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Salió despedido por una fuerza descomunal. Sintió un desgarro interior, algo cruelmente definitivo.

Recordó el beso de su mujer, como nunca, tan dedicado, traspasando sus labios y echando raíz dentro de su pecho. Fue una despedida como muchas, pero diferente en muchos aspectos. Recordó su rostro sonriente, sus blancas manos transformándose en palomas para revolotear un adiós. Recordó a su hijo, siempre torvo, malhumorado. La adolescencia muchas veces no les hace bien a algunos. Esa mañana le hizo un gesto despreciativo a modo de despedida y siguió en lo suyo. Y su hija, Andrea, tan dulce en su sueño matinal, pareció recogerse cuando él la besó en su mejilla, esbozó algo parecido a una sonrisa y continuó durmiendo.

Esa mañana habría una trascendental reunión y su presencia era vital, por lo que caminó las pocas cuadras que lo separaban de su oficina. Pero, ese dolor inmenso dentro suyo y ese vuelo hacia alguna parte, que comenzaba a transformarse en algo difuso, eran sólo milésimas de segundo que para él significaban todo.

De esa reunión dependían muchas cosas, un triunfo empresarial, clientes de gran solvencia, casi seguro, un ascenso. Nunca un vuelo fue tan breve pero tan desesperadamente atiborrado de imágenes. Recordó su casa, su familia, su importante empleo en esa empresa. Diríase que esas invocaciones se hacían espacio unas a otras para caber en el breve trecho de aquella maroma.

Vio a su madre, tan nítida, demasiado, considerando que había fallecido un par de años antes. Quiso creer que sus propios labios se habían curvado en una sonrisa, pero ya de nada estaba seguro. Apareció Ramón, su compañero de oficina, siempre fiel, pero con un carácter de los mil demonios. Y vio que el rostro de su madre y el de su colega se fusionaban con el de su mujer, con el de sus hijos y pensó que casi al final de dicho vuelo se había terminado transtornando.

El impacto con el pavimento fue feroz. Casi en plena inconsciencia, intuyó que aquello significaba el adiós a su vida. En el trayecto corto del impacto hacia lo inevitable, ya medio fallecido, supo que se había despedido de todo. Curiosamente, aquella camioneta, se había investido de lo ineluctable y aquel parabrisas destellaba como si detrás de ese vidrio oscuro estuviera sentada la mismísima parca.








Texto agregado el 11-07-2014, y leído por 133 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
12-07-2014 Un verdadero placer andar en tus letras, encuentro claras imagénes, nítida narración de quien sabe hacer buena escritura***** bishujoo
12-07-2014 Conmovedor. talama
12-07-2014 Excelente narración, con hermosas imágenes a pesar de lo trágico. Un abrazo kharey
12-07-2014 Me gustó muchísimo Guidos. biyu
11-07-2014 La vida tiene sus finales. Pero a veces esa rara sensación intuitiva va preparando al ser para su despegue. 5*s Shou
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