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capitulo 1 de 9

UN LUCERO EN EL FIRMAMENTO

En los primeros días del año seiscientos, la tierra quedo destruida, después de cuatro años de dolorosa y sangrienta guerra. La tribu derrotada; en el pasado gozaba de gran respeto y reputación de sus enemigos, por la acción de sus grandes guerreros, quienes conformaban un ejército de duendes poderosos y valientes hadas escarlatas.
Lo que no sabía la tribu vencedora, era la existencia de un sobreviviente llamado Murlos, quien poseía grandes poderes sobrenaturales heredados de un linaje de gladiadores.
Murlos al verse solo en la tierra, busco ocultarse en el pantano de los lamentos y así evadir la persecución de los cinco reyes aliados; cuya única misión consistía en localizarlo para darle muerte y exterminar por completo a los duendes escarlatas.
Los cinco reyes aliados, se convirtieron en los nuevos amos de la tierra; enviaron a todos los pueblos a sus mensajeros para proclamar su soberanía y con su poder doblegar a los reinos a servir al nuevo rey.
Murlos era un duende de mucha experiencia. En el pantano de los lamentos, recordaba el día cuando su amigo el rey, coloco sobre su pecho la medalla de honor al mejor guerrero. Titulo que solo se le otorgaba a los más sobresalientes de las diferentes disciplinas del combate mortal. También recordó la promesa que le hizo al rey, de proteger la gema sagrada incrustada en la medalla dorada. Una joya invaluable, un diamante tallado a mano, amado, y respetado por todos los duendes y hadas.
EL diamante representa la vida de sus antepasados, quienes transmitían un poder sobrenatural a quien la poseía.
Murlos tomo la medalla dorada en su mano y apretándola con fuerza, prometió a la memoria del rey Balzac, regresar el honor y el respeto merecido a su tribu.
Como resultado de la última guerra el rey Balzac había sido asesinado por los cinco reyes aliados; pero Murlos aun poseía la joya santa, que tenía el poder entregado por los dioses para devolver la vida a los muertos. La gema tenía una fuerza muy antigua y poderosa, que solo se podía activar cuando capturaba las almas condenadas de sus asesinos, quienes quedaban presos en unas celdas ocultas dentro de la joya.
Murlos tenía sobre su pecho el arma más deseada por los reyes de la tierra y la iba a utilizar para intentar capturar las almas de los cinco reyes, quienes habían matado a su rey y a su pueblo en medio de una saciedad pecaminosa. Para Murlos era una misión desbordaba en imposibles, capturar reyes malignos se había convertido en un gran reto para él; pero no se sentía solo sobre la tierra, aun contaba con las almas de sus antepasados, que de cierta manera vivían tallados en el diamante de la medalla sagrada para ayudarlo a vencer a sus enemigos y probablemente traer de nuevo a la vida a dos millones de duendes y hadas; sepultados en los confines de la tierra. Murlos era el duende más vigoroso, bien hizo el rey Balzac al escogerlo para que intentara cumplir su último deseo, resucitar a su raza abatida.
El pantano de los lamentos, era un lugar oscuro y tenebroso. Pero aún así, era el lugar preferido de los duendes y de las hadas. En este lugar encontraban paz para su espíritu y la adoración a sus dioses. En este mismo sitio, Murlos sintió por primera vez el sabor amargo y espeso de la muerte, cuando pensó que quizás fracasaría en su intento.
Miro al cielo y vio cinco lunas nuevas, por un momento pensó ver las caras de los cinco reyes aliados, que esteban sobre él para matarlo.
Tomo la medalla sagrada en su mano y la pego fuertemente a su pecho quebrantado por el dolor de su tribu, luego grito al cielo diciendo:
“dioses busco mi destino, denme la suerte”, al pronunciar estas palabras, el pequeño diamante incrustado en la medalla sagrada atravesó la carne de su mano y salió disparado, hacia el cielo. Brillando como un lucero, para calmar sus temores y darle esperanza en una posible victoria sobre sus enemigos.
Ahora el cielo se adornaba con cinco lunas nuevas y un hermoso lucero, peleando un espacio en la oscuridad con su luz resplandeciente.
