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Rogelio, después de darse un buen baño en el río Huallaga, se dirigió a la plaza de armas para conversar con los amigos y contemplar a las muchachas. Su intento por vender los pocos kilos de cacao a un precio que nadie quería pagar le molestó y, aunque al final tuvo que acceder a los caprichos de los compradores, tendría que buscar otra forma de agenciarse de dinero para completar una deuda que hacía tiempo había contraído. ¡Bah! Pero mañana sería otro día.
Sentado en una banqueta que daba frente a la Municipalidad, vio a Enermith ofreciendo sus golosinas. Llamó a un lustrabotas. Quería estar presentable antes de acercarse y decirle lo primero que se le ocurriese. Calculó que a la hora debía haber vendido algo así como diez nuevos soles, y pensó que su oferta le sacaría del apuro. Pensaba decírselo de una forma que no la lastimara, como que todo sucedía en forma natural, una sugerencia que no hacía daño, al contrario nacía producto de una broma y que, al final, desembocara en un encuentro sexual que estaba buscando desde hacía un buen tiempo. Le llamaba la atención su rostro lozano, su sonrisa tierna y su manera de ofrecer sus golosinas. Calculó la hora, debían ser como las ocho de la noche. Vio que de tanto en rato venía una mototaxi y, bajándose el chofer, se acercaba a ella para preguntarle algo. Ella hacía el gesto de «regresa más tarde» y él volvía a su trabajo. Ella se acercaba ofreciendo con esa su sonrisa que desarmaba a cuando transeúnte deambulaba por la plaza de armas.
Entonces se atrevió; compró un cigarrillo. Pidió un fósforo para prenderlo y ella le hizo entrega de un cerillo que él prendió al instante y dio una bocanada. Pagó y empezó a conversarle de muchas cosas, de su trabajo, de sus ventas, del amigo que venía cada media hora... y hasta se atrevió a bromear de su estado de salud, porque eres muy bonita, amiga, ¿Enermith?, ¿te llamas Enermith? Y ella se confesó porque Rogelio, un señor algo mayor, le pareció bueno, que había tenido poca venta, que solo compran cigarrillos, sin ofender, y no es como otras veces, y que mañana sería un día difícil. Y entonces él se atrevió con todo. Total, le habían comentado, no sabía si por mala fe o por burlarse de él, que ella aceptaba el salto del tigre.
Ella agachó la cabeza y dijo despacio mientras trataba de ofrecer sus golosinas a otros clientes, cómo cree usted, no ve en qué estado estoy. Rogelio sonrió mientras daba otra pitada. Y sacó unos billetes que los puso de un bolsillo a otro. ¡Pueden ser tuyos!
Ella se arregló el cabello. Atendió a un cliente que le exigía un cigarrillo que no tenía. «Fúmate este», le dijo Rogelio y le alejó. ¿Qué dices? Ella volvió a agachar la cabeza, y, calladamente, preguntó: ¿me ayudarías a subir en esa mototaxi?
Si, dijo Rogelio, la casa del viejo Antuco se presta para todo. Y sonriendo dejó de pensar en la venta de cacao para exclamarle al oído: ¡Dios, cómo pesa tu silla de ruedas!
Entonces sintió que Enermith le miraba con lástima y más aún cuando le dijo:
-Gracias, por allí encontrarás alguna chica que quiera complacerte.

Texto agregado el 02-05-2014, y leído por 38 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-05-2014 muy bueno! rentass
 
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