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Río Bravo

La noche que conocí a John Wayne sinceramente no me imaginaba lo qué estaba por descubrir. Llovía, era marzo del año 1986. Lo recuerdo porque en ese mes la calle de aquél pueblo se convertía en un pequeño riachuelo, el cual había que franquear haciendo equilibrio sobre un madero que la mayor parte del tiempo estaba cubierto por el agua que discurría cuadras abajo.

Y ahí estaba yo, con mis escasos y aventureros nueve años de edad, con dos o tres monedas de propina que generosamente recibí de papá, dispuesto a incursionar en un alto piso que era, a la sazón, la única sala de cine del pueblo. Descubrí entonces que las películas se pueden disfrutar sentado en bancas de madera sin respaldar, sobre un piso crujiente de madera, guarecido de la lluvia bajo un tejado vetusto; atiborrados unos sesenta en un lugar donde no debían caber más de treinta, ansiosos por ver lo que anunciaba la pizarrita verde a la entrada de las escaleras:

“Hoy
RÍO BRAVO
8:30 pm”

Crucé el madero, se humedecieron mis zapatillas de lona, pagué la entrada a un señor de mirada extraña, poncho marrón y botas de jebe. Subí emocionado las escaleras que, a cada paso y chirrido, me indicaba que me adentraba a un mundo totalmente desconocido. Algunos más habían llegado antes y me miraron entre desconfiados o curiosos; no faltaron los que cuchichearon algo a mi paso: “este es el limeño” decían. No hice caso. Porque no era limeño y porque tampoco quería dar explicaciones. Lo que me interesaba era estar cerca de donde se iba a proyectar la película. Me ubiqué en un extremo de la tercera fila de las bancas de la derecha, muy cerca de un televisor de veintiún pulgadas ubicado al centro de la sala y mucho más arriba de mi estatura. Era antiguo como todo en aquél momento. Observando alrededor, me di cuenta que usaban Betamax (como el que le prestaron a mi tío Naldo para ver “Pelotón” poco antes de dejar la ciudad de la amistad) y que había muchas más cajas de películas en un compartimento debajo de ese televisor Sony Trinitron con filos de aluminio y caja con acabado de madera.

El ser nuevo en un pueblo de la sierra de Amazonas, tener nueve años, despertar curiosidad y rechazo entre los lugareños, tal vez tener el rostro con la expresión de ansiedad y las manos metidas en los bolsillo de la casaca, haya contribuido a que los demás asistentes, adolescentes y adultos en su mayoría, conforme se acercaba la hora de la proyección, me dejaran sin lugar en la banca y terminara viendo la película sentado en el piso de madera lustrado con petróleo, acodado en las rodillas de otros niños que con igual emoción y mayor seguridad contemplaban al sheriff impartir justicia en algún lugar del lejano, viejo -y tan peculiar para mí- oeste de los Estados Unidos de Norteamérica.

Fue bueno estar adelante, porque la película era subtitulada. Ahora que lo recuerdo, no me importaron el olor del petróleo, el adormecimiento de las piernas, ensuciarme el pantalón, el natural comentar de la película de los demás espectadores, alguno que otro empujón y desacomodo. Fue curioso comprobar que en la película, como en el pueblo donde vivía, casi todo estaba construido con madera. Me llamó la atención ver a un gastado, y no por eso mal actor, John Wayne haciendo un papel que eran tan suyo, tan bien llevado, tan creíble, que si me lo encontraba un día por la calle, obviamente, lo saludaría con un “buenos días, sheriff”. La autoridad que proyectaban estos personajes, ya sea en la ficción como en este caso, hasta el momento me sigue pareciendo más auténtica, legítima y acatable que las de muchas otras en la actualidad. Puedo defender entonces, que la imagen de un sheriff en mi subconsciente es más que la de un comandante o coronel, hoy por hoy, en términos de autoridad.

El argumento era muy sencillo y eficaz. Un sheriff, el buen John Wayne, y sus colaboradores tienen por misión impedir que los hombres de un rico terrateniente, bandidos en realidad, logren sacar de la cárcel al hermano de éste (interpretado por Claude Akins), quien está acusado de asesinato. Las circunstancias, los diálogos, el folie, el vestuario y la iluminación logran que la historia se desarrolle con cierta tensión y duda de que Wayne y compañía logren su cometido. Pero el sheriff sabe qué hacer y cuándo hacerlo. Es el hombre fuerte, decidido y sabio que predica con el ejemplo, sacrificando intereses por defender lo justo, lo bueno, hasta lograrlo o morir en el intento. Aunque como escasa recompensa solo goce del flirteo de alguna bella mujer que pocas veces puede retener para sí.

El western como género fue el que más disfruté en aquel año. A pesar que venía de la costa (Chiclayo), no extrañé mucho la televisión. En Leymebamba no había señal de televisión. Era lógico que el pequeño cine de casa funcionara todos los días, por lo que aquellas dos monedas eran el boleto para descubrir héroes de carne y hueso, jóvenes o viejos, siempre caw boys, valientes, que nos enseñaban que el mundo podía ser tan grande como aquellos insondables desiertos o inmensas praderas que atravesaban en sus nobles caballos. El lejano, viejo, salvaje y fabricado oeste estaba poblado de hombres como Wayne, Cooper, Brenann, Eastwood, Glabe, Fonda, Lancaster y otros tantos, que encarnaban personajes para darle sentido a la lucha por ideales, por imponer el orden, por hacer que lo bueno prevalezca sobre lo corrupto. Pero sobre todo, nos regalaban historias cargadas de esperanza.

Y ahí estoy yo otra vez, cruzando el madero, perdiéndome en la tenue luz de los postes, dirigiéndome a casa, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, pensando en regresar al día siguiente…al cine.

Bagua Grande, 19 de marzo de 2014.
(00:15 am)

Texto agregado el 18-04-2014, y leído por 109 visitantes. (0 votos)


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