Después de un tiempo los cinco reyes aliados, conocieron el escondite de Murlos. Penetraron estratégicamente en el pantano de los lamentos para capturarlo. Al ubicarlo, el jefe de los reyes aliados, llamado Agonir, se paro frente a Murlos, buscando la medalla sagrada en su cuerpo; pero al notar el agujero en la joya, lo tomo por el cuello y le pregunto:
-Duende ¡miserable! ¿Donde está el diamante, que lo hiciste?- Murlos levanto enérgicamente sus fuertes brazos y apunto sus manos a uno de los reyes aliados gritando a gran voz:
-¡te conjuro a las celdas del diamante!-
De sus manos salieron dos rayos de luz; uno dorado y otro violeta, dirigidos al cuerpo del rey más anciano, llamado Desmon, que al recibir la descarga cayó herido de muerte.
Agonir, el rey de los aliados al verlo caer se lleno de ira y grito desesperado
– ¡No! ¿Qué has hecho desdichado duende?- El rey tomo a Desmon en sus brazos tratando de evitar que muriera, y de sus ojos agonizantes, brotaba un vapor oscuro como niebla negra, que subió hacia la oscuridad del cielo. Era un alma condenada a vivir encarcelada en las celdas del diamante, que brillaba en la noche celeste sin parar.
El rey Agonir embriagado por la ira, dirigió su mirada a Murlos diciendo: - Insolente. ¡Pagaras por esto, te voy a matar!-
Murlos vio en la mirada del rey su final en medio de aquel frio pantano; pero aun no estaba preparado para morir y decidió enfrentar la amenaza diciendo:
-No les tengo miedo, ya solo me faltan ustedes y morirán por mi mano, sus almas las encarcelare en el diamante sagrado y los escarlatas reinaran. ¡Y ustedes no existirán jamás!-
Los cuatro reyes aliados, rieron irónicamente, en un tono sarcástico y escalofriante, Agonir interrumpió la risa y pausadamente dijo:
-Reyes. Terminemos con este soñador, pongámosle fin a su insípida existencia- respiro profundo y agrego -Muerto este duende, inicia nuestra era y todas las tribus de la tierra sabrán que somos grandes, Solo necesitamos el diamante que este gusano esconde-
Los cuatro reyes desenfundaron sus espadas y apuntaron a Murlos diciéndole:
-¡Nuestro sortilegio te consuma!-
Murlos inmediatamente extendió sus brazos replicando.
- ¡Dioses sagrados protejan mi conjuro!-
Acto seguido un poder desconocido formó un muro dorado alrededor del cuerpo de Murlos, convirtiéndolo en una estrella para protegerlo del ataque maligno de los reyes aliados.
Los reyes sorprendidos observaron a Murlos, sin un solo rasguño. Entonces solo ahí comprendieron que estaban ante el más poderoso de los duendes escarlatas, al que jamás debieron haber provocado. El rey Agonir alertado ante el peligro exclamó:
-Rey Faluz, te autorizo para matar a este diminuto animal y asegurar la joya sagrada-
Faluz se hizo al frente para enfrentar a Murlos, desconociendo las verdaderas intenciones del rey Agonir quien lo enviaba a una muerte casi segura.
Era la ocasión perfecta para eliminar a su aliado quien representaba una amenaza a sus más íntimos deseos de convertirse en el amo y señor de toda la tierra.
Faluz se fue acercando a Murlos con una notoria malicia en sus ojos mortecinos y con una sonrisa maligna respondió al rey:
-Será un honor cumplir tus órdenes, oh excelentísimo rey, acabar con el último duende, será un placer muy grande para mí.-
-Que así sea Faluz y cuando termines tu tarea, te esperamos en el árbol de las agonías- Añadió Agonir mientras se alejaba acompañado de los reyes Limgá y Jardit sus aliados de guerra.
-Pronto estaré ahí, no me tardaré- respondió Faluz, lleno de autosuficiencia y con poca humildad.
Limgá y Jardit comprendieron que el rey Agonir había entregado a Faluz a un combate suicida, conociendo los poderes del duende.
Murlos un tanto asustado, se sentía como una ovejita con el cuchillo en el cuello para el sacrificio, pero se aferraba a vivir y a luchar por sus creencias.
Faluz solo veía a un pequeño duende fácil de digerir, de escasos cabellos rubios, de ojos blancos sobre un pedazo de nariz puntiaguda que le hacía juego con las orejas.
Vestido con ropas doradas, resaltaban sus pulseras cargadas de rubíes sobre sus pellejudas manos, lo que mostraba una apariencia de un ser indefenso, tierno y sin muestra de peligro.
Faluz sabía que no podía confiar en aquella apariencia frágil, también sabía que poseía el poder del diamante sagrado que lo hacia el más poderoso de los duendes y que requería de mas estrategias que de fuerza.
