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------"Pedrito, cuando Yo bailaba carabiné......ah!----interrumpió doña Mercedes----¿Cuál carabiné, sí en tus tiempos lo que se usaba era el matrillé?.......bueno----repuso Felicia----venía a ser lo mismo porque igual había que recogerse la falda y dar pasos pa'lante y pa'trás. Uff.... Y bonita que te verías tú con esa joroba pisotiando el suelo. -----Pero tú, ni siquiera lo pisiotaste por lo pesá que'eras----interpuso Felicia. ----Y lo que digo no te lo estrujo en la cara porque de'sos tiempos no aparece ya un cristiano vivo. -----Mejor será que dejes ese ruche y te pongas a fregar el güayo y tue'sos trastes......Ah!...Eso sí...Pa' lo único que tienes precio es pa' mandona"!----

Estábamos en una cocina rústica: con techo de yagüas, cuatro paredes formadas por tablas de palmas que no acoplaban bien, huecos para inexistentes puertas y ventanas y un piso de suelo batido con cal muerta. En el centro un fogón de barro con tres hornallas y al lado una mesita con jarros, cucharas de higüero y platos. Encima, colgando de un travesaño, medios cocos (en el sentido real de la palabra), porque eran jícaras que se les habían extraído las masas para llenarlas con ajos, cebollas, oréganos, pimientas y sal. También, y paralelo a uno de los dos setos longitudinales, se recostaba un banco con capacidad para diez personas a la vez y un pilón gigante para pilar el arroz y el café. Era de tarde y, por supuesto, ya habíamos almorzado algo que no preciso, pero que pudo haber sido plátanos sancochados con bacalao o un moro de frijolitos blancos con cerdo guisado.

Por mi terneza, deduzco que caminaba entonces por un tercio de mi primera década en el planeta. Y era el edecán de dos ancianas que en aquel momento no sabía cómo habían trepado(o más bien yo al de ellas) a mi árbol genealógico. Era, sus ojos, sus manos, su heraldo, su sentido del gusto y hasta su árbitro en el mundo de sus discusiones. La que siempre cocinaba se llamaba doña Mercedes y la otra, habladora dramática, simplemente le decíamos Felicia. Posiblemente con el nobiliario de doña se marcaba un territorio, que aún siéndome ésta más familiar, lo de Felicia a secas, más adelante en el tiempo me puso a pensar. Y, de hecho, fue el obturador que al abrirse permitió el paso de la luz a mi cerebro con la frase íntimamente vinculante de la otra.

Tanto Felicia cómo doña Mercedes hablaban un derivado del castellano con substratos de un vasto sedimento del taíno y una que otra, gota de patois. Y todo sin haber sido afectado por el paso por una áula, que si bien da consciencia de las partes que componen un idioma y hace que con el tiempo el haber lingüístico crezca, pero en elementos técnicos y de orígenes exóticos. Y lo que yo podía hablar lo había aprendido con ellas, sólo que sus largas vivencias forzosamente las empujaban al uso de claves que yo no dominaba. Sin embargo, lo cotidiano, lo directo estaba a mi alcance. Por lo que fue, en esa cocina y a mi más tierna edad, cuándo tuve la percepción de que el tiempo era elástico y proporcional al entorno. Ya que entonces vivía sin saber nada de los caminos trillados por dos mentoras que ahora compartían conmigo el mismo fresco techo y que no cesaban de batirse con una hiriente guerra de frases.

De todos los que ocupábamo aquel campestre hogar de pueblo, ellas, eran las de más edad. Por eso lo de su confinamiento al fogón y a mi incesante persecución. Pues se da un magnetismo mágico entre los niños y los seres de la tercera edad. Y, sobre todo los de antaño, por sus tendencias a contar historias y a usar esa variante culinaria tan primitiva y sana. Entiéndase que con Felicia y doña Mercedes yo tenía con abundancia la covertura de ambas necesidades. Aúnque repito, la que cocinaba, era la de más transparencia al conversar y lo hacía con la genuina inconsciencia del que lo trae de fábrica. Aúnque, la otra, narradora con entonación y efectos de sonido, en su tacañería con su tiempo, era super divertida. Al punto de que no negociaba con nadie las siestecitas que se daba en plena cocina, acción que la otra denominaba como 'ya vas a medir el banco'.

En aquel tiempo mi padre tenía veinticinco años y hacían veinte que el suyo con veintiuno había perdido la vida, porque una bala después de atravesar otro cuerpo se alojó accidentalmente en su garganta. Luego supe que por el atraso en el transporte y la lentitud de los procesos médicos, por la vida de mi abuelo se pudo hacer muy poco. Y que él, fue parido por Tana, la única hermana de doña Mercedes. También que al él(mi abuelo) morir dejaba en la horfandad cuatro niños y una chica que se formaba en el vientre de la madre. Además, que de todos, mi padre era el mayor y que esa joven madre era la segunda de los hijos que tuvo Felicia. Llegando a mi, sólo un nombre: Francisca; porque al parecer su imagen se disluyó en los cerebros de los pocos que la conocieron.

En cambio, lo concreto es que yo no estaba aquella vez en casa de Tana(fallecida tres años antes) ni en la de mis padres....estaba en la de doña Mercedes, pero junto a Felicia. Y que era su auditorio, bálsamo amortiguador de ímpetus y el viviente comprobante de la vigencia de su gracia. Y, que alguna vez, tuve la sensación de que dos ánimos y concepciones vitales divergentes no cabrían en doce metros cuadrados y que un roce tan prolongado podría generar una confrontación física. Y que aún me asombra que dos posturas tan distintas frente al darse, declinaran por lo armonioso, especialmente cuando Felicia justificaba el negarme un bocado de su plato, valiéndose del 'que si tú quieres criarte yo quiero mantenerme'. Y que por tanto, fue excepcional e intolerable lo que mi bisabuela debió de haberle increpado a doña Mercedes aquel día, para que le ripostase con la frase que todavía no termino de descifrar: ..."y malo que está.... porque Pedro y Yo estamos en nuestra casa"...

Ni lo poco que el tiempo por venir me trajo, ni lo extraído por mi mente infantil de los eternos pleitos vespertinos de 'las bisabuelas', dio para más que lo expuesto en los dos penúltimos párrafos. Más sin embargo, lo que ahora me resulta evidente es que mi bisabuela por linaje sanguíneo directo y Yo, compartimos la condición de 'arrimaos' en torno a un fogón cuyo fuego ambos atizamos. Ella, con cuentos y resabios y Yo con un pedazo de cartón que apenas podía sostener con mis débiles brazos, para remover las cenizas de encima de los leños.

Texto agregado el 17-05-2014, y leído por 199 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
18-07-2014 En cada frase te recebas un espacio para las imágenes, una narración que te conduce de las manos sin resistencia en la armonía de las palabras, con un estallido de humanidad que conmueve, un placer haberte leído, estimado peco y un fuerte abrazo rolandofa
12-07-2014 Excelente narrativa. talama
15-06-2014 Una gran narración!!!Gracias por compartirla,saludos reina
12-06-2014 Me encantó toda la historia. Con ese vocabulario especial que la hace real y muy entretenida. Me puedo imaginar hasta los aromas***** Un abrazo Victoria 6236013
31-05-2014 Te felicito. Tus letras nos conducen de la mano a lugares e imágenes plenas de vida. Excelente. ZEPOL
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