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¡Y el mundo se detuvo!

¡Y el mundo se detuvo!

Fue el sentimiento que sintió Juan cuando se encontró solo con la naturaleza.

Un apabullado espécimen de la gran ciudad, abogado de profesión, pasó gran parte de su vida entre calles atiborradas, bocinas ensordecedoras y bullicios insoportables.

Todo era movimiento, transeúntes, vehículos, murmullos. Hasta los mismos rascacielos de la urbe pasaban por su vista cuando transitaba por la ciudad montado en los vehículos que inundaban las avenidas. Veía pasar semáforos, carteles, marquesinas, siempre acompañados por una muchedumbre que lo alentaba.

Su teléfono no paraba de sonar por consultas sin sentido. Atravesaba diariamente con el metro por una ciudad que no dormía, en medio de una marea humana que lo depositaba a 10 metros bajo tierra de su solaz. Un discreto apartamento que lo esperaba; tal vez el único envoltorio que podía preservarlo de no perder la razón. Pasaban varias horas en que le retumbaban los sonidos de su vida en la soledad de su cuarto; estaba seguro de oír el silencio.

Sin embargo se estremeció cuando observó el horizonte infinito del paisaje que ahora lo rodeaba.

Las montañas inertes, los árboles centenarios congelados ante su sola presencia. Hasta el diáfano cielo azul se había detenido.

Sentía que estaba dentro de una foto. La inquietud del sosiego en un mundo extraño casi inentendible, donde no había cosas; solo colores, texturas o sombras.

Un paréntesis de vida lo tenía preso, un encierro sin fin en la casa inmóvil de sus sueños, transformada en su peor pesadilla.

Intuía que en otra parte el mundo seguía funcionando, se echó a correr en la inmensidad del valle en busca de algo que le devolviera la vida que siempre tuvo y que creía no querer.

La cabeza le funcionaba a mil, aunque se sentía que estaba ausente de sentimientos. Le faltaba la furia, los gritos, las discusiones, los empujones. En este mundo fijo solo compartía con su vieja morada la angustia y la ansiedad.

Un lugar ausente de pecados, o tal vez el único fuera la pereza de la naturaleza que se le rendía a sus pies. Acostumbrado a lidiar con la avaricia, la gula, la lujuria o la soberbia; ese lugar no estaba pensado para él.

Pasado un tiempo no advirtió que su espacio se apagó de repente, se sintió ciego en la noche interminable que solo le brindaba una visión de un inmóvil cielo estrellado.

En su mundo de neones y alumbrados públicos, solo su reloj le indicaba la entrada de la noche.

De mañana lo sorprendió un sol que no conocía que intentaba alegrarlo después del insomnio de una noche infinita. Lo estaba despertando hacia la pesadilla de un día apacible de descanso en perfecta sintonía con la naturaleza.

OTREBLA

Texto agregado el 06-04-2014, y leído por 134 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
06-04-2014 Encuentro sumamente abstactro el contenido de tu texto. Creo que, para describir un estado de ánimo no se requieren muchas palabras. De repente me equivoque pero esa es la impresión que me causa tu narrativa. inkaswork
 
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