Faluz y Murlos se miraron con fiereza, con una sola intención de matar o morir; solo los dioses, serian jueces de este encuentro mortal en el pantano.
Murlos por su parte, también sabía que el rey vestido con ropas reales y armas de guerra, no sería fácil de aniquilar como lo hizo con el anterior.
También noto que del rey Faluz emanaba una energía invisible, espantosa y poderosa, capaz de secar el pantano con su fuego convirtiendo en grietas la tierra. Murlos solo esperaba el momento de actuar para responder acertadamente.
Faluz entonces levanto sus musculosos brazos hacia el cielo invadido de estrellas titilantes, logrando unos movimientos mágicos con sus manos. Luego comenzó a realizar una danza suave, haciendo que su transparente ropaje dejara entre ver sus cortos y torcidos pies, que se movían de forma precisa y segura para aproximarse a su rival. Eran momentos tenebrosos que alertaba a Murlos a entender que los movimientos del rey Faluz formaban parte de la terrible danza de la muerte, que lo duendes temían. Murlos respiro profundamente pensando más en el ataque que en su defensa; estaba dispuesto a ir más allá de lo imposible para sobrevivir y derrotar a su enemigo.
De los labios del rey Faluz salía un canto agudo, repitiendo constantemente las mismas notas musicales. También Murlos pudo ver como del cuerpo de Faluz surgían miles de rayos afilados como espadas que salían disparadas hacia el para herirlo. Sintió temor y grito diciendo:
-Poderes del diamante sagrado, entrégame mi conjuro-
Las palabras de Murlos, hicieron temblar el pantano; y de su pequeño cuerpo salieron escudos dorados que lo protegían de los rayos agudos del rey Faluz; estos al chocar con los escudos producían una explosión de fuerzas maléficas que provocaron reacciones violentas a su alrededor, creando cráteres de incomparable tamaño.
El agua del pantano desapareció, los reptiles, los mamíferos y la vegetación, habían muerto en el enfrentamiento. El lugar se torno oscuro, árido, solitario y reactivo. Solo las cinco lunas y el lucero, que brillaban sobre el oscuro cielo fueron testigos imparciales de la batalla. El rey Faluz, abrumado trato de buscar respuestas a su fallido intento de poder. De nada sirvió su insaciable rudeza y ante tanta destrucción pregunto:
-¡Duende! ¿Quién eres tú para detener los poderes del gran Faluz?- Alzando la voz continua diciendo: -pequeño ¡roedor! te matare lentamente, mis maleficios acabaran con tu insípida existencia y rogaras piedad, pero no descansare hasta ver que tu piel, destile la última gota amarga de tu dolor-
Murlos sorprendido por las maldiciones del rey Faluz, se maravillo también por haber derrotado la danza de la muerte. Maleficio que todos los duendes temían y odiaban. Ahora era parte del pasado y le proponía la idea de terminar con el rey.
Murlos seguro de sus poderes, se dirigió al rey Faluz diciendo:
-Oye intruso, así como murió tu amigo, así mismo sucederá contigo, en este pantano tu cuerpo será esparcido, ni tus poderes, ni tus fuerzas tienen mandato en este lugar-
El rey Faluz volvió a reír, y esta vez su risa parecía más una mueca de agonía; pero su orgullo lo obligo a responder con altivez:
-¡Ignorante! No soy un anciano y mucho menos un débil como el rey Desmon, a él pudiste vencerlo porque sus fuerzas estaban agotadas, solo fue tu día de suerte, pero yo vengare su muerte con todo mi poder, mi energía es incomparable porque soy superior a ti y a todos los reyes, prepárate a morir-
Luego Faluz dio un grito de guerra y añadió -¡muere!-
De sus manos salieron rayos candentes cargados de violencia contra el duende; Murlos esquivo el ataque maléfico dando un salto gigante que lo poso en la cima de un cráter volcánico y sin perder el control le replico diciendo:
-Faluz hoy morirás, hoy es tu último día sobre la tierra, mis manos apagaran tu alma y mis poderes serán sobre ti- Levanto los brazos y con sus manos dibujo unos símbolos mágicos y dijo: –¡máximo conjuro del gran diamante sagrado, destruye a mi enemigo, y que hoy se abran los cielos!-
Faluz levanto su mirada al espacio y vio como descargas poderosas se desprendieron del abismo; por primera vez sintió temor, estaba solo y atrapado bajo el conjuro del último duende escarlata.
