero era la última oportunidad que tenían. Armada con su improvisada lanza, se dirigió a la puerta.
-¡Sarayu!- La llamó justa antes de marchar.
-¿Sí, Orión?- Preguntó la mujer, algo irritada. Le estaba dificultando la decisión de enfrentarse al monstruo.
-¿Y si MERCMAID dice que sólo hay uno?
La matemática sonrió. Por un instante albergo esperanzas…
-Eso significará que sólo quedarás tú, Orión. Entonces deberás volver a casa con el Un, Dos, Tres. Sé que puedes, mi hombrecito.
Y con un gesto de la mano, se despidió del pequeño, abrió la esclusa y la cerró tras de sí al abandonar el habitáculo.


Las alarmas del reloj de Sarayu se sucedían. El niño se entretenía con su tableta de grafeno, ajeno a lo que ocurría. Su abuelo Stephen le había creado pequeñas animaciones con música y juegos didácticos con los que pasaba el rato, algunos recuperados de la infancia de sus padres. Cada vez que sonaba el aviso, el pequeño preguntaba, disciplinado.
-MERCMAID, ¡Recuenta!
-Tres, Orión.
De repente, llegó a los oídos del pequeño un grito de terror. El pequeño dio un respingo, y los ojos se le abrieron como platos. Estaba espantado. Aunque no sonó la alarma, no pudo evitar preguntar.
-MERCMAID… recuenta.
-Dos, Orion.
-¿Quiénes somos?
-Orión y GS00128
El pequeño se sintió agitado, como si hubiera estado saltando durante mucho tiempo y en ese momento su cuerpo necesitara respirar más y más fuerte. Jadeando de miedo y con el frío recorriéndole la espalda, intentó recordar lo que le había dicho Sarayu… Pero sólo podía evocar la canción del retorno… y seguro de que aquello era lo que su maestra le había dicho que hiciera, se puso a recitar para sí frente a los comandos de la nave.
-Un, dos, tres… a casa volveré. Pon un dedo en el tablero…-
El chiquillo colocó su pulgar sobre el lector, que enseguida autentificó el acceso del pequeño a los protocolos de emergencia, los únicos a los que estaba habilitado.
-… Da dos veces “aceptar”…- Aún no leía, pero estaba familiarizado con las aplicaciones y sabía que el icono verde era el correcto. Con decisión , seleccionó dos veces el botón aceptar, y entonces, la portezuela de metacritalto que guardaba el botón rojo, el más grande del tablero y el único que sobresalía, se abrió automáticamente. –Y tres… Al botón grande hay que darle.-
Con su manita, accionó el interruptor, un instante antes de que fuera bañada por la bilis de ácido y se desintegrara sin más. Toda la CENTINEL tembló al encenderse los motores, el piloto automático cargó las coordenadas de la tierra, y la cuenta regresiva se inició. Ya nada podía detener el protocolo de retorno, sin importar lo que ocurría con los comandos de a bordo, que se deterioraban con el corrosivo.


El CENTINEL regresa a velocidad constante. Su programación ha iniciado el retorno al planeta Tierra. Cuando la expedición se inició, se sabía que era un viaje sin regreso, por lo que la falta de comunicaciones no sorprende, aún cuando se sabe que hubo nacimientos en la travesía. Después de todo, no se conocía las consecuencias de nacer a gravedad cero, y quizás la atrofia de los músculos por la falta de gravedad devino en muertes prematuras.
Aquel ser de Orión, ante la falta de alimentos, ha hecho un capullo e hiberna en el interior; MERCMAID no lo detecta como un ser vivo en su letargo, y por eso se espera con ansiedad la llegada de la aeronave, de la que esperan rescatar los restos de la prometedora muestra GS00128. Cuando otro ser humano acceda a las grabaciones y sepa del horror que encierra la CENTINEL, quizás sea demasiado tarde…



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Texto agregado el 09-02-2014, y leído por 234 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
18-04-2014 Me lo zampé de corrido y sin pausa!! Ay quienes dicen que la etapa en que describes el inicio de la expedicion es muy larga, pero no en realidad es corta pero está bien, lo que si me dejó con gusto a muy poco fue el desarrollo despues de fallar el experimento, y el traslado del protagonismo a Sarayu , y eché de menos el no haber escenas de caceria entre Sarayu y gs00128. Ikalinen, me fascinó este cuento también! !! sabiel
11-02-2014 Claro que uno no puede evitar acordarse de Alien el 8 pasajero, pero tu final es sublime, con ese niño solo y abandonado, que en su terror olvida la deflagración antes de volver a casa, o quien sabe si su pequeña mente ya atisba el horrible significado de esa palabra y su subconsciente y el instinto de supervivencia hacen el resto, condenando seguramente a la raza humana... Me pondré un sombrero para poder quitármelo... Chapeau!!! walas
11-02-2014 Ver que el ser humano sigue sus comportamientos en el espacio (lascivia, celos, posesión, indiferencia por orgullo...) Y cómo escribes tan bien y ameno, uno puede estar leyéndolo eternamente. Por otra parte se te ve bien informada sobre los progresos de la ciencia, algo clave para proyectarla en el futuro con acierto (eso es la buena ciencia ficción), me refiero por ejemplo a ese grafeno. walas
11-02-2014 Es tan descriptivo y visual que uno diría estar viendo una película, dicho de la forma más elogiosa posible (lo que habrás disfrutado escribiendo el análisis del bicho ;) La parte intermedia: ciertamente no es necesaria para la narración saber las relaciones que ha habido en la nave, pero ayuda a identificarnos con los personajes. walas
11-02-2014 El final... casi sin respiración, la secuencia de hechos, aún que eran de esperarse, tu narración los presenta "vivos" ante el lector... me gusto muchísimo, y por supuesto recorde a "Allien el octavo pasajero". Estas amenazas estelares son recurrentes en nuestro subconsciente Ika... por algo será. Cinco aullidos infinitos yar
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