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Inicio / Cuenteros Locales / remos / 11. Cuando llama el paisaje

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Sin importunar a filósofos, cosmólogos, psicólogos, espitemólogos o metafísicos, Pedro Piedra estaba convencido que en este mundo, sin existir el otro, actúan materias o energías de esencia o constitución desconocidas.
En el día de ésta su reflexión metafísica le ocurrió un hecho extraño o, por lo menos, que remeció como al viento las hojas de los álamos. Lo conservaría hasta los días más lejanos de su vejez terrenal, que consideraba única y definitiva.
Pedro Piedra ese día descubrió el amor.
Descubrió es un término impropio, en su caso. Digamos que inició a sentir en su ser más abisal la rumorosa presencia de una potencia maravillosa que agudiza el mundo de las sensaciones a extremos increíbles. El golpe limón del ala de una mariposa que aterriza en la flor del poleo es capturado por estos nuevos ojos que comienzan a ver al mundo, más allá del resplandor de la luz natural.
Ojos facetados para una luz de diversa longitud de onda, una onda de energía emotiva, de néctra aniquilador de voluntades. Al planeta llegó esta energía, esta sabia renovadora, quizás desde dónde, no es necesario ni importante investigar su fuente. Para Piedra su existencia era suficiente, y era todo.
Le bastaba observar los insectos, las flores, los árboles, todas las cosas para sentir la presencia invisible de esa energía que dirige el espectáculo.
Era el tiempo en que visitaba el calendario la estación del verano y Pedro Piedra tenía los años
en que una visita desconocida llega, por primera vez, y que sin que la anuncie ni el canto de las tencas que gorgorean sobre alguna rama seca de algún roble que bordea algún camino de los campos en que transcurrió su existir. Llegaba la sensualidad a su cuerpo que el tiempo cincelaba a golpes de sangre y juventud.
Las chicas de su edad comenzaron a hacerle daño, como la pierna de Teodorinda en los versos únicos de Pezoa Véliz... “Cuando es la tarde, sus pasos echa/por los trigales llenos de luz;/luego las faldas brusca repecha...”
El telúrico acontecimiento sorprendió a Pedrito Piedra tendido en su cama contemplando las vigas de raulí del techo de su pieza. Era un día domingo, de ocio más acentuado que de costumbre, aún el surco y la semilla, el arado y el buey estaban lejanos en su porvenir.
Una fuerza impelente se apoderó de su ser. Se alzó de prisa, debía obedecer, el mensaje era claro
como desconocido, sin texto, códigos a los cuales obedece el viento en las profundidades del
monte o el agua en los ríos.
Los suyos, ir a la casita de madera del bajo, mesa que está en la falda de la colina en cuya cima se encuentra la de sus abuelos, y su pieza, por cuyas ventanas contempla los cerros y los potreros, también la casita de madera, cerca de la vertiente que canta bajo la patagua.
Tiempo atrás en esa casita vivió una mujer sola, con su hija pequeña, era una mujer morena, delgada, bonita, siempre sonriente cuando se cruzaba en el camino con el niño Pedro. Una sonrisa, un saludo y pasaba con su pequeña niña. Tal vez los ojos de los niños se cruzaban fugaces y se ignoraban.
Un día la mujer misteriosa desapareció y la casita se quedó sola cerca de la patagua, imponente en su verdor fresco y centenario, alimentando su sed en las aguas frías y claras de la vertiente. El tiempo pasaba, como siempre lo hace, y sin mirar atrás. Pareciera que ama lo sucesivo.
Creciendo, Pedro Piedra recordó jirones de imágenes que a veces vio desde su ventana abierta al campo. A la niña la veía correr por los potreros, en medio al quinchamalí fragante y las amapolas escarlatas, era una pincelada móvil de colores que salpicaba los campos, ya una manchita azul, ya amarilla, ya roja, ya blanca en permanente movimiento o fija contemplando algo entre la hierba o los arbustos, un insecto, un pájaro, una flor. La poesía no está escrita en la infancia campesina. Está viva, palpita en los pinceles de la natura.
Las imágenes que le regaló la ventana pasaron fugaces por la mente de Pedro y se perdieron como el vuelo de alguna bandada de bandurrias que llenaros el aire de cornetas allá en alto del cielo, o de las chillonas nubes verdes de choroyes rumbo a las araucarias cordilleranas donde se refocilarían con piñones, ocupando todos los silencios de esos parajes solitarios.
Salió por la puerta de atrás de su casa, veloz, enérgico, poseido de fuerzas misteriosas que removían y hacían florecer el centro de su vitalidad, bajó hacia el sendero que bordeaba el estero, respiró el perfume de los arrayanes, atravesó cercos y entró a la casita de madera.
En ella reinaba una dulce y árida sensación de verano que acarició la piel joven de su alma. Lo envolvió una extraña sensación de espera, de tensión, de intranquilidad.
Las paredes de madera estaban cubiertas por viejas hojas de diarios, para cubrir las rendijas entre las tablas, por donde entraría el viento de la noche. Leyó distraídamente algunas frases que hablaban de crónicas de esos años, miró fotografías ya desteñidas, como en espera del llamado que lo trajo hasta ahí.
Ninguna certeza, ninguna idea lo acompañaba, sólo espera. La casita era pequeña, pero viva, donde los grillos por las tardes y las noches dejarían vagar las delicias de sus melodías agrestes.
Ella apareció bajo el umbral de la puerta, y Pedro Piedra apenas tuvo el tiempo de girar su cabeza pegada a las hojas de diarios viejos, al ser advertido por el delicado crujir del peldaño de madera que llevaba al piso de la casita.
Ella tenía 15 años, por ahí el mocetón. Se miraron asombrados, perplejos, sorprendidos. Desde el campo penetraba la presencia del verano, canto de chicharras en los robles, de alguna loica en los potreros.
Aún no hay versos en el pizarrón espiritual de los jóvenes, por eso se abandonan al poleo, la menta y el quinchamalí que los comunica en ese estupor sin palabras que une sus miradas.
Es ella quien habla primero:
-Yo viví aquí cuando niña y vengo a mirar la casa, estoy de vacaciones en la parcela del lado...
-Yo... entré hace poco..., no sé bien por qué. –Enrojeció.

Texto agregado el 02-06-2014, y leído por 352 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
07-09-2014 1. Me encanta la historia por su contenido. No, amigo. Nada es casual, TODO ES CAUSAL. Sabes de lo que hablo porque veo que conoces de metafísica. Tu relato está pletórico de encanto y de esa nostalgia que comienza a sentirse al pasar el tiempo. Cuando uno se da cuenta que lo pasado ya quedó atrás, sin remedio ni remiendo. SOFIAMA
07-09-2014 2. Me fascinó tu narrativa que fluye con naturalidad porque se nota que brotó de tu alma; y así, la cristalizaste: sin remilgos ni vanidad. Las imágenes que tejen la historia son hermosas, parecen bordadas con pociones mágicas extraídas de tu SER interior. SOFIAMA
07-09-2014 3. Me fascinó ésta, específicamente: “ La poesía no está escrita en la infancia campesina. Está viva, palpita en los pinceles de la natura.” Así es, es una gran premisa literaria. Excelente. Qué placer descubrir este texto. Full abrazo. SOFIAMA
07-09-2014 Algo trunca la historia, en el sentido que podrías haberla desarrollado un poco más. Bueno ese aire de pureza campestre que se respira. kpalomar
02-06-2014 Muy bueno tu cuento. Te acabo de descubrir, con tiempo leere tus textos. 5* laber
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