Luego vio venir los espíritus duendianos de la muerte, comandados por dioses ancestrales con armas letales capaces de destruir cualquier adversario. El rey Faluz no sabía cómo escapar de esta fuerza irrompible, siempre se creyó vencedor, pero ahora estaba al borde de su final; en un instante de abandono, sin sus aliados que buscaron la ocasión precisa para deshacerse de él.
Hastiado del miedo, sintió que su vida era miserable, pero aun así, no estaba dispuesto a morir fácilmente, Antes daría la guerra y esperaría salir victorioso de esta prueba mortal.
Entonces exclamo con todas sus fuerzas diciendo:
-¡Danzarines inmortales, acudan en mi ayuda y denme la victoria!-
Miles de espadas volvieron a salir de su cuerpo, apuntando fieramente a los seres escarlatas; estos a su vez se defendieron con rayos dorados como el sol, destruyendo las espadas que invadían el espacio dando la apariencia de un medio día. Los espíritus identificaron su blanco y un segundo rayo impacto la humanidad del rey Faluz para destrozar su cuerpo en millones de pedazos.
Las fuerzas en el aire, las centellas, las descargas eléctricas y el odio entre rivales se apago; solo quedo un silencio en el pantano. La lucha de duendes y reyes aliados dejaba otra víctima por cobrar.
Murlos desde la cima de un cráter, observo como humeaba la tierra. Se arrodillo y tomo bocanadas de aire para llenarse de victoria. La niebla era espesa como el aceite pero así volaban sobre el cielo algunos búhos amarillos, sobrevivientes de la contienda. Las aves entonaban canticos de triunfos mientras se alejaban en el horizonte.
Murlos un vencedor de la muerte pudo recordar el día de su nacimiento. Rearmo todos los sucesos de su vida, hasta el triunfo del presente. Sus pensamientos se detuvieron en el pantano sagrado donde los duendes hacían sus lamentos; pero esta vez no tenia de que lamentarse, solo quería sentirse agradecido con sus dioses. Entonces abrió sus piernas y planto sus pies firmes sobre la tierra caliente, luego levanto sus brazos y dijo:
“Gracias… dioses de mi pantano sagrado por darme esta victoria y por cumplir el pacto hecho a nuestros ancestros mediante la joya sagrada, de venir en mi auxilio en el más difícil de los momentos. Desde generaciones atrás permitieron que este día llegara y que yo naciera para derrotar a dos de los enemigos de nuestra raza, muchas gracias.”
Acto seguido aparecieron alrededor de él, una docena de dioses, vestidos con ropas extrañas y desconocidas para Murlos. Uno de los dioses, se acerco a él con una mirada serena y con una cálida sonrisa le dijo:
-Dame tu mano izquierda, no tengas temor, soy Abrismar, tu dios protector quien te he dado la victoria-
Murlos fue invadido por unos sentimientos muy fuertes, que no sabía sí eran nostalgia o alegría, al estar frente a tantas divinidades; de quienes escucho hablar desde niño, pero ahora sus ojos los podían ver.
Miles de palabras se habían enredado en su lengua que no le permitían hablar y solo algo se atrevió a decir:
-Divino duende, perdóname ¿Es este momento del fin de nuestra era?-
-Si… es el final de nuestro tiempo para esta tierra manchada que nos necesita, pero tal vez no será el fin de nuestra historia- explico el dios Abrismar.
Los dioses, los fantasmas, los duendes, las hadas escarlatas, comenzaron a llorar. Era un llanto enternecedor o tal vez un llanto de bienvenida a la nueva era de reyes. Abrismar siguió diciendo:
-No está en mí decidir que pasara en el futuro, porque no es el momento indicado para hacerlo; hay que esperar el reino venidero para saber la verdadera respuesta a tu pregunta-
Murlos se arrodillo ante el dios y se aferro a su mano para irse con él. Luego sin darse cuenta los dioses desaparecieron dejando una fresca fragancia en el pantano.
Después Murlos cayó muerto. Sobre el suelo sofocante y en sus labios conservo el beso que quiso regalarle a su dios.
Su minúsculo cuerpo yacía boca arriba con una mirada fija en el firmamento, cuando se escuchaban campanas de cristales dueñas de un sonido lento y tranquilo.

REGISTRO NOTARIA NORTE DE BARRANQUILLA -COL

Texto agregado el 11-06-2014, y leído por 189 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
11-06-2014 En el segundo párrafo de tu historia dices que la tribu vencedora IGNORABA la sobrevivencia de Murlos. Si ignoraban su sobrevivencia, como podían los cinco reyes aliados perseguirlo para matarlo ???? gcarvajal
 
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