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El Rey lloró

Convocó a todos los consejeros de palacio. Algo andaba mal en el reino de Sotavento, unos dominios al oeste de las sierras moras, una región de ambiente apacible y protegido de los vientos.

Alfredo, apodado “El Melancólico”, gobernaba desde hacía casi un año, ungido Rey luego de que su padre huyera con su amante allende las montañas llevándose todas las joyas de la corona.

-¿Qué esta ocurriendo que se terminó el vino?-Arrancó la reunión el supremo

-Su majestad, temo informarle que estamos en bancarrota. El último escudo real lo apostamos en las carreras de caballos; nuestro brioso corcel, el rápido y valeroso Canuto, llegó a la meta en quinto lugar.

Alfredo El Melancólico, ahora dirigiéndose al responsable de las finanzas le preguntó:

-¿Qué pasó con la recaudación de los impuestos?; el mes pasado aumentamos al 60% el tributo a la producción de tomates y no veo que las arcas rebosen de recursos.

Lo que había ocurrido era que la producción del vegetal se había derrumbado producto de que los recolectores tuvieron que salir a trabajar fuera de sus fincas para poder pagar los impuestos y se pudrieron muchas hortalizas por no recogerlas en fecha.

-Nuestros agentes fiscales nos informaron que la recaudación resulto inferior a lo planeado.

-Respecto de vino, quiero saber porque no lo veo desde anoche

-Su majestad, como Ud. sabrá, todavía le debemos al condado vecino las compras de los últimos tres meses y no nos dan más crédito.

-Siempre lo pensé y ahora lo confirmo; estoy rodeado de inútiles.

El monarca se paseaba de lado a lado por la fastuosa sala de situación, jugando con el cetro y la corona haciendo malabares. En un momento se detuvo y gritó:

-¡Ya lo tengo!

Todos los presentes comenzaron a inquietarse; la última vez que se le había ocurrido una idea, no la habían pasado nada bien. En aquel entonces habían organizado una cena a beneficio del Rey. El objetivo había sido recaudar fondos para la corona. De los mil invitados de toda la región solo asistieron cuatro. Esta idea le costó la vida de 4 de los seis consejeros.

-Tenemos que casar a la princesa Eulalia con el príncipe Asdragón

Resultaba una tarea ciclopea dadas las características de la hija del mandamás del reino de Sotavento. A la hora de definirla se diría que lo suyo no era la pulcritud ni el aseo. Los encantos físicos que había heredado pasaban a segundo plano cuando su hedionda presencia se contorneaba por el palacio.

Mientras discurrían sobre esta propuesta llegó al salón un maltrecho soldado que defendía la frontera oeste del reino.

Su gris uniforme ahora estaba bañado del rojo bermellón que lo cubría por completo. Se desplomó frente al séquito que trataba de ayudarlo.

La sorpresa sobrevino cuando lo incorporaron descubriendo que lo que manaba de su cuerpo no era la sangre derramada defendiendo la corona sino los restos de tomates con que el valeroso ejército del rey repelió el asedio de los intrusos que querían ingresar al condado.

Ya repuesto de la fatiga que le impuso la veloz travesía por los campos de Sotavento, el mensajero se dispuso a contar su historia.

Eran unos 40 o 50 campesinos del reino que habían sido expulsados del pueblo vecino por entrar ilegalmente. Los soldados interpretaron el hecho por una invasión a sus tierras. La escasez de armas y la inutilidad de los pocos cañones que disponían los obligó a utilizar lo único que tenían a mano. Lluvia de tomates podridos en el campo del honor devino en una batalla inusitada que culminó con la rendición de los deportados que fueron tomados prisioneros.

El Rey no podía salir de su asombro, una nueva mancha para su maltrecho prestigio, nada tan apropiado para la ocasión. Sería el hazmerreír de toda la vecindad.

Se olvidó por completo de las pretensiones casamenteras para su olorosa descendencia, se desplomó en el trono, cabizbajo, mientras movía su cabeza hacían ambos lados como queriendo negar la realidad.

Cuando creía que no podía ocurrir nada peor divisó por la ventana a un reducido contingente que traía a su padre en la carroza donde había huido meses atrás.

Su amante lo había abandonado por un criado, le habían arrebatado todas las joyas y volvía destrozado al pueblo que una vez lo había amado.

Se confundieron en un interminable abrazo y lloraron juntos ante la respetuosa presencia de los asistentes.

Un hombre que enloqueció por amor le pedía perdón a un hijo que solo le reprochaba haberlo abandonado. Eulalia coronó con su presencia ese momento familiar al tiempo que los ocasionales testigos practicaban extraños mohines y se tapaban sus narices.

OTREBLA


Texto agregado el 05-04-2014, y leído por 157 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
05-04-2014 Tu reino se está pareciendo a mi colonia PR. Rentass
05-04-2014 Un cuento muy divertido...Y OLOROSO.Me gustó.UN ABRAZO. GAFER
